Desmitificando la Revolución Francesa

Publicado: Martes, 16 Julio 2019 19:28 | Por: Esteban Vidal |

Revolución Francesa

La revolución francesa está mitificada. Tanto la izquierda como la derecha la han reivindicado y ensalzado como un proceso mediante el que el pueblo llano logró emanciparse del feudalismo. Pero después de 230 años disponemos de la suficiente perspectiva histórica como para hacer una valoración veraz de lo que realmente fue este acontecimiento histórico. De hecho, son cada vez más los estudios que ponen de manifiesto que el relato ideológico elaborado en torno a la revolución de 1789 no se corresponde con los hechos, y que esta mitificación obedece a una intencionalidad política que está íntimamente unida a, por un lado, las causas reales que la desencadenaron, y por otro lado los cambios que este proceso provocó tanto en Francia como en el resto de Europa. 

Lo cierto es que la revolución francesa no fue ninguna ruptura con la época feudal que condujo a la sociedad hacia la emancipación. Primero porque el feudalismo había sido abandonado hacía siglos, y al menos en Europa occidental lo que imperaban eran Estados modernos altamente centralizados en los que la nobleza carecía de poder político y militar al haberse convertido en un grupo social cortesano, dependiente de los favores de la corona. Fue un proceso paulatino que en Francia se manifestó con claridad en el s. XV con la creación del primer ejército permanente con Carlos VII,[1] y que culminó en el s. XVII durante el reinado de Luis XIV, quien con la rebelión de la Fronda laminó a la nobleza y la despojó de cualquier poder que hasta entonces había ostentado. Desde entonces la nobleza se convirtió en un grupo social provisto de privilegios jurídicos y económicos, sobre todo fiscales al no pagar impuestos, mientras que la corona logró extender su jurisdicción sobre el conjunto del territorio mediante sus tribunales y burocracia.

En segundo lugar suele explicarse la revolución como un proceso en el que la burguesía, y en diferente medida el pueblo llano, se rebeló contra el orden feudal que hasta entonces había prevalecido. Dado que no había orden feudal en 1789, y lo único que quedaban eran los parlamentos regionales y el derecho señorial que todavía limitaban el poder de la corona, debemos examinar si la revolución fue realmente una insurrección de la burguesía contra el orden establecido. A este respecto cabe apuntar que los principales exponentes de la revolución procedían de la nobleza togada, funcionarios del Antiguo Régimen, burgueses ennoblecidos, mandos militares y miembros del clero.[2] Tal es así que todas las personas ricas de todos los estamentos poseían derechos señoriales, puestos en la burocracia y pertenecían a corporaciones privilegiadas de algún tipo.[3] Tampoco fue una revolución popular en la medida en que la gente común desempeñó un papel secundario que se limitó sobre todo a las áreas urbanas, fundamentalmente París. En líneas generales la población de las ciudades fue arrastrada a las luchas que se produjeron en el seno de la elite dirigente, mientras que en las zonas rurales el pueblo llano atacó a la nobleza y burguesía, así como sus propiedades, lo que produjo una alianza entre estos dos grupos sociales para reprimir a la población.[4]

Hechas estas aclaraciones preliminares es necesario explicar qué fue entonces la revolución francesa, y sobre todo cuáles fueron las causas y efectos principales de este proceso de cambio político y social. En lo que respecta a las causas debemos referirnos al contexto internacional de la época. Las rivalidades geopolíticas entre Inglaterra y Francia se habían agudizado como consecuencia de la derrota sufrida por esta última en la guerra de los Siete Años, que supuso la pérdida de sus colonias en Norteamérica. Para restablecer de nuevo el equilibrio estratégico en la política internacional Francia apoyó la insurrección contra la corona inglesa en América, lo que, sin embargo, no hizo sino deteriorar su ya de por sí maltrecha situación financiera. No hay que olvidar que como consecuencia de las guerras emprendidas por Luis XIV Francia arrastraba una fuerte deuda, lo que se sumaba a sus carencias en el plano institucional y organizativo al no disponer de un aparato fiscal propio y depender de una red de recaudadores de impuestos que en la práctica operaban como prestamistas del Estado, de manera que Francia tenía que pagar unos intereses mayores que Inglaterra que, por el contrario, tenía su propio fisco y un banco central que reunía todo el crédito del país.[5] Además de esto la estructura social de clases constituía un impedimento a la hora de recaudar impuestos, pues la nobleza no tributaba, mientras que en Inglaterra sí lo hacía. Por otra parte la recaudación de impuestos no era uniforme, y esta variaba en función del territorio y del estamento.[6]

La corona de Francia no logró, a pesar de todos los esfuerzos realizados durante siglos, establecer un gobierno directo sobre la población, sino que tuvo que contar con la asistencia de los notables locales, y con una burocracia venal superpuesta a las instituciones que existían a nivel provincial y regional. En Francia prevaleció hasta la revolución un gobierno por mediación, lo que entorpecía la labor ejecutiva debido a que la corona se veía obligada a negociar con un estamento de privilegiados para movilizar y extraer los recursos que necesitaba para financiar el ejército y su política exterior. Todo esto generó una crisis fiscal del Estado que lo situó al borde de la quiebra y forzó la convocatoria de los Estados Generales.

