Los Estados, la sociedad mundial y las leyes noájicas (PARTE II)

Por Shimon Dovid Cowen

La “religión civil” americana: el monoteísmo ético

¿Cuál, para seguir el ejemplo estadounidense, es la tradición moral de la sociedad? La declaración del juez Douglas, que representa el fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos en el caso Zorach vs. Clauson (1952) fue que “Somos un pueblo religioso cuyas instituciones presuponen un Ser Supremo” y que el Estado “respeta adecuadamente la naturaleza religiosa de nuestro pueblo y acomoda el servicio público a sus necesidades religiosas”. Al mismo tiempo, lo combinó con una declaración de la neutralidad del Estado ante las “sectas” religiosas particulares. ¿Qué tipo de pluralismo es consistente con la afirmación del carácter religioso de la sociedad?

El sociólogo estadounidense Robert Bellah, en su ensayo Civil Religion in America,6 delinea el espíritu religioso de los Estados Unidos de América al citar las referencias abiertas a Di-s hechas por los presidentes pertenecientes a diversas denominaciones religiosas. Se refieren a la Deidad de la enseñanza bíblica, sin ninguna identificación sectaria que no sea un monoteísmo neutral. El profesor Robert P. George7 es quien en una conversación privada (si es que no también en trabajos impresos, de los cuales no tengo noticias) se ha referido al ethos estadounidense como un “monoteísmo ético”. En dos sentencias recientes de la Corte Suprema de los Estados Unidos, en relación con la exhibición pública en los juzgados de los Diez Mandamientos, encontramos una referencia elaborada al alcance de la mención pública ―presidencial y oficial― de Di-s. En un juicio de apelación,8 el juez Antonin Scalia, él mismo un cristiano religioso, llega a decir que

La Proclamación de Acción de Gracias emitida por George Washington en la instancia del Primer Congreso fue escrupulosamente no denominacional ―pero fue monoteísta… Todas las acciones de Washington y el Primer Congreso en las que he confiado, prácticamente todas las Proclamaciones de Acción de Gracias a lo largo de nuestra historia, y todos los otros ejemplos de del favorecimiento de nuestro Gobierno a la religión que he citado, han invocado a Di-s, pero no [al fundador del cristianismo].

En resumen, hay razones muy fuertes para decir que la importancia de la actitud de la Constitución estadounidense hacia la competencia de las “sectas” no es relativizar la religión, sino más bien extraer el denominador común de la “religión civil” estadounidense, a saber, un monoteísmo ético de origen bíblico.

Hay dos cosas más por apuntar. Una es que la no denominacionalidad de la vida estadounidense generalmente no ha tendido hacia elementos que deshacen los valores religiosos de la sociedad, y que tales iniciativas son la excepción más que la regla. El segundo punto es que los valores (o como se suele expresar, los “derechos” defendidos) en la sociedad estadounidense no se expresan en términos de una justicia abstracta o (puramente) “natural”, sino como “arraigados” en Di-s,9 o como declaró el presidente J.F. Kennedy en su discurso inaugural, en términos de “la creencia de que los derechos del hombre no provienen de la generosidad del Estado sino de la mano de Di-s”.10 Los elementos de una creencia monoteísta de origen bíblico y sinaítico, de los cuales se derivan los principios morales, sirven como una preparación muy significativa para la aceptación consciente y el estudio de las leyes noájicas favorecidas por la resolución del Congreso (antes citada) de 1991: “Estos valores y principios éticos han sido la base de la sociedad desde los albores de la civilización, cuando eran conocidos como las Siete Leyes Noájicas”.

Queda para todas las sociedades examinar la dimensión religiosa de su propio ethos nacional. Los hechos parecen ser que la humanidad cree abrumadoramente en Di-s y en ella pueden resonar con los conceptos noájicos fundamentales, de manera que cuando una minoría “atea” ruidosa (a menudo asociada con departamentos de las universidades) profesa de manera diferente, esto tiene que ver con el tabú de la “experiencia personal de la fe religiosa”.11 Adicionalmente, hay un humanismo secular que ha olvidado sus raíces religiosas.12

2. La sociedad mundial y las leyes noájicas

El orden internacional y la soberanía de los Estados13

Las fuentes del derecho internacional moderno son el derecho internacional consuetudinario, basado en prácticas que las naciones decidieron observar; una Corte Internacional de Justicia, a la cual las naciones eligen suscribirse; las Naciones Unidas, cuyos miembros mantienen relaciones políticas entre sí, donde también ciertas naciones poseen poderes de veto; y finalmente la actividad contractual de las naciones en la elaboración de tratados. La característica común de todos estos aspectos del derecho internacional es que son esencialmente voluntarios; representan compromisos electivos de naciones soberanas, que no están vinculadas a ninguna autoridad moral o legal por encima de sus existencias soberanas individuales, excepto en la medida en que eligen suscribirse o estar obligados por una. Esa autoridad, en todo caso, no es absoluta.

