LOS ORÍGENES DEL DISCURSO ANTIMASÓNICO DEL FRANQUISMO

Dra. María del Carmen Fernández Albéniz                        
Profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla

En el Catecismo Patriótico Español, publicado en Salamanca en 1939, obra del obispo fray Albino González Méndez-Reigada y de su hermano fray Ignacio, y lectura obligatoria en los colegios españoles desde el mes de marzo de 1939, aparecían descritos con meridiana claridad los siete enemigos de España: «El liberalismo, la democracia, el judaísmo, la masonería, el capitalismo, el marxismo y el separatismo». De la Masonería en concreto el citado Catecismo ofrecía la siguiente definición, afirmando que se trataba de:

«…una sociedad secreta, aliada del judaísmo, para realizar en la sombra sus intentos criminales […]; tiene por divisa su odio contra Cristo y aun contra Dios, ensalzando todas las fuerzas de la naturaleza, hasta las pasiones más bajas y abominables, como procedentes de lo que llaman el Gran Arquitecto del Universo, adoptando como medio el disimulo y la hipocresía más solapada»[1].

Tras la lectura de este tipo de textos es lógico plantearse algunos interrogantes: por ejemplo, ¿Cómo pudo llegar a elaborarse este discurso? ¿En qué momento de la historia comenzaron a malinterpretarse los fines auténticos de la Masonería, sustituyéndolos por esas simplezas y esa leyenda negra? Lo cierto es que el origen de la antimasonería es tan antiguo como el de la propia Masonería. La descripción que en su día ofreció el profesor Jacques Lamaire en su obra Los orígenes franceses del antimasonismo (1774-1797)[2], no solo nos permite entender, de entrada, de qué estamos hablando cuando nos referimos a la antimasonería, sino que también nos ofrece algunas claves interesantes para comprender la evolución del discurso antimasónico en España. Para Lamaire, la antimasonería es aquella doctrina o ideología que va en contra de la Masonería, estableciendo desde su punto de vista una división entre lo que denomina una concepción antimasónica moderada, que sería aquella que pretende limitar la influencia de la Orden en la vida política, cultural y social de una nación en una época determinada (esto, en mayor o menor grado, es lo que existió en España hasta el estallido de la guerra civil) y una concepción mucho más radical, que persigue el hundimiento y la extinción total de la Masonería y que, en el caso de nuestro país, fue uno de los objetivos que figuró en lo que podríamos denominar la agenda de la dictadura de Franco.

La definición ofrecida por Jacques Lamaire constituye un buen punto de partida para entender qué es la antimasonería pero, ¿de dónde arranca ese afán por limitarla o eliminarla? ¿Qué concepción se tenía de la Masonería como para defender tal actitud, y cuál era el supuesto peligro que se quería evitar? En realidad, puede decirse que el nacimiento de los primeros movimientos antimasónicos fue una consecuencia del desconocimiento y la desconfianza. Desconocimiento alentado por ese halo de secretismo casi mágico que envolvió a la Orden del Gran Arquitecto del Universo desde su gestación, y que de alguna manera fue fomentado por el propio simbolismo y los rituales utilizados por los masones. Y desconfianza que venía dada por los fines y el carácter universalista de los principios defendidos por la Masonería, y por el hecho de que se trataba de una organización no sometida a ninguna institución política o religiosa. En este contexto es en el que hay que situar las primeras condenas contra la Masonería: la holandesa de 1735, tan solo doce años después de la promulgación de las Constituciones de Anderson y Desaguiliers (1717-1723); y la de países como Francia, Suecia o la de la Roma pontificia de 1738.

En España la primera característica de nuestros antimasónicos autóctonos es que su aparición fue un fenómeno claramente vinculado a esa inicial condena pontificia, publicándose ya en 1751 un primer opúsculo, titulado Centinela contra masones, que constituye el primer exponente de este tipo de escritos y de discursos en nuestro país. Dado el carácter preponderante y ostensiblemente católico de la España de entonces, la antimasonería tuvo además entre nosotros una doble vertiente, la religiosa y la política, siendo sus máximos impulsores y responsables la Iglesia y la Corona, el poder terrenal y el espiritual, el trono y el altar. Estamos pues ante un antimasonismo de un carácter claramente institucional –como señaló en su día Ferrer Benimeli[3]–, una diferencia importante con respecto a países como Francia o Inglaterra, donde la antimasonería tuvo desde sus orígenes un carácter fundamentalmente social, y no tanto institucional.

Esta es la primera característica de la antimasonería española. La segunda arranca también de finales del siglo XVIII, y el caso español no fue en realidad sino un exponente de un fenómeno mucho más amplio: el estallido de la Revolución Francesa provocó el nacimiento de lo que podemos denominar una nueva causa antimasónica, encabezada por los elementos más conservadores y reaccionarios de la vida política y social europea, elementos que no tardaron en identificar como las dos caras de la misma moneda a Masonería y Revolución. Ciertamente, es verdad que las nuevas ideas que alumbró y difundió la Revolución Francesa sintonizaron pronto con los planteamientos masónicos, sobre todo si tenemos en cuenta que la aplicación de ciertos principios liberales iban a permitirles a los masones disfrutar de una legalidad que antes se les había negado[4]. En cualquier caso, esa conexión o esa ecuación que desde el pensamiento más reaccionario se estableció entre Masonería y Revolución igual a Liberalismo, tuvo un excelente caldo de cultivo en la España de comienzos del XIX, donde la intensidad de las luchas entre absolutistas y liberales y el afianzamiento definitivo de un Estado inspirado en los principios liberales sólo fue posible tras una cruenta guerra civil, que duró nada menos que siete largos años.

