Lograr el Magisterio

Hay que reconocer qué es ser un maestro para poder partir hacia un buen destino. No basta con señalar los errores ajenos, sino que hay que procurar iniciar con los propios, ya que yo mismo he tenido serios aciertos y tropiezos al pretender ejercer el magisterio. He tenido buenos mentores, no me puedo quejar, he cambiado muchas veces de maestros y conservo otros tantos, puedo darme cuenta de que los he tenido en verdadera abundancia, en todos los ámbitos que he explorado durante mi existencia. Por ello, creo que a esta altura de mi vida puedo discernir cuando actúo como un maestro y cuándo no.

Por ello defino el ideal: un maestro es aquel que nos guía con el ejemplo. Los anti ejemplos no arrastran tan fuerte como el acompañamiento puntual, cotidiano, amoroso, con entrega y pasión hacia el nobilísimo arte de cultivar las cualidades más profundamente humanas en el educando. Buena fe hacia el alumno, fidelidad a la vocación, paciencia, perseverancia, voluntad y muchas otras virtudes acompañan al docente en el apostolado autoimpuesto.

Enseñar no es educar, tampoco instruir. Estas visiones del pasado concuerdan con la enseñanza robotizada que se ha pretendido inculcar mediante una gran gama de modelos pedagógicos, de los cuales se ha convertido en pasto fácil la institución masónica, por la abundancia de similitudes con las organizaciones militares y la marcialidad incluida. La defensa a ultranza de los antiguos usos y costumbres ha impedido en buena medida el uso de las nuevas tecnologías de la información y comunicación, de estrategias pedagógicas modernas y demás auxiliares que robustecen el proceso de enseñanza –aprendizaje, por supuesto, que redundarían en sesiones más ejecutivas y productivas. Al respecto he de decir que lamento contradecir a más de alguno pero no es robotizando ni marcializando como habremos de mostrar el mundo masónico a los neófitos. Por estas razones hay muchas personas que prefieren dirigirse por sus propios medios en la vida, ya que han vislumbrado en carne propia la falta de resultados que brindan los sistemas tradicionalistas.

Un maestro definitivamente es aquel que se prepara. Es aquel que independientemente de cómo haya logrado obtener el grado de maestro, en cuanto se da cuenta de su responsabilidad se prepara, se anticipa y les comparte lo mejor de sí.

En lo particular guardo recuerdos de un autodenominado “maestro de ajedrez” que hace algunos ayeres conocí, quien era un conserje necesitado de dinero que logró convencer al director de que se le asignaran algunas horas a la semana como “maestro de ajedrez”. Tras algunos ridículos en competencias, sus alumnos aprendieron por sí mismos como para derrotarlo despiadadamente una tras otra ocasión. Tal fue la pedantería con que se dirigió el profesor hacia ellos durante el tiempo que duró su precaria superioridad que lo primero que exclamó el adolescente irreverente al brindarle certero jaque mate fue la palabra “maestrucho”, que derivó en “maistrillo” y demás epítetos que le hicieron descender públicamente de la palestra a la cual se había encaramado. Tiempo después, los propios alumnos solicitaron su baja de la institución. El proceso completo que les narro demoró aproximadamente dos semanas.

La lección que visualicé fue que podemos engañar a nuestros superiores, colegas, a nosotros mismos incluso, pero a los alumnos, muy poco, de hecho, nada. Evitemos ser maestros mediocres y más en la masonería, tanto quienes ya lo son como quienes estamos formándonos para algún día serlo.

También recuerdo a los profesores de educación física que en la escuela primaria pateaban un balón de futbol a media cancha, trasladándonos eufóricos tras el esférico y deviniendo ello en una clase de balompié. Es inevitable comparar tal abominable acción con lo que realizamos al soltarles la retahíla de trabajos por realizar a los neófitos, a lo sumo acompañada de algunos archivos PDF ó bibliografía impresentable, pero cuidadosamente evitamos comprometernos a ofrecerles nuestro tiempo y energía en el burilado y análisis de los temas que los conformarán como masones. Después, no nos preguntemos por qué los Ss:. de Pprop:. de nuestras Llog:., están siempre llenos de plagios y de monografías con escaso contenido reflexivo.

