Gente Pequeña, Grandes Errores

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Cuatro lecciones invaluables


«Voy a hablar con tu maestro esta semana», le dije a mi hijo de cinco años mientras lo arropaba con la manta cómodamente alrededor de sus orejas. Su cara estaba relajada en una somnolienta sonrisa, y de pronto, saltó de la cama.

«¡No!», dijo él. «¡Por favor no hables con mi maestro!».

Yo me reí. ¿Que fechoría de niño de cinco años podría estar preocupando a mi hijo? “¿Qué pasa cariño? Es solamente una reunión de padres con maestros. Aba y yo solamente queremos asegurarnos de que las cosas van bien”. Aunque mi esposo había visto al maestro algunas veces desde el comienzo del año, sus conversaciones habían sido breves. Aun así, el maestro había sido muy alentador.

«Te va a decir lo que hice», dijo me hijo. «Soy un niño malo».

«¡No!» dije yo, frotando su suave espalda, besando la punta de su cabeza. «No existe eso de niño malo. Cuéntame que paso».

Sus labios temblaron. «Ayer», dijo él, y yo sabia que el utilizaba este termino libremente como suelen hacerlo los niños de cinco años, «al maestro se le cayeron algunos de sus dulces al piso. De los que da de premio. Durante el recreo, yo corrí y los recogí y en vez de devolvérselos al maestro, me los comí. Cuando el maestro vio, estaba muy enojado. Por favor no lo llames».

Abracé su pequeño y tembloroso cuerpo. «Está bien», dije mientras lo mecía. «Todos cometen errores. Tu maestro no te tiene antipatía por eso. De verdad».

Por dentro, yo estaba furiosa. ¿Qué otra cosa haría un niño de cinco años cuando sus ojos ven dulces en el piso?

«Por favor no vayas», rogó él.

«Voy a ir», dije yo, con sus mejillas entre mis manos, mirando sus enternecedores ojos cafés. «Vamos a arreglar esto».

El Encuentro

Entramos a la sala de clases, decorada con dibujos del Arca de Noé en homenaje a la última parashá. El maestro estaba sentado detrás del escritorio, con una amplia sonrisa en su cara.

«Ustedes son los padres de Shlomo. Estoy tan contento de que vinieron. Antes de comenzar, por favor díganme si tienen alguna pregunta que hacerme».

«Bueno», comencé, «muchas gracias por darle a Shlomo unos maravillosos meses. Él parece estar aprendiendo bien y desarrollándose en muchas formas bajo su tutela».

El maestro se inclinó hacia delante en su escritorio, sus ojos expectantes.

«Pero, Shlomo piensa que usted está descontento con él».

El maestro nos miró, su ceño fruncido, claramente perplejo.

«Fue la historia de los dulces», dijo mi esposo. Él repitió lo que nuestro hijo me había contado.

El maestro se rascó la barba y parecía estar en profundo pensamiento. La habitación estaba en silencio.

«Estoy impresionado», dijo el maestro. «La historia que me están diciendo… pasó hace casi dos meses, justo al comienzo del año. Yo estuve ligeramente enojado y reprendí a su hijo por unos segundos. Luego todo el incidente voló de mi cabeza tan rápido como había entrado».

El maestro revolvió unos cuantos papeles frente a él. «Todo lo que iba a decirles sobre su hijo es que le está yendo muy bien. Es académica y socialmente exitoso; está feliz y bien adaptado… y ahora ustedes me dicen esto».

El maestro frotó su mano por la frente. «Yo pensé que Shlomo sabía cuán maravilloso yo pienso que es, cuando todo este tiempo tuvo adentro este insulto como prueba de mi antipatía». Golpeó los bordes de los papeles en el escritorio, juntándolos en una sola pila ordenada. «Esto es imperdonable», dijo. «Mañana, voy a arreglar las cosas. Tan sólo me gustaría haberlo hecho antes».

Mientras nos íbamos de la reunión y caminábamos a casa, mi esposo y yo discutimos cómo toda esta situación se había agrandado. ¿Una pequeña infracción y nuestro hijo había estado triste durante dos meses?

Pero al día siguiente, mi hijo volvió a casa de la escuela jubiloso.

«El maestro me quiere», dijo él. «Me dio el trabajo especial de repartir las hojas de trabajo. Y me dio esto». Abrió su puño y me mostró una desmigajada galleta. «Porque estoy estudiando muy bien. Soy un buen niño».

Yo aprendí unas cuantas cosas invaluables de este incidente.

  1. Los maestros son seres humanos falibles. El maestro puede haber cometido un error pero eso no niega el buen trabajo que ha hecho. Yo tengo que trabajar con el maestro de mi hijo, no en su contra. Y en este caso, la reacción de mi hijo fue una percepción errónea. Nuestros sabios nos enseñan a juzgar a toda persona favorablemente y el maestro de mi hijo merece no menos que toda persona.
  2. Los padres también son falibles. Me hubiera gustado que mi hijo me hubiera contado sobre esto antes. Desde entonces le he dejado en claro que él nunca va a perder por decirme la verdad. Y a pesar de que siempre separo tiempo para hablar con mis hijos, yo necesitaba reforzar la idea de que contarle a Mami siempre es lo correcto.
  3. Yo no debería haber dejado pasar tantos meses antes de entrar en los detalles de la vida de mi hijo en la escuela. Aunque habíamos estado en contacto con el maestro brevemente, podríamos haber hecho preguntas puntuales; «¿Cómo es la conducta de mi hijo? ¿Quiénes son sus amigos? ¿Se sienta adelante o atrás? ¿Ha habido algún incidente del que deberíamos estar al tanto?
  4. Afuera en el amplio mundo, la autoestima de nuestros hijos será herida aquí y allá. Pero tanto como los niños son devastados fácilmente, son nutridos fácilmente. Mi hijo floreció de un día para otro cuando fue regado con las más pequeñas gotas de ternura por parte de su maestro. Si inundamos a nuestros hijos con positivismo y animo, esto ayudará a acolchar todas las caídas y moretones emocionales que tienen que recibir. En las palabras del Rav Wolbe ZT»L, somos sembradores. Nuestros pequeños árboles necesitan cuidado y regado frecuente.

Cuando mi hijo llegó a casa al día siguiente él estaba aún más reforzado por el amor y apreciación de su maestro. A estas alturas, mi hijo se ha acostumbrado a su nueva posición. Y yo me estoy acostumbrando a la mía.

FUENTE: https://www.aishlatino.com/fm/sp/115419024.html?s=rab

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