Por tanto, la estructura de poder internacional fue la que presionó sobre el Estado francés hasta el punto de generar una crisis interna que finalmente desembocó en la revolución. No hay que olvidar que Francia arrastraba una importante inestabilidad social debido a los desequilibrios que habían producido las sucesivas guerras en las que se había visto envuelta, produciendo escasez de productos de primera necesidad, aumento de impuestos sobre las clases populares, incremento de la inflación, etc. Digamos que las condiciones exteriores del escenario geopolítico internacional obraron a través de las condiciones internas de Francia, desencadenando así una crisis fiscal e institucional que desembocó en la revolución. Era necesario reunir los recursos precisos para que Francia pudiera hacer frente al desafío que representaba la preeminencia británica a nivel internacional, y esto pasaba necesariamente por poner fin al Antiguo Régimen al no ser políticamente útil para relanzar la política exterior del Estado. Es decir, el Antiguo Régimen no era capaz de reunir los recursos económicos, humanos, materiales, financieros, etc., necesarios para incrementar el poder militar del Estado con un ejército mayor.[7] Francia arrastraba una enorme factura económica que no podía pagar con los ingresos que recaudaba con el sistema político imperante, de forma que era imprescindible cambiar dicho sistema para ampliar las capacidades internas del Estado. La revolución no fue sino un proceso mediante el que fueron adaptadas las condiciones internas a las necesidades externas de la competición internacional, lo que requería la reorganización del conjunto de la sociedad para aumentar el poder del Estado tanto hacia dentro como hacia fuera.[8]

La convocatoria de los Estados Generales y la posterior abolición del Antiguo Régimen para su sustitución por un régimen de carácter parlamentario se inscribe en el marco del desarrollo político y social de Europa occidental. Con esto nos referimos a que desde la Edad Media existieron instituciones representativas que agrupaban a los grupos sociales más destacados, pudientes e influyentes del reino a los que el monarca acudía para conseguir su apoyo, generalmente en la forma de impuestos, para su política exterior y campañas militares. A cambio de la ayuda financiera los notables del país obtenían concesiones políticas, generalmente en materia fiscal, del monarca. Esto hizo que con el tiempo estas instituciones evolucionasen hacia el parlamentarismo.[9]

La revolución logró lo que durante siglos de monarquía no logró ningún rey de Francia que fue la implantación de un gobierno directo, desde la cúspide del Estado hasta la base representada por el pueblo llano. Unido a esto encontramos otros efectos no menos reseñables como el crecimiento del Estado, tanto en su burocracia como en su ejército, y el aumento de los impuestos. Esto produjo una tenaz resistencia popular. Esta resistencia, que obedecía en su mayor parte a luchas que tenían su origen en las diferencias de clase que se arrastraban desde el Antiguo Régimen, se manifestó en la forma de evasión, trampa y sabotaje, y no necesariamente en la forma de rebelión abierta. Esto explica que la población de la mayor parte de Francia se opusiese a algún aspecto del gobierno directo revolucionario, y que provocase una importante oposición a la expansión del poder del Estado. La oposición se centró fundamentalmente en la resistencia que el pueblo manifestó a las subidas de impuestos, a la imposición de las leyes de París y al reclutamiento de tropas para las guerras internacionales.[10]

La historiografía revolucionaria y republicana ha presentado la oposición popular como una lucha ilegítima que fue instigada por el clero y la nobleza, así como por los partidarios de la monarquía. En este sentido el régimen republicano no ha dejado de denostar al pueblo llano acusando de contrarrevolucionarias, y por tanto alineadas con la monarquía y el Antiguo Régimen, a todas las acciones políticas de resistencia al naciente sistema político que los revolucionarios no tardaron en imponer a punta de bayoneta. Tal es así que la revolución se convirtió en una guerra civil. El descontento popular entre el campesinado generó una crisis nacional de gran envergadura que no permitió que las revueltas populares fueran gestionadas o cooptadas por las autoridades constituidas. La solución que adoptaron las autoridades fue la represión a gran escala con el envío de ejércitos, tribunales y burocracia a las provincias para implantar las leyes aprobadas en París.