 Fue en esos momentos además cuando, como no podía ser menos, la Masonería española comenzó a enfocar su interés en la batalla política, laicista y liberal-democrática. El impacto de la Revolución en el país vecino y la invasión de la península por las tropas napoleónicas fueron el detonante de la puesta en marcha del proceso de emancipación de las colonias americanas. Y con ello comenzó a cobrar fuerza una tercera característica de la antimasonería española: la de utilizar a los masones como cabeza de turco y como chivo expiatorio de todos los males de la patria, característica ésta que comenzó a desarrollarse estrechamente vinculada además a la idea del complot y el contubernio. Excelentes exponentes en los que aparecen ya quintaesenciados ambos elementos (en pocas palabras: la afirmación de que existe un complot de la Masonería contra España, y de que los masones son los culpables de todas nuestras desgracias), podemos encontrarlos en algunos periódicos de la segunda mitad del XIX o, como hemos tenido oportunidad de analizar personalmente, en la prensa integrista sevillana de finales de esa centuria, donde llegaron a difundirse rabiosos escritos antimasónicos como los titulados «El masonismo y las Islas Filipinas»[5], «El separatismo en Filipinas»[6], «El separatismo y la Masonería»[7] o «Masonería cubana»[8].

Esta antimasonería, profunda y visceralmente antiliberal y, en el caso hispano, católica, apostólica y militante, utilizó varios senderos y diversos instrumentos en su lucha por intentar limitar y eliminar, según el momento y las circunstancias, la influencia de la Orden del Gran Arquitecto del Universo en nuestro país:

El primero, el camino político-institucional, a través de la promulgación de toda una serie de decretos, reales órdenes, etc., como son el caso del Real Decreto de Fernando VI de 1751, prohibiendo la Masonería[9], al que siguieron las iniciativas antimasónicas de Carlos III, Carlos IV y sobre todo de Fernando VII. En cuanto al reinado de Isabel II, España ofreció la paradoja –al menos formal– de la condena oficial de la Masonería bajo un régimen liberal, quebrándose por tanto esa identificación entre Masonería y Liberalismo que, supuestamente, tanta y tan poderosa influencia había ejercido presuntamente en la historia de España hasta la muerte de Fernando VII en 1833. Tres son, en mi opinión, los factores que explican esta paradoja o contradicción, por otro lado tan habitual en la España isabelina: 1) La escasa fuerza del sistema liberal español; 2) por el contrario, la fuerte influencia del clero católico en la opinión pública de nuestro país; y 3) la estrecha vinculación que existió entre la propia soberana y los ambientes clericales[10]. Continuando con el hilo histórico se constata, no obstante, que durante el Sexenio Democrático, al igual que durante la Segunda República, las iniciativas de origen gubernamental contra la Masonería cesaron prácticamente en su totalidad, quedando la actividad antimasónica reducida al ámbito de determinados sectores sociales, órganos de opinión y al mundo eclesiástico. En los reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII la Masonería, sin llegar a ser perseguida, tan sólo gozó de una más o menos amplia tolerancia por parte de las autoridades, que ciertamente se quebró en determinadas coyunturas (en torno al 98, algunas iniciativas durante la Dictadura de Primo de Rivera, etc., pero sin que pueda hablarse, en mi modesta opinión, de una verdadera persecución gubernativa).

Sin embargo, fue durante la Restauración, a partir de 1875, cuando el discurso antimasónico en España cuajó y alcanzó un mayor grado de virulencia, como refleja a la perfección la prensa católica e integrista. Desde estos sectores se emprendió además a finales del XIX una durísima campaña, encabezada por sus principales líderes políticos, que agravó aún más la profunda crisis que atravesaba ya la Masonería española, entre otros motivos por las acusaciones que se lanzaron contra ella de haber participado en el proceso de independencia de las últimas colonias, Cuba y las Filipinas. No olvidemos que, desde esos sectores ultramontanos, en esos años llegó a presentarse una petición al Congreso de los Diputados, apoyada fundamentalmente por colectivos católicos como los de Granada y representados por el diputado carlista Vázquez de Mella, que proponía se proclamase a la Masonería como una organización «ilegal, facciosa y traidora a la Patria»[11].

La segunda vía de lucha antimasónica fue la marcada por la Iglesia Romana y el mundo católico a través de toda una serie de encíclicas, pastorales o sermones, labor particularmente intensa durante los papados de Pío IX (1846-1878) y especialmente de León XIII (1878-1903). Según el padre paulino Rosario Francesco Expósito, durante el pontificado de León XIII se publicaron nada menos que 2.017 documentos que mostraban su radical rechazo a la Masonería. Sin duda el más conocido, el más influyente y el más dañino para la institución fue la bula Humanum genus emitida en 1884. En ella se culpaba a la Masonería de ser un reflejo de la reforma protestante, pilar del naturalismo y del panteísmo, presentándola como una vuelta al paganismo y a la impiedad, inspirada en el satanismo y en connivencia con las corrientes comunistas y socialistas. En suma, el Mal, con mayúsculas. La culminación del antimasonismo de León XIII sería la convocatoria de un Congreso Antimasónico en Trento en 1896, lo que daría origen a la creación del Consejo Directivo Nacional de la Unión Antimasónica Universal, con delegaciones en todas las diócesis españolas. En la primera circular que el consejo remitió a todos los obispos españoles se afirmaba que «la Masonería era el enemigo personal de los Pastores de la Iglesia; el enemigo de las ovejas cuya guarda había encomendado el Vicario de Cristo, el enemigo de Cristo, de su Iglesia, de la Patria y de cuanto defiende a Dios…»[12].

