La caballerosidad aquí y allá

Allá, siempre me sentí poderosa mientras me abrían una puerta y esperaban a que yo pasara. Llevando tacones, se espera que el chico haga de paje, mirando a la chica bajar por las escaleras siempre con la mano tendida. En mi ciudad, donde todo está lejos, cuando un chico te invita a salir se sobrentiende que te recogerá y te traerá de vuelta hasta la puerta de tu casa.

Por eso, llegando a España, me sorprendieron las maneras de aquí, así como la postura seca de las chicas frente a los cuidados masculinos. Me acuerdo de “flipar” la primera vez que vi una pareja de abuelos con más de 80 años entrando en el edificio, donde el abuelo pasaba por delante sin aguantar la puerta a la abuela que mal caminaba de vieja que estaba. Conté la escena como anécdota a mis amigos durante semanas.

“Es que no me gusta que me vean como mujer”, me comento una vez una amiga blanca de unos veinte pocos años. La frase me dejo en shock, ya que no podría reconocerme a mí misma sin antes reconocerme como mujer. Por cierto, este reconocimiento (y flores, y puertas abiertas e invitaciones a cenar) siempre me hizo sentir más poderosa. Nunca tuve ganas de ser otra cosa sino una mujer, excepto en verano, cuando envidiaba a los chicos jugando en el parque sin camiseta.

Mi amiga, cuando decía que no le gustaba ser vista como mujer quería decir “vista como un objeto”, “vista como inferior”, “vista como débil”. Entre tanto, la mujer negra nunca se vio a ella misma como frágil. Eso se dice lindamente en el discurso de Sojouner Truth, donde cuestiona si acaso no era ella una mujer:

¡Pero a mí nadie me ayuda con los carruajes, ni a pasar sobre los charcos, ni me dejan un sitio mejor!

¿Y acaso no soy yo una mujer?

¡Miradme! ¡Mirad mi brazo! He arado y plantado y cosechado, y ningún hombre podía superarme.

¿Y acaso no soy yo una mujer? (…)”

Las mujeres negras siempre trabajaron, muchas veces cuidando de los hijos completamente solas o amparadas por otras mujeres de la familia.

Crecí en una familia matriarcal, donde mi abuela era el centro del conocimiento y del máximo respeto, ella me cuido para que mi madre pudiera trabajar, y si yo estudié y llegué a algún sitio fue gracias a los esfuerzos de mi madre, la persona más fuerte y trabajadora que conozco. Crecí escuchando de la yaya que debería luchar por mi independencia para nunca tener que aguantar hombre alguno. Por lo tanto, los hombres de mi vida (padre, tíos, abuelos) siempre tuvieron roles periféricos y no de protagonismo.

Crecí sin saber lo que era ser sojuzgada a la vez que socialmente en Brasil la caballerosidad es parte de la educación y de los juegos de seducción, por lo tanto, es necesaria para que los chicos encuentren pareja.

Explicado de donde vine, queda claro que no me suena nada opresor recibir rosas, que me cubran con el paraguas un día de lluvia o que me carguen la maleta si viajamos. Hombre alguno lo hizo “antes” ya que vengo de ex esclavas e indígenas, ambas que hasta hace muy poco buscaban su reconocimiento como mujer. Nunca representamos el papel de ama de casa en un ambiente protegido cuidando exclusivamente de los hijos, donde las caballerosidades empezaron a sonar como hipocresía, ya que no querían ser más vistas como débiles.

We can do it” dijeron las feministas blancas, “nosotras siempre lo hicimos” podría contestar la madre negra que siempre trabajó para la blanca. Por eso, mientras la caballerosidad refuerza mis colores y valor como mujer, a una feminista blanca le puede reforzar la idea de que los hombres las tratan como seres débiles y discapacitados.

Viviendo en el extranjero en un país donde más del 90% de la población es blanca y donde las mujeres luchan por la igualdad a la manera occidental, quizás no todos interpreten bien cuando salimos del súper mi marido y yo y sólo el carga la compra. “Las mujeres latinas pueden ser unas aprovechadas” podrían pensar.

Ver la portada siempre será más fácil que leer el libro, diría yo.

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Autora: Mariana Olisa

FUENTE: https://afrofeminas.com/2016/05/03/la-caballerosidad-aqui-y-alla/