08/06/2020

EL TEMPLO MASÓNICO AULA DEL APRENDIZAJE ESOTÉRICO

Anuncios

EL TEMPLO MASÓNICO AULA DEL APRENDIZAJE ESOTÉRICO

PEDRO ALVAREZ LÁZARO Instituto de Investigación sobre Liberalismo, Krausismo y Masonería de la Universidad Pontificia Comillas (Madrid)

El primer factor determinante de la enseñanza esotérico-masónica era el lugar en que ésta se llevaba a cabo. Este lugar, comúnmente denominado templo, simbolizaba la naturaleza y el universo en los que el masón estaba obligado a trabajar. En su techo se representaba la bóveda celeste, y sus paredes contenían decenas de alegorías y alusiones al Templo de Salomón, emblemas tomados de la albañilería y todo un conjunto ornamental de símbolos que encerraban significados diversos. La orientación, forma del local, distribución de los asistentes, etc., habían sido también pensados en función de las actividades que tendrían lugar en su interior, y ayudaban a componer un entorno de indudable efecto sobre quien accediese a él con espíritu y alguna sensibilidad.

En un templo masónico un aspirante sólo podía percibir los aspectos formales del mismo, pero tras la iniciación y los sucesivos aumentos de grado, iba descubriendo y descifrando su sentido moral e intelectual. Es más, debido al carácter analógico del lenguaje iconográfico, la estructura y ornamentación del lugar debían catalizar la interacción dialéctica apuntada más arriba entre la subcultura masónica y la cosmovisión personal de cada hermano. Un manuscrito inédito de Julio L. Deulac14 , componente de la logia El Progreso n° 88 de Madrid en 1891 y representante de la masa anónima de masones españoles de la segunda mitad del siglo XIX, es muy ilustrativo sobre este particular. Detengámonos unos instantes en lo que tiene de paradigmático este documento.

En primer lugar, el hermano Deulac explicaba en su escrito el impacto sicológico que le produjo el contemplar por primera vez cuanto le rodeaba en la logia, comparándolo a sus experiencias de niñez «que jamás se borraron en la vida». Estas expresivas palabras indican, en su brevedad, el importante condicionamiento emocional producido por el medio ambiental, muy a tener en cuenta por lo que podía significar para las etapas posteriores de aprendizaje.

Un poco más adelante se refería directamente a distintos símbolos que «excitaban la curiosidad y llamaban la atención», de los cuales, según decía, había «tratado de descifrar sus significados». Entre ellos se encontraba el sol, «la primera lumbrera del universo», que el Aprendiz de la logia El Progreso interpretaba en los siguientes términos:

«Veo el sol que presidiendo desde Oriente simboliza la luz de la verdad, que atravesando los para él tenues ropajes del error, las nubes, nos demuestra que la verdad rompiendo las vallas que se oponen a su paso…, haciéndonos saber que la verdad existe, que es una, que es la conformidad de la idea con el objeto, del dicho con el hecho, del discurso con el pensamiento, y como tal es la que preside y rige nuestros actos»1 ‘.

Por lo tanto, determinados símbolos del templo sugerían con su sola presencia un comportamiento de coherencia y rectitud moral descargado, en principio, de connotaciones ideológicas. Pero estas frases parecen decir algo más de lo que indican a primera vista. Beresniak afirma que la enseñanza iniciática, a diferencia de la exclusivamente intelectual, afecta a la totalidad de las facultades humanas asociando estrechamente el conocimiento y la conducta, las ideas y la moral16 , y así es, precisamente, como Deulac definía la verdad. El símbolo del sol no era sólo el contenedor frío de un mensaje sobre la rectitud moral, sino un interlocutor de la experiencia iniciática de aquel masón madrileño.

El conjunto simbólico del templo, en el que se incluía su propia distribución espacial, permitía extraer a Deulac toda una teoría de la sociedad. En el siguiente fragmento, a la vez que describía el cuadro de la parte presidencial de la logia, explicaba el concepto de autoridad que, según su entender, emanaba de aquel peculiar lenguaje analógico:

«Bajo este sol está lo que aquí se llama Oriente, en él tiene su asiento el que preside los trabajos, el que sin ser jefe manda, y manda porque no se concibe un pueblo sin alguien que no encarne el principio de autoridad. Esta autoridad entre los masones se llama Venerable maestro. Lleva como símbolos la escuadra y el mallete: la primera, fiel expresión de la igualdad y el mallete atributo del trabajo. A su espalda, decorando la logia, se halla la estatua de Minerva, hija de la cabeza de Júpiter, diosa de la ciencia y protectora del progreso, doblemente simbólica por el nombre y los fines de esta logia. A la derecha e izquierda los discos del sol y de la luna nos indican que la luz, la verdad, nunca se oculta. En el dosel que sobre la cabeza del Venerable se alza, está el Delta con el nombre de Dios en hebreo».

La autoridad, entonces, provenía como exigencia del orden social. La frase «sin ser jefe manda», pudiera indicar el carácter adogmático de una autoridad que tenía como cometido la dirección del trabajo y la aplicación equitativa de las leyes. Para ejercer estas funciones con acierto el sustentador de la autoridad debía guiarse por la verdad, identificada como hemos visto con la probidad, y apoyarse en la ciencia sustentadora del progreso. El masón madrileño seguía interpretando el resto del templo como una microsociedad de derecho. La autoridad trataba equitativamente a todos los hermanos, pero el venerable (Presidente de la logia) que la ejercía debía estar distanciado de ellos para conservar la ecuanimidad y resaltar su dignidad. Gobernaba aplicando unas leyes que no eran de su propiedad sino patrimonio de la comunidad; por eso dichas leyes estaban colocadas en el centro de la logia.

«El Oriente (presidencia) se halla separado del resto del templo, para indicar que el que gobierna lo debe estar del pueblo gobernado. Después de los escalones que señalan la bajada del Oriente, se alza el Ara o Altar de los votos. En él se ve la Carta constitutiva de este taller, la Constitución general del Gran Oriente Español, el Reglamento de la logia, el compás y la escuadra».

Las descripciones que anteceden, aunque a título de aproximación, son suficientemente representativas de la importancia intrínseca del templo en la educación masónica. Lógicamente no agotaban la capacidad connotativa del lugar, pero hablaban por sí mismas de la enorme importancia que poseían aquellas aulas especiales en el proceso de aprendizaje. Podría preguntarse si la concepción de Julio Deulac reflejaba la que poseían el resto de los masones españoles de su tiempo. La pregunta es legítima en principio, aunque mi intención al utilizar su testimonio no conlleva pretensiones de totalidad. Principalmente he pretendido mostrar que un templo masónico consistía en algo más que su pura materialidad externa pero, además, debe hacerse notar que los valores defendidos en el manuscrito coinciden con exasperante reiteración con los contenidos en la mayor parte de los rituales de la época. El templo masónico estaba en armonía con los ritos que iban a practicarse en su interior, formando con ellos una unidad indisociable como veremos a continuación.

FUENTE: Educación Esotérica de la Masonería Española Decimonónica. https://gredos.usal.es/bitstream/handle/10366/79503/Educacion_esoterica_de_la_Masoneria_espa.pdf?sequence=1&isAllowed=y