El crecimiento a gran escala del Estado implicó su intromisión en una cada vez mayor cantidad de ámbitos de la vida de las personas, y esto generó fricciones que desencadenaron un enfrentamiento directo entre el pueblo llano y las autoridades revolucionarias. La historiografía oficial ha ocultado esta realidad y la naturaleza sangrienta e incluso criminal que manifestó la revolución contra la población, especialmente en el mundo rural, mientras que por el contrario se han magnificado las ejecuciones de nobles cuando numéricamente fueron irrelevantes si las comparamos con la persecución que se llevó a cabo contra miembros de las clases populares. Todo esto no hizo sino alentar la guerra civil en la que Francia se sumió al mismo tiempo que lanzó sus ejércitos en todas direcciones para conquistar Europa entera. Así, hoy se sabe que la república perpetró un genocidio en la Vendée, quizá el primero de la historia moderna, cuando sus habitantes se resistieron a la conscripción.[11] Las insurrecciones se produjeron tanto en el Oeste como en el sur de Francia. En Bretaña, Maine y Normandía entre 1791 y 1799. Al sur del Loira también se produjo una rebelión armada abierta que afectó a zonas de Bretaña, Anjou y Poitou. Se inició en el otoño de 1792 y continuó de forma intermitente hasta que Napoleón pacificó la región en 1799.[12] Mientras tanto, la resistencia popular a la revolución en la zona occidental de Francia alcanzó su punto álgido en la primavera de 1793 como consecuencia de la demanda de nuevas tropas por parte del Estado.

La revolución francesa fue el primer experimento totalitario de la historia. Prueba de esto es que logró construir un Estado hiperpoderoso con una crecida burocracia compuesta por un abultado personal funcionarial, unos ejércitos que numéricamente sobrepasaban a todos los que Francia había tenido con anterioridad, a lo que cabe sumar la expansión del aparato policial tomado del Antiguo Régimen. A partir de entonces el Estado comenzó a regular y controlarlo todo para abastecer a sus ejércitos y a la burguesía de Estado que se formó en torno a unas aumentadas estructuras administrativas. Gracias a la revolución la administración central del Estado pasó a contar con una gran cantidad de oficinas y de funcionarios en activo.[13] Si antes de 1789 había 50.000 funcionarios, durante la revolución llegó a haber cerca de 250.000. Un claro ejemplo lo representa el personal de los ministerios centrales que en 1788 contaban con 420 funcionarios y en 1796 ya eran más de 5.000.[14] Esta evolución demuestra que la revolución fue, entre otras cosas, un proceso burocratizador que impulsó el crecimiento del poder ejecutivo. Con el Directorio esta burocracia recibió una renovada estabilidad que allanó el camino para el nuevo papel que más tarde jugaría durante el período napoleónico.[15]La centralización política alcanzó su máxima expresión durante la revolución.[16]

Otro ejemplo más del cariz totalitario de este proceso fue la forma en la que pasó a administrarse la justicia. En lo que a esto se refiere se instauraron y generalizaron los tribunales revolucionarios que estaban directamente sujetos al poder central de París, y que eran utilizados para eliminar a los enemigos políticos del gobierno y para aplastar cualquier rebelión contra la autoridad del Estado. Sus víctimas eran nobles, sacerdotes, algunos ricos pero sobre todo, y en una cantidad mucho mayor en términos absolutos, campesinos y pobres de las zonas urbanas. Quienes eran llevados a este tipo de tribunales carecían de cualquier garantía, con lo que las condenas se generalizaron. Finalmente el Estado se reservó el derecho a nombrar y a promocionar a los jueces, con lo que la subordinación de la magistratura al gobierno terminó siendo una de las principales conquistas revolucionarias.[17] Juntamente con esto el parlamento, en 1790, prohibió a los tribunales y a las cortes de justicia anular o suspender las actuaciones de la administración. Pero a esto hay que sumar la aprobación aquel mismo año de una ley con la que se prohibía a los jueces actuar contra los miembros de la burocracia. Era el reflejo de un proceso de expansión del poder ejecutivo con la instauración de medidas de tinte totalitario, y que vulneraban los derechos y libertades que los propios revolucionarios se encargaron de proclamar a partir de 1789. El sistema judicial no defendía al individuo de las extralimitaciones del poder constituido sino que más bien servía a este último propósito, con lo que estableció la más completa impunidad de los agentes del Estado en su trato con el resto de la sociedad. En definitiva, constituía una afirmación del derecho estatal, y sobre todo de la razón de Estado, frente a cualquier otro tipo de derecho y razón.[18]

