INTERCOMUNICADORES CELESTIALES

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María Teresa Fátima Bello

Son innumerables los que se proponen instruir y escribir, hablar, materializar, aliviar y consolar en nombre de los Mensajeros del Dios del Universo y los seres celestiales.

Son muchos los labradores  que desea sembrar, sin embargo, pasan la existencia discutiendo teorías de la agricultura o comentando algo acerca de las diversas plagas que flagelan la labranza y esperan indefinidamente el instante de plantar, como si la tierra debiese desplazarse hasta ellos, para cogerle las semillas de las manos.

Asimismo, encontramos el alfarero que desea fabricar un vaso concreto, pero consume el tiempo hablando de las dificultades de la cerámica o en los peligros del horno caliente y aguarda en constante expectativa la hora de modelar, como si la arcilla tuviese la obligación  ayudarlos en la obra.

Pensemos en el alumno que llegase a la escuela con mucho deseo de aprender y que no tocase siquiera un libro, como si el profesor pudiese clavarle la lección en la cabeza, como quien cuelga un cartel en el poste.

Si aspiras a colaborar en la obra de los Espíritus Benevolentes y Sabios colocándote entre ellos y los hermanos encarnados, es posible que no puedas compartir, de inmediato, la sinfonía de los grandes hechos humanos; pero puedes brillar en la tarea más alta de todas: la de expresarse en el concierto del bien puro, consolando y construyendo, amparando y esclareciendo, educando y amando…

Para eso, no es suficiente desear mucho…

Hay que reverenciar el servicio, buscar el servicio, disputar el servicio y abrazar el servicio con espíritu de renuncia en favor del prójimo.

Muchos dicen que lo harán mañana. Realmente, mañana es el tiempo glorioso llamado porvenir, destinado a marcar la coronación y la victoria, la cosecha y la alegría… Sin embargo, según viejo refrán, en muchos casos “mañana es el camino que va a dar en el desierto llamado nunca”.

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