Los fulani, uno de los últimos pueblos nómadas del planeta


Atrapados en la violencia que azota a Nigeria, señalados y atacados por crímenes cometidos por otros, las familias fulani han tenido que hacer las maletas varias veces y exiliarse con su ganado
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Suleiman Yusuf, un niño fulani de 8 años, bebe leche de una vaca cerca de la casa de su familia en la Reserva de Pastoreo de Kachia, estado de Kaduna, Nigeria. (AFP / Luis TATO).Redacción EC30.06.2019 / 04:02 pm

Kaduna. “¡Apártense!” Una espesa polvareda se levanta entre los gritos y los bastonazos de adolescentes con sombreros de paja. La multitud se aparta y otra manada de bueyes entra en el recinto, situado en el mayor mercado de ganado de África Occidental: el Agege Market, en Lagos, la capital económica de Nigeria.

Dentro, cientos e incluso miles de cabezas de ganado pisotean el barro y las bolsas de plástico bajo un calor abrasador. Son las 10:00 de la mañana, los compradores llegan y las transacciones pueden empezar.

Cada día se descargan aquí hasta 50 camiones para abastecer a Lagos, la bulliciosa megalópolis de 20 millones de habitantes. El país más poblado del continente cuenta con casi 200 millones de bocas que alimentar. Se prevé que para 2050 sean 400 millones. El mercado de la carne roja y de los productos lácteos, en plena expansión, acompaña este auge demográfico. Se calcula que uno de cada dos consumidores de carne de res en la subregión de África Occidental es nigeriano.

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En el Agege Market se descargan hasta 50 camiones al día para abastecer de carne a Lagos. (FLORIAN PLAUCHEUR / AFP). 

Algunos animales, agotados por el viaje o debilitados por las enfermedades, se derrumban nada más llegar. Tendidos en un lateral, con las costillas bien marcadas, se disponen a morir ante la indiferencia general. Esos no valen gran cosa. Demasiado delgados. El resto de reses, la mayoría, alimentadas con semillas y forraje para que se disparen las subastas, lucen un pelo lustroso y muslos generosos, señal de buena salud.

Todas recorrieron cientos de kilómetros, primero caminando y luego en los grandes camiones de ganado. Todas terminarán su viaje a unos metros de allí, en los grandes mataderos de Lagos. En un aparcamiento mugriento, pequeñas furgonetas refrigeradas esperan pacientemente su cargamento.

Aisha Maila es una de las pocas mujeres que se abren paso en medio de este inmenso caos, en el que se respira un aire blanquecino donde se mezclan los olores de los excrementos animales y del sudor humano. La anciana piensa casar a su hija dentro de unos días y quiere que los festejos estén a la altura del acontecimiento. No tiene mucho dinero, así que viene a aprovisionarse al mercado mayorista. ¿Cuánto por ese gran macho blanco, el de allí? “350.000” (nairas, es decir, unos 900 euros, algo más de 1.000 dólares). “Demasiado caro”, comenta, tornándose hacia otro animal más pequeño, más adaptado a su presupuesto.

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Los animales son sacrificados al aire libre. (LUIS TATO / AFP).

El verdadero negocio, el que deja dinero, sigue su curso al margen de los particulares. Vendedores, mayoristas e intermediarios toman posiciones. Gambo Usman ha encontrado un buen cliente, un representante de una carnicería, para un lote de vacas Ambala procedentes de Chad.

“Yauwa, yauwa” (“ok, ok”), repite, en idioma hausa. Con el teléfono pegado a la oreja, negocia directamente con su jefe, un rico propietario de Kano, la ciudad comercial del norte de Nigeria. Gambo no es más que un ayudante. Dos veces al mes, cruza Nigeria en avión de norte a sur, los casi 1.000 km que separan a Kano de Lagos, para vender ganado.

“La demanda no deja de crecer y nos cuesta responder a ella. En los últimos tiempos hay escasez a causa de la violencia con los agricultores. Allá arriba, muchos de los ganados fueron diezmados”, explica Gambo, que viste un pantalón tejano rasgado y unas botas llenas de barro.

– Campos destrozados y robo de ganado –

Es de “allá arriba” de donde provienen la mayoría de las reses destinadas a las grandes ciudades del sur: en los confines de Níger, de Chad y de Camerún, el Sahel es la cuna de una tradición milenaria, la cría trashumante principalmente practicada por los fulani, hoy confrontada a numerosos desafíos.