Pero lo cierto es que dichas encíclicas, pastorales y demás documentos oficiales contra la Masonería no habrían tenido un gran efecto si no hubiese sido por la labor de difusión de estos mitos realizada por los párrocos y sacerdotes desde sus púlpitos. Y es aquí donde radica la gran fuerza de la Iglesia católica en España: fueron estos santos varones, que seguramente en su inmensa mayoría creían fervientemente en la veracidad de todos los bulos y abominaciones puestos en circulación sobre la Masonería, los que difundieron el discurso antimasónico por toda la geografía española, desde las grandes ciudades hasta los últimos y más apartados pueblos y aldeas de España.

En tercer lugar tampoco puede minusvalorarse el papel que desempeñaron los medios de comunicación de la época: periódicos, revistas, panfletos, libros, etc. se convirtieron en temibles instrumentos de difusión y de ataques furibundos contra la Masonería. En este caso se trataba también en su gran mayoría de publicaciones de carácter «católico», cuya importancia y capacidad de influencia en la población fue in crescendo conforme aumentaba el poder de difusión de la prensa. De muestra valga un ejemplo: solo en Andalucía, una región donde a comienzos del siglo XX los índices de analfabetismo seguían siendo aterradores, entre 1880 y 1923 se publicaron casi medio centenar de diarios, semanarios y periódicos que acogían habitualmente en sus páginas escritos o diatribas de carácter antimasónico. En Cádiz existieron al menos nueve títulos de este carácter, once en Granada, cinco en Jaén, cuatro en Córdoba, uno en Málaga… aunque también es verdad que la mayor parte de estas publicaciones gozaron de corta vida. En Sevilla nos encontramos en estos años con títulos como el Diario de Sevilla[13]La Unión Católica o El Correo de Andalucía[14], fundado por el cardenal Spinola en 1899. Incluso a partir de 1919 se publicó en esta ciudad un semanario mellista de nombre El Pensamiento Andaluz, también de carácter antimasónico.

Ya en la República las principales publicaciones de este tipo fueron el semanario tradicionalista El Observador[15], dirigido por Manuel Fal Conde, y el diario La Unión[16], trasunto de un periodista obsesionado por las «sectas» llamado Domingo Tejera, que prosiguió su cruzada antimasónica con una rabia y una virulencia verdaderamente patológicas durante la guerra civil. A estos relativamente influyentes medios de comunicación habría que sumar las invectivas contra los «hijos de la viuda» que periódicos como El Correo de Andalucía o el monárquico ABC acostumbraban también a incluir de manera más o menos habitual en sus columnas[17].

Un cuarto y último instrumento utilizado por la antimasonería fue el de asociar a la Orden con elementos o instituciones comúnmente rechazadas o mal vistas por la sociedad, con el único fin, claro está, de desprestigiarla. Sobre esta táctica se ha construido también buena parte del discurso antimasónico que ha llegado incluso hasta nuestros días. Convendría precisar no obstante que, en este asunto, tradicionalmente se procuró vincular a la Masonería con elementos que causaban temor o rechazo en la sociedad, como eran el caso del satanismo, el judaísmo (referido más a su corporativismo y su actuación como lobby que a su aspecto religioso, aunque sin descartarlo por completo)[18], organizaciones de carácter mafioso, la magia negra, el ocultismo o el esoterismo. Pero en el caso particular de España en este frente abierto por la antimasonería también se realizó un esfuerzo notable por intentar vincular o presentar a la Orden como «la mano negra» inspiradora de partidos o tendencias políticas «peligrosas y disolventes», dicho sea esto entre comillas, como eran el republicanismo, el anarquismo, el socialismo, los partidos «separatistas» o el comunismo[19]. Pese a su apariencia de rasgo novedoso, no se trataba en realidad sino de una versión actualizada de un fenómeno ya conocido de antiguo, una línea ésta de difamación que conectaba directamente con la surgida a finales del XVIII y que vinculaba a la Masonería con la Revolución y, ya en el siglo XIX, con el Liberalismo y sobre todo con la idea del omnipresente complot.

Detengámonos, no obstante, en dos de estos elementos. En primer lugar el de la identificación de la Masonería con el culto al diablo, afirmación que llegaría a alcanzar un especial calado en la sociedad española. La idea surgió en un ambiente propicio para aceptar cualquier tipo de maledicencias contra la Masonería; nos referimos al creado por la encíclica Humanun genus (1884). El creador de esta patraña fue un curioso personaje, inventor de mil estafas en la crédula Europa de finales del siglo XIX, llamado Gabriel Jogang Pages, más conocido bajo el pseudónimo de Leo Taxil, que había sido expulsado de la Masonería en 1885 debido al mal concepto que de su conducta social tenían sus hermanos masones. Tras esta expulsión («irradiación», en términos masónicos) y luego de su aparente conversión al catolicismo ese mismo año, Taxil decidió hacer de la Masonería un lucrativo negocio publicando toda una serie de libros antimasónicos. En el titulado Los Hermanos Tres Puntos, afirmó que los masones eran adoradores del diablo y que en las logias se practicaban misas negras en las que se profanaban hostias consagradas. Como lo más ridículo o lo más absurdo es lo que suele llegar más lejos, las afirmaciones de este ex masón no tardaron en cruzar las fronteras, como acredita este fragmento de un texto publicado en un periódico de Sevilla, el día 21 de enero de 1894 y titulado «El culto de Satanás en las Logias». En él se explicaba por fin, tras siglos de misterio y de secretos, cómo era un templo masónico, según Leo Taxil:

«[…] Lucifer posee en el templo de Charleston un santuario con un verdadero altar, en el cual figura su dolo bajo forma humana. Este altar es de una riqueza inaudita. Lucifer, con las alas desplegadas, está representado de pie y completamente desnudo. Parece descender del cielo y en la mano derecha levanta una antorcha, mientras con la izquierda derrama frutas que salen de un cuerno de la abundancia. La estatua es de oro macizo y descansa únicamente en el pie derecho, hollando un monstruo de tres cabezas; una con diadema real, otra con una tiara pontificia y la tercera tiene en la boca una espada y simboliza el ejército y el poder militar.

Lucifer lleva por todo vestido un cordón masónico negro, formando triángulo, al cuello y con el escudo paládico, negro también y en forma triangular, con la letra L en el centro y la palabra Eva, palabra simbólica cuya significación es obscena.

[…] En el centro del templo de Charleston es donde se encuentra ese santuario satánico, cerca del sanctum regnum, departamento de forma triangular, cuyos muros son de un espesor inverosímil…».

Era en este lugar donde se practicaba el «rito» masónico:

«[…] se manifiesta Lucifer en figura humana una vez a la semana en Charleston […] Satanás se aparece en forma de un hermoso joven de 30 años, sin vestido alguno. […] Esto va precedido de un fenómeno desde luego satánico. Los muros del sanctus regnum despiden llamas y se oyen 7 golpes sordos, parece que el suelo se abre profundamente. Un soplo cálido e impetuoso quema el rostro de los adoradores del demonio durante un segundo apenas; se produce un calor intenso y Lucifer aparece entonces de pie…»

El espectáculo que todas las semanas tenía lugar en la animada Charleston, digno de figurar entre las atracciones de un circo o de un moderno parque de atracciones, era además vox populi, aunque hasta entonces los católicos sevillanos, y ni siquiera sus más altas jerarquías, hubieran tenido la más mínima noticia de ello. No en balde el imaginativo Leo Taxil finalizaba su disparatado cúmulo de despropósitos afirmando que:

«Estos hechos están comprobados por testigos oculares que han revelado el «secreto de los secretos» masónicos, que por otra parte son notorios en los Estados Unidos…»[20].

Aunque las fuentes en las que se basaba Taxil para hacer estas afirmaciones fueran tan fiables como las que hoy día manejan los llamados periodistas del corazón, lo cierto es que el montaje de su comedia le duró doce años, exactamente hasta 1897. Fue en esa fecha cuando decidió confesar públicamente su monumental engaño; su éxito había sido tal que el ex masón arrepentido había llegado incluso a ser recibido en audiencia por León XIII, al tiempo que la mayoría de las publicaciones católicas se habían hecho eco fielmente de sus fantasías. Así pues, enfrentado a la realidad de tener que admitir que durante más de una década Leo Taxil había estado literalmente tomando el pelo a la Iglesia Católica, Su Santidad León XIII decidió optar por no permitir que la verdad le estropease una buena historia y, en consecuencia, en el discurso oficial antimasónico los masones siguieron siendo adoradores del diablo. La historia de la relación entre Masonería y Satanismo sería hasta graciosa, sobre todo si no hubiera habido gente como el general Franco que acabaría comulgando y creyéndose a pie juntillas tal sarta de patrañas. Y especialmente si ello no le hubiera costado la vida o largos años de cárcel a miles de españoles, acusados del terrible delito de ser masones y, por tanto, según la Santa Iglesia Católica, terribles adoradores de Satán.

Algo diferente son los orígenes de la vinculación de la Masonería con el espiritualismo, el ocultismo y el esoterismo. Es cierto que a finales del siglo XIX había destacados masones, como el vizconde de Torres Solano, el doctor Manuel Sanz y Benito o Mario Méndez Bejarano, que practicaban o se sentían interesados por estas disciplinas o doctrinas, que algunos llaman «ciencias». Por otro lado, también existen ciertas concordancias entre los ideales y los rituales masónicos y los del espiritualismo[21]. Ambos buscan la verdad y el conocimiento, con la diferencia de que la Masonería intenta alcanzarlo a través de un conocimiento más terrenal y racional, mientras que el espiritualismo y el esoterismo bucean en el mundo de lo intangible. En este sentido resulta muy interesante la definición de esoterismo que nos ofrece Calvo Díaz cuando afirma que:

«El pensamiento esotérico, frente al racional abierto a todos y a todo, se refiere a una cadena de maestros y discípulos con cierta filiación espiritual. Supone una cierta elección ya que la doctrina no se ofrece a todo el que viene, se reserva para los dignos de recibirla por sus disposiciones morales o mentales. El esoterismo enseña verdades ocultas a los iniciados…»[22].