En el terreno represivo tampoco puede pasarse por alto la creación de una fuerza de policía especializada. La revolución mejoró el aparato policial heredado del Antiguo Régimen. Al principio las labores policiales las desempeñaron los comités populares, la guardia nacional y los tribunales revolucionarios. Más adelante, tras la proclamación del Directorio, el Estado concentró las tareas de vigilancia y detención en una única organización policial centralizada. Ya para 1799 Fouché, procedente de Nantes, fue nombrado ministro de policía, lo que le otorgó la responsabilidad de un ministerio cuyo poder se extendía por toda Francia y sus territorios conquistados. La revolución creó la Gendarmería que en la práctica fue la policía del Antiguo Régimen con otro nombre. A este cuerpo se le sumarían todas las policías que existían a nivel local en las diferentes ciudades, y que estaban compuestas tanto por personal de a pie como montado. En términos generales el sistema policial francés era más fuerte después de la revolución que antes.[19] Tal es así que Francia era por aquel entonces uno de los países que disponía del aparato policial más perfeccionado del mundo.

Por último hay que destacar que la revolución construyó los mayores ejércitos con los que contó Francia hasta entonces, hasta el punto de que el estamento militar pasó a ostentar un papel dominante en la política francesa, lo que permitió el advenimiento de una dictadura militar comandada por Napoleón. Gracias a las medidas draconianas que fueron adoptadas para abastecer a la inmensa fuerza militar creada, Francia se expandió hasta convertirse en un imperio. La revolución y la guerra total fueron la respuesta de este Estado a la hora de hacer frente a su crisis nacional y al desequilibrio estratégico que sufría frente a Gran Bretaña. Supuso una transformación no sólo cuantitativa del poder militar francés, sino también cualitativa mediante su profesionalización a través de la introducción de un criterio meritocrático en la promoción interna. Pero además de esto supuso la creación de un ejército enteramente nacional, compuesto por población local, lo que difería de los viejos regímenes absolutistas que habían recurrido a mercenarios. La nacionalización del ejército provocó un vuelco en la situación y un desequilibrio del poder internacional en provecho de Francia. La hipertrofia estatal hizo que la guerra se convirtiera en un asunto del pueblo, en este caso de un pueblo que sumaba 30 millones de habitantes. Hay que apuntar que en los siglos XVII y XVIII las guerras normalmente no habían movilizado a más de un 3% de la población de los países beligerantes.[20] Sin duda la revolución trastocó esto completamente y dio origen a la guerra total en la que, tal y como Clausewitz señaló, al poner a toda la población del país al servicio de la guerra los medios disponibles no tuvieron ya límites definidos.[21] Fue creado, entonces, un ejército masivo, lo que requería su drástico e inmediato crecimiento junto a la expansión de la burocracia estatal para facilitar la conscripción a gran escala, pero también la administración y el abastecimiento de tales masas humanas. El resultado final, como ya se ha dicho, fue la militarización de la sociedad con la instauración de un sistema de levas en masa para ganar la superioridad numérica sobre los enemigos.

Las guerras que se desencadenaron revolucionaron a la propia revolución y facilitaron la expansión del poder estatal. La movilización militar, la manufactura de armamentos, el abastecimiento del ejército y de las ciudades, etc., desencadenó la regulación de la economía que pasó a ser tan extensa en el día a día como la capacidad de la burocracia estatal y el poder de coerción del Estado podían. Todo o casi todo pasó a estar regulado, desde los precios de los productos básicos hasta los salarios. La movilización total de recursos fue la pauta general de las actuaciones emprendidas por las elites políticas de este período para mantener en pie los enormes ejércitos levantados, y con ello hacer frente al creciente esfuerzo bélico. La guerra sirvió para una creciente centralización de la política. Esta militarización a gran escala impuso medidas que jamás hubieran sido soñadas por el régimen absolutista. Las constantes levas en masa,[22] las grandes requisas y expropiaciones forzosas efectuadas por los agentes del Estado para abastecer al creciente ejército, las medidas especiales tomadas en las zonas rurales, (redadas nocturnas, constantes registros, toma de rehenes de familias, etc…), donde la población ofrecía mayor resistencia a la conscripción obligatoria, y la propaganda masiva para manipular ideológicamente a la población con el objetivo de conseguir su mayor implicación en el esfuerzo bélico son, entre muchas otras actuaciones, parte de la política totalitaria que el Estado desarrolló en aquel entonces. La Francia revolucionaria robusteció en grado superlativo el poder del Estado que aumentó sus capacidades militares en torno a un millón de hombres entre 1793 y 1794 para, de este modo, lograr una superioridad numérica sobre sus enemigos con la que conquistar la hegemonía en Europa.

