Lorenza de Acereto, la primera bruja del Nuevo Mundo por Mercedes Peces Ayuso

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 En Cartagena de Poniente, fundada oficialmente por Pedro de Heredia en 1533 o Calamarí (cangrejo en lengua indígena), sin duda la ciudad con más vida y mestizaje de Castilla del Oro en aquella época de tránsito entre el siglo de la conquista y el de la colonización, la misma que hoy es conocida como Cartagena de Indias, es donde se inicia la historia en 1585, mientras la reina inglesa Isabel I despedía, junto a los muelles del Támesis, a una escuadra bajo las órdenes de Francis Drake que pondría rumbo a las costas del Nuevo Reino de Granada. A comienzos de 1586, el gobernador de Cartagena, Pedro Fernández del Busto, recibía una notificación urgente desde la isla de Santo Domingo en la que se le advertía del peligro que corrían las ciudades de Riohacha, Santa Marta y Cartagena. La guarnición de la ciudad era tan escasa que las 23 naves de Drake no tuvieron dificultad en atracar en la Bahía de las Ánimas y desembarcar allí a tres mil hombres, después de haber ido arrasando toda la costa. La ciudad cayó a principios de febrero, aunque tuvo la honra de no rendirse, y los hombres de Drake la sometieron a un implacable saqueo.

También las mujeres fueron vejadas, botín de guerra usual en la época. El pirata convertiría en su amante a la vallisoletana María Pérez de Espinosa, mujer de vida errabunda huida a Portugal donde casó con un marino portugués, Guiacomo de Acereto, siempre navegando por los mares y ajeno a los vivires de su mujer. El pirata pasó más de un mes en Calamarí hasta que los buques partieron con su botín hacia Jamaica, dejando a María sola y embarazada de Lorenza o Lorenzana de Acereto, la que sería condenada en su día, en los primeros albores del siglo XVII, como la primera bruja de Nueva América. La esclavitud procedente de África importó y asentó sus ritos religiosos, de manera que hoy, a la luz de las fuentes, puede afirmarse que en Cartagena se celebraron las primeras ceremonias vudús, con no pocos elementos incorporados de la iconografía cristiana, amén de la sabiduría naturista de los indígenas.

   En ese ambiente sensual, Lorenza de Acereto vivirá una existencia cuajada de experiencias extremas. Conocerá desde muy joven el vudú, así como las prácticas sexuales de los esclavos, vivirá las noches de los barracones a espaldas de los blancos en los que antiguos cantos y ceremonias abrían mundos cargados de fuerza y magia. Esa desinhibición, unida a sus ensayos con los remedios y las plantas, le irá acuñando una fama de hechicera que acabaría por llegar a oídos de la Inquisición española, que le someterá a proceso. Poco se sabe de su vida, más de su leyenda: huérfana a los 7 años, fue acogida por el tío paterno Luis Gómez, un cura que la entregó al cuidado de sus sirvientes negros, con los que se criaría y aprendería las leyes de la naturaleza más allá del catolicismo imperante. Se la retrata como mujer bella, rubia, ojos color de miel y tez muy blanca, y aún así, se ganó un puesto como sacerdotisa de la religión mandinga, la de su aya Margarita.

A los catorce años su tío la casa con un arribista salmantino, el escribano Andrés del Campo, hombre lascivo y violento con el que no tendrá una vida feliz a pesar de ser la puerta de entrada al mundo blanco de las damas principales de la ciudad. En su breve vida desde el lado poderoso de la ciudad, se hace un nombre entre las señoras de la buena sociedad como hacedora de hechizos y prácticas amorosas. De un amante español y soldado, Francisco Santander, pare una hija en la noche del 24 de diciembre de 1610, día del nacimiento del Señor, en el altar mayor de la catedral, donde le sobrevienen los dolores de parto, acentuando este hecho ya de por sí su mala fama. La historia cuenta que la niña sobrevive pero es asesinada por el dominico fray Andrés Sánchez, enviado por el inquisidor general Juan de Mañozca, que había llegado a Cartagena en 1610 junto a Mateo Salcedo enviados por el Santo Oficio para atajar las malas prácticas en la Nueva América.

Su primer objetivo es esta joven mujer muy conocida en todos los estratos de la sociedad, cuya sangre de pirata inglés y cultura, pues sabía leer y escribir, ya la convertían en alguien muy sospechoso por su sexo. La inquina de Mañozca contra esta mujer de sangre mestiza del enemigo del Imperio, su indomable naturaleza y su libertad, su cultura panteísta y sus buenas relaciones con todos los estratos de la sociedad, la convirtieron de inmediato en la figura ejemplificante a domeñar.

