La catedral de Blasco Ibáñez

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A partir de 1939, su memoria fue borrada, sus libros prohibidos, su familia perseguida y sus bienes incautados en España. Sin embargo, en el resto del mundo, nuestro Querido Hermano Vicente Blasco Ibáñez gozaba de fama internacional desde que escribió Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis con ocasión de la Primera Guerra Mundial. Valenciano y ciudadano de un mundo que recorrió dando los signos, toques y palabras, sus obras contienen algunas de las descripciones más bellas del Mediterráneo y una profunda carga de denuncia social. Hoy os dejamos con un fragmento de la novela La Catedral​, una vibrante descripción de la catedral de Toledo donde casi llegamos a sentir el trabajo operativo que elevó esta dulce oración petrificada.
 
Disfrutadlo. Salud, Fuerza y Unión, Hermanos. Sobre todo, mucha Salud, donde quiera que estéis.

Dulce oración petrificada, subiendo recta al cielo, sin sostenes ni apoyos

Vicente Blasco Ibáñez

La gestación de la giganta había durado cerca de tres siglos. Era como los animales enormes de la época prehistórica, durmiendo largos años en el vientre materno antes de salir a luz. Cuando sus pilastras y muros surgieron del suelo, el arte gótico aún estaba en su primera época. En los dos siglos y medio que duró su construcción, la arquitectura hizo grandes adelantos. Esta lenta transformación la seguía Gabriel con la vista al visitar la catedral, encontrando el rastro de sus evoluciones. El grandioso templo era un gigante calzado con zapatos toscos y cubierta la cabeza de deslumbrantes penachos. Las bases de las pilastras eran groseras, sin adorno alguno. Subían los haces de columnas con rígida sencillez, marcando el arranque de los arcos con capiteles simples, en los cuales el cardo gótico aún no tiene la exuberante frondosidad del período florido. Pero en las bóvedas, allí donde la catedral estaba al término de su gestación, o sea dos siglos después de comenzada la obra, los ventanales, con sus ojivas multicolores, muestran la magnificencia de un arte en su período culminante.

En los dos extremos del crucero encontraba Gabriel la prueba de los grandes progresos realizados durante los centenares de años que necesitó la catedral para elevarse sobre el suelo. La puerta del Reloj, llamada también de la Feria, con sus rudas esculturas de hierática rigidez y el tímpano cubierto de compactas escenas de la Creación, contrastaba con la puerta del otro extremo del crucero, la de los Leones, o, por otro nombre, de la Alegría, construida doscientos años después, risueña y majestuosa a la par, como la entrada de un palacio, y revelando ya las carnales audacias del Renacimiento, que pugnaba por aposentarse entre las rigideces de la arquitectura cristiana. Una sirena desnuda, fija a la puerta por su cola enroscada, sirve de llamador.

La catedral, labrada toda en piedra blanca y lechosa de las canteras inmediatas a Toledo, se remonta de un solo esfuerzo desde las bases de las pilastras hasta las bóvedas, sin triforiums que corten las arcadas y achaten y hagan pesadas sus naves con ojivas superpuestas. Gabriel veía en ella la dulce oración petrificada subiendo recta al cielo, sin sostenes ni apoyos. 

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