La idea del ritual iniciático como forma de alcanzar el conocimiento es común a ambas, y ello dio lugar a que la Iglesia católica las considerase simplemente como la misma cosa. Por otro lado, no es de extrañar que en esas concomitancias se diese el hecho de la existencia de masones que practicaban el esoterismo, o de esotéricos que también eran masones. De hecho, hoy sabemos que algunas instituciones u organizaciones masónicas mantuvieron una estrecha relación con movimientos espiritistas, ocultistas, etc., pero debemos precisar que esa relación nunca se dio en la Masonería regular española. A pesar de ello aún hoy día, debido al gran desconocimiento que existe sobre qué es la Masonería, el Esoterismo o el Espiritualismo, amplios sectores de la población siguen pensando en España, como afirmaba la Iglesia católica, que todos son la misma cosa, unas «sectas» que practican ritos satánicos, misas negras, prácticas ocultistas, etc., etc.

Estas ideas integradoras del discurso antimasónico se difundieron por toda España desde el siglo XIX desde dos espacios diferentes, pero conectados: los púlpitos de las iglesias y la prensa, especialmente la católica e integrista. Durante los años de la Segunda República y de la Guerra Civil un caso que ofrece especial interés y que hemos tenido la oportunidad de estudiar con cierto detenimiento fueron las campañas antimasónicas del diario sevillano La Unión, dirigido por Domingo Tejera Quesada. Periodista de origen canario, tradicionalista y Diputado a Cortes por Sevilla en 1933, de su incontinencia verbal pueden dar una idea los más de sesenta procesamientos a los que se hizo acreedor desde la proclamación de la República, casi siempre por insultos e injurias a las autoridades republicanas, apoyo a los sublevados el 10 de agosto de 1932, excitaciones a la rebelión o a la guerra civil, o por las imputaciones y expresiones de mal gusto con que solía aderezar sus editoriales, publicados con el título de «Retablos Políticos»[23].

 Aunque la interpretación en clave antimasónica de los acontecimientos que tuvieron lugar durante la Segunda República fue una constante en el tono de sus informaciones y, sobre todo, de los comentarios y editoriales publicados por este periódico desde 1931, la denuncia de las actividades de los «Poderes Secretos» pasó a convertirse en una auténtica obsesión de La Unión y de su director especialmente a partir de 1933, tras la prolongada suspensión que sufrió el periódico como consecuencia de las repercusiones del golpe de estado de Sanjurjo. A ello contribuyó también el nombramiento tras el final del gabinete Azaña como jefe del gobierno de Diego Martínez Barrio, Gran Maestre del Grande Oriente Español y personaje contra el cual Tejera sentía un odio profundo, que destilaba y rezumaba en las páginas de su periódico.

Desde 1933 y hasta 1936 rara fue la semana en la que La Unión no publicó algún artículo expresamente relacionado con la Masonería, llegando a contar con el tiempo incluso con varias secciones fijas de carácter antimasónico. En octubre de 1933, por ejemplo, comenzó la publicación de la titulada Las Sectas, extractando fragmentos de la conocida colección de libros publicados por el presbítero Juan Tusquets. En esta sección se publicaron más de una treintena de extensos artículos, iniciándose con el titulado «¿Qué es la masonería? Origen judío de los masones. Su calendario. Su ritual. Reminiscencias bíblicas»[24], y continuando con un minucioso recorrido por la Historia de España en el que a cada paso se señalaba la «malvada presencia masónica» en nuestra lamentable y desgraciada historia. Algunos ejemplos de estos artículos son los titulados «La traición de la masonería española. Al servicio del asesino de los Héroes del 2 de mayo. –Servidora de los insurrectos. – Asesinato de Prim. – Matanza de Frailes»[25], para seguidamente centrarse en la política del momento con artículos como «La filantropía del masón Azaña»[26]; o añadiendo aún más leña a temas de candente actualidad, como eran las reformas emprendidas desde el Estado o el conflicto religioso. Dos ejemplos depurados de esta temática fueron los artículos «Intervención de la Masonería en los movimientos separatistas»[27] y «Odio de los masones a los sacerdotes y a los templos»[28]. Por otro lado, en esta serie no dejaban de consignarse las «perversas acciones» de la Masonería en el extranjero, como quedaba claro en el titulado «Hechos Masónicos fuera de España. Asesinato de García Moreno y otros. Los autores de la guerra europea. Los causantes de la revolución húngara»[29].

Igualmente y desde 1933 un individuo llamado Joaquín Julio Fernández, un ex anarquista reconvertido desde 1934 en falangista, comenzó a aparecer al frente de una sección titulada Palabras de un Libertario. Dicha sección poseía un carácter aún más político que la anterior y desde ella se advertía a los lectores del peligro de los «enemigos de la Patria», con titulares tales como «Los Poderes Secretos, Rusia y España»[30], o «Los Poderes Secretos y el Neo-maquiavelismo»[31], dedicándole una especial atención a la relación existente, según el autor, entre la Masonería y los más perjudiciales movimientos políticos y sociales. Con todo ello se aspiraba a cumplir una «doble misión»: alertar a la sociedad de las verdaderas intenciones de la Masonería e impulsar la lucha activa contra tan maléfica organización. Será también desde esta sección desde donde se retomará una vieja creencia antimasónica, característica de la mentalidad más integrista y conservadora: la vinculación entre Masonería y Judaísmo. En esta línea Joaquín Julio Fernández pedía la creación de una liga u organización hispánica antijudaica y antimasónica, como única vía capaz de salvar a la Patria de sus enemigos[32].

