LIBERTARIOS-ANARQUISMO

Autoridad, organización y liderazgo en la teoría anarquista

Publicado: Lunes, 24 Febrero 2020 13:21 | Por: J.M. Rivas | Imprimir | Correo electrónico | Visitas: 512

El anarquismo o libertarismo [1] se define como la teoría polí­tica, de inspiración obrera, que defiende la desaparición del Estado [2], del gobierno y de la autoridad como condición para la libertad del individuo. A diferencia del marxismo, en la teoría anarquista los términos gobierno y revolución son incompatibles. Proudhon, Bakunin y Kropotkin fueron los primeros filósofos anarquistas. Según Proudhon, ser gober­nado equivale a […] estar vigilado, ser inspeccionado, espiado, estar dirigido, legislado, regulado, ser encerrado, adoctrinado, sermoneado, controlado, valo­rado, mandado por seres que carecen de título, de conocimiento y de virtud […] Ser gobernado es ser, en cada operación, en cada transacción, en cada movimiento, anotado, registrado, inventariado, tarifado, sella­do, mirado de arriba abajo, acotado, cotizado, patentado, licenciado, autorizado, sellado, apostillado, amonestado, impedido, reformado, enderezado y corregido (Proudhon, 1923: pp. 293-­294)

Bakunin y Kropotkin propugnan el rechazo a la autori­dad de Dios, del Estado y del Gobierno. Para el primero, “gobierno y explotación son dos términos inseparables, son la misma cosa” (Bakunin, 1908: p.61), así como el segundo (Kropotkin, 1885a: p. 7) defiende que la autoridad tiende a des­truir la libre voluntad del pueblo y nada bueno puede ser ajeno a su voluntad.

Fabbri (1980: p. 17), por su parte, define el anarquismo como “el ideal que se propone abolir la autoridad violenta y coactiva del hombre sobre el hombre, así como otra prepotencia sea económica, política o religiosa”. No obstante, Taibo (2013: p. 20) recuerda que los anarquistas rechazan la autoridad coactiva, pero “acatan la autoridad de médicos, arquitectos o ingenieros”. Con esta distinción, el anarquis­mo busca diferenciar la autoridad institucional del prestigio que se reconoce a algunas personas por su conocimiento y capacidad en alguna materia. El mismo Bakunin (1908) lo precisa. Además, rechaza la autoridad legal del Estado, de carácter violento y despótico, pero no la acción de la sociedad, “más dulce, más insinuante, más imperceptible, pero mucho más poderosa que la del Estado” (Bakunin, 1908: p. 22). A diferencia de la autoridad legal, esta influencia social no conduce necesariamente a la opresión del individuo (ibí­dem). Más recientemente, Morman (2005: p.30­-38), siguien­do a Fromm (1997), distingue la autoridad formal o inhibicioria de la autoridad racional. La primera, rechazada por el anarquismo, se basa en la relación explotador­explotado, mientras que la autoridad racional se funda en el conocimiento, es fruto de la concesión voluntaria de cada uno y tiende a disolverse.

El rechazo a la autoridad formal no implica el rechazo a la organización. De hecho, el modelo de sociedad anarquista de Kropotkin (1902) se basa precisamente en la autoorganización de los individuos en sociedad. El anarquista ruso destaca la sociabilidad de la especie humana y propone una organización social basada en los principios de solidaridad y cooperación. Fueron elementos ajenos a los anarquistas los que, según Fabbri (1980: p. 18), les retrataron como enemigos de la organización, y algunos “picaron el anzuelo” negándo­la, así como a la solidaridad colectiva, y defendiendo el indi­vidualismo burgués.

Retomando el argumento, Graeber (2014: p. 44) señala que el anarquismo no se opone a la organización, sino que trata de crear nuevas formas de organizarse. Esta idea tam­bién ha sido defendida por los primeros teóricos anarquis­tas. Bakunin (2004: p. 9­-10) propone la organización volunta­ria de los individuos de abajo arriba, “desde los cimientos”. Malatesta (2009: p. 13) aboga por una organización social resultado de la agrupación libre y espontánea de los hom­bres. Fabbri (1980: p. 18) observa que no es posible la lucha y la revolución sin la organización previa de los revolucionarios, ya que es en el seno de esta donde se desarrollan los princi­pios de asociación y solidaridad; además, sostuvo que la organización de todos los miembros de la colectividad no es posible fuera de la injerencia del Gobierno, sino que esta es la única forma eficaz de organización revolucionaria (Fabbri, 1922: p. 25). Volin, por su parte, defiende la autoadministra­ción de las masas trabajadoras, sin partidos que se sitúen encima o al margen de estas (Guérin, 2012: p. 54).