Este es el carácter del derecho internacional moderno, del derecho que fue formulado y practicado en los tiempos modernos desde el Renacimiento y la Ilustración. Se debe a la realidad política del surgimiento de entidades nacionales soberanas. Este derecho fue precedido históricamente por una realidad política y nociones de derecho diferentes. En los tiempos antiguos y medievales, antes del surgimiento de la soberanía como principio universal de los Estados, prevalecía una noción de ley natural. Este era el concepto de una moralidad concreta de aplicación universal que gobernaba a los Estados tal como la ley municipal o doméstica gobierna a los individuos dentro de un mismo Estado.

Por lo general, en sus expresiones de derecho romano o derecho canónico medieval, esta ley se basaba en principios supuestamente universales e inmutables. La realidad política correspondiente a esta ley natural era la del Imperio Romano ―la pax romana (la paz romana) ― y más tarde, la supremacía política de la Iglesia católica en la Europa medieval. Una moralidad “natural” universal arbitró las leyes de los Estados particulares. Esta tenía la intención de ser la ley de todos los seres humanos y de todos los Estados.14 En ninguno de los casos persistió una ley sustantiva universalmente aceptada. Hay un “nuevo” candidato a ser ley sustantiva universal para toda la humanidad: la ley noájica. Es nueva solo en el sentido de que las condiciones contemporáneas por primera vez han permitido nuevamente la discusión pública sobre el tema15 desde que el padre renacentista del derecho internacional moderno, Hugo Grocio16 trató de invocar las leyes noájicas como la base de la sociedad internacional.

Por esto la guerra, donde no hay motivos legítimos de autodefensa, también caerá bajo la prohibición noájica de asesinato,17 tal como se aplica en las sociedades. Las condiciones de paz establecidas por Maimónides en las Leyes de los reyes y sus guerras, incluyen la aceptación de las leyes noájicas por una nación vencida en la guerra.18 Se establece la paz, para modificar una frase de J.F. Kennedy, en última instancia, no por pactos o disuación tanto como por una cultura de paz y valores de base comunes que apoyan esta paz en las sociedades partidarias de la paz. Estos valores y creencias comunes, intrínsecos a todos los seres humanos, están contenidos en las leyes noájicas.

Que la ley del orden internacional, de la sociedad mundial, sea la moralidad concreta de las leyes noájicas, es de interés no solo desde el punto de vista legal, sino también desde la teoría política internacional. Está lejos de la Realpolitik y las nociones de equilibrio en la disuasión mutua en un mundo intrínsecamente sin ley y anárquico de naciones soberanas. Por el contrario, según la tradición del Sinaí, el orden de la comunidad internacional representa un imperio moral, arbitrado por tribunales de justicia debidamente constituidos y calificados. Por lo tanto, la primera característica de la ley universal noájica que coloca a las naciones “bajo Di-s” es la continuidad entre el derecho nacional y el internacional. Esto no elimina la autoridad de los Estados individuales (en sus propios arreglos administrativos y fiscales)19 ni busca fusionar sus personalidades culturales, sino que los somete a la misma ley de la humanidad: las leyes noájicas.

Así, muchos son conscientes de las palabras de la profecía bíblica, tomadas como la inspiración de las Naciones Unidas, “y convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en podaderas”, aunque son menos conocidos son los versos que la preceden e introducen:

Y muchos pueblos irán y dirán: Ven y subamos al monte del Señor, a la casa del Di-s de Jacob. Y Él nos enseñará sus caminos, y caminaremos en sus pasos. Porque de Sión saldrá la ley y la palabra del Señor de Jerusalén. Y Él [el Mesías] juzgará entre las naciones, y decidirá entre muchos pueblos. Y convertirán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en podaderas. Las naciones no alzarán espada contra nación, ni aprenderán más la guerra.20

El pasaje se refiere a muchas naciones. No dice que hayan perdido su identidad como sociedades particulares. Hace referencia también a una enseñanza común, la monoteísta, del Di-s de Jacob, que también era el Di-s de Abraham, el padre de muchos pueblos y culturas. Las naciones sacan de esta enseñanza noájica principios comunes de lo correcto y lo incorrecto, y la consecuencia es la paz entre los pueblos.