Por ende, un maestro silente, pasivo, transaccional, ambicioso del salario –simbólico y material-, tacaño y absorto en problemas personales no es el más deseable. La pasividad no suele ser compañera de la innovación, del liderazgo y de la exploración, características innatas del buen docente, grado que es sinónimo de generosidad.

Sin embargo, las nuevas concepciones pedagógicas han vuelto más hipócritas, zalameros y ladinos a los malos profesores, quienes llenos de un lenguaje emotivo, vívido, cálido, seudo fraternal, de falsa ternura, que simplemente sitúan a los educadores como prevaricadores de una profesión y apostolado que en otras naciones es el máximo honor al que puede aspirar un ser humano.

En particular, abundan en las escuelas privadas, en donde se dirigen hacia nuestros hijos con un lenguaje primitivo, muecas que atisbando aparentan ser sonrisas que dejan salir estentóreas, alargadas y lentas vocalizaciones. Sin duda no tardarán en ofrecernos asesoría privada a cambio de algunos pesos o en ámbitos masónicos en abandonarnos a nuestra suerte prefiriendo a algún aprendiz más poderoso si consideran que –como me dijo un masón en mis primeros pasos – “aun no eres nadie”:

¿Y nuestros hermanos menores cómo calificarían a sus mentores, a sus ejemplos de congruencia, sabiduría y bonhomía? ¿Superaríamos la evaluación? ¿Y cómo calificaríamos a los aprendices? ¿ y a los compañeros? ¿y a los demás maestros? ¿ y a las demás logias? Porque somos los mejores, me han dicho. Pero esto solamente se logra evaluando y comparando, para exacerbar nuestro egotismo. Entonces ¿evaluamos ó no evaluamos? Sugiero que si, con criterios universales, a manera de autoevaluación, de búsqueda de nichos de oportunidad en los cuales se pueda sembrar la calidad futura.

Evaluémonos con el criterio de a cuántos hombres hemos alejado de los vicios e imperfecciones, de a cuántos hemos invitado al ajefismo, a la masonería, varonil y femenil, en este y otros Oor:., al filosofismo, a subir de Gr:., a desbastar y burilar, a asistir, a hacer beneficencia. Ser maestro requiere tener qué compartir.

Reprobar, juzgar y sentenciar no sería justo, porque el buen maestro no busca llegar solo y de prisa; sino que busca llegar con todos y a tiempo. El buen maestro vive lo que predica y se acerca a los demás para ayudarlos. Comprende que educar es permitir que florezcan las mejores cualidades humanas de sus pupilos -etimológicamente “sacar de dentro”-, y que al final del día, al terminar el curso, ninguno falte.

Maestro no es aquel que rebaja la cuerda para que los alumnos fácilmente accedan a grados superiores, ni el que con prontitud y celeridad pide prebendas para el alumno influyente, susceptible de ser extorsionado en el mundo profano. Ha habido casos de hermanos que al no dejarse chantajear, han sido degradados, dados de baja sumarísimamente y repudiados por sus propios “maestros”.

Maestro es el que explica de viva voz, con sus propias palabras, los conceptos. Maestro no es el que musita palabras anacrónicas de vetustas y polvosas ediciones, sino el que logra comprender la esencia de las mismas y traerlas de manera sencilla, al aquí y ahora de quienes lo escuchan. Si esto falla, falla el maestro.

Ser maestro sin tener alumnos, sin tener a quien compartirles, simplemente implica pretender ostentarse como tal en el sentido etimológico de ser más que los demás, lo cual reduce irremisiblemente la concepción y la condena al olvido y al fracaso absoluto, con el respectivo dispendio de recursos que ello implica. Entonces solo podemos ostentarnos racionalmente como maestros si tenemos aprendices, si tenemos compañeros, si hay maestros jóvenes que nos asuman como tales y nosotros les instruyamos. Si el propio maestro joven víctima de soberbia niega al decano, o si el decano ignora al maestro joven, seremos partícipes de la desintegración de un centro de aprendizaje más.

