08/09/2020

La epidemia silenciosa que viene después de la COVID-19

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LA HABANA, Cuba. – Es casi imposible asegurar qué sucederá en el mundo cuando el nuevo coronavirus ya no sea un gran peligro.  En el caso de Cuba, donde la mayoría de las personas viven “al día”, es decir, sin poder planificar ellos mismos sus vidas ni ahorrar dinero ni siquiera para el futuro más inmediato, cualquier augurio medianamente optimista tiene un extenso margen de error.

Sin embargo, de acuerdo con lo que sucede ahora, no es difícil intuir que los posibles escenarios serán complicados, muy agrestes, incluso la resaca que dejarán estos confinamientos de ahora pudiera arrojar muchas más víctimas colaterales, teniendo en cuenta lo devastada que estarán las economías familiares, individuales, con el país cerrado al turismo por tantos meses, así como menguado el envío de remesas, sustento principal de cubanas y cubanos.

Ya se escucha hablar de personas que llevan un mes o más sin recibir ni un centavo por esos dos conceptos (turismo y remesas), y hasta de negocios con base fuera pero que operaban dentro de la isla que van paralizándose o desapareciendo, en tanto aprovechaban el engranaje propiciado por la normalidad de las operaciones de las aerolíneas que volaban a Cuba, el trasiego de pequeños volúmenes de mercancías y el flujo de pasajeros, sobre todo el turismo como principal fuente de ingresos para el sector privado.

En apenas dos meses la cadena de empleos que más ingresos generaba a nivel individual ha entrado en crisis severa con el cierre de paladares, negocios de mensajería y paquetería, renta de casas y espacios, servicios asociados a estos, recreación, agricultura y pesca especializadas, producción de artesanías, autos de alquiler, guías de turismo y otros afines.

Teniendo en cuenta lo que registran las estadísticas oficiales sobre el empleo, probablemente estemos hablando de más de dos millones de personas que se han ido a encerrarse en sus casas apenas con aquello que lograron ahorrar, y aunque se les haya aplazado indefinidamente las obligaciones tributarias, en el caso de los privados, o se les pague el salario base a los estatales (un primer mes en un 100 por ciento, el resto del tiempo en un 60), eso no representará casi nada frente a la realidad de ver cómo en pocos días se les agotan los recursos que acumularon o cómo se las arreglarán sin una verdadera fuente de ingresos en una situación de ruina general.

Los “cuentapropistas” cubanos no son todos esa cara “exitosa” que muestra la prensa como dueños de restaurantes y palacetes de renta, también existe y es más abundante ese “lado en las sombras” donde están desde el vendedor callejero hasta el humilde bicitaxista que ni siquiera es dueño del vehículo que conduce, incluso esa otra multitud de trabajadores ilegales que lo son no porque les guste operar al margen de la ley sino porque esta no les da el lugar que debiera, por una cuestión de empecinamiento ideológico más que de sentido común.

A los trabajadores del sector estatal tampoco les va mejor. Condenados al confinamiento contando apenas con el salario base, es decir, sin los pagos por resultados productivos que representaban más del 70 por ciento del monto total, muchos han visto reducirse hasta más de diez veces sus ingresos “normales”, y para los próximos meses continuarán contrayéndose mucho más si el Ministerio del Trabajo no se dignara a establecer excepciones o moratorias, que tampoco resolverían nada.

Hace décadas que los salarios base de los trabajadores cubanos no se corresponden con la realidad de los altos precios tanto en los comercios estatales como en el mercado negro, de modo que la verdadera “ganancia” o “valor” de un puesto de trabajo no se puede medir por el sueldo devengado sino por las ventajas que tenga la persona para conseguir una ganancia extra, superior al salario, mediante “autorizaciones”, prebendas, robos y otras artimañas no legales, casi siempre encadenadas con el mercado subterráneo.

Así, al marcharse a su casa el trabajador, con el cierre total o parcial de las empresas, no solo se afectan sus ingresos individuales sino que se interrumpen los suministros a un mercado negro del cual depende un gran por ciento de la población cubana que, por efecto dominó, verá dispararse los precios de los artículos de primera necesidad, imposibles de ser adquiridos en los comercios estatales ya porque el Estado no es capaz de asegurar el abastecimiento regular, ya porque los productos que vende son mucho más caros.

Patrulla policial custodia cola para comprar alimentos en La Habana (foto del autor)

Cero trabajo, casi sin ingresos traerán como consecuencia un desastre en las economías domésticas y lo que pudiera venir en pocos meses solo sería comparable con los peores años tras la desaparición de la Unión Soviética en que la hambruna afectó a casi la totalidad de los hogares cubanos y una epidemia de neuropatías sobrevino casi de inmediato, dejando secuelas aún visibles en los sobrevivientes y su descendencia.

Basándonos en parámetros muy similares a los usados en un estudio de 2018, un cálculo conservador sobre el gasto promedio diario solo en alimentos de una familia cubana de apenas tres integrantes, donde cada uno consuma diariamente menos de 2 400 kcal y 72 gramos de proteína per cápita —sin tener en cuenta otros gastos como ropa, servicios básicos, medicamentos, etcétera—, establecería que son imprescindibles entre 4 y 8 dólares al día, de acuerdo con los precios reales de 2020.

Es decir, que un trabajador gastaría el salario de un mes en apenas dos comidas en familia, nada abundantes, viéndose obligado a “inventar” cómo alimentará a los suyos los veintitantos días restantes. Un quebradero de cabeza.

Lo que se infiere de las últimas intervenciones de los ministros de Economía y de Trabajo y Seguridad Social, es que en el sector estatal quedarán solo aquellas empresas indispensables, donde además habrá “reducciones de plantilla” (una manera eufemística de nombrar el desempleo masivo), y que muchos trabajadores serán “reubicados” de acuerdo con las necesidades del país pero, sin dudas, como en ocasiones anteriores, tales movimientos de fuerza de trabajo apenas disimularán el caos por algún tiempo y, casi de inmediato, dejarán en la calle a miles de personas que, en esta ocasión, ni siquiera tendrán la oportunidad de acudir a un “cuentapropismo” al borde de la asfixia.

Si, por una parte, el aislamiento social y demás medidas de control están permitiendo al gobierno cubano lucir un manejo efectivo de la epidemia con un mínimo de casos activos y de fallecidos, algo que sin dudas y muy convenientemente le hará ganar los elogios y favores de muchos fuera de Cuba, a lo interno y a nivel de las economías familiares e individuales de la “gente de a pie”, los confinamientos prolongados, las paralizaciones de la producción, la desaparición de empleos y fuentes de ingreso dejarán otra epidemia mayor que más adelante habrá que medir en indices de desnutrición, trastornos psicológicos, criminalidad, suicidios.

Cifras y noticias a las que pocos prestarán atención, pero donde habrá que ir obligatoriamente a investigar a fondo los verdaderos efectos devastadores del nuevo coronavirus.

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ACERCA DEL AUTOR: ERNESTO PEREZ CHANG

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

FUENTE: https://www.cubanet.org/destacados/cuba-epidemia-silenciosa-que-viene-despues-de-la-covid-19/