08/06/2020

Del caos nacen las estrellas

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Nancy Gutiérrez Olivares

#LecciónDeVida

Cuando me amé de verdad, percibí que mi mente puede atormentarme y
decepcionarme; pero cuando la coloco al servicio de mi corazón,
se convierte en una gran y valiosa aliada… No debemos tener miedo de
confrontarnos, hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas.

Charles Chaplin

Hace unos meses, recibí el resultado de una prueba que a lo largo de dos años había presentado en varias ocasiones —cuatro, para ser exacta. Tras el esfuerzo que esto representó, supuse que el día que finalmente obtuviera el puntaje aprobatorio sería la mujer más feliz del mundo, pues grandes puertas se abrirían a partir de ello. Pero la publicación de resultados llegó a mí en un contexto de tragedia: un sismo que sacudió a la Ciudad de México, además de a otros estados, y a su población entera.

Una vez más, como hace treinta y dos años, el terror de los derrumbes se apoderó de la gente, la incertidumbre de las réplicas se convirtió en paranoia y miles, quizás millones de personas, salimos a la calle a formar parte de una historia que nuestros padres nos habían contado años atrás; lo que nunca habíamos pensado es que transitaríamos de espectadores a protagonistas de ella.

Con una sonrisa esbozada en el pensamiento por el resultado de mi prueba, a la mañana siguiente salí a caminar por la calle con la esperanza de ser útil entre la multitud. Sin embargo, la frustración que me generó no poder colaborar en algo concreto me llevó a recorrer unos quince kilómetros a pie con el pensamiento aferrado a servir de alguna forma. No era la única: miles, al igual que yo, vagaban por las calles con la esperanza de intervenir en alguna labor. Cuando la noche cayó, regresé a casa con la sensación de no haber aportado mucho y la esperanza de, al día siguiente, integrarme en algo más organizado.

Los días pasaron y lo que sucedió después lo conocimos muchos: la solidaridad, la ayuda desmedida, los innumerables acopios, las toneladas y toneladas de alimento, las cadenas humanas retirando escombros. Todos volcados, de diferentes maneras, en ayudar a aquéllos que habían tenido menos suerte. Poco a poco, la alegría por mi resultado aprobatorio salió a flote y, con ella, la resignificación de que una noticia así hubiera llegado justo cuando menos podía disfrutar de ella: durante dos años, tras cada resultado no satisfactorio, había estado alimentando mi propia pequeña tragedia; y cuando finalmente llegó el resultado que esperaba, una tragedia verdadera se presentó ante mí con nombre y apellido.

A unos meses de todo aquello, nos toca cerrar este año con una sensación de pérdida, pues desde aquel día de septiembre todos perdimos algo: quizás un ser querido, un bien material, el sentimiento de seguridad, la tranquilidad, la confianza o la fe. Pero, sin duda, la percepción de haber ganado también se hizo presente: recobramos la confianza en los demás, supimos que tenemos más amigos de los que imaginábamos, reordenamos prioridades, emociones y personas, y supimos que podemos convertir la frustración de ver derrumbado nuestro entorno en una pulsión que nos mueve fuera de nuestra zona segura. Este año esa zona estuvo muy lejos de ser confortable, pero estar en medio de la tragedia nos generó una necesidad de ayudar a otros, de dar desinteresadamente y recordar lo que es la verdadera compasión: sentir con el otro. Evolucionamos como individuos, ni qué decir como sociedad.

Y así, este año se va con la posibilidad de rescatar lo valioso de la tragedia: esas pequeñas tragedias cotidianas que cada quien crea, así como aquellas que son enormes y nos envuelven a todos. Todas ellas nos confrontan, ya sea con nosotros mismos o con los demás, y nos hacen replantearnos muchas cosas. Al final, quizás harán que nos amemos de verdad, a nosotros mismos y a los demás. 

Nancy Gutiérrez Olivares

FUENTE: https://www.bicaalu.com/atico/2018/leccion_de_vida_20180202.php