09/24/2020

Sociedad civil y Estado en América Latina

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Por Bernardo Sorj

En las últimas décadas, en la mayoría de los países latinoamericanos, la sociedad civil pasó a tener un protagonismo central, en particular a partir de la lucha contra las dictaduras. En este contexto, las ONG se transformaron en la encarnación de la sociedad civil, pasaron a expresar las demandas más variadas y fueron asociadas a los más diversos discursos políticos. Para la visión liberal, las ONG deben reemplazar parcialmente los servicios de protección social del Estado, mientras que para la izquierda son el nuevo vehículo para canalizar los reclamos de justicia tras el colapso de la alternativa socialista. El artículo afirma que, pese a su importancia, las organizaciones de la sociedad civil no podrán reemplazar al Estado-nación, que es donde se define la lucha por la distribución de la riqueza.

La sociedad civil y la participación democrática: expectativas y realidades

La sociedad civil concita el respaldo de grupos tan diferentes como las grandes corporaciones, los gobiernos de países desarrollados, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Foro Social Mundial, por no mencionar el apoyo de los partidos políticos de derecha e izquierda en todo el mundo. Para algunos, la sociedad civil es un término ómnibus sin significado preciso, mientras que para otros se trata de un nuevo concepto capaz de iluminar el camino hacia un mundo mejor. A pesar de su imprecisión, que refleja, como veremos, la lucha por su apropiación por diferentes actores sociales, no podemos olvidar que está en el centro de los debates sobre la democracia y los procesos de democratización.

La sociedad civil se transformó en el símbolo de la solidaridad y el cambio social en el espacio público en el periodo de la Posguerra Fría. Debido a su fuerza evocativa y a su potencial para expresar la esperanza en un mundo mejor, la idea de la sociedad civil ejerce una amplia influencia en los ciudadanos y en el rol que se confieren a sí mismos diversos actores sociales. Más allá de esa fuerza evocativa, debemos abordar algunas interrogantes: ¿las sociedades civiles son capaces de expresar y satisfacer efectivamente las demandas de los ciudadanos? ¿Pueden desempeñar el papel de intermediario entre los individuos, los grupos sociales y las estructuras del poder político, en un contexto en el que los partidos políticos están cada vez más desvalorizados?

Por lo pronto, el concepto de sociedad civil no puede dejarse de lado con el argumento de que no cumple los requisitos básicos de la teoría social, tal como parecen sostener críticas recientes. La crítica teórica no puede limitarse a cuestionar los límites del carácter científico o de la capacidad explicativa del concepto de sociedad civil, sino que debe buscar comprender, en primer lugar, por qué se volvió tan importante; en segundo lugar, aclarar cómo fue objeto de apropiación por actores tan diferentes; y en tercer lugar, analizar la estructura empírica de los diferentes actores que afirman ser parte de la sociedad civil, así como su papel en la construcción del sistema político.

Para avanzar en el debate, los científicos sociales deben impulsar una indagación tanto conceptual como empírica, evitando caer en el pensamiento proyectivo (wishful thinking). No se trata, desde luego, de que las orientaciones morales no tengan cabida en el análisis social. Pero el siglo XX nos ha enseñado que, si queremos ser fieles a nuestros valores, debemos desconfiar de la retórica moralista: el camino del infierno está plagado de buenas intenciones, tanto para los individuos como para las organizaciones. Al mismo tiempo, el buen ejercicio del pensamiento crítico puede ser «negativo», y de hecho algunas veces lo es. Pero, sin el optimismo y el pragmatismo de la voluntad, la razón solo produce análisis deterministas o lineales, tendientes a la parálisis y el derrotismo. Por consiguiente, necesitamos superar tanto el optimismo ingenuo como el criticismo negativo, aunque ambas inclinaciones constituyan componentes inherentes al arte de entender la realidad social.

Somos conscientes de que los sistemas clasificatorios y los conceptos sociales –la clase obrera, la religión, el campesinado, la empresa, la democracia– son precarios y no pueden separarse completamente de los significados del sentido común, ni tampoco pueden definirse claramente, es decir, de forma tal que sus contornos y sus contenidos permitan un pleno aislamiento del conjunto de los fenómenos sociales. Las realidades sociales son plásticas y cambiantes y están llenas de «ruido». Definirlas implica una dosis de arbitrariedad por parte del científico social. Así pues, lo mejor que podemos esperar es que la definición sea lo más clara e inclusiva posible.

