07/14/2020

EL CAMINO DEL TAO

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s nuestra época un tiempo de descreimiento generalizado, de escepticismo exacerbado, en donde los individuos encuentran cada vez menos puntos de referencia en los cuales basar su existencia y su conducta. Es claro cómo en estos tiempos de “desvalorización de los valores”, de nihilismo pasivo, han surgido nuevamente los fundamentalismos y cada vez más nuevas religiones pueblan las posibilidades de elección de los individuos.

Es en este tiempo de decadencia, de “tránsito” hacia no se sabe qué, en donde la mirada de nuestros contemporáneos se dirige a Oriente, quizá para contemplar el surgimiento de una nueva aurora. Es un escuchar a Oriente como buscando alternativas, otros modos de vida posibles al abrigo de comprensiones del mundo distintas de la visión del mundo occidental. Y a pesar de la universalización de la cultura occidental, que ha llegado a impregnar casi todos los rincones del planeta, existen aún ecos de sabidurías ancestrales, voces que desde la penumbra de los tiempos idos nos recuerdan lo que originariamente es el ser humano: no el sujeto racional capaz de manipular la naturaleza a su antojo; no el homo tecnologicus con su pretensión de dominar la naturaleza; tampoco el tirano, sus equivalentes y sus sucedáneos. Esas sabidurías tan antiguas nos hablan de la no separación entre el hombre y el cosmos, de la unidad esencial que guía el movimiento de lo existente, de la ley eterna que es innombrable pero armoniza el aparente caos del acontecer mundano. Se trata del Tao. Para los taoístas la acción humana es parte de la totalidad de interrelaciones que se dan en el mundo, es decir, no puede separarse de la unidad del mundo. De allí la importancia del saber cómo actuar, cómo vivir. Es en esta parte donde se abre la posibilidad de emprender el camino hacia una “ética” de fundamento taoísta.

Por lo anterior, en este escrito se mostrara una visión de las doctrinas taoístas desde el punto de vista de la propuesta ética contenida en el taoísmo. Para ello se