Pero Rocker ha sido el mayor defensor del concepto de organización anarquista. Para este autor, no es cierto que con la organización se pierda la individualidad, sino que por el “contacto entre iguales se despliegan las mejores condicio­nes de la personalidad” (Rocker, 1921: p. 52). En su opinión, el anarquismo necesita de la organización no jerárquica, sino mutualista y cooperativa. Al igual que Kropotkin, Rocker (1921: p. 53) considera que las organizaciones basadas en el apoyo mutuo, o cooperativas, son el mecanismo clave que ex ­plica el desarrollo de los seres humanos y su futuro como especie.

La organización tiene el riesgo de generar líderes y diri­gentes. Pese a ello, el anarquismo defiende una organización sin vanguardias, “sin coacciones ni liderazgos” (Taibo, 2013: p. 50). Esta idea ha sido criticada por el marxismo. Para los teóricos marxistas, el liderazgo es un hecho inevitable den­tro de las organizaciones (Bujarin, 1922; Molyneux y Cos­tick, 1999: p.13). Esta crítica es una asunción de la “ley de hierro de la oligarquía” de Michels (2006: p. 77), según la cual los líderes de las organizaciones, que al principio no son más que “órganos ejecutivos de la voluntad colectiva”, se emanci­pan de las bases y quedan fuera de su control. Para Taibo (2013: p. 38), la inevitabilidad del liderazgo es un argumento falaz porque, de ser válido, “no quedaría más remedio que aceptar otros elementos característicos de la realidad de nuestras sociedades, como por ejemplo la explotación, la alienación, la insolidaridad”.

Aunque la teoría anarquista rechaza frontalmente la posibilidad de liderazgo, se trata de un problema presente a lo largo de la historia del movimiento anarquista. Menciono solamente algunos ejemplos: a principios del siglo XX, Bakunin intentó crear organizaciones secretas jerarquizadas para expandir la revolución (Taibo, 2013: p. 38; Aller, 2014). En 1919, Majnó dirigió el Ejército Negro de la Ucrania anar­quista. Durante la guerra civil y la revolución española, Durruti estuvo al frente de una columna militar; y Federica Montseny, García Oliver y otros militantes anarquistas fueron nombrados ministros del Gobierno de la República.

Un trabajo que aborda, desde una perspectiva histórica, la cuestión del liderazgo en el anarquismo español es el de Maurice (2012). Según este autor, los militantes que ocuparon cargos de responsabilidad en organizaciones anar­quistas influyeron en “la definición de la estrategia y en la organización de la acción colectiva”. A diferencia de lo que ocurría en las organizaciones socialistas, donde una figura, Pablo Iglesias, sobresalía por encima del resto y personificaba el movimiento, en las organizaciones anarquistas se impusie­ron aquellos líderes que “mejor sabían manejar la pistola o la pluma como un arma”. Se mencionan como ejemplos a Fer­mín Salvochea, Federica Montseny y al propio Durruti. A dife­rencia de los marxistas, que defienden el liderazgo de vanguar­dia y tienden a personificar las ideas con el nombre de sus teóricos y dirigentes (marxismo, leninismo, trotskismo, esta­linismo, etc.), los anarquistas rechazan la dirigencia vertical, pero ensalzan a los apóstoles, “militantes que, a imitación de los discípulos de Jesucristo, se han entregado en cuerpo y alma a propagar el ideal universalista de la Asociación Internacional de Trabajadores” (Maurice, 2012).

Discutiendo el concepto de liderazgo carismático

El concepto de liderazgo es complejo y varía según el enfoque desde el que se estudie [3]. El rechazo inicial del anarquismo hacia los líderes responde a la naturaleza difusa y compleja del concepto de liderazgo político, que a veces se confunde con el de autoridad. Una diferencia entre los conceptos de autoridad y liderazgo es que el primero está vinculado a la existencia de cierto tipo de institucionalidad, mientras que el segundo no tiene por qué estarlo (Wrong, 1980: pp. 28-­31).

Aquí utilizó el concepto de liderazgo carismáti­co, que se ubica dentro del enfoque relacional propuesto por Burns (2010). El liderazgo carismático fue conceptualizado por Weber como uno de los tres tipos de legitimidad que sostiene la dominación. Según este autor, el líder carismáti­co es obedecido por las masas no porque lo mande la cos­tumbre (presión social) o una norma legal, sino porque “creen en él” (Weber, 2004: p. 11). Weber, de esta manera, define el carisma como “un proceso de acción mutua” entre líder y seguidores (Rustow, 1976: 29).

El liderazgo carismático no es un atributo individual que se pueda manifestar de manera aislada, sino una relación; en términos de la psicología social “una fusión del yo”, entre el líder y el seguidor (Lindholm, 2001: p. 22). Cuando muere el lí der, la relación se frustra y los seguidores tienden a mitifi­carlo. La mitificación se define como “un proceso que transforma un pasado concreto en una historia fundacional”; el concepto de mito no hace referencia a hechos inventados, sino a la magnificencia de hechos reales “que no deben olvi­darse porque implican un compromiso con el futuro” (Assmann, 2007: pp. 77-­78).