En el primer edicto de fe, promulgado en la catedral en 1610 ante toda la población, se leyeron los capítulos con las normas generales y los diferentes tipos de herejía que los cristianos tenían la obligación de denunciar ante el Santo Tribunal. Tras las detenciones de algunos negros acusados de vudú, entre los que se encontraban personas muy cercanas a ella, “La Santa Inquisición requiere a doña Lorenza de Acereto”, en palabras del fiscal Francisco Bazán de Albornoz y así la sacan del convento de carmelitas, donde amamantaba a su hija, el día 19 de enero de 1611. En las horas que pasó ante el tribunal, antes de ser momentáneamente devuelta al convento, su hija fue asfixiada en la cuna. Volvieron a apresarla, culpándola de la muerte del fraile que había asesinado a su hija. Por homicida, bruja hechicera y hereje, y sería llevada en procesión a las cárceles secretas donde pasaría meses mientras en la calle el pueblo pedía a gritos su liberación.

El día 15 de enero de 1613 el fiscal del Santo Oficio presentó a los inquisidores generales el informe de 57 páginas que componía las acusaciones contra Lorenzai. Las formas de Mañozca, iracundas, persecutorias, irreflexivas, llenas de odio, intentaron ser suavizadas por la duda, las razones y defensas del valenciano Salcedo pero sin éxito alguno, puesto que el primero anuló por completo los intentos del segundo y además lo convenció. Lorenza ya estaba sentenciada. Tras su lectura, se abrió causa oficial contra ella. Era el 28 de enero cuando, tras los formulismos de rigor, fue de facto encarcelada en la insalubre prisión secreta del Santo Oficio. Durante dos meses las torturas se sucedieron y su decaimiento físico se acentuó. Demacrada, sucia, dolida y con problemas de corazón, se presentó ante los jueces.

El 4 de abril fue conducida a la Plaza Mayor donde se leyeron los 36 capítulos que resumían las acusaciones: desde la brujería hasta la herejía, pasando por la hechicería, la adivinación, apostasía, diferentes anatemas, la conspiración, el adulterio, el intento de asesinato y la idolatría. La rea disponía ahora de varias semanas para recapacitar y contestarlas una por una e intentar defenderse de ellas. El 20 de julio presentó sus testigos de descargo y aunque hubo personalidades relevantes del mundo civil y eclesiástico que la defendieron, nada pudieron hacer contra la saña de Mañozca que hacía tiempo ya tenía su veredicto. El pueblo estaba indignado, amenazaba el motín. Con Lorenza ya prácticamente sentenciada, accedieron a devolverla al convento carmelita bajo fuertes medidas de seguridad, para calmar al populacho. Esperaban que esta aparente benevolencia lo sosegara.

Parecía que la balanza estaba claramente inclinada y la hoguera sería el destino de Lorenza. Pero sucedió lo inesperado: tres votos a favor del destierro. ¿Por qué? Cuéntase que Mañozca se vio obligado a moderar su rigor por culpa de su hermana doña Clara. Esta mujer ya anciana, por la que sentía adoración, lo había acompañado a las Américas. Los amigos influyentes de Lorenza en la corte de España -se habla del propio Don Juan de Austria- hallaron que la susodicha había sido objeto de sospecha por la propia Inquisición y fue la moneda de cambio en el proceso contra Lorenza: o se la salvaba o se descubría a doña Clara, con todas las consecuencias nefastas para su hermano el inquisidor. Así pues, la sentencia fue el destierro de esta ciudad y de su Gobernación, más el pago de 4000 ducados de Castilla por los gastos del proceso ̶ que se vio obligado a abonar su marido aunque al final recusó y le fueron devueltos. Sin embargo, Mañozca no podía dejarlo así y contrató a dos matones para que la asesinaran en una de las dos únicas vías de salida de la ciudad: por mar y tierra.

Alguien la advirtió, y se cuenta que su amante Santander, siempre a la sombra, consiguió burlar su muerte segura, pues acordó con una partida de agustinos que iban a fundar un convento tierra adentro, el de Baza, que la escondieran con ellos y se la llevaran. Iba embarazada de nuevo de él. Y volvió a parir en la capilla. Un varón de nombre Francisco, hijo de Santander, pero con apellido Acevedo, un intento de protegerle y desviar las correlaciones que hubiera tenido de darle el suyo de soltera, Acereto.

Cuando el crío tenía 5 años, ella, una noche, desapareció. Se perdió para siempre. Y comenzó la leyenda.


iTranscripción del acta de la Inquisición: DOÑA LORENZANA DE ACERETO, mujer de Andrés del Campo, vecina de esta ciudad, de edad de veintisiete años. Esta rea fue testificada por diez testigos, dos varones mayores y ocho mujeres, la una edad de diez años y las demás mayores y los ocho de los dichos testigos cómplices y singulares, los cuales le testifican que de siete años a esta parte en esta ciudad la dicha rea ha tratado con los susodichos de diversos hechizos, supersticiones y sortilegios y particularmente que la dicha rea enseñó a uno de los testigos la oración de la estrella, que comienza “Conjúrote estrella” y acaba “que me le traigáis atado y amarrado y a mi voluntad”.