La tendencia a la guerra era un rasgo inherente al propio proceso revolucionario, y en cierto modo su finalidad inmediata. Con la revolución irrumpió la política de masas que puso fin a los límites teóricos en los objetivos y métodos de la guerra, pues con ella emergió la propaganda y el fanatismo como instrumentos de manipulación ideológica para emprender guerras totales. De hecho, la revolución fue prácticamente desde el principio, y sobre todo a partir del otoño de 1791, un llamamiento abierto a la guerra y por ello un desafío al resto de las potencias europeas. Los girondinos proclamaron abiertamente en el parlamento que la guerra era una verdadera bendición nacional y que el único miedo que debía tener Francia era el de no tener una guerra. Estas declaraciones hechas por Brissot aludían igualmente a que el interés nacional de Francia requería una guerra para recuperar su seguridad, crédito y grandeza. Esta atmósfera belicista que impusieron los revolucionarios condujo a considerar la guerra la consumación de la revolución.[23] Todo esto demuestra la naturaleza totalitaria de este proceso y de sus resultados, mientras que la ideología, en la forma de nacionalismo combinado con un difuso universalismo, sólo fue un instrumento justificador del obrar totalitario del Estado revolucionario y su elite dirigente, además de servir para azuzar la guerra entre la población.

Puede concluirse, entonces, que el balance general de la revolución francesa es más negativo que positivo, y que por ello no hay ningún motivo de peso para celebrarla a tenor de lo hasta ahora expuesto. Su celebración, por el contrario, se inscribe en el marco de los fastos de un Estado que conmemora su refundación, y con ella su conversión en una nueva gran potencia. En este sentido el nuevo comienzo que inauguró la revolución fue el de un Estado hipertrofiado e hiperpoderoso que buscó conquistar la hegemonía internacional, a expensas, claro está, de la libertad, la igualdad y la fraternidad. El experimento fue efímero al terminar en Waterloo en 1815, pero los cambios que la revolución generó fueron imperecederos y afectaron a Francia y al resto del mundo con la configuración del moderno sistema de Estados. El precio de la gloria, la hegemonía y la grandeza fue verdaderamente sangriento en términos humanos, y catastrófico en términos económicos. La vetusta opresión del Antiguo Régimen fue sustituida por la de un Estado que se convirtió en el propietario de los habitantes de su territorio, que militarizó a la población y que no dudó en sacrificarla al servicio de sus intereses en la esfera de la política mundial.[24] Por todo esto la revolución fue causa y consecuencia de la competición geopolítica internacional entre las grandes potencias del momento, y por ello la respuesta que a nivel inmediato dio el Estado francés para aumentar sus capacidades internas y colocarse a la cabeza de esta competición. Todo lo demás es historia.

Esteban Vidal

Notas: 

[1] El comienzo de este proceso se remonta a la Edad Media cuando la corona empezó a afirmar su supremacía política sobre el conjunto del reino. Fue Felipe IV, en el s. XIII, el que logró imponerse por primera vez con claridad a la nobleza y afirmar su autoridad tanto frente a este grupo social como frente a la Iglesia. El rey de Francia no sólo pasó a investir cargos de la Iglesia, sino que igualmente la hizo tributar por sus riquezas. No hay que olvidar que este monarca disolvió la orden de los templarios y se apropió de todas sus riquezas. Con anterioridad el Papa Inocencio III, en 1202, había reconocido formalmente la independencia de facto del reino de Francia a través de la decretal “Per Venerabilem”, en la que afirmaba que el rey de Francia no tenía ningún superior. Le Goff, Jacques, La Baja Edad Media, Madrid, Siglo XXI, 1979, p. 227. Carlyle, Robert W. y Alexander J. Carlyle, A History of Mediaeval Political Theory in the West, Edinburgh, Blackwell, 1903-1936, Vol. 5, pp. 143-148. Post, Gaines, “Two Notes on Nationalism in the Middle Ages” en Traditio Vol. 9, 1953, pp. 281-320. Kantorowicz, Ernst H., The King’s Two Bodies: A Study in Medieval Political Theology, Princeton, Princeton University Press, 1957, pp. 51, 97