Mi análisis asume la perspectiva de un latinoamericano. Como sociólogo, durante décadas experimenté la tendencia de nuestros países a ser colonizados por los teóricos de los países avanzados, sin duda bien intencionados pero inclinados a no contemplar las diferentes realidades locales, por no mencionar su ceguera ante las relaciones de fuerza que pautan la producción de conocimiento y las prácticas de vasallaje intelectual fundadas en las relaciones Norte-Sur. Pero, además, la principal razón para asumir una perspectiva contextualizada es que la teoría política no puede aislarse de las sociedades en que es producida.

El prestigio de la sociedad civil y el desencanto con el Estado

Después de un siglo en estado latente, la sociedad civil se volvió un concepto de moda debido a la lucha contra los regímenes militares autoritarios en América Latina y contra los regímenes comunistas totalitarios en Europa oriental. En tales contextos, la sociedad civil representaba a un conjunto extremadamente heterogéneo de actores unificados por el objetivo común de la lucha por la democratización. Al cumplirse ese objetivo, todo hacía pensar que la sociedad civil estaba condenada a resultar un fenómeno de corta duración. Pero, lejos de eso, se convirtió en un concepto central de la vida política de las sociedades, tanto desarrolladas como en desarrollo. ¿Qué fue lo que ocurrió?

El papel central de la sociedad civil en las sociedades capitalistas democráticas contemporáneas expresa una doble dinámica política, por un lado, a partir de la crítica al Estado de bienestar realizada por la derecha y, por otro, a raíz de la crisis de la izquierda provocada por la caída del comunismo. La crítica de la derecha estuvo presidida por un ataque contra la creciente expansión del costo del Estado y las políticas de bienestar, acusadas de incentivar el desempleo, fomentar las familias monoparentales, devaluar la cultura emprendedora y acotar la autonomía individual. Este pensamiento trajo aparejada la idea de un retorno a las asociaciones civiles basadas en la solidaridad (la familia, las organizaciones locales, la Iglesia o la filantropía). Mientras que en la tradición británica esto derivó en una reactivación del pensamiento liberal clásico, en Estados Unidos fue teorizado como un retorno a la democracia tocquevilliana, basada en un asociacionismo local, en la fuerza de los valores cívicos y en la participación ciudadana. Esta tendencia teórica terminó mezclándose con el comunitarismo y con conceptos mucho más difundidos, aunque de dudosa precisión, como «capital social» y «confianza», ligados a una pluralidad de orientaciones políticas.

En la izquierda, el descubrimiento de la sociedad civil estuvo motivado por el abandono de la esperanza en la clase obrera y en el socialismo, aunque también remite a una postura crítica hacia el Estado de bienestar, a su burocratización y a su invasión de la vida social creativa. Desde esta perspectiva, la sociedad civil se convirtió en un medio de lucha contra las tendencias opresoras del mercado y del Estado y fue vista también como un factor de creación de espacios autónomos de libre comunicación.Esas dos ideas bien distintas de la sociedad civil se confunden en la vida práctica y en los medios de comunicación y de hecho contienen, más allá de sus diferentes orígenes, algunas convergencias reales. Ambas son síntomas –o intentos de solución– de la crisis de representación de las democracias contemporáneas, en las que los partidos políticos han perdido su capacidad de convocatoria y de generación de visiones innovadoras para la sociedad y se han orientado hacia el centro, mientras que los programas partidarios, tanto de derecha como de izquierda, coinciden esencialmente y solo son capaces de mostrar pequeñas diferencias.

Cuando las reformas inspiradas en el Consenso de Washington dejaron de producir los resultados esperados y comenzó a sentirse la falta de nuevas ideas para transformar las instituciones sociales, la sociedad civil cubrió ese espacio. Era un concepto maleable, preservado de interferencia política y susceptible de recabar el apoyo tanto de la derecha como de la izquierda. El consenso en torno de la sociedad civil como una esfera capaz de producir un cortocircuito en las instituciones estatales (vistas como fuente de corrupción y de ineficiencia) la hizo atractiva para las instituciones internacionales: el Banco Mundial, el FMI y el sistema de las Naciones Unidas, que pasó a ver a las ONG como aliadas en la elaboración de una agenda transnacional destinada a romper el monopolio de los Estados-nación.

La sociedad civil fue revalorizada, entonces, por ideologías y actores internacionales muy diferentes, aunque esto no significa que las organizaciones de la sociedad civil reflejen automáticamente a los diversos actores sociales que las impulsan. Al contrario, ellas constituyen un subsistema relativamente autónomo, cuya dinámica práctica no se ajusta ni al deseo de los pensadores de derecha, según los cuales estas asociaciones favorecerían la disminución del papel solidario del Estado, ni al modelo de izquierda de un espacio radicalmente separado del mercado y del Estado.

FUENTE: https://nuso.org/articulo/sociedad-civil-y-estado-en-america-latina/