Esta antigua profecía proyecta las esperanzas y el sueño redentor de la humanidad. Se puede traducir a términos contemporáneos. El carácter de los Estados modernos, a diferencia de las sociedades de las épocas Medieval y Antigua, es que son entidades soberanas. Tienen sus propias tradiciones y hacen sus propias leyes. Sin embargo, estas leyes positivas deben estar dentro del perímetro de la ética universal, las leyes noájicas.

La ley noájica es, por lo tanto, no solo la ley de la sociedad doméstica sino también la ley de las naciones. Como se mencionó anteriormente, Maimónides en su Código establece que una condición para la paz después de la guerra, es la aceptación real de las leyes noájicas.21 La guerra está normalmente prohibida porque también está prohibido el asesinato, excepto en circunstancias de defensa propia. Esto se aplica también a la defensa de otro, que no sea uno mismo. En tal caso, el atacante o “perseguidor” puede ser atacado mortalmente por un tercero si no hay otra forma de detenerlo contra su víctima.

Es interesante notar que como la “doctrina de derecho positivo” (esta ley es esencialmente hecha por legislaturas soberanas) se enfrenta a las normas supranacionales y transnacionales, entonces también busca crear un espacio de “privacidad” o crear un refugio de soberanía en la cual los Estados particulares tienen autonomía ilimitada. La ley noájica ―en su sentido de “ley natural” ―, somete a las sociedades particulares a leyes más altas y universales. Así, en el caso de la guerra contra Saddam Hussein, el argumento que requiere pruebas de la posesión de armas de destrucción masiva por parte de Saddam parece sugerir que hay un espacio inviolable de soberanía y autonomía estatal que otro Estado no puede infringir a menos que se enfrente al ataque directo de otro Estado. Podría decirse, desde la perspectiva de las leyes noájicas, ya que Saddam era un atacante de otros, un perseguidor de los pueblos en sus propios dominios y un activo instigador del terror internacional contra otros, este sería el motivo para intervenir contra él. Se podría decir que se aplicó el principio del ataque justificado contra un perseguidor en la sociedad de Estados.

Dado que el punto de partida de la sociedad mundial moderna es el fenómeno de la soberanía Estatal, sin una moral universal común nunca puede haber una paz asegurada. Esta fue la crítica de Hegel al concepto kantiano de un Parlamento de Naciones:

Kant tuvo una idea, para asegurar la “paz perpetua”, de una Liga de Naciones para resolver cada disputa. Debía ser un poder reconocido por cada Estado particular, y arbitrar en todos los casos de disensión para hacer imposible que los disputantes recurrieran a la guerra para resolverlos. Esta idea presupone un acuerdo entre los Estados; esto se basaría en razones y consideraciones morales, religiosas u otras, pero en cualquier caso siempre dependería en última instancia de una voluntad soberana particular y, por esa razón, permanecería infectada con contingencias.22

Hegel concluyó que “se deduce que, si los Estados no están de acuerdo y sus voluntades particulares no pueden armonizarse, el asunto solo puede resolverse mediante la guerra”.23 Sin aceptar la propia resolución de Hegel de este problema, esta nos lleva a reconocer que debe haber una aceptación de los valores sustantivos universales por parte de las sociedades soberanas particulares que conforman el orden mundial. Por lo tanto, las leyes noájicas deben ser ratificadas por las sociedades particulares y sus legislaturas.

Surge la pregunta acerca de si algunas culturas experimentarán la aceptación de las leyes noájicas, junto con la base de su aceptación en la revelación bíblica en el Sinaí, como una “imposición”. Sin embargo, de hecho, las culturas religiosas que son conscientes de esta fuente común de moralidad constituyen la mayoría de la población mundial. Ya esta cuestión, en una forma y grado algo diferente ―en relación con la sociedad estadounidense― fue planteada y respondida por un juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos, el juez Antonin Scalia (citado anteriormente) con respecto a la exhibición de los Diez Mandamientos en los edificios de las cortes norteamericanas:

Las tres religiones más populares en los Estados Unidos, el cristianismo, el judaísmo y el islam, que en conjunto representan el 97.7% de todos los creyentes, son monoteístas. Ver Departamento de Comercio de EE. UU., Oficina del Censo, Resumen estadístico de los Estados Unidos: 2004-2005, p. 55 (124a ed. 2004) (Tabla No. 67). Además, todas (incluido el islam) creen que los Diez Mandamientos fueron dados por Di-s a Moisés, y son recetas divinas para una vida virtuosa. Ver Enciclopedia de Religión 9074 (2ª ed. 2005); El Corán 104 (M. Haleem trans. 2004).24