Para Scott (2013: p. 17­18), tener líderes hace más vulne­rables a los movimientos de lucha, porque permite al poder identificar a los movimientos a través de ellos y utilizarlos para pactar acuerdos o corromperlos. Cuanto más institucio­nalizados son los movimientos menor es el grado de peligro­sidad para el sistema (Scott, 2013: p. 46). No obstante, a diferencia de la mayor parte de los teóricos anarquistas, este autor tiene en cuenta el carisma al analizar el funcionamien­to de las luchas sociales. Determinadas condiciones estruc­turales, afirma, impulsan a “las elites y los líderes a prestar una especial atención a lo que tienen que decir aquellos a quienes nadie escucha”. Se genera así una relación carismá­tica. A diferencia del “gran poder”, que no tiene por qué escuchar al público, la condición del carisma es ser recono­cido como jefe u orientador de los seguidores para que actúe como uno más del grupo, escuchando las distintas opiniones y reaccionando de acuerdo a estas [4] (Scott, 2013: pp. 52-­56). En el fondo, Scott rechaza el liderazgo porque lo identifica con el liderazgo institucional, pero acepta el papel del carisma, sin llegar a conceptualizarlo como liderazgo.

Del mismo modo que Bakunin diferencia la autoridad legal, generadora de explotación, de la influencia y el presti­gio social, a veces positivas para el desarrollo del individuo, yo propongo la distinción entre liderazgo institucional, pro­ducto de la posición de poder del líder en una estructura organizacional, y liderazgo carismático, manifestación social de la relación del líder con sus seguidores. Un individuo puede ser, al mismo tiempo, líder institucional y líder caris­mático, pero tener la condición de líder carismático no implica ocupar una posición de liderazgo institucional ni viceversa.

El liderazgo carismático no implica necesariamente subordinación institucional de los seguidores con respecto al líder; se trata de una relación de confianza mutua que, si bien implica dominación, se basa en la voluntad de los seguidores y puede romperse en cualquier momento. La autoridad del líder no es institucional ni permanente, sino racional. Aunque prefiero no llamarla autoridad, sino pres­tigio y reconocimiento que el líder obtiene de los seguidores a cambio de escucharlos y asumir sus mandatos.

Este liderazgo carismático se dio en la Confederación Nacional del Trabajo (en adelante CNT) en España. Durruti fue un ejemplo. Como afirma Paz, refiriéndose al IV Congreso de la CNT celebrado el 1 de mayo de 1936:

Existía en la CNT cierto liderismo [5], pero un liderismo muy “especí­fico”. En una sindical donde no hay un aparato que maneje el funcio­namiento de la organización, el liderismo tiene otras raíces que provienen de la abnegación y el tesón militante, no teniendo otra gratificación que el respeto que inspira entre los trabajadores el tipo de hombre con estas virtudes. Esos líderes conseguían un prestigio derivado de su propio comportamiento y entrega en la lucha […]. Eran líderes cuya persona obtenía el respeto que inspiraba su vida ejemplar. En Durruti y Ascaso, esa “fama”, aprecio o “confianza” pesaba como una losa (Paz, 2004a: 449).

J.M. Rivas

Notas:

[1] No confundir con el mal llamado “libertarismo” o anarco­capitalismo, una ideología burguesa, de origen anglosajón, que promueve el individualismo y el antiestatismo dentro del marco de explotación del capitalismo. Su principal exponente es Robert Nozick.

[2] Malatesta (2009: 3) proponía sustituir la expresión “abolir el Estado” por la de “abolir el Gobierno”, ya que la palabra Estado tiene otros significados que podrían generar confusión.

[3] El trabajo de Rivas y Alcántara (2014) organiza y clasifica el marasmo teórico que rodea al concepto de liderazgo político.

[4] El autor pone como ejemplo de carisma a Martin Luther King.

[5] Aunque liderismo no está reconocido por la Real Academia Española, se trata de un sinónimo de liderazgo.

Párrafos tomados del artículo “Una mirada libertaria al liderazgo”, que en versión original extensa es accesible en  http://www.academia.edu/download/44698389/Capitulo_Rivas_Otero_150-184.pdf.

Fuente: http://periodicoellibertario.blogspot.com/2020/02/autoridad-organizacion-y-liderazgo-en.htmlTags: Autoridad • organización y liderazgo en la teoría anarquista

FUENTE: https://www.portaloaca.com/pensamiento-libertario/textos-sobre-anarquismo/14734-autoridad-organizacion-y-liderazgo-en-la-teoria-anarquista.html

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