09/24/2020

La encrucijada de la globalización por el COVID-19

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En muchas maneras, la globalización es un fenómeno del mundo posterior a 1980, el mismo término se volvió popular en la década de los 90. Ha transformado nuestro mundo a una velocidad muy acelerada y hasta hace poco se sentía como si estuviera aquí para siempre. Sin embargo, el COVID-19 podría cambiar eso.

El desafió no es solo las restricciones temporales de viajes o los protocolos de distanciamiento social, sino caer en cuenta de lo que viene con eso. El brote ha mostrado a los legisladores y negocios lo frágil que es el sistema del “justo a tiempo” de la economía global, y lo dependientes que son las economías de dicho sistema tan delicado.

La economía mundial está tan entrelazada y los países tan independientes, que el rompimiento de un solo vínculo en la cadena aparentemente es suficiente para que se desencadene el infierno.

Cuando llegó el virus a China por primera vez, dos tercios de toda la economía china se paralizó, lo que, durante semanas, llevó a una escasez de suministros en el mundo. Ahora, China parece haber superado al menos la primera ola del brote, pero ahora los países industrializados de Occidente se encuentran en su pico y existe una carencia de suministros a nivel mundial.

Incluso si los países por separado logran contener el brote, tendrán que esperar a que la economía mundial se recupere para que sus economías propias puedan operar de nuevo con normalidad. Hasta que la industria automotriz de Europa se recupere, se seguirán acumulando partes de carros en los depósitos de Turquía, por ejemplo.

De acuerdo con el famoso sociólogo Anthony Giddens, esta es en realidad la característica determinante de la globalización, que “vincula ubicaciones distantes de tal manera que los eventos locales se moldeen por los acontecimientos que ocurren a muchas millas de distancia y viceversa”.

En efecto, muchos meses después de que las autoridades chinas no lograron manejar de manera apropiada una emergencia de salud local en una parte de la periferia del país, toda la economía global avanza hacia una gran recesión, dejando como resultado un número cada vez mayor de desempleados en el mundo, desde América Latina, hasta Oriente Medio.

Hace dos décadas, China tuvo un brote similar (SARS), pero este no terminó en tales consecuencias, porque el mundo no estaba así de interconectado en ese entonces y China, y Asia Oriental en general, no eran los grandes actores que son ahora en términos de cadenas de suministro a nivel mundial. Hoy en día, solo China acapara el 20% de la industria de manufacturación en el mundo.

Pero esto no se ha dado porque existan más firmas chinas involucradas en el comercio internacional sino porque las compañías mundiales trasladaron algunas partes de sus líneas de producción a China. Es debido a la globalización.

Esta es la diferencia entre el antiguo comercio internacional y la globalización. Con la globalización, las firmas multinacionales han extendido sus líneas de producción alrededor del mundo, aprovechando la ventaja de mano de obra más económica y menos impuestos. Los automóviles Ford ya no se producen en Detroit, y de hecho es imposible especificar una ubicación para el proceso, que es muy complejo y dinámico, y que requiere una combinación de gestión sofisticada y logística de alta tecnología.

Ahora los legisladores y empresarios se cuestionan si los riesgos de una producción globalizada sobrepasan sus beneficios. Seguro, la globalización reduce costos, lo que hace que los productos sean más asequibles para más personas, sin mencionar, por supuesto, que les permite a las compañías adquirir ingresos significativamente mayores.

Sin embargo, todo se derrumba literalmente, todo porque alguien en la China rural decidió comer la comida equivocada.

Y esto no necesita ocurrir debido a una pandemia de una vez en la vida. Incluso antes de la crisis actual, se presentaron discusiones sobre el futuro de la globalización en vista de la actual disputa comercial entre China y Estados Unidos.

La globalización obviamente asume un orden internacional político cooperativo, o al menos pacífico. Parece ser que el delicado balance político entre los países también es algo vulnerable a impactos de varios tipos.

Esta es otra revelación de la pandemia. Los reflejos del Estado nación están vivos y se reactivan fácilmente en caso de una emergencia. Al enfrentar al COVID-19, la mayoría de gobiernos han fallado en cooperar con otros, y en vez de esto, han decidido seguir la mentalidad de “cada quien por sí mismo”. Las consecuencias políticas de la pandemia han sido bastante dramáticas.

El juego de culpas entre China y Estados Unidos continúa. Washington culpa a China por haber causado la pandemia en primer lugar, mientras que Pekín culpa a China por haber convertido una crisis de salud en una política.

La pandemia parecer haber exacerbado las tensiones entre las dos potencias mundiales, lo que podría terminar en la caída de la globalización.

Más allá de esto, la Organización Mundial de la Salud (OMS), que se supone debe ser la base de la cooperación internacional en estos tiempos de crisis, se ha convertido también en un tema de disputa.

Muchos culpan a la organización por encubrir el inicial manejo erróneo de Pekín del brote y no implementar una respuesta firme en los primeros días que diera frente a los daños potenciales. Recientemente, Estados Unidos incluso suspendió su financiación a la organización.

Entre tanto, continúa la lucha de los países por el suministro limitado de equipo vital de protección personal. Muchos países han prohibido la exportación de máscaras y respiradores, lo que ha llevado a confrontamientos entre gobiernos.

El presidente Donald Trump, por ejemplo, hizo uso de sus poderes de la Ley de Producción de Defensa para prohibir la exportación de productos estratégicos, con lo que se frenó el envío de máscaras a Canadá.

El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, fue muy explícito sobre su descontento. De manera similar, India, un proveedor estratégico de farmacéuticos, prohibió la exportación de varias medicinas críticas.

Incluso la Unión europea, que ha sido considerada durante mucho tiempo como el bastión de la cooperación internacional, falló al no poder sincronizar los esfuerzos gubernamentales para luchar contra la pandemia. Tanto Alemania como Francia prohibieron la exportación de máscaras a otros estados miembros.

Cuando Italia fue fuertemente azotada por la enfermedad, la mayoría de miembros no dudaron en cerrar sus fronteras con el país. Además, en sus etapas iniciales, ninguno de ellos ofreció su ayuda a Italia

Después de que algunos italianos expresaron su disgusto quemando la bandera de la UE, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, tuvo que disculparse por la falta de ayuda de la UE a Italia.

Ahora, los ciudadanos se preguntan por qué algunos de los países más ricos del mundo no son capaces de fabricar respiradores o incluso máscaras, mientras otros países como China y Turquía los están distribuyendo en ayuda a otras naciones. Es fácil culpar a la globalización de esto.

“¿De qué sirve el comercio libre, si no funciona cuando más lo necesitamos?”, se preguntan muchas personas.

Después de todo, es justo decir que el COVID-19 supone un desafío para la globalización como la conocemos. En el mundo post-pándemico, podríamos ver una concentración relativa de producción en partes específicas mientras los Estados nación adquieren más poder en oposición a las organizaciones y corporaciones multinacionales.

Irónicamente, una pandemia, que es por definición un fenómeno global, estaría forzando el retroceso de la globalización.

*El autor es investigador en TRT World.

FUENTE: https://www.trt.net.tr/espanol/economia/2020/05/06/la-encrucijada-de-la-globalizacion-por-el-covid-19-1412130