El judaísmo, el cristianismo y el islam juntos también constituyen la mayoría de la cultura global. Así como todos reconocen explícitamente la revelación divina en el Sinaí (los Diez Mandamientos), tampoco es extraño referirlos a la Tradición del Sinaí, que incluye las leyes de Noé. Los Diez Mandamientos, pronunciados en el Sinaí, son consistentes con las leyes Noájicas25 y constituyen su fundamento revelador, afirmando y especificando una tradición o pacto moral que se remonta al “amanecer de la civilización”. El hinduismo y el budismo, que, como se discutió anteriormente, tienen profundas raíces abrahámicas, pueden en ese nivel de memoria histórica (“subconsciencia”) también probar su resonancia con la enseñanza noájicas por la cual Abraham vivió antes del Sinaí. Y el humanismo secular, que tiene ascendencia religiosa, ha heredado un estrato de memoria histórica colectiva, que es específicamente noájica. El alma humana es universal. Queda también para aquellas culturas que han escuchado y olvidado, o que no han escuchado conscientemente e históricamente de las leyes noájicas, escuchar y determinar si experimentan una resonancia con ellas. Esto, en todo caso, es el trasfondo de la posibilidad transcultural de la paz de los pueblos.

3. Las leyes noájicas y la Tierra de Israel

La posesión judía de la Tierra de Israel26

La preocupación geopolítica contemporánea del mundo, que incluye bloques enteros de naciones que representan las grandes culturas abrahámicas no judías —el Occidente cristiano y el mundo islámico— es la Tierra de Israel. Un coro de voces nacionales, o voces dentro de las naciones, con diferentes estridencias, disputan el derecho del pueblo judío a la Tierra bíblica de Israel, alegando que “ocupa” la tierra de otras personas. Al mismo tiempo, ya sea a través de medios militares o diplomáticos, se hacen intentos para lograr una acomodación o convivencia de diferentes pueblos dentro de la Tierra de Israel. El mundo discute sobre “soluciones”, y todo lo que se puede acordar es que no se ha encontrado la solución. Finalmente, está la cuestión de por qué la disputa sobre esta pequeña tierra debería ser el “punto inflamable” del conflicto mundial y el tema central de la paz mundial.

Cada una de estas cuestiones puede reformularse de manera que se relacionen directamente con las leyes noájicas: (1) ¿Cómo puede explicarse la posesión de la Tierra de Israel por el pueblo judío en términos de la ley noájica, en respuesta a la afirmación de que los judíos han “robado” esa tierra? (2) ¿Cómo, de acuerdo con las leyes noájicas, se puede encontrar una “solución” al conflicto actual, que incluye a diferentes pueblos dentro de la Tierra de Israel? (3) Dado que la observancia de las leyes noájicas en las relaciones internacionales es la condición para la paz mundial, ¿por qué el conflicto sobre Israel afecta la paz fuera de Israel, es decir, a todo el mundo? Tratemos estas preguntas a la vez.

Dos de las leyes noájicas —las prohibiciones de robo y asesinato— se aplican claramente a las relaciones internacionales. Está prohibido matar, excepto en defensa propia, y la defensa propia es la justificación principal de la guerra. Bíblicamente, Di-s (Quien, como el Amo de la vida, es quien debe autorizar una guerra ofensiva con la posibilidad de pérdida de vidas) le ordenó a Josué, el sucesor de Moisés, que conquistara la Tierra mediante la guerra. Aunque la Tierra de Israel fue entregada al pueblo judío desde tiempos bíblicos, ahora hay una cuestión de si, después de ese período y en ausencia de ciertas condiciones, pueden reconquistarla mediante una guerra ofensiva, sin una autorización divina específica como la que tenía Josué.27 Los territorios que Israel posee actualmente, sin embargo, no fueron adquiridos a través de la guerra ofensiva. El establecimiento del Israel moderno fue promulgado por las Naciones Unidas en 1947, y su expansión desde entonces se produjo solo como resultado de guerras defensivas. Los territorios dentro de los límites bíblicos de Israel, adquiridos por Israel a partir de 1948 en adelante, se obtuvieron mediante una guerra defensiva, que no necesita permiso divino. Entonces, aunque no hay duda de que Israel participó justamente en estas guerras desde el punto de vista de la prohibición de matar, ¿hay alguna duda acerca de si la adquisición de estos territorios fue un “robo”?