Otras secciones fijas de carácter antimasónico que incluyó entre sus páginas La Unión fueron la titulada Orientaciones, iniciada en abril de 1934 y firmada por «GOIM», prolongada en marzo de 1935 con la denominada Actividades judeo-masónicas. El diario acostumbraba también a publicar artículos sueltos de plumas como la de Óscar Pérez Solís («La política masónica»)[33], o bien recurría a la reproducción de artículos aparecidos en periódicos de ideología afín, como El Correo Catalán. Así, durante algún tiempo reprodujo la serie de artículos denunciando la «inmoralidad de los masones» y titulados «Una denuncia al Sr. Ministro de la Gobernación. Hay que perseguir la inmoralidad en sus focos. La pornografía clandestina en las Logias», textos inspirados en una de las líneas antimasónicas explotadas ya desde el siglo XIX al amparo de las imaginativas publicaciones de Leo Taxil.

En el discurso y el lenguaje antimasónico difundido desde las páginas del diario La Unión, al igual que en el que difundieron otros periódicos derechistas de la época[34], es posible apreciar una evolución significativa, y en una doble vertiente. En primer lugar se aprecian algunos cambios entre los temas antimasónicos más frecuentados por la prensa integrista durante el último tercio del siglo XIX y los primeros años del siglo XX. De temas como la Masonería enemiga del catolicismo, refugio de Satán y sus seguidores, responsable de la pérdida de las colonias, etc., etc., se pasa a temas más emblemáticos y específicos de la Segunda República, centrados en aspectos tales como la Masonería es la responsable de la «revolución», los republicanos son masones, el gobierno lo dirigen los «Poderes Secretos», etc. Y en segundo lugar, puede apreciarse un gradual cambio en la virulencia tremendista del lenguaje utilizado en los primeros y los últimos años de la República, en el sentido de que el discurso antimasónico fue contagiándose e impregnándose cada vez en mayor medida del lenguaje y el estilo fascista, aunque eso sí, sin llegar jamás a desprenderse del todo de sus verdaderos orígenes, de su profundo sentido, talante y raigambre católica.

Estas fueron, en mi opinión, algunas de las fuentes de las que bebió y de las que extrajo su savia el discurso antimasónico del franquismo. Buena parte de este discurso fue ofrecido por el propio «Caudillo» en una serie de 49 artículos publicados en el diario Arriba entre el 14 de diciembre de 1946 y el 3 de mayo de 1951, escritos por Franco pero bajo el pseudónimo de Jakin Boor, y que en 1954 serían recopilados en un libro titulado Masonería[35], en cuyo prólogo el «Centinela de Occidente» decía lo siguiente:

«Los masones en España significan esto: la traición a la patria y la amenaza a la religión; abyectas figuras que, por medrar, son capaces de vender sus hermanos al enemigo»[36].

Y en uno de sus artículos, publicado el 4 de abril de 1948, continuaba de esta manera:

«…pequeña turba de traidores, fomentadores durante más de un siglo de nuestras revoluciones y servidores contra España de los intereses ocultos extranjeros, y que durante toda su historia vinieron conspirando en obediencia, mandato y consignas extrañas y traicionándonos en todos los momentos cruciales de nuestra historia»[37].

Ciertamente, en esta obra podemos encontrar sintetizadas prácticamente todas las ideas-fuerza que habían ido cohesionando y moldeando el discurso antimasónico español desde sus orígenes. Esto es:

1. La Masonería concebida como un producto del malhadado liberalismo y de la democracia, idea que aparece en artículos como «La masonería signo liberal», «¿Democracia?» o «El gran fraude democrático». En estos textos se incluían afirmaciones de este tenor:

«La masonería es un producto liberal que existe con la Monarquía, con la República y con el Socialismo. La masonería gusta de lo liberal; por tanto, los partidos eminentemente masónicos suelen ser los liberales, los radicales y los que, en general, se titulan de izquierdas…»

2. El carácter eminentemente político de la Masonería, cuya máxima aspiración ha sido siempre apropiarse de los resortes del poder. Ejemplos que ilustraban esta afirmación eran el asesinato de Prim, decidido «por las logias españolas», o el control del gobierno a finales del XIX por un reconocido masón como Práxedes Mateo Sagasta. (Puede verse al respecto los artículos «El gran secreto», o «El gran odio».)

3. El apoyo de algunos países hispanoamericanos, como México, a los republicanos en el exilio sólo podía explicarse, según Jakin Boor (Franco), en clave masónica, es decir, por el carácter masónico, liberal y democrático de sus gobiernos (véase «El gran fraude democrático»).

4. La Masonería es, ha sido y será siempre la gran culpable de todos los males de España y de Europa. Este fragmento de uno de los artículos de Franco nos exime de mayor comentario:

«A la masonería hay que juzgarla en los dos aspectos: el del orden práctico y el doctrinal. Si examinamos sus hechos la encontramos, al correr de dos siglos, constituyendo el vehículo de las revoluciones políticas liberales y más tarde izquierdistas dentro de una sociedad burguesa… Los tronos que en Europa cayeron y siguen cayendo lo han sido por la intriga y la conspiración masónicas… En propios documentos masónicos y publicaciones ha quedado registrado el parto masónico de las nuevas Repúblicas.»

5. La Masonería es una secta anticatólica y atea, afirmación que el «Caudillo» desgranó en algunos de sus sesudos artículos, como los titulados «Persecuciones religiosas», «Masonería anticatólica» o «Revolución y Ateísmo».