[2] Parece olvidarse con bastante frecuencia que el principal ideólogo de la revolución, y sobre todo de sus sucesivas constituciones, fue un sacerdote católico, concretamente Emmanuel-Joseph Sieyès. Esto es importante remarcarlo, como también que hubiera diferentes mandos militares involucrados en el proceso revolucionario. Entre los miembros de la Convención Nacional había 55 curas y 36 oficiales del ejército. Mann, Michael, Las fuentes del poder social, Madrid, Alianza, 1997, Vol. 2, p. 257. Por otra parte hay que añadir que durante al menos los 150 años previos a la revolución se había producido un proceso de mezcla entre la nobleza francesa y la burguesía, hasta el punto de conformar una misma clase de propietarios. No existían, por tanto, enfrentamientos entre las familias privilegiadas y las que ascendían en la escala social, como tampoco existía una identidad de clase claramente burguesa, de tal manera que comerciantes e industriales, que constituían lo sustancial de la burguesía de aquel entonces, perseguían ennoblecerse, todo lo cual facilitó su mezcla con la nobleza. Barber, Elinor G., The Bourgeoisie in Eighteenth-Century France, Princeton, Princeton University Press, 1955. Lucas, Colin, “Nobles, Bourgeois and the Origins of the French Revolution” en Past and Present Vol. 60, Nº 1, 1973, pp. 84-126

[3] Behrens, Catherine B. A., The Ancien Régime, Nueva York, Norton, 1989. Ídem, “Nobles, Privileges and Taxes in France at the End of the Ancien Régime” en Economic History Review 2ª serie, Vol. 15, Nº 3, 1963, pp. 451-475. Para una lectura de las posturas críticas con aquella historiografía que presenta la revolución francesa como una revolución burguesa cabe recomendar la siguiente bibliografía. Cobban, Alfred, “The Myth of the French Revolution” en Cobban, Alfred, Aspects of the French Revolution, Nueva York, Norton, 1970, pp. 90-112. Ídem, The Social Interpretation of the French Revolution, Cambridge, Cambridge University Press, 1964

[4] En relación a esto consultar lo comentado en Moore, Barrington Jr., Los orígenes sociales de la dictadura y de la democracia. El señor y el campesino en la formación del mundo moderno, Barcelona, Ariel, 2015. Un caso concreto de ataques del campesinado a las clases privilegiadas está recogido en Lefebvre, Georges, “The Murder of the Comte de Dampierre” en Kaplow, Jeffre (ed.), New Perspectives on the French Revolution, Nueva York, Wiley, 1965, pp. 277-286

[5] En 1780 la deuda nacional acumulaba 14 millones de libras anuales en intereses, el doble de lo que pagaba en aquel mismo momento el Reino Unido. Mathias, Peter F. y Patrick K. O’Brien, “Taxation in Britain and France, 1715-1810. A Comparison of the Social and Economic Incidence of Taxes Collected for the Central Governments” en Journal of European Economic History Vol. 5, Nº 3, 1976, pp. 601-650. Morineau, Michel, “Budgets de l’État et gestion des finances royales en France au dix-huitième siècle” en Revue historique Vol. 264, Nº 536, 1980, pp. 289-336. Behrens, Catherine B. A., The Ancien Regime, Londres, Thames & Hudson, 1967, pp. 138-162. Riley, James C., The Seven Years War and the Old Regime in France. The Economic and Financial Toll, Princeton, Princeton University Press, 1986. Para un mejor conocimiento de la situación financiera y capacidades fiscales de Gran Bretaña ver Brewer, John, The Sinews of Power, Nueva York, Knopf, 1989

[6] Existían diferentes tipos de regiones como los “pays d’État” que conservaban su derecho a negociar la concesión de tributos a la hacienda de la corona. Además, tampoco existía un sistema de pesos y medidas uniforme, lo que dificultaba seriamente la recaudación de impuestos debido a que estos eran pagados en especie.

[7] Para entonces el peso económico del ejército sobrepasaba con creces las capacidades financieras del Estado. Este creciente peso económico no sólo es atribuible a su aumento numérico y a la mayor logística necesaria para su abastecimiento, sino que también estaba el factor tecnológico que ha servido para encarecer sustancialmente los costes de los medios para preparar y hacer la guerra. McNeill, William H., La búsqueda del poder. Tecnología, fuerzas armadas y sociedad desde el 1000 d. C., Madrid, Siglo XXI, 1988, pp. 184-196

[8] No hay que olvidar que el Estado es esencialmente un maximizador de poder, y que busca en todo momento aumentarlo para garantizar su seguridad y, así, su existencia a largo plazo. En la esfera internacional esto es todavía más claro, pues “cualesquiera que sean los fines últimos de la política internacional, el poder es siempre el fin inmediato”. Y evidentemente esto exige adaptar las condiciones internas para disponer de las capacidades necesarias con las que aumentar el poder para, de esta forma, realizar la política internacional del Estado. Morgenthau, Hans J., La lucha por el poder y la paz, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1963, p. 43

