Manual para combatir populistas: abrir en caso de emergencia

Los partidos europeos tradicionales no han sabido enfrentarse a la nueva internacional nacionalista. Aquí presento algunas sugerencias para luchar contra ellos más allá de las elecciones europeas

Foto: Geert Wilders, Matteo Salvini y Marine Le Pen, entre otros. (Reuters)
Geert Wilders, Matteo Salvini y Marine Le Pen, entre otros. (Reuters)

RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZTAGS

TIEMPO DE LECTURA6 min23/05/2019 05:00 – ACTUALIZADO: 26/05/2019 17:56

Esta campaña para las elecciones europeas ha dejado una gran lección: los partidos tradicionales siguen sin saber cómo lidiar con las pujantes derechas nacionalistas que amenazan sus electorados. No podrán remediarlo antes de que las urnas hablen el domingo, por lo que harían bien en prepararse para cinco largos años de legislatura europea en los que tendrán que convivir con estos partidos —y sobrevivir—.

El periodo preelectoral de la ‘internacional nacionalista’ —que Matteo Salvini pretende aglutinar— ha acabado regular. El acto celebrado la semana pasada en Milán, convocado por el líder italiano y en el que participaron la francesa Marine Le Pen y representantes de partidos de Austria, Países Bajos o Alemania, entre otros, supuso un éxito modesto. Pero más allá del número de asistentes, el evento puso de manifiesto el importante giro ideológico que han llevado a cabo estas formaciones. Ninguna habla ya de imitar el Brexit, ni se menciona el euro. Algunos, incluso, se reivindican como los verdaderos europeístas.

Su narrativa común es simple: piden echar a los burócratas corruptos de Bruselas, abandonar la tecnocracia para adoptar el “sentido común”, acabar con la «amenaza» de los inmigrantes y los banqueros y, en suma, convertir la UE en una “Europa de las naciones”.

Pero las incoherencias internas son mayúsculas. Algunos, como la Liga y Alternativa por Alemania, quieren reducir impuestos y exponer a las clases trabajadoras a la disciplina del mercado, mientras Le Pen jura proteger a las víctimas de la globalización. Los polacos de Ley y Justicia tienen razones históricas para detestar el intervencionismo ruso, mientras que el vicecanciller de Austria, del muy derechista Partido de la Libertad, ofrecía contratos públicos a un supuesto magnate ruso que buscaba comprar y poner a su servicio un periódico austriaco.

A pesar de todo, la ‘internacional nacionalista’ tendrá cierto éxito en las elecciones. Probablemente, seguirán divididos en tres bloques en el Parlamento Europeo sin lograr —como aspira Salvini— unirse todos en una misma familia política. Pero la ortodoxia europeísta no ha sabido enfrentarse a ella de una manera intelectualmente convincente: en su santurronería, pensaron que bastaba con denunciar su ignorancia y euroescepticismo para que los votantes regresaran a los viejos partidos. Es el momento de probar otras estrategias. Aquí van algunas ideas para combatir a estos nuevos populistas.

Tomarse sus ideas en serio

En los últimos 10 años, y tras las crisis financiera (2008) y migratoria (2015), los partidos nacionalistas han refinado sus ideas. Los acontecimientos les han empujado a abandonar algunas nociones que en un inicio fueron centrales, como la salida de sus países de la UE, en parte debido a un Brexit caótico, pero también a que la mayoría de los ciudadanos europeos aprecian el euro y sus ventajas.

Mantienen algunos de sus tics más característicos; por supuesto, el nacionalismo, pero también una visión identitaria y polarizadora del cristianismo y el rechazo genérico a la inmigración. Sus ideas, potencialmente populares, deben discutirse. Pueden vencerse como se ha hecho en otras ocasiones, pero hace falta tomárselas en serio y convencerse de que no basta con llamarlas retrógradas para que retrocedan.