6. Finalmente, también aparece claramente explicitado en los artículos de Franco otra idea cara al tradicional discurso antimasónico español, la afirmación de que la Masonería era una organización al servicio de intereses extranjeros, llámese Inglaterra o Francia en el siglo XIX o el judaísmo y el bolchevismo internacional en el siglo XX:

«Está harto probado que nuestras desventuradas empresas en estos años no se perdieron en los campos de batalla, sino en los talleres de la masonería, con los que a través de ministros y parlamentarios masones, el extranjero regía nuestros tristes destinos…»

En definitiva, pienso que el discurso antimasónico del franquismo tuvo poco de original o novedoso. En realidad no fue más que un útil instrumento que sirvió para aglutinar, canalizar y unificar bajo la idea del contubernio las energías y las aspiraciones de la España «de orden», tradicional y conservadora. De unos españoles adoctrinados durante generaciones en sus creencias más íntimas por una Iglesia Católica, último baluarte de la intolerancia, incapaz de reconocer sus errores y mucho menos de pedir perdón. Salvo que algún día, algún que otro siglo, se enfrente sin orejeras a su pasado y sea capaz de exorcizarse a sí misma, y extirpar de su seno a sus propios demonios familiares.

[1] MENÉNDEZ REIGADA, A.: Catecismo Patriótico Español, Barcelona, Península, 2003, p. 86.
[2] LAMAIRE, J.: Les origines françaises de l’antimaçonnisme (1774-1797), Bruxelles, Ed. de L’Université, 1985, p. 9.
[3] FERRER BENIMELI, J. A.: «La antimasonería en España y América Latina: intento de síntesis» en FERRER BENIMELI, J. A (coord.): La Masonería española entre Europa y América, Zaragoza, Diputación General, (1995), vol. I, p. 406.
[4] SOBOUL, A.: «La Franc-Maçonnerie et la Révolution française» en Annales historiques de la Révolution française, XLVI (1974), pp. 76-88.
[5] Diario de Sevilla, 6-03-1895.
[6] Diario de Sevilla, 21-07-1895.
[7] Diario de Sevilla, 4-05-1896.
[8] Diario de Sevilla, 5-08-1896.
[9] FERRER BENIMELI, J.A.: «Un caso de política interior Fernando VI y la masonería» en La época de Fernando VI, Oviedo, Cátedra Feijoo, 1981, p. 58.
[10] Véase LA PARRA LÓPEZ, E.: «La Reina y la Iglesia» en PÉREZ CARZÓN, J. S. (Ed.): Isabel II. Los espejos de la Reina, Madrid, Marcial Pons, 2004, pp.197-212.
[11] CARBONERO Y SOL, L.: «La Masonería ante el Senado y el Congreso de España» en Crónica del Congreso antimasónico Internacional celebrada en Trento en 1896, Imp. El Movimiento Católico, 1896, pp. 281-283.
[12] Cfr. en FERRER BENIMELI, J.A.: «España y el Congreso Antimasónico de Trento (1896)», en FERRER BENIMELI, J.A.: La Masonería. Española y la Crisis Colonial del 98, Zaragoza, CHEME, vol. I, 1999, pp.277-299.
[13] FERNÁNDEZ ALBÉNDIZ, Mª C.: «Antimasonería en la prensa integrista sevillana: el ejemplo del Diario de Sevilla, en FERRER BENIMELI (Coord.): La Masonería Española y la crisis colonial del 98, Zaragoza, CHEME, 1999, pp.543-558.
[14] RUIZ SANCHEZ, J-L.: «Masonería e Iglesia a través de la prensa católica. El caso de El Correo de Andalucía en sus inicios», en FERRER BENIMELI, J.A. (Coord.): Masonería, Política y Sociedad, Zaragoza, CEHEME, 1989, pp.291-299.
[15] BRAOJOS GARRIDO, A.: «Tradicionalismo y antimasonería en la Sevilla de la II República. El semanario El Observador (1931-1933)», Masonería, Política y Sociedad, Zaragoza, CHEME, 1989, vol. I, pp. 381-402
[16] FERNÁNDEZ ALBÉNDIZ, Mª C.: «Domingo Tejera y el diario La Unión» un modelo de obsesión antimasónica en la II República», en FERRER BENIMELI (Coord.): La Masonería Española en la Época de Sagasta, Zaragoza, CEHME, 2007, vol. I, pp.241-260; ORTIZ VILLALVA, J.:»Prensa «Nacional» y discurso antimasónico durante la Guerra Civil (El diario La Unión de Sevilla entre julio y diciembre de 1936)», en FERRER BENIMELI, J.A. (Coord.): Revolución y Reacción, Zaragoza, CHEME, 1990, vol.I, pp. 411-439.
[17] LANGA NUÑO, C.: «La cruzada antimasónica en el diario ABC de Sevilla durante la guerra civil», en FERRER BENIMELI, J.A. (Coord.): La Masonería española en el 2000. Una revisión histórica, Zaragoza, CHEME, 2001, vol II, pp. 833-872.
[18] Un ejemplo de ello lo encontramos en los siguientes trabajos ÁLVAREZ CHILLIDA, G.: «Antisemitismo y antimasonería», José María Pemán. Pensamiento y trayectoria de un monárquico (1897-1914), Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad, 1996, pp. 339-366; o FERRER BENIMELI, J.A.: «Satanismo y Masonería», en El contubernio judeo-masónico-comunista, Madrid, Istmo, 1982, pp. 31-133.
[19] En esta línea se pueden ver la obra de ÁLVAREZ REY, L.: Aproximación a un mito: Masonería y política en la Sevilla del siglo XX, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, 1995; y GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, A.: «Masonería, republicanismo y anarquía: Pedro Vallina» en FERRER BENIMELI (Coord.): La masonería española y la crisis colonial del 98, Zaragoza, CHEME, 1999, tomo I, pp.43-64.
[20]
 La Información, 14-1-1894.
[21] SÁNCHEZ FERRE, P.: «Los neoespiritualismos ante la crisis española de entresiglos. Espiritismo y Teosofía», en FERRER BENIMELI, J. A. (Coord.): La Masonería Española y la crisis colonial del 98, Zaragoza, CHEME, 1999, vol. I, pp.3-20.
[22] CALVO DÍAZ, A.: «Masonería y Esoterismo. Otra visión de la crisis moderna desde la Psicología», en FERRER BENIMELI, J. A. (Coord.): La Masonería Española y la crisis colonial del 98, Zaragoza, CHEME, 1999, vol. I, pp. 24-25.
[23] Rastro de estos procesamientos se conservan entre los fondos del Archivo del Tribunal Supremo (AHN de Madrid), y en las notificaciones de multas y suspensiones que La Unión conoció desde 1931 e incluso durante el bienio derechista. La mayoría de estos procesamientos terminaron, en realidad, siendo sobreseídos o declarándole inocente de los cargos imputados. Un ejemplo característico fue lo sucedido con motivo de la serie de cinco artículos que Tejera publicó a comienzos de 1932, en respuesta a un discurso del ex ministro de la Gobernación Miguel Maura. El segundo de dicha serie, titulado «Sigue el quinario maurista», fue objeto de denuncia. Casi un año después, en febrero de 1933, Tejera se sentaba en el banquillo acusado de un delito de injurias contra el Gobierno de la República y contra Maura. Sin embargo, el juez dictaminó que no siendo Maura ministro en el momento en que se escribió el artículo, no podía considerarse que se hubiera cometido delito alguno, declarándolo absuelto.
[24] La Unión, 20-10-1933.
[25]
 La Unión, 25-10-1933.
[26] La Unión, 28-8-1934.