Y también enseñó la dicha rea al testigo una oración para traer un hombre a su voluntad, en la cual se invocaban tres demonios. Y así mismo que la dicha rea enseñó a otro de los dichos testigos la oración de la estrella. Y así mismo le testifican que la dicha rea hizo la oración del “señor de la calle”, para atraer a un hombre a su voluntad y que hecho el dicho conjuro había venido el hombre a quien llamaba en ella y que enseñó la dicha rea otra oración a uno de los testigos, que comienza “Fulano, bravo estáis como un león” y que era buena para dicha en la cara y que la dicha rea dijo a uno de los testigos que ella había hecho conjuros llamando los demonios en presencia de cierta persona ya difunta y así mismo que la dicha rea había aprendido un remedio de unas avellanas, con que se hacía un hechizo, sacando sangre del dedo del corazón y haciendo en cada uno de ellos una cruz y así mismo le testifican que había enviado una cabeza de asno a aderezar, para dar a su marido los sesos y que había hecho la suerte del agua y la suerte del dedazo, con las bendiciones y conjuros, que en ella se dicen y que así mismo había hecho hechizos con una calavera del difunto, haciéndola polvos para dárselos a su marido he hizo que uno de los dichos testigos, hechicero, los aderezase y bendijese.

Y también que la dicha rea había hecho un muñeco con piernas y brazos y le puso una venda atada al cuerpo y lo envió al dicho hechicero para que lo aderezase y que ele dicho hechicero le dio a la dicha rea un poco de aceite, diciendo que era óleo santo y que la rea se aprovechó de él, untándose la cara para que un amigo que se había enojado, volviese a su amistad deshonesta.

Y así mismo la dicha rea había enseñado al dicho hechicero muchas oraciones supersticiones y malas y que había enviado por yerbas para darlas a su marido y que había ofrecido dádivas al dicho hechicero, porque matase al dicho su marido y que también la dicha rea había dado unos polvos buenos para que los echase en la comida de su marido y que la dicha rea dio a comer a uno de los testigos y a su marido unas berenjenas y que en acabándolas de comer, ambos dos habían estado muy malos y que los que le veían el hóstigo le decían que se iba muriendo y así se sangró muy aprisa.

Esta rea fue presa en las cárceles comunes de esta Inquisición en veintiocho días del mes de enero de mil y seis cientos y trece y en el dicho día se mandó llevar a las secretas porque la dicha rea pidió compañía y otras razones que motivó a los señores inquisidores y por no ser las comunes habitables y estar a vista de toda la plaza y que en ellas le dio mal al corazón y antes de ser presa se llamó a la dicha rea a este Santo Oficio y debajo de juramento declaró que ella había hecho una confesión en este Santo Oficio sobre osas de hechizos y supersticiones, de su voluntad, luego que vino a esta ciudad este Santo Oficio y que no sabía, ni había entendido, ni oído decir, que ella hubiese sido denunciad, ni testificada ante algunos jueces eclesiásticos o seculares, de los hechizos que confesó en este Santo Oficio y que ella no se había deferido ni confesado ante ningunas justicias, de las dichas cosas, ni de otras. Y en la primera audiencia que con ella se tuvo, en postrero del dicho mes, se remitió a sus confesiones y en las demás fue confesando oraciones y conjuros y otros muchos hechizos que había hecho para sus pretensiones y malos fines y lo mismo responde. A la acusación del fiscal y publicación de los testigos hizo defensas de que ante el provisor de esta ciudad, había cuatro años antes que este Santo Oficio se fundase, se confesó de los hechizos y supersticiones que ahora confiesa y que, aunque debajo de juramento dijo en este Santo Oficio que no había confesado ante juez alguno las hechicerías, la verdad era que las había confesado y que la había mandado pagar cuatro arrobas de aceite para el Santísimo Sacramento. Y examinado, el dicho provisor dice que por el dicho tiempo, un día lo envió llamar la dicha rea y que, habiendo ido, se defirió ante él de unas suertes y oraciones que había hecho y que, sin escribir cosa alguna, le había dicho que pagase cantidad de aceite para el Santísimo Sacramento y que con esto la había remitido a su confesor. Y así mismo alegó algunas tachas contra algunos testigos, como más largamente consta a Vuestra Señoría por el proceso que remitimos, que por eso no pone más sus confesiones. Concluyó definitivamente. Visto en consulta fue votado que la dicha rea oiga una misa en la capilla de este Santo Oficio, en forma de penitente, y en dos años de destierro voluntario de esta ciudad y su gobernación y en cuatro mil ducados para gastos de este Santo Oficio. Ejecutóse. Concuerda con su original de donde fue sacado, que está en el cuaderno de relaciones que queda en la cámara del secreto de este Santo Oficio, de que doy fe. Transcripción de la resolución a favor de la apelación. Relación de la causa de Doña Lorenzana de Acereto, que se votó en esta Inquisición de Cartagena en 28 de enero de 1613 años.

Mercedes Peces Ayuso. Filóloga y Traductora

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