[9] Bisson, Thomas N., “The Military Origins of Medieval Representation” en The American Historical Review Vol. 71, Nº 4, 1966, pp. 1199-1218. Downing, Brian, The Military Revolution and Political Change, Princeton, Princeton University Press, 1992. Ver también Tin-bor Hui, Victoria, War and State Formation in Ancient China and Early Modern Europe, Cambridge, Cambridge University Press, 2011

[10] Sirva de ejemplo el caso del puerto mediterráneo de Collioure, cerca de la frontera española, donde la acción popular durante la revolución persiguió mantener la independencia cultural, económica e institucional. Todo esto hizo que la acción popular se centrase en oponerse a las pretensiones del Estado francés de intervenir en la vida local para reclutar hombres para la guerra, así como en la modificación de la organización religiosa o en los intentos de la administración estatal de controlar el comercio a través de los Pirineos. McPhee, Peter, “Les formes d’intervention populaire en Roussillon: L’exemple de Collioure, 1789-1815” en Centre d’Histoire Contemporaine du Languedoc Méditerranéen et du Roussillon, Les pratiques politiques en province à l’époque de la Révolution française, Montpellier, Université de Montpellier, 1988, p. 247

[11] Secher, Reynald, A French Genocide: The Vendée, Notre Dame, University of Notre Dame, 2003. Tulard, Jean, Jean-François Fayard y Alfred Fierro, Histoire et dictionnaire de la Révolution française, 1789–1799, París, Robert Laffont, 1987, p. 1113. Shaw, Martin, What is Genocide?, Cambridge, Polity, 2007, p. 107. Levene, Mark, Genocide in Age of Nation State: Rise of the West and the Coming of Genocide, Nueva York, Tauris, 2005, Vol. 2. Otros autores, por el contrario, hacen uso del término democidio, concepto más amplio que comprende el asesinato de cualquier persona o personas por un gobierno, y que incluye el genocidio, los asesinatos políticos y los asesinatos masivos. Rummel, Rudolf J., Death by Government, New Brunswick, Transaction Publishers, 1997, p. 55. Pero incluso los historiadores afines a las tesis republicanas que se oponen al uso del término genocidio para describir lo ocurrido en la Vendée reconocen que allí se produjeron actuaciones que pueden catalogarse como crímenes de guerra. Martin, Jean-Clément, Contre-Révolution, Révolution et Nation en France, 1789-1799, París, Editions du Seuil, 1998, p. 218. En cualquier caso no deja de ser un hecho que después de la intervención militar del Estado la Vendée necesitó 25 años para repoblarse.

[12] Bois, Paul, “Aperçu sur les causes des insurrections de l’Ouest à l’époque révolutionnaire” en Martin, Jean-Clément (ed.), Vendée-Chouannerie, Nantes, Reflets du Passé, 1981, pp. 121-126. Le Goff, T. J. A. y D. M. G. Sutherland, “Religion and Rural Revolt in the French Revolution: An Overview” en Bak, János M. y Gerhard Benecke (eds.), Religion and Rural Revolt, Manchester, Manchester University Press, 1984, pp. 123-146. Martin, Jean-Clément, La Vendée et la France, París, Le Seuil, 1987

[13] Barker, Ernest, The Development of Public Services in Western Europe, Nueva York, Oxford University Press, 1944

[14] Thirsk, Joan, “Social Mobility” en Past and Present Nº 32,1965, p. 8

[15] Church, Clive H., “The Social Basis of the French Central Bureaucracy under the Directory 1795-1799” en Past and Present Vol. 36, Nº 1, 1967, pp. 59-72

[16] Son interesantes las observaciones hechas desde este punto de vista del proceso centralizador que significó la revolución por Tocqueville, y que constituyen un referente clásico. Tocqueville, Alexis de, El Antiguo Régimen y la Revolución, Madrid, Alianza, 1982, 2 Vols.

[17] Greer, Donald, The Incidence of the Terror during the French Revolution, Cambridge, Harvard University Press, 1935. Lucas, Colin, The Structure of the Terror, Nueva York, Oxford University Press, 1973

[18] No hay que olvidar que cuando Danton se convirtió en ministro de justicia en 1792 se puso en marcha un proceso de centralización del poder judicial para someterlo a las exigencias políticas del Directorio y de la Convención. Primero se estableció una renovación de los tribunales cada dos años cuyos integrantes eran sistemáticamente purgados a posteriori por el Directorio, hasta el punto de que llegaron a anularse las elecciones de jueces en 49 departamentos.

