09/19/2020

La urgencia de sobrevivir

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Por Irina Echarry

HAVANA TIMES – La pandemia de Covid-19 ha llegado para transformarlo todo: la dinámica económica, laboral, social, de salud, política, energética, medioambiental, familiar, personal, intelectual; no hay un área en que no incida de alguna manera.

Este aislamiento social o distanciamiento físico -como algunos prefieren llamarlo- nos ayuda a ver las cosas desde otra perspectiva.

Cada mañana me levanto disfrutando un silencio anhelado por años, que solo se interrumpe por los sonidos de la naturaleza. La terminal de la esquina ha detenido sus funciones, los ómnibus no circulan, los choferes no vienen a tomar café en los kioscos y a gritar sus penas, su virilidad o sus prejuicios. Los kioscos están cerrados. No hay colas en las paradas. Las clases están suspendidas, así que tampoco siento el bullicio de los niños mientras caminan hacia las escuelas cercanas.

Pudiera parecer que la vida se ha detenido, y es cierto desde el punto de vista social, pero escuchar el revoloteo de los pájaros, el aire, sentir la intensidad del sol sobre el asfalto, le da un toque vital al paisaje que percibo desde mi ventana. Y cuando llueve es mejor, más intenso. La lluvia revitaliza los flamboyanes mustios, humedece la tierra y da de beber a los animales que han quedado desprotegidos en las calles.

Son muchos, algunos más vulnerables que otros. Se abastecían de comida y agua en el comedor de la terminal, ahora no tienen nada y caminan por los jardines de los edificios, en busca de ayuda. Nadie pensó en ellos, sin embargo, aún hambrientos, cuidan los locales, acompañan en las largas jornadas de guardias nocturnas y brindan amor.

Alamar es un reparto de gente humilde, trabajadora, sencilla. No todo el mundo está dispuesto a compartir lo poco que tiene o inventar algo específico para saciar el hambre de aquellos que no consideran su familia. Podría recordar la frase de Chaplin: quien alimenta a un animal hambriento, alimenta a su propia alma; pero no lo hago.

La urgencia de sobrevivir impide que pensemos mucho en las almas, la realidad cruda se impone. Ya hace tiempo las cocinas cubanas son lugares donde se expande la imaginación, muchas veces es la magia la que permite alimentar a las personas; la Covid-19 llegó en un momento de crisis (otro) y ha agudizado la escasez.

El silencio matutino termina cuando la cuadra despierta. Con perros y gatos rondando las escaleras, la mayoría de los vecinos se pone histérica, hasta piedras lanzan para espantarlos; los animalitos insisten, no tienen otra opción. En muchos países han abandonado a miles de mascotas, aunque la OMS dice no tener constancia de que ellas sean trasmisoras del nuevo coronavirus, y ha emitido una declaración en conjunto con la Organización Mundial de la Salud Animal para despejar las dudas.

En un cuestionario que formularon hay una respuesta convincente: Los animales no deben convertirse en víctimas de esta pandemia. Son vulnerables; necesitan nuestra ayuda y nuestra protección. No hay evidencia científica de que los perros o los gatos callejeros puedan transmitir la COVID-19; por tanto, no tenemos que asustarnos o preocuparnos por que nos pasen la infección. Esto no exime de seguir las medidas recomendadas por las autoridades sanitarias, como el lavado de manos.

Hasta ahora no he tenido contacto con alguien que se sienta preocupado por esa supuesta vía de contagio. Entonces, cuando veo las reacciones de algunas personas, pienso que es otro tipo de miedo. Miedo de mirarles a los ojos y ver que no hay mucha diferencia, ellos también sufren; comprender que estamos obligados a darle algo a ese ser vivo que nos necesita, que no puede agenciárselas de otra forma después que lo “civilizamos”, lo trajimos a vivir con nosotros y nos creímos sus dueños.

En medio de toda la desgracia que vive el mundo, en mi cuadra han querido linchar al Pinto, acusándolo de racista, como si los perros entendieran de razas o colores; al buenote de Pirata, desde que dejó de ser un tierno cachorrito y alcanzó su gran tamaño, apenas lo dejan entrar a su casa.

La perrita carmelita de la terminal está embarazada nuevamente, pues, cada vez que se alborota, las escenas de violencia/sexo que ofrecen sus pretendientes divierten a los trabajadores, a ninguno se le ocurre cuidarla, esterilizarla. El Rey apareció un día muy magullado y se adueñó del lugar, su piel nunca ha sanado bien, ahora, camino a la desnutrición, está empeorando.

Ayer, a la esquina llegó un negrito dando tumbos, y en las noches se escuchan los ladridos de otros que viven cerca, pasan horas amarrados al sol o al sereno, o encerrados permanentemente en garajes sin saber si es de día o de noche. En la tintorería vive una jauría y en el parqueo de al lado muchos más. Este abandono ocurre a la vista de niños y adultos, la mayoría indiferente.

Soy consciente de que el Decreto Ley de Bienestar Animal que se piensa aprobar en noviembre no será una varita mágica que revierta instantáneamente la situación y, en todo caso, noviembre está muy lejos. La sociedad cubana necesita de-construir mitos y tradiciones que lastran ese bienestar, naturalizan el dolor.

No llega el momento en que los medios de comunicación difundan de manera constante el buen trabajo de protección que realiza una parte de la sociedad civil, con muy pocos recursos, y la mayoría de las veces a costa del escarnio público.  Debería ser una prioridad la promoción de ideas que despierten la bondad y el amor a la naturaleza, pues vivimos en un fuego noticioso –que nos llega de diferentes maneras- sobre maltratos y abusos: golpes, violaciones, asesinatos, torturas, envenenamientos, y una sarta de acciones horribles que dejan mucho que desear de nuestra “humanidad”.

Aún en esta situación tan precaria que consume nuestro tiempo, dinero y energías, he logrado que algunas vecinas aporten sus restos de comida; los reparto en las tardes, aunque no siempre alcanza para dar mucho a cada uno.

Una amiga se pregunta si cuando la pandemia desaparezca habremos aprendido la lección. Si después de experimentar la agonía de no poder salir de las casas, seguiremos sosteniendo los zoológicos como lugares de esparcimiento y aprendizaje. Y yo no sé qué responderle, ojalá tomáramos el camino de la armonía con la naturaleza, pero no estoy segura.

Somos responsables de la vida de todos, nos necesitamos; aún así, el ser humano juega con su propia existencia experimentando con los animales, cosificándolos, sacándolos de su hábitat, consumiéndolos, destruyendo sus hogares. Y todavía nos preguntamos hasta cuándo vamos a estar así, qué es esta desgracia que nos ha caído, como si no la hubiésemos provocado.

La antropóloga Jane Goodall, quien compartió gran parte de su vida con chimpancés en una selva de Tanzania, lo tiene muy claro: “nuestra destrucción de la naturaleza y falta de respeto hacia los animales con los que compartimos el planeta es lo que ha causado esta pandemia”.