EXPERIMENTANDO LA INICIACIÓN MASÓNICA

Para una persona que se auto considere autónoma, honrada y que entrañe costumbres de honor tal y como lo he hecho a lo largo de mi vida, resulta ser inquietante y definitivo iniciarse como Masón. Era claro que más allá de dar un paso frente al ingreso a una institución histórica, estaba sembrando la primera piedra en relación con la construcción de mi interior.

Muchas fueron las expectativas y sentimientos contradictorios de interés y ansiedad que recorrieron mi mente encontrándome a punto de morir simbólicamente, para renacer en el pulimento de la piedra bruta como mojón inicial del camino, que marca la promesa y trabajo de la piedra cúbica.

Bajo ese tenor discurrí en el tránsito de una ceremonia de cámaras, viajes y bebidas, que comencé como profano y concluí siendo iniciado, sumergido en las notas de la novena sinfonía de Beethoven que adornaban la oda a la alegría de Schiller.

Tras una breve meditación a plena luz del día en el panteón masónico del cementerio central de Bogotá, fui trasladado con los ojos vendados hasta un lugar que desconocía pero que según el estado de las vías no podía quedar fuera de la capital colombiana.

Un descenso en un ambiente húmedo, guiado por manos enguantadas y escoltado por un cierto olor a moho, marcaron los momentos previos a traspasar por las cuatro cámaras que me esperaban como preludio para el ingreso al Templo en simbolismo de valores como la sabiduría, la virtud y el conocimiento.

Fue allí cuando alguien tomó mi mano izquierda y haciéndome palpar un elemento esferoide, una calavera, me indicó que se trataba de quienes no habían pasado la prueba y le hallé razón a su afirmación, pues pensé que resultaba muy difícil superar cualquier obstáculo cuando se tiene el cráneo de porcelana.

Me topé entonces con el Agua, el Fuego, el Aire y la Tierra como elementos presentes dentro de las ceremonias en confirmación de la conexión con el mundo cósmico y sus espíritus denominados: “Salamandras, Ondinas, Silfos y Gnomos” [1] encarnados en la fuerza; palabra y esencia del primer grado.

La cámara del agua, se trató de una vivencia ciega, fría y finalmente; somnífera a consecuencia de los arrullos de un calmo caudal. Tal vez tendría que ser así, para efectivamente comprender el valor y la esencia de Thales de Mileto y otros filósofos antiguos, cuando sus palabras vinieron a mí narradas en prosa, explicando la significancia de la llegada a un cambio de paradigma, a una evolución trasmutada en el árbol de la vida y el espíritu potencial del todo.

Tras intervalos en la penumbra, asistido por mis pensamientos y la garganta muy seca, fui ingresado a la cámara del fuego donde por primera vez pude despojarme de la banda que cubría mis ojos desde la tarde y apreciar lo cálido y agradable que puede ser el ardor personificado en el “fervor y celo de los masones”.  Por su paso, tal como me fue indicado, pude reflexionar sobre la luz y su iluminación manifestada como la existencia de una “Inteligencia Suprema y Omnipresente que regula el Universo.” [2]

Fue así como una vez más accedí a la siguiente cámara, la del viento, para encontrarme frente a un rostro imponente, enigmático y casi mitológico que soplaba frio sin piedad sobre mi semblante, luces encendidas y apagadas me hacían pensar en los aires vitales en torno a las funciones humanas que minutos antes me fueron puestos de presente.

Luego de una pausa, el sonido de una campanilla acompañado de la lectura de otro texto, predispusieron un encogido ingreso a la cámara de la tierra; de acuerdo a Lavagnini, la cámara de reflexión, el elemento tierra representado como la “Visita interiora terrae, rectificando invenies ocultum lapidem -V.I.T.R.I.O.L.-”.

Asumiendo una muerte simbólica, para despedir los vicios del mundo profano con los que había ingresado y reiniciar en el camino de la verdad y la virtud que comporta la trasformación del plomo en oro, me dispuse a escribir mi propio testamento en preparación a un próximo renacer, respondiendo sobre mis deberes para con el creador, conmigo mismo y con los demás.

Debo admitir que perdí tiempo valioso para resolver aquellos cuestionamientos para nada intrascendentes, pero no fueron pocos los detalles que llamaron mi atención durante mi visita al interior de la tierra; así que mientras mis trazos obedecían a la volatilidad de una pluma sin rumbo, me contemplaba a mí mismo inmerso en el trigo como muestra de la feraz semilla que echa raíces y germina con su propio esfuerzo, en el azufre y la sal como dos ámbitos energéticos que se complementan y enriquecen mutuamente en la Fuerza Universal y en el pan y el agua sustancia madre que ha producido la semilla y ha de volver a la tierra seguro de creer en la resurrección de una vida futura bajo un Principio Creador[3].

A pesar de haber experimentado temor a lo desconocido en horas previas a la visita al cementerio, por alguna razón que al día de hoy aún no descifro, una acogedora tranquilidad me amparó cuando fui consciente que no estaba sólo, me encontré conmigo mismo y el sosiego llegó a mi espíritu.

De este modo y ya despojado de pertenencias metálicas antes de ser ingresado al Templo, paso a paso, casi como Calcidio o los Omeyas fui traduciendo y desentrañando aquella cuestión fundamental del pensamiento griego en el mito de la caverna Platónico; toda una experiencia holística acrisolada en una ceremonia en la que carente de la vista, viví a plenitud con los demás sentidos; sabores dulces y amargos, calor intenso del fuego próximo, hedor a penetrante alcohol, música, pitos, voces y matracas fueron detallando el significado de aquella vorágine humana que configuró mis viajes iniciales, donde al igual que el poeta Baudelaire «para musitar largas frases no necesita palabras«.

Es real todo aquello que tiene existencia verdadera y efectiva, aunque como en este caso pertenezca a un mundo paralelo donde la realidad, la lógica y pensamiento no tienen fronteras entre sí, pero que de igual manera son elementos ciertos e innegables al interior de cada cual, así trasmuté iniciáticamente del inframundo de la oscuridad, las sensaciones y las palabras donde gobiernan las conjeturas, a la certeza del saber en el mundo de la luz donde reinan las ideas.

Realidades que hasta el momento habían escapado a la comprensión de mi conocimiento; hombres libres y de buenas costumbres donde el gusto de ser maestro redunda en los ecos reveladores de continuar queriendo ser aprendiz. 

Bibliografía:

·         Lavagnini, Aldo. Manual del Aprendiz Masón, Ed. Kier, Buenos Aires, Argentina, 2008.

·         Gran Logia de Colombia. Constitución y Estatutos. Landmark XX, Or:. de Bogotá D.C. Agosto de 2012.

·         Gran Logia de Colombia. Logia Génesis Nº27. Cámaras de Preparación, Cuarto de Reflexiones y Templo de Iniciación. Bogotá D.C. Agosto de 2007.

Es mi palabra V.·.M.·.

      QQ.·.HH.·. TT.·., 

      L.F.M.M.

Apr.·. Mas.·.

FUENTE: https://www.logialuzdegirardot.org/2017/11/04/experimentando-la-iniciaci%C3%B3n-mas%C3%B3nica/