[19] Bayley, David, “The Police and Political Development in Europe” en Tilly, Charles (ed.), The Formation of National States in Western Europe, Princeton, Princeton University Press, 1975, pp. 328-379

[20] Wesson, Robert G., State Systems: International Pluralism, Politics, and Culture, Nueva York, The Free Press, 1978, p. 122

[21] Clausewitz, Carl von, On War, Harmondsworth, Penguin, 1968, p. 385. Al fin y al cabo la guerra total era parte de la doctrina militar revolucionaria tal y como se desprende de los textos de los mandos militares de aquel entonces. Strachan, Hew, Ejércitos europeos y conducción de la guerra, Madrid, Ediciones Ejército, 1985, p. 89

[22] El 23 de agosto de 1793 se decretó una leva en masa que constituyó una medida excepcional tanto dentro del proceso revolucionario como para aquella época al implicar la militarización de toda la población. Aquel decreto decía así: “Hasta que los enemigos de Francia sean expulsados del territorio de la República, todos los franceses deberán encontrarse dispuestos a servir y apoyar a nuestras fuerzas armadas. Los jóvenes irán a combatir, los casados forjarán armas y se encargarán de los servicios de transporte, las esposas e hijas tejerán las tiendas de campaña y los uniformes se servirán en los hospitales, los ancianos se levantarán en los lugares públicos para ensalzar la bravura de nuestros soldados y para predicar lo odioso de los reyes y la unidad de la república…”. Best, Geoffrey, Guerra y Sociedad en la Europa revolucionaria 1770-1870, Madrid, Ministerio de Defensa, 1990, pp. 80-81

[23] Knox, MacGregor, “Mass politics and nationalism as military revolution: The French Revolution and after” en Knox, MacGregor y Williamson Murray (eds.), The Dynamics of Military Revolution 1300-2050, Nueva York, Cambridge University Press, 2009, pp. 63-64. El desarrollo del concepto de guerra como consumación de la revolución se encuentra presente en los regímenes totalitarios y está explicado en Ídem, Common Destiny: Dictatorship, Foreign Policy, and War in Fascist Italy and Nazi Germany, Cambridge, Cambridge University Press, 2000

[24] La revolución produjo la militarización de la sociedad al haberla llevado a un estado de guerra permanente. Esto trastocó completamente el lenguaje, pues en tiempos de paz se llamaba a los ejércitos fuerzas militares, y sólo se hablaba de ejércitos en tiempos de guerra. El periodista francés Joseph Fiévée lo explicó del siguiente modo a principios del s. XIX: “On disoit autrefois les forces militaires de la France, de la Russie, de l’Espagne, de l’Autriche, de la Prusse, pour désigner la troupe de ligne que chacune de ces nations tenoit sous les armes en temps de paix; et le mot armée ne s’employoit jamais qu’en temps de guerre, et pour la partie qui se battoit; encore chaque armée prenoitelle un nom distinct, soit du pays auquel s’appliquoient plus particulièrement ses opérations, soit du chef qui la commandoit. Ce n’est certainement que depuis Buonaparte qu’on a appelé collectivement, en temps de paix comme en temps de guerre, les forces militaires de la France, l’armée; et cet exemple paroît avoir été suivi par toute l’Europe. On plaide aujourd’hui pour l’armée, on parle à l’armée, on fait parler l’armée”. Fiévée, Joseph, Correspondance politique et administrative, París, Le Normant, 1816, Vol. 1, p. 99. [Traducción: “Antiguamente se decía las fuerzas militares de Francia, de Rusia, de España, de Austria, de Prusia, cuando se quería designar a los soldados de línea que esas naciones tenían en armas en tiempos de paz; y la palabra ejército jamás era utilizada sino en tiempo de guerra, y aun así aplicada tan sólo a la fracción que combatía; más aún, cada uno de los ejércitos tomaba nombre distinto, según el país particular en el que se desarrollasen sus actividades, o según el jefe que se hallaba al frente. Tan sólo después de Napoleón se comienza a llamar colectivamente, tanto en tiempos de paz como en época de guerra, a las fuerzas militares de Francia, el ejército; un ejemplo que parece haber sido imitado en toda Europa. Se habla hoy en defensa del ejército, se le habla al ejército, se hace hablar al ejército”]. Extraída de Jouvenel, Bertrand de, Los orígenes del Estado moderno. Historia de las ideas políticas en el siglo XIX, Toledo, Editorial Magisterio, 1977, p. 162

FUENTE: https://www.portaloaca.com/historia/otroshistoria/14407-desmitificando-la-revolucion-francesa.html

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