Una mirada masónica sobre la pobreza.

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El Q.·.H.·. observa la pobreza con una mirada masónica.

El H.·. establece que no sólo existe una pobreza material, hay otras pobrezas tanto o más graves que esta.

“Pero, aún cabe hablar de otro tipo de pobreza, no incluida en la clasificación antes aludida, pero igualmente preocupante pues tiene que ver con el desarrollo y evolución del individuo en la sociedad. Es la “pobreza de espíritu o la miseria del alma”, fruto envenenado de la falta de empatía, sensibilidad o capacidad del ciudadano para situarse en el mundo y participar en el desarrollo de una sociedad más justa, de forma activa.


Mil son las caras que tiene la desigualdad y el esfuerzo por contemplarlas, merecería innumerables páginas y horas de reflexión.

El concepto de igualdad entre todos los seres humanos – uno de los principales lemas de la francmasonería – es relativamente moderno en nuestra historia común. La sociedad humana, nunca ha sido fraterna e incluso entre los pueblos más remotos del planeta, existen sensibles diferencias por razón de rango, raza o por acumulación de bienes materiales. No puedo señalar la existencia o pervivencia de ninguna comunidad exenta de esta realidad, pero ello no debe impedir que aspiremos a ella, al menos, tratando de erradicar la desigualdad más vergonzante de todas, una vieja conocida de la humanidad: la pobreza.

Aunque la pobreza sea un monstruo difícil de clasificar, sí parece posible distinguir, al menos, tres categorías básicas:

La “pobreza material”, que sería la que condena al individuo o a un sector de la población a existir sin los recursos básicos mínimos para cubrir sus necesidades fisiológicas esenciales. Alcanza, sobre todo, a algunas regiones menos desarrolladas del planeta – en Asia, sobre todo en África, y en Latinoamérica – donde la falta de vivienda, educación, agua potable, alimentación y sanidad someten a las poblaciones al aislamiento y a la exclusión, generando una espiral que acaba derivando en una mayor tasa de violencia social: según la Organización Mundial de la Salud, la gran mayoría de fallecimientos a nivel mundial se relacionan con condiciones de pobreza y marginación.

Parece posible establecer como causa remota, el colonialismo que ejercieron las naciones occidentales y su absoluta falta de respeto hacia las costumbres e historias locales, así como la consiguiente división artificiosa de muchas de las fronteras que son, aún hoy en día, causas de guerras y violencia étnica o religiosa. La indiferencia de los países desarrollados hacia los más desfavorecidos y la salvaguarda de sus intereses estratégicos, provocan una apabullante corrupción política, el uso de mano de obra barata para promover intercambios económicos y comerciales muy desiguales y descaradamente injustos o el éxodo obligado de cientos de miles de personas.

Por otra parte, encontramos lo que podríamos denominar “pobreza relativa”, donde se sitúan países en los que una parte de la población (ya sea urbana o rural) padece necesidad. En este caso, no es necesario que crucemos océanos o nos transportemos a otros continentes, podemos observarla a nuestro alrededor, en cualquier calle de nuestro barrio, pueblo o ciudad. Se trata de ciertos sectores que no tienen lo necesario para vivir de acuerdo con los derechos básicos reconocidos por el Estado en que se encuentran, debido a la escasa o nula percepción de ingresos, lo cual genera exclusión y severas diferencias entre los diferentes estratos sociales.

En tercer lugar, podríamos distinguir la “pobreza estructural”, mucho más triste y vergonzosa que la anterior, por lo que nos atañe. Tiene que ver con la indefensión que sufren ciertas personas que por enfermedad – ya sea mental o física – desempleo u otra causa sobrevenida acaban en situaciones de extrema precariedad ante los ojos del Estado, que se mantienen cerrados mientras hace números para el presupuesto millonario del año siguiente. Es la pobreza que nos puede alcanzar, que percibimos como una “espada de Damocles” sobre nuestras cabezas, que nos hace sentir un temor intenso, convirtiéndonos en individuos sumisos, en ciudadanos obedientes.

Pero, aún cabe hablar de otro tipo de pobreza, no incluida en la clasificación antes aludida, pero igualmente preocupante pues tiene que ver con el desarrollo y evolución del individuo en la sociedad. Es la “pobreza de espíritu o la miseria del alma”, fruto envenenado de la falta de empatía, sensibilidad o capacidad del ciudadano para situarse en el mundo y participar en el desarrollo de una sociedad más justa, de forma activa.

En algunos casos, esta actitud anestesiada se ha pretendido justificar por la falta de calidad de la enseñanza en algunos países desarrollados, esto es: por la ausencia de medios adecuados para la evaluación de los alumnos o por la dirección que los gobiernos imprimen a su favor en los programas educativos. Pero esta explicación es insuficiente, porque en los países donde la educación mantiene los niveles más altos y las inversiones públicas son generosas, sucede lo mismo.

Resulta muy triste reconocer que los Estados más ricos respondan ante las situaciones de pobreza, ya sean internas o externas, como fiel reflejo de la posición que adopta buena parte de su ciudadanía. La pobreza se rechaza como una suerte de “peste” contemporánea, se teme como si fuera contagiosa, como si viniera a poseer lo que es tuyo…resulta penoso reconocer que esta injusta actitud hacia los más necesitados, encuentra un importante apoyo popular y hace que una parte considerable de las naciones más desarrolladas, adopten políticas de Estado que nos hacen sumir en una profunda vergüenza.

La “miseria del alma” no puede ser, en ningún caso el fundamento de una decisión política; la “pobreza de espíritu”, no puede gobernar las naciones. Todavía no es tarde para combatir a esa vieja enemiga que se alimenta de nuestro miedo, pero depende de nosotros dejar de nutrirla, desprendiéndonos de eslóganes interesados, de horizontes estrechos y de prejuicios absurdos, rechazando frontalmente que lo que poseemos, nos posea.

No renunciemos a la fraternidad ni a la bondad: aún no es tarde para tender una mano…no olvidemos que estamos ligados por un destino común, que navegamos juntos por el espacio en este hermoso planeta.

FUENTE: http://logiamediodia.com/wp-content/uploads/2018/07/Una-vision-masonica-sobre-la-pobreza.pdf

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gustavo1941

Ex preso politico cubano, refugiado en EE UU. Presidente de la Academioa Cubana de Altos Estudios Masonicos de la Gran Logia de Cuba de AL y AM (2005 a 2011); Gran Canciller Secretario General del Supremo Consejo del grado 33 para la Republica de Cuba del REAYA(2005-2008). Autor y conferencista.

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