LA EXPERIENCIA MÍSTICA DE JESÚS

Gonzalo Haya, 21-noviembre-2010

Solemos pensar en Jesús como taumaturgo y como el profeta itinerante del Reino de Dios, pero pocas veces pensamos en Jesús como místico, porque solemos verlo como “perfecto dios” pero no como “perfecto hombre”, según afirma el mismo Concilio; es decir, no lo vemos como uno de nosotros.

        He caído en la cuenta de esto al preguntarme por la espiritualidad de Jesús y al leer las características que Rudolf Otto describe como elementos irracionales de “Lo santo”. Irracional, en el sentido de Otto es “una oscura profundidad, a la que no hallan paso nuestros conceptos”. Estas características fundamentalmente son: el sentimiento de criatura, y la fascinación ante el misterium tremendum y la majestad de Dios. Dicho así, en seco, parece algo trivial, pero él lo desarrolla a la luz de la historia y la fenomenología de las religiones.

        Creo que lo que Otto llama irracional, en contraposición a los elementos racionales de la religión, es lo que nosotros ahora entendemos por una espiritualidad no sujeta a las creencias, preceptos y ritos de ninguna religión.

        La espiritualidad de Jesús no se somete a los preceptos de la Ley judía –los incumple o los supera- y no duda en sustituir el Templo –símbolo máximo del judaísmo- por la adoración en Espíritu y en verdad. Tampoco puede encuadrarse su espiritualidad en una nueva religión, en un cristianismo sedentario que desarrolló sus creencias, preceptos y ritos después de su muerte. La espiritualidad de Jesús tiene mucho de eso que Otto llama irracional y que se manifiesta en momentos de profunda experiencia mística.

        La primera gran experiencia mística que conocemos de Jesús sucedió en los días del bautismo en el Jordán. Los evangelistas difieren un poco al narrarlo. Marcos y Lucas atribuyen la visión a Jesús, y las palabras de lo alto se dirigen directamente a él “Tú eres mi hijo predilecto”. Mateo atribuye la visión a Jesús, pero las palabras se dirigen a todos los presentes “Este es mi hijo predilecto”. Para Juan, tanto la visión como las palabras van dirigidas al Bautista.

        El contacto con lo divino es una experiencia espiritual que sólo puede expresarse mediante símbolos culturales. Los evangelistas, siguiendo el género literario de los relatos de teofanías, presentan como un acontecimiento exterior y visible lo que es una experiencia interna. Los exegetas tratan de interpretar el sentido de estos relatos acudiendo a las tradiciones culturales de aquella época. La paloma puede aludir al sobrevolar del Espíritu sobre las aguas primordiales del Génesis, o a la paloma que lleva la rama de olivo al arca de Noé.

        El estilo clásico de toda manifestación de Dios lo presenta descendiendo de los cielos, porque la cosmología antigua situaba la excelencia arriba, en el cielo; y la sordidez abajo, en las entrañas de la tierra. Para nosotros la excelencia está en lo interior, y Dios es el “inmanente trascendente”.

        Yo imagino aquella experiencia mística de Jesús como un sentirse hijo de Dios, elegido para la misión de proclamar su Reinado. Hijo de Dios era ya una idea del judaísmo, pero aplicada al pueblo. Hijo, en la mentalidad semita, significa continuador de la obra del padre, sin referencia física ni metafísica a un proceso generador. Jesús se siente llamado a continuar el proyecto de la creación, una comunidad de personas que se comportan “a imagen y semejanza” de Dios.

        En nuestra imaginaria actual esa experiencia de Jesús como hijo se expresaría mejor como una luz, que ya estaba en Jesús pero que en ese momento se manifiesta en su inteligencia espiritual; como si la faz de Jesús resplandeciera con el arrobamiento del éxtasis. De algún modo viene a mi memoria una foto del Foro espiritual de Estella: de noche, los participantes pertenecientes a diversas religiones, cada uno con una vela encendida, formando un círculo sagrado. De este modo toman conciencia -y lo expresan- de que todos somos hijos de dios.

        Hijo para nosotros evoca una familiaridad habitual; nada extraordinario. Sabemos que Dios es nuestro padre, pero no caemos en la cuenta de lo que significa que nuestro Padre es Dios. Quizás nos sentimos “hijitos de papá”, un tanto irresponsables porque confiamos que nuestro padre resolverá los líos en los que nos metamos.

        Jesús sin embargo al sentirse hijo era muy consciente de la majestad de Dios y de la distancia entre Jahvé y él, como hijo y criatura suya. Sólo el Padre decide a quién se revela, sabe cuándo se consumará la plenitud del Reino y a quién atribuye un puesto a su lado.

        En la sinagoga de Nazaret, Jesús proclama su misión aplicándose las palabras de Isaías: “El Espíritu del Señor descansa sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres, a proclamar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año favorable del Señor” (Lc 4,18-19). Sin embargo su experiencia interna difiere sustancialmente de las palabras del profeta y corta el final del texto, porque él no se siente llamado a proclamar “el día de la venganza de nuestro Dios” (Is 61,1-2).

Durante su vida encontramos algunos testimonios de su experiencia mística, que sería largo de enumerar: las noches en oración, la alusión al Dios creador más que al Dios del nacionalismo judío: “Al principio no era así…”, “Sed hijos de vuestro Padre que hace nacer el sol sobre buenos y malos”… Su enseñanza se expresa mediante el lenguaje simbólico de las parábolas, el más apto para expresar el misterio de Dios que hace compatible dos concepciones muy distantes, la del padre del hijo pródigo y la del juez del juicio final.

        Otra forma de experiencia mística de Jesús se produjo en la oración del huerto y en la cruz. Aquí manifiesta el máximo respeto y sometimiento a la majestad y a la voluntad del Padre, al incomprensible misterio de enviarlo a proclamar un Reinado que está a punto de fracasar.

        En la cruz Jesús siente al mismo tiempo abandono y confianza; dos conceptos racionalmente contradictorios, pero emocionalmente compatibles. No es quizás por su sufrimiento ni por su muerte por lo que Jesús se siente abandonado de Dios, sino por el fracaso del Reino que él esperaba ver instaurado. Jesús, en mitad de su noche oscura, continúa su diálogo místico de total entrega al Padre.

        La resurrección sucede ya fuera de la historia de Jesús, pero le sucede a la misma persona de Jesús. Y sucede no tres días más tarde, sino en el mismo instante de su muerte. La resurrección es la gran experiencia, que no puede llamarse mística porque ya desaparece el misterio, pero que colma en plenitud nuestra vida mística, nuestra unión con Dios.Tema: Espiritualidad, Jesús de Nazaret

FUENTE: Sitio Atrio. https://www.atrio.org/2010/11/la-experiencia-mistica-de-jesus/

Anuncios