El ‘Día de los enamorados’ y nuestra ambivalencia sobre el amor.

Amor. Lo anhelamos más que cualquier otra cosa en el mundo. Desde el momento en que nuestra búsqueda infantil por resguardo y seguridad es calmada por el cálido contacto de piel a piel, nuestro deseo de conexión y unión no acaba sino hasta el momento de la muerte, e incluso el momento de la muerte es endulzado por la presencia de aquellos que nos aman.

Nosotros buscamos amor infinitamente. Pasamos nuestra vida comunicando su importancia a través de cada medio de expresión humana. Tenemos miedo de su poder y regularmente elegimos no amar, para no ser vulnerables al dolor de la frustración, o aún peor, del rechazo.

Yo todavía recuerdo el anhelo y el miedo que se activaban en mí en el ‘Día de los enamorados’: «¿A quién debía darle mi regalo? ¿Lo querría alguien? ¿Alguien me mandaría a mí un regalo?».

A medida que crecemos, las palabras más complejas que no formaban parte de nuestro vocabulario cuando éramos pequeños, se introducen en nuestro diálogo interno y definen nuestro anhelo. «¿Alguien me amará realmente algún día? ¿Puedo confiar en mí misma lo suficiente como para amar a alguien sinceramente?».

Pero la sociedad nos ha fallado. Nuestro entorno está lleno de palabras que esconden la traición. Nos victimizamos a nosotros mismos incansablemente. Queremos ser amados y dar amor, pero no sabemos cómo hacerlo sin destruir en el proceso lo que más queremos.

Vamos a investigar la fuente de nuestra ambigüedad respecto al amor, a partir de la fuente de la vida misma.

La fuente de la ambigüedad

La Torá nos cuenta de que Adam, el primer humano, fue creado a imagen de Dios. Adam podría haberse visto a sí mismo como un ser «completo», sin ninguna necesidad de buscar conexión o significado. Pero el texto continúa y dice que «No era bueno para Adam estar solo». Luego aprendemos de la separación de Adam en dos seres: Hombre (Ish) y Mujer (Ishá).

Lo que le faltaba a Adam al ser un individuo sin compromiso, era la oportunidad de dar y recibir de manera significativa. Después de la división, Adam es descrito en el Talmud como una persona que perdió algo y que no puede dejar de buscarlo.

Pero la Torá no quiere permitir que la búsqueda se transforme en una búsqueda con una sola meta – solamente el hecho de ser amado. Debe haber una meta adicional que prevenga que el proceso se transforme en un banquete de caníbales, así como algunas veces lo termina siendo.

Entonces la Torá instruye: «Por ello el hombre debe dejar a su padre y a su madre y debe unirse a su mujer».

Dado que el primer hombre obviamente no tenía padres humanos, esta instrucción es misteriosa. ¿A quién exactamente debe dejar? La respuesta que dan los sabios es que debe dejar atrás su relación de padre-hijo.

La relación normal de padre e hijo es que los padres dan y los hijos reciben.

La relación normal de padre e hijo es que los padres ‘dan’ y los hijos ‘reciben’. El amor que crece en ellos es sorpresivamente no balanceado. Los padres aman a sus hijos mucho más de lo que los hijos aman a sus padres. Hay una falla inherente en la relación que causa este desbalance. El amor no es nunca el resultado de ‘tomar’. Es el resultado de ‘dar’. Mientras más damos, más amamos. Mientras más amamos, más amados somos.

Una relación significativa

Para que la relación entre un hombre y una mujer funcione, primero tiene que ser definida significativamente. Cuando cualquiera de las partes anhela ser el “amado” o “amada” del otro, la relación esta condenada al fracaso.

Lo que nos lleva a hablar de «Cupido». Las flechas que lanza son dolorosas, pero son exquisitas en la alegría que sólo el amor trae. Si el arco y la flecha no lo logran, ¿qué lo hará?

La única respuesta es el matrimonio en el cual ambas partes estén dispuestas a sentirse lo suficientemente vulnerables como para expresar amor al entregar de ellos mismos libremente. Este ideal es difícil de alcanzar en una sociedad en la que Judy Seifer, ex presidenta de la Asociación Americana de Educadores Sexuales, Consejeros y Terapeutas, advirtió a las mujeres diciendo: «Mantén tus expectativas bajas. Date cuenta de que este maravilloso hombre tuvo una vida completa antes de conocerte… tú eres solamente una parte de eso… Muéstrale que tú eres una persona independiente».

¿Qué es lo que ella está tratando de decir? No cuentes con nadie. Ten bajas expectativas. No te humilles a ti misma amando a otro que no seas tú.

Nosotros utilizamos un armamento y nos protegemos a nosotros mismos de lo que más queremos. No cometas ese error: la Torá reconoce que somos personas imperfectas, viviendo en un mundo imperfecto. Si bien nos dice que amemos, también nos enseña cómo preservar nuestra integridad emocional. Somos frágiles. Nos rompemos fácilmente con el egoísmo y el rechazo.

Entonces, ¿cómo la Torá nos da el balance que necesitamos?

La respuesta de la Torá

Cuando un hombre conoce a una mujer con quien le gustaría tener una relación, él tiene que darse cuenta que se debe a sí mismo encontrar lo que ha perdido, lo que ha estado buscando durante todo este tiempo. El hombre está restringido simultáneamente por lo que yo llamo «cazar». Cada mujer debe ser tratada como un ser humano. Solamente sobre esa base la relación puede ser una en la que él se una genuinamente a ella y puedan transformarse en uno.

Para que esto funcione la mujer también tiene que tomar una decisión.

Para que esto funcione, la mujer también tiene que tomar una decisión.

Ellas deben decidir rechazar la noción social de que pueden ser amadas honestamente, mientras que al mismo tiempo se definen así mismas como “presas”.

La mujer, al igual que el hombre, debe ser (por sobre todas las cosas) modesta. Debe ser su decisión proyectarse a sí misma como verdaderamente humana, si quiere ser vista como tal.

La modestia no es un problema. Es elegir ser la versión más alta y humana que puedo ser.

Wendy Shalit escribió en su libro De vuelta a la Modestia (A Return to Modesty) (Free Press/Simon & Schuster, 1999):

«Esto se ha convertido en nuestra gran división moderna, el problema del compromiso de él y el problema de la modestia de ella. Estos dos problemas han reemergido juntos por una razón. Una sociedad que ve la modestia de ella como un problema, es necesariamente una sociedad en la que él no se comprometerá nunca».

Ha llegado el tiempo de un «nuevo orden» para el mundo del amor. Debemos darnos cuenta de que nuestra vulnerabilidad es el punto mismo en el cual se rompen las barreras de separación entre uno y otro.

Debemos abrazar nuestra vulnerabilidad. Por que sólo así podremos vivir, y amar, sin miedo y sin desconsideración.COMENTA EN ESTE ARTÍCULO


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Sobre el Autor

Rebetzin Tziporah HellerMás de este Autor >

Con sus característicos consejos agudos, prácticos y profundamente basados en los conocimientos de la Torá, la autora y educadora Rebetzin Tziporah Heller nos muestra como confrontar los desafíos esenciales de la vida. En sus artículos, aprendemos a abrazar estos desafíos, transformándolos en oportunidades positivas para el crecimiento personal y la conexión con Dios.

FUENTE: https://www.aishlatino.com/a/s/El-amor-y-el-Dia-de-los-enamorados-desde-una-perspectiva-judia.html?s=mm