Por ello, no exaltemos a quienes aún no estarán dispuestos a ejercer el magisterio, no les permitamos llegar ahí. Si están dispuestos a serlo, que lo señalen de su libre y espontánea voluntad y que se comprometan a fondo a presentar resultados de ello desde antes de serlo. Y por otra parte, a quienes ya llegamos debemos invitarnos a demostrarlo.

¿A cuántas personas hemos instruido en esta logia? A cuántos ávidos de conocimiento hemos brindado seguimiento para que ingresen? Esa cifra puede ser señal de cuánto hemos abrevado de la masonería y cuánto hemos devuelto. Si la masonería está en entredicho actualmente es fundamentalmente por los hombres que la integramos, particularmente por aquellos que ingresan a servirse de ella, de sus relaciones, a colocarse, a volverse parte de una clase acomodada, creyendo que lo merecen todo y que no deben de retribuir nada a cambio.

Si no lo hemos hecho, reflexionemos y procuremos ostentar menos nuestra maestría y retornar al trabajo masónico con más ahínco que nunca. El silencio es un gran consejero, ayuda a organizar nuestras ideas y a contemplar la obra que hemos construido. Opinemos menos sin sustento, guardemos más silencio y proyectemos concretamente hasta que logremos hacer florecer lo que nos proponemos colectivamente. La falta de evaluación y de autocrítica limita a informar solamente a los externos y a priorizar otros intereses por encima de la fraternidad.

Por otra parte, ¿cuántas veces hemos fungido como anti ejemplos en nuestra vida? ¿Cuántas veces hemos decepcionado a quienes nos rodean con actitudes plenamente profanas? ¿cuántos de los hermanos que otros maestros han cuidado se han ido por falta de seguimiento de sus respectivos vigilantes ó inspectores, quienes deberían de estar al pendiente de su formación y cuidado, más no lo hacen por razones que solamente ellos conocen?

El maestro debe ser un diáfano reflejo del Orden que ha sido designado para este plano existencial, aunque, en ese periplo, ¿a cuántos hermanos les hemos extraviado su razón susurrándoles sofismas?

¿Cuántas veces hemos aprovechado nuestra maestría para obtener poder, o para engañar a otros maestros menos hábiles sumándolos a lo que nuestros torvos deseos señalan?

Por ello, los invito a que ejerzamos la maestría con ejemplo, no con ostentación fatua e inverosímil, que en la vida diaria la luz del sol desnuda los materiales translúcidos, manifestando la calidad de lo que hemos construido. Siempre el maestro será también aquel que sabe guardar la compostura en los peores escenarios.

Con nuestros hábitos y conductas ¿cuántas vidas hemos iluminado y cuantas ilusiones hemos segado? ¿Cuántos proyectos se han marchitado entre nuestras magistrales manos y cuántas hemos hecho florecer con nuestras amorosas palabras y continuo cuidado? Sopesemos dentro de nuestra conciencia, para que en ese balance comprendamos que es inútil buscar influir en vidas ajenas cuando somos manifiestamente incapaces de controlar nuestro propio cuerpo y ponernos a trabajar a costa de someter nuestras pulsiones traicioneras.

Por ello, asumamos unívocamente que nuestros esfuerzos deben de ser en positivo, impidiendo por encima de cualquier interés individual, material o colectivo que se caigan nuestros campamentos más valiosos, los de carne y hueso. Ya que el maestro es el primero que debe saltar al frente para trabajar de más y con ello poner el ejemplo, es el que debe señalar la manera de burilar, el que deja la tarea en las vacaciones y la revisa de retorno a clases, el que debe de encabezar la organización de los actos cívicos, privilegiando la participación y desenvoltura de los más nuevos, mostrando ante la comunidad de aprendizaje de manera constructivista cómo han ido desarrollándose los educandos bajo su tutela. Asimismo, siempre es el primero que debe preocuparse por los que se han quedado rezagados.