[27] La Unión, 30-8-1934.

[28] La Unión, 8-9-1935.

[29] La Unión, 28-10-1933.

[30] La Unión, 7-4-1935.

[31] La Unión, 13-12-1934.

[32] «El LIbertario» fue una de las seis o siete personas de derechas asesinadas en Sevilla por las izquierdas a raíz de la insurrección militar contra la República, en julio de 1936. Según Juan Oriz, fue linchado al poco de iniciarse la sublevación militar tras ser identificado por una multitud en uno de los barrios populares sevillanos. Véase ORTIZ VILLALBA, J. Sevilla, 1936: del golpe militar a la guerra civil, Córdoba, Imprenta Vistalegre, 1998, Pág. 134.

[33] La Unión, 4-2-1934.

[34] La bibliografía al respecto es ya, afortunadamente, bastante extensa. Véase, por ejemplo, lo indicado en los trabajos de MARTÍNEZ DE LAS HERAS, A.: «La imagen antimasónica en la prensa de la Segunda República», VVAA (J. A. Ferrer Benimeli Coord.): Masonería y periodismo en la España Contemporánea, Zaragoza, Prensas Universitarias, 1993, pp. 97-132; MONTERO PÉREZ-HINOJOSA, F.: «Gracia y Justicia: un seminario antimasónico en la lucha contra la II República española», Zaragoza, CHEME, 1985, pp. 385-408; PÉREZ LÓPEZ, P.: «La masonería en la prensa confesional en Castilla durante la II República y la guerra civil: Diario Regional de Valladolid, 1931-1939», Zaragoza, CHEME, 1990, pp. 391-409; HERNÁNDEZ SÁNCHEZ, G.: «Masonería y prensa católica durante el bienio azañista (1931-1933). El Diario de Ávila, un precedente más del contubernio judeo-masónico», Zaragoza, CHEME, 1994, pp. 677-699; MARTÍN SÁNCHEZ, I.: «La visión de la masonería desde ABC durante el primer bienio de la II República española», Zaragoza, CHEME, 1996, pp. 655-670; ALONSO VÁZQUEZ, F. J.: «Las alusiones de El debate a la institución de la masonería durante la II República», Zaragoza, CHEME, 1996, pp. 701-712; BARRAGÁN MORALES, A. y VALLE CALZADO, A. R. del: «El semanario Arriba: la masonería en el discurso falangista, 1935-1936», Zaragoza, CHEME, 1996, pp. 671-684, etc.

[35] BOOR, J.: Masonería, Madrid, Gráficas Valera, 1995. Un estudio sobre esta obra lo podemos encontrar en MORALES RUIZ, J. J.: «Franco: Caudillo antiliberal y antimasón» en FERRER BENIMELI, J. A.: La Masonería española en la época de Sagasta, Zaragoza, CHEME, 2007, pp. 1213-1240.

[36] BOOR, J.: op. cit., p. 10.

[37] BOOR, J.: Masonería, Madrid, Gráficas Valera, 1952.

FUENTE: https://www.cibeles.org/index.php/78-articles/111