Explotar sus incoherencias

Crear una internacional nacionalista no es fácil. El lema de sus integrantes bien podría ser: “Todos tenemos derecho a nuestro propio nacionalismo, aunque el mío es mejor que el tuyo”. De hecho, el intento de crear una ‘internacional’ ya pone de manifiesto que es imposible no pensar en términos europeos: si quieres detener la inmigración, volver a unas supuestas raíces de la cultura cristiana, escoger un panteón de héroes de la Europa de los pueblos —en el acto de Milán, se reivindicaron las figuras de Leonardo Da Vinci, Juana de Arco y Margaret Thatcher—, tienes que hacerlo desde una postura que se parece bastante a la de los ortodoxos de la UE.

Por eso mismo, las incongruencias de los nacionalistas son fáciles de explotar. Es probable que sus peleas en el Parlamento Europeo sean colosales y no consigan formar un solo grupo —ahora mismo, están divididos en tres— ni, mucho menos, cambiar el funcionamiento cotidiano de las instituciones europeas, aunque harán lo posible para sabotearlo. Habrá que recordarles su propia inoperancia.

Repensar la ortodoxia económica

O, mejor dicho, explicitar que ya casi nadie es ortodoxo. La Comisión reconoció que la gestión de la crisis de la deuda griega fue un error; casi todos piensan en volver a las políticas industriales que durante décadas fueron un anatema; los conservadores alemanes no descartan, si el crecimiento se frena, hacer inyecciones fiscales para potenciarlo, y los tipos de interés del Banco Central Europeo son negativos, mientras la inflación no aparece por ninguna parte (por no hablar de Estados Unidos, cuyo Gobierno republicano no para de aumentar la deuda).

El resultado de la gran batalla por la ortodoxia entre la Comisión y el Gobierno italiano de la Liga y 5 Estrellas fue la reducción de la previsión del déficit italiano en cuatro irrelevantes décimas, cuando todo el mundo sabe que incumplirá tanto la previsión corregida como la original. Soy partidario del rigor fiscal, pero parece evidente que ya solo es un arma retórica que los ortodoxos blanden cuando no mandan.

Dejar de hablar como un eurócrata

Incluso los partidarios de una mayor federalización de la UE debemos reconocer que es improbable. No cuenta con apoyo popular y siempre ha tenido límites filosóficos, aunque se hayan silenciado. Cuando los nacionalistas hablan de devolver soberanía a las naciones, ocultan que, en realidad, la UE siempre ha sido un proyecto de naciones.

Quienes mandan en la UE no son los burócratas sino los líderes democráticamente elegidos de los países miembros, que buscan consensos y, una vez alcanzados, encargan su gestión, ahora sí, a los burócratas.

Toda la incomprensible normativa europea es fruto de las decisiones de los líderes nacionales y no se hace nada sin su acuerdo. Pero para que esto se sepa, el primer paso es abandonar el lenguaje que a los nacionalistas les encanta odiar: un lenguaje donde la eliminación de las bolsas de plástico, la imposición de la separación de poderes o la defensa de los derechos humanos “vienen de Bruselas”.

No, vienen de acuerdos entre líderes nacionales, y los términos en que tenemos que hablar de Europa deberían ser más parecidos a los de sus respectivas políticas nacionales que a los del funcionariado bruselense.

No hablar de la UE como una «utopía sonriente»

No lo es. El optimismo ilustrado tenía sentido en Maastricht, empezó a sonar extraño con la crisis financiera y se volvió completamente ineficiente en 2015.

Hay que buscarle un sustituto ideológico que evidencie al mismo tiempo que el nacionalismo no sirve para nada bueno. ¿Alguna propuesta? A mí me gusta la que sugirió hace unos días Federico Steinberg: si Estados Unidos y China van a comportarse como dos imperios, la renuncia de la UE a hacer algo parecido podría ser un suicidio.

FUENTE: https://blogs.elconfidencial.com/mundo/tribuna-internacional/2019-05-23/populismo-elecciones-europeas-manual_2017542/

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