¿Cómo se aplica la prohibición de robo de las leyes noájicas a las relaciones internacionales? Un acto destinado a tomar tierras de otras personas, ya sea a través de la guerra o no, es un robo y está prohibido. Sin embargo, donde la tierra es conquistada en el curso de la guerra —ya sea defensiva o, incluso, ofensiva— existe una diferencia entre la ley de robo por parte de individuos y de las naciones. Cuando un individuo roba a otro, el ladrón no adquiere la propiedad de lo que él o ella toma, al solo poseerlo. Las naciones, por otro lado, sí lo hacen: la conquista confiere la propiedad del Gobierno del territorio conquistado después del evento (post factum). De hecho, esta es la situación de la mayoría de las naciones (si no todas) en la faz de la tierra. Expulsaron o conquistaron a otros pueblos y se establecieron en sus tierras; y de acuerdo con las leyes noájicas, la tierra conquistada está ahora bajo la soberanía y propiedad del Gobierno conquistador, incluso si fue robada inicialmente.28 Pero si Israel adquirió las tierras a través de la partición de las Naciones Unidas y las conquistas de las guerras defensivas posteriores, ¿fueron “robadas” por Israel?

El robo es tomar la propiedad de su propietario contra la voluntad del propietario. Como se discute más adelante en el Capítulo 12 sobre la ley noájica de robo y daño material, existen tres niveles de propiedad. Existe la propiedad individual. Por encima está la propiedad del Estado, que puede apropiarse bajo ciertas condiciones de la propiedad del individuo. Por encima de la propiedad del Estado está la propiedad de Di-s, cuya propiedad se superpone a la del Estado.

La acusación de que el pueblo judío “robó” tierras dentro de los límites bíblicos de Israel es anticipada y respondida por el primer versículo de la Biblia: “En el principio, Di-s creó los cielos y la tierra”.29 El gran comentarista bíblico Rashi pregunta: ¿era necesario que la Biblia comenzara con estas palabras, si el propósito principal de la Biblia es enseñar leyes? Afirma que la respuesta ya fue dada por un gran sabio talmúdico, Rabí Itzjak,

¿Cuál es la razón por la cual Di-s comenzó con [la cuenta] “al principio”? Esto se debe a que [en el lenguaje del versículo, Salmos 111: 6], “relaciona el poder de sus obras con su pueblo” para darle una herencia [de la tierra de algunas otras naciones]: de modo que si las naciones del mundo [algún día] dicen a Israel: “Ustedes son bandidos, porque conquistaron las tierras de las siete naciones [que habitaban la Tierra de Israel conquistada por Josué], Israel podrá responderles: “Toda la tierra pertenece al Santo, bendito sea Él. Él la creó y se la dio a aquellos [i.e. las siete naciones que lo ocuparon] que eran [entonces] aptos [para ello] a sus ojos. Por su voluntad, se las dio. [Pero entonces] por su voluntad, se las quitó y nos la dio.30

En otras palabras, la Tierra de Israel no ha sido robada porque su dueño primordial, Di-s —el verdadero Señor de la Tierra— la tomó de aquellos a quienes previamente la había otorgado su posesión, y luego se la dio al pueblo judío como herencia eterna. La tierra no ha sido robada por el pueblo judío, ya que el dueño final, Di-s, afirmó su propiedad por encima de sus habitantes anteriores y se la dio al pueblo judío. A partir de ese momento, es la posesión inalienable del pueblo judío. Lo que esto significa es que la Tierra de Israel es una excepción a la regla de que la conquista confiere la propiedad: ninguna otra persona podría adquirir posesión provisional de ella al conquistarla o insistir en ella, de modo que cuando los judíos la recuperaran constituyera un robo.

La conexión única de la Tierra de Israel con el pueblo judío es que es la única tierra en la que se puede cumplir la totalidad de los mandamientos judíos (incluidos los mandamientos asociados con la agricultura y el servicio ritual del Templo) es una tierra santa que pertenece exclusivamente al pueblo judío y a su servicio divino. La concesión divina a los judíos de una relación intrínseca y una propiedad inalienable sobre la Tierra de Israel ha sido reconocida por los líderes de la tradición cristiana31 y por los líderes religiosos islámicos sobre la base de que el Corán, el texto fundamental del islam, registra que al pueblo judío no solo se le dio la Tierra de Israel, sino que se le ordenó que se asentara en ella.32

FUENTE: https://es.chabad.org/library/article_cdo/aid/4486121/jewish/Capitulo-5.htm#utm_medium=email&utm_source=94_magazine_es&utm_campaign=es&utm_content=content

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