En el ámbito magisterial me he dado cuenta de que hay muchos predicadores, pero muy pocos que son también labradores. Así como Miguel Ángel sacó el David, hay que rescatar nuestras mejores cualidades de nuestro interior. Siempre hay mil maneras de decirlo. Pero hablar de masonería inconcreta es como hablar de ciencias noéticas o de New Age, en la kybalionica costumbre de hablar ampliamente y sin proponer cómo. Para avanzar, hay que ser constructivistas, poniendo énfasis supremo en el desarrollo próximo: en el ámbito educativo no falta palabrería, faltan argumentos.

La prueba está en el mundo profano, con la Secretaría de Educación en el Estado, repleta de aviadores, muchos de ellos, Qh:., Iil, e Iil:. y Ppod:. Hh:. del alma nuestros a quienes ninguno de nosotros ha visto con malos ojos que docenas de generaciones de niños y jóvenes michoacanos se queden sin acceso a la educación que merecen gracias a ellos, porque somos hermanos y obviamos sin corregir sus faltas, con mucha suavidad pero sin ayudarles en su reforma, olvidando los juramentos del tercer y trigésimo grados, de combatir a los ambiciosos y de hacer prevalecer la justicia. ¿Quién le pone el cascabel al gato?

Por ende, sería un error pensar que la maestría se ejerce por decreto, o por investidura. El magisterio se ejerce por la pulsión insondable de acudir al llamado. Por ello, hay que preguntarnos si sentimos la vocación docente, si aún somos capaces de sentir empatía, pasión por nuestros alumnos, o por serlo. Miremos alrededor nuestro: estamos rodeados de discípulos y también de maestros, de auténticas lecciones que están esperando a ser vividas. Debemos buscar por aproximaciones sucesivas ser verdaderos maestros. Cómo nos damos a la tarea de cumplir la frase de la mónita del Gr:. 32º que a la letra dice” reclutar masones entre los mejores y los más poderosos, organizar por todas partes talleres masónicos y asegurar siempre la cooperación armoniosa de todos a la realización del sublime fin de la masonería”. ¿De dónde van a salir los mejores y más poderosos? Sin duda de una evaluación, producto de un proceso de enseñanza-aprendizaje. Si deseamos cuantificar a los más poderosos por sus bienes materiales estaremos incurriendo en una equivocación garrafal, que ya se ha paladeado cuando en diferentes épocas de la humanidad se ha pretendido hacer masones a diputados, funcionarios públicos y personas acaudaladas, siendo el hecho que en la dificultad por transitar y lograr acudir a tiempo al llamado al sendero masónico radica la filia; no en el malletazo ni en la imposición de condecoraciones inmerecidas. No acrecentemos distancias permitiendo el avance de quienes a todas luces aún no están listos. La lealtad y la amistad son virtudes, pero no mérito suficiente para escalar la graduación sin un verdadero trabajo que lo sustente.
Congruencia es la palabra: hagamos masonería, desde el mundo profano, en el ajefismo, en las logias simbólicas, en las logias femeniles, en el filosofismo, en los cargos y responsabilidades administrativas, en nuestro trabajo cotidiano, en nuestra familia, con nuestros hijos, en nuestro barrio, en nuestro interior, con nuestros recuerdos, nuestro inconsciente, con nuestros sentimientos más soterrados, ¡pero hagámosla ya!, porque otra oportunidad de trabajar arduamente para alcanzar el magisterio tal como la de hoy jamás la tendremos.

Ccamp:. de Michoacán de Ocampo,
a 15 de mayo de 2011, E:.V:.
Fraternalmente,

Il:. H:. M.:D:.P:., 32°

FUENTE: http://masondepants.blogspot.com/2011/05/lograr-el-magisterio.html