Ahí hay en juego un ganado considerable: casi 20 millones de bovinos, 40 millones de ovinos y 60 millones de caprinos.

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Isa Ibrahim, pastor de Fulani de 30 años de edad, ordeña una de sus vacas en la Reserva de Pastoreo de Kachia, Estado de Kaduna, Nigeria. (AFP / Luis TATO).

Cada año, a partir de noviembre, cuando empieza la estación seca, los pastores ganaderos y sus animales descienden en busca de nuevos pastos en las llanuras fértiles del centro, por las que pasan los ríos Níger y Benue.

Antaño, había espacio para todo el mundo en el “Middle Belt”, el cinturón del medio, donde se funden el Norte -predominantemente musulmán- y el sur, mayoritariamente cristiano: la leche se trocaba por cereales, los residuos agrícolas servían para alimentar al ganado y el estiércol se utilizaba para abonar las tierras.

Podían surgir tensiones, sobre todo cuando una manada echaba a perder los cultivos al penetrar en un campo. Y a veces degeneraba en un ajuste de cuentas. Pero, aún así, los poderosos jefes tradicionales -hoy relegados a un papel figurativo- todavía lograban calmar los ánimos.

La disminución de las precipitaciones y las sequías en el norte, la sangrienta insurrección yihadista de Boko Haram en la cuenca del lago Chad y la reducción de algunos parásitos que les permitían acceder a las zonas húmedas del centro, llevaron a los ganaderos fulani a aventurarse más al norte. Y a instalarse allí, a veces de manera duradera.

Con el vertiginoso crecimiento demográfico que se produjo en Nigeria en el siglo XX y la expansión urbana, industrial y agrícola, la tierra se convirtió en un codiciado objeto de competición. Poco a poco, los conflictos generados por destrozos de cosechas, contaminación del agua o robo de ganado se fueron generalizando.

El pueblo de Ang War Aku, donde viven cristianos de la etnia adara, en el Estado de Kaduna (centronorte), está en el corazón de esta guerra que ya ha causado más muertos que Boko Haram. Desde el ataque del 8 de abril, la aldea no es más que un campo de ruinas.

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Un grupo de mujeres hausa-fulani viaja en un camión después de trabajar en granjas en Sokoto. (AFP / Luis TATO).

En el pesado silencio que reina en el dispensario médico adonde fueron evacuados los heridos, el cuerpo inmóvil de Monica Gabriel yace sobre un viejo colchón en el suelo, recubierto sobriamente con un paño de color rojo vivo. El mismo color que el de la sangre que le brotó y cuyo olor se ha quedado impregnado.

Una semana después de las matanzas, la campesina de 48 años sigue conmocionada. Su rostro se ha quedado como paralizado y desde entonces no ha pronunciado ni una palabra.

Las balas le perforaron ambas piernas. Su cabeza, rapada, presenta una enorme cicatriz y un grueso vendaje le cubre la muñeca izquierda. Los hombres que la atacaron le cortaron la mano con un machete.

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Monica Gabriel fue herida durante un ataque contra el pueblo cristiano de Ang War Aku. (AFP).

A su alrededor, dos enfermeras combaten las moscas que quieren posarse en sus heridas. Si no fuera por el hipo que mueve su pecho a intervalos regulares, cabrían dudas de si Monica sigue en este mundo.

– 7.000 muertos –

Aquella mañana, hacia las 06:30, estaba preparando una papilla de mijo cuando empezaron a escucharse los disparos de armas automáticas en Ang Wan Aku.

“Alguien gritó para dar la alarma, pero no lo oímos. Mi madre fue abatida en el umbral. Mi mujer intentó huir corriendo, pero la atraparon”, cuenta con voz temblorosa su esposo, Dauda, que no se ha apartado de su lado en la clínica.

“No sabemos por qué nos atacaron, no les habíamos hecho nada”.

Casa tras casa, entraron, matando a los hombres, mujeres, niños y ancianos que se encontraron a su paso. En menos de dos horas, 27 personas fueron masacradas y otras 16 resultaron gravemente heridas, en este pueblo de unos 2.000 habitantes.

Los supervivientes aseguran que los atacantes son de etnia “fulani”. Los escucharon hablar en su idioma, el fula. Están seguros: reconocieron su “piel clara” y sus “rasgos demacrados”.

¿Se trata de bandoleros, de los que abundan en la región? ¿De ganaderos llegados desde aldeas vecinas o de comarcas lejanas? ¿O es acaso una venganza, un acto de violencia gratuito?

La verdad es que, muy a menudo, nadie sabe quién empezó ni qué ocurrió realmente. Existen tantas versiones como hombres en esas remotas regiones.

Hay quien dice que un fallo de la justicia a favor de los adara en un pleito de tierras desató la ira de los fulani. Otros afirman que una disputa sobre una chica degeneró entre dos bandas de jóvenes.

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Un policía patrulla un área de casas destruidas y quemadas después de un reciente ataque de Fulani en la aldea de agricultores de Adara. (LUIS TATO / AFP).

La única certeza: la espiral infernal de violencia no termina nunca entre ambas comunidades, como en el resto Middle Belt. El conflicto puede haber dejado 7.000 muertos en cinco años.

Los campesinos sedentarios, miembros de multitud de minorías étnicas cristianas, se escudan en su estatus de “indígenas” para extender sus plantaciones, seguros de sus derechos ancestrales sobre la tierra. Contaron con el apoyo de las políticas agrícolas de los gobiernos sucesivos, preocupados por sacar al país del petróleo.

– Rédito político –

Pero, con el paso de los meses, la violencia ha ido transformando el campo en una tierra de nadie: al recorrer las pistas de tierra, los pueblos adara destrozados se van sucediendo con los pueblos fulani abandonados.

En algunos lugares, el fuego que devoró casas enteras durante días sigue ardiendo, en medio de chasis de motos y cacerolas calcinadas. Los amasijos de uralita son lo único que queda de los techos hundidos. Solo los ladridos de los perros rompen el silencio.

Los muertos fueron enterrados de forma apresurada, sin féretro ni sepultura, en fosas comunes cavadas por los aldeanos antes de que los carroñeros devoraran los cuerpos. En Dogon Noma, donde 71 personas fueron abatidas y 250 viviendas incendiadas a mediados de marzo, las víctimas fueron sepultadas de diez en diez en lo que parece un campo de tierra arado recientemente.

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Un agricultor de Adara herido un ataque de los fulani en su aldea. (AFP / Luis TATO).

Tanto la policía como los servicios de socorro suelen llegar tarde, a veces varios días después de la tragedia. Las investigaciones quedan en agua de borrajas y la impunidad reina. No faltan razones para atizar el odio.

Es domingo por la mañana, en la iglesia evangelista de Mararaban se espera la llegada del pastor Yohanna Buru. El templo está lleno de desplazados que han venido para recibir la unción suprema y recoger bolsas con víveres, bajo la mirada benevolente de Jesucristo en la cruz.

“Confíen en el Señor, sólo él puede salvarles. No busquen venganza, oren por sus enemigos y la salvación de su alma”, predica por el micrófono el pastor, de unos 40 años, que viste pantalón vaquero, camisa, zapatillas deportivas y gafas de sol. Pocas veces lleva sotana.

Sus palabras son recibidas con miradas de asombro y murmullos.

No parece que sea eso lo que los fieles han venido a escuchar. Están acostumbrados a los discursos de venganza de sus jefes tradicionales, de sus dirigentes políticos, que trabajan sin descanso en dividir a las comunidades en función de su etnia o de su religión.

¿Acaso hay algo más práctico para justificar la pobreza galopante, el hambre, el desempleo o las frustraciones? Sobre todo en periodo electoral, como en este año 2019, en el que los nigerianos reeligieron a Muhammadu Buhari al frente de la primera economía de África.

– El exilio de los fulani –

El religioso insiste: “Fulani no es sinónimo de terrorista”. En su casa, situada en el barrio cristiano de Kaduna, donde se aplica la sharía, invita a los imanes a celebrar Navidad y Pascua junto a él e insiste en que “el diálogo sigue siendo la única salida”.

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Un grupo de estudiantes fulani hacen fila en la Escuela Nómada Wuro Fulbe antes del inicio de sus clases. (AFP / Luis TATO).

Su voz se ha hecho famosa en toda la región. Resuena cada domingo en las ondas de la radio local Alheri, donde ya cuenta con su propio programa. “Soy un hacedor de paz. Pero no vayan a creer que eso le gusta a todo el mundo”, comenta. “Recibí amenazas, intimidaciones. Me preguntan por qué hablo con los enemigos de la cristiandad”.

“No es fácil, pero hay que entenderlos”, añade. “Esta tierra es su única riqueza, todo lo que saben hacer es cultivarla. Y si se la quitan, no les queda nada”.

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Isa Ibrahim, pastor fulani, de 30 años, viaja en una moto que utiliza para hacer taxi y así recibir un dinero extra. (LUIS TATO / AFP).

Oyama Kwanaki es uno de ellos. De los que perdieron todo y que rumian en silencio. Ahora, descansa en una cama de hospital, herido de bala. Sus ojos oscuros centellean de rabia. “Lo que vi esa noche nunca lo podré olvidar. Si mi camino se cruza con el de un fulani, lo pagará”, dice. “No podré perdonar“.

Los campos están llenos de estos jóvenes, organizados en milicias y armados con fusiles caseros, cuando no con arcos y flechas, para defender sus aldeas y evitar nuevos saqueos. Los fulani, por su parte, “tienen AK47, incluso AK49, así que más vale defenderse“, argumenta Oyama.

Y aunque lleven instalados en estas tierras desde hace varias generaciones, los fulani siguen siendo vistos como “invasores”: un pueblo de 30 a 40 millones de personas repartido por unos 15 países, de Senegal a República Centroafricana. Un pueblo desconocido y apartado, que se burla tanto de las leyes como de las fronteras. Y para el que la conservación del ganado tendría “más valor que una vida humana”.

El hecho de que también ellos sean víctimas de matanzas a gran escala, como en febrero, cuando 130 fulani fueron masacrados en el sur del Estado de Kaduna en una sola noche, no cambia nada.

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Una mujer fulani y su hija caminan en el mercado central en la Reserva de Pastoreo de Kachia, estado de Kaduna. (AFP / Luis TATO).

Atrapados en la violencia, señalados y atacados por crímenes cometidos por otros, las familias fulani han tenido que hacer las maletas varias veces y exiliarse con su ganado.

Para conocerlos, hay que adentrarse en la sabana, en el límite de la región de la Meseta, también afectada por el conflicto entre agricultores y ganaderos. En la reserva de Kashia: un islote de seguridad en medio de tierras quemadas.

– Pastor a tiempo parcial –

Al final de un camino interminable, que incluye puentes medio derrumbados, el pueblo de cabañas redondas y casas de adobe se perfila en la luz amarilla, cegadora. Aquí, los fulani viven entre ellos, salvo por alguna excepción.

Según las últimas estimaciones, hace cuatro años eran 18.000. Pero la reserva se ha ido poblando con la llegada de los desplazados. “Cuando llegamos, aquí no había nada, solo matorrales”, explica con tono cansado Idriss Jamo, el único médico en kilómetros a la redonda, mientras ve las horas pasar sentado en su taburete. “Nadie aterriza aquí por elección propia”.

Salvo él: hace algunos años, regresó desde la capital regional, Kaduna, para abrir su clínica privada. Le falta de todo, pero al menos los enfermos tienen ahora un médico. Uno de verdad.

“Nos podríamos haber quedado en la ciudad, con todo el confort moderno. Pero mi padre estaba harto de ver a la gente morir de malaria, a las mujeres embarazadas perdiendo a sus hijo antes de llegar al hospital”, cuenta su hija mayor, Bilkisu, con los ojos llenos de orgullo y el cabello tapado bajo un largo hiyab marrón. La joven está estudiando microbiología en la prestigiosa universidad de Zaria, a 200 km de allí. “¡No estoy todavía casada a mis 24 años, sobra decir que aquí soy una extraterrestre!”.

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Una niña fulani espera fuera de su casa en Kachia Grazing Reserve. (AFP / Luis TATO).

A parte de las dos mezquitas, donde las cinco oraciones diarias marcan el ritmo de vida de la comunidad, el mercado y el campo de fútbol, que se animan cuando las temperaturas bajan de los 40 ºC, en torno a las seis de la tarde, son las únicas distracciones.

El pueblo no tiene acceso a Internet, ni tampoco red telefónica para comunicarse con el exterior. Ni siquiera electricidad. Hay que gastarse algunas nairas para cargar el celular en una tienda alimentada por un generador.

Issa Ibrahim es pastor, a tiempo parcial. El resto del tiempo es conductor de Okada. Esas motos chinas, baratas, son lo único que tienen los jóvenes desocupados para escapar del aburrimiento. O escaparse, simplemente.

En cuanto puede, el treintañero, barbudo y con una estrella tatuada en la frente, deja a su esposa y sus hijos en el pueblo para ir con su moto hasta “Crossing”, a 20 kilómetros. Allí puede llamar, escuchar música y, sobre todo, jugar al billar, la principal atracción que hay en este páramo remoto.

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Isa Ibrahim, un pastor fulani, juega billar con sus amigos en un bar cerca de la Reserva de Pastoreo de Kachia. (Luis Tato / AFP).

Issa nació a unas decenas de kilómetros de allí, en una pequeña aldea llamada Madakyia, en una época en la que la vida giraba completamente en torno al ganado. Donde el número de vacas que poseías era indicativo de tu riqueza, de tu estatus social, de quién eras.

– “La vaca es mágica” –

En su clan, el de los Kofoji, el oficio de pastor se pasaba de padres a hijos. De niño, partía en trashumancia con las reses durante varios meses, antes de volver al pueblo. No eran nómadas como lo habían sido sus ancestros (menos del 10% de los ganaderos nigerianos han conservado este estilo de vida). Pero tuvo tiempo de conocer esta vida de campamentos espartanos y hogueras en los matorrales. Una vida feliz.

Luego, en el 2011, todo estalló en pedazos. La violencia postelectoral que siguió a las elecciones presidenciales se transformaron rápidamente en ajustes de cuentas religiosos y étnicos en la región de Kaduna. Cristianos contra musulmanes, fulani contra atyap, fulani contra ninzom, fulani contra kaninkom… las aldeas fueron ardiendo, una detrás de otra.

Ochenta miembros de su clan fueron masacrados en una noche. De sus 100 vacas, dos tercios fueron abatidas. Las ovejas, secuestradas. Entonces, la familia polígama, con sus 15 hijos, se refugió como lo hizo el resto en la reserva.

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Un grupo de jóvenes fulani que llevan tapetes y otras pertenencias abandonan el monte después de pasar la noche cuidando ganado en la Reserva de Pastoreo de Kachia. (AFP / Luis TATO).

“La adaptación fue difícil. Empezamos a cultivar la tierra, pues el ganado se había reducido mucho. Ya no podíamos contar con él para vivir”, explica Issa, que se levantó al alba para ordeñar a sus animales, antes de empezar su jornada de taxi-moto en el pueblo.

La leche cae con cuentagotas en las calabazas. La colecta del día es de apenas dos litros, no alcanza para ir a venderla al mercado. Agachado bajo una madre lactante, su hermano de 12 años compite con un ternero pero el preciado líquido. Enganchados a las mamas, el ternero y el niño maman con avidez.

Cuando un miembro de la familia cae enfermo, o cuando se celebra una boda o un bautizo, la familia se resigna a vender una vaca: el ganado es una suerte de “cuenta de ahorros” de la que se echa mano de forma excepcional.

“¡La vaca es mágica, más mágica que las hadas!”, decía el escritor fulani Tierno Monenembo. “Ella aparece, el desierto vuelve a florecer. Muge, el reg se suaviza. Resopla, la caverna se ilumina. Alimenta, protege, guía. Ella traza el camino. Abre las puertas del destino”.

Pero corren tiempos duros, Issa tiene nostalgia. “El ganado ya no es símbolo de riqueza, sino de supervivencia”, dice, desconsolado. “Se ha vuelto imposible recorrer 10 kilómetros de pasto sin atravesar campos y tendremos problemas con los agricultores. Los caminos de trashumancia ya no existen, todo está cultivado”.

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Isa Ibrahim, pastor fulani de 30 años, toma fotos de su ganado usando su teléfono móvil durante el pastoreo matutino en la Reserva de Pastoreo de Kachia. (Luis Tato / AFP).

Para modernizar la ganadería, siguiendo los consejos del Banco Mundial, el Grazing Reserve Act prometía, desde 1964, convertir el 10% del territorio nacional en pastos con derechos de propiedad para los ganaderos.

Pero los años de la dictadura militar pasaron y, como con tantos otros proyectos, una ínfima fracción de las reservas vio finalmente la luz. De las 415 reservas previstas, solo se delimitaron oficialmente un centenar, y solo una veintena está realmente ocupada por ganaderos. El resto fue vendido, cultivado o urbanizado.

Frente al alcance que ha adquirido el conflicto en los últimos años, cada vez más voces piden que se aplique la ley, con la esperanza de que los ganaderos se sedentaricen de verdad y que cese la violencia. La reserva Kashia está llamada a ser un modelo.

– Kalashnikovs y codeína –

Para Issa, dejar la reserva es una cuestión que ni se plantea. “Con los robos de ganado, los bandidos y criminales merodean por todas partes. Nunca nos vamos muy lejos con nuestros animales. Somos pobres, pero aquí, al menos, estamos seguros, y nuestros niños van a la escuela”.

Él no tuvo esa oportunidad. Le habría gustado ser veterinario. Pero la huida y el empobrecimiento brutal de su familia le impidieron entrar en la secundaria.

La reserva cuenta con 21 escuelas primarias y un centro de secundaria para 6.000 alumnos. Todos llevan la etiqueta de “escuelas nómadas” y fueron ideadas por el gobierno a finales de los años 1980 para que los hijos de los ganaderos pudieran acceder a la educación. Pero el balance no deja de ser amargo: de los entre 10 y 15 millones de ganaderos que hay en Nigeria, más de 3 millones de niños no van a la escuela.

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Dos niñas fulani se reúnen fuera de un aula antes del comienzo de sus clases en la Escuela Nómada Wuro Fulbe en Kacha Grazing Reserve. (AFP / Luis TATO).

Incluso en Kashia, la reserva modelo de los fulani, los sueños se estrellan contra los deslucidos muros de las escuelas. Hay más de 120 niños por aula y no tienen ni pupitres, ni asientos, ni cuadernos.

Yusuf Abubakar tiene 16 años. Está en sexto grado, y todavía no habla el inglés de forma corriente. Pero aspira a convertirse un día en gobernador de Kaduna, para “hacer lo que los otros no hicieron”: “traer la paz a mi pueblo, construir escuelas y hospitales”.

En el establecimiento más antiguo, construido en 1990, cuatro profesores se reparten a 860 escolares. Corren de una clase a otra para hacerles hacer sus deberes. Esta mañana recitan, entonando una canción, las capitales de los 36 Estados del país.

“Más del 90% de los jóvenes de la reserva no tiene trabajo. Vegetan en el pueblo, algunos fuman hierba o toman codeína”, un jarabe para la tos que se ha convertido en la droga de moda, explica, sin mucho optimismo, Shitu Abdullahi, un maestro de 29 años. “Ya no quieren ocuparse del ganado, pero no tienen ningún título, ni calificaciones. ¿Cómo van a salir adelante?”.

No hay estadísticas, pero todos lo reconocen: la tasa de criminalidad entre los jóvenes fulani se ha disparado en el norte de Nigeria. En el estado de Zamfara, que se ha convertido en una zona sin ley, los robos de ganado a gran escala y los secuestros con rescate son el pan de cada día.

“Muchos de los que lo perdieron todo en los ataques se han provisto de armas. Un kalashnikov cuesta entre 30.000 y 40.000 nairas (alrededor de 100 euros)”, indica Malam Mansur Isah Buhari, profesor de la Universidad de Sokoto. “Los fulani operan sobre todo a sueldo, aunque hay mucho dinero en juego para los jefes de las pandillas”.

La espiral de violencia no tiene fin y de ella no se libra nadie. “Los criminales actúan indiscriminadamente, los fulani atacan a los fulani, que buscan asimismo un modo de sobrevivir”.

Los animales robados son cargados vivos en remolques y luego, una vez “blanqueados” (pues no hay ningún sistema de trazabilidad), los meten sin dificultades en el circuito formal de reventa, pasando de vendedores a intermediarios… hasta que llegan al gran mercado de Lagos.

Fuente: AFP

FUENTE: https://elcomercio.pe/mundo/africa/nigeria-fulani-guerra-tierras-ultimos-grandes-pueblos-nomadas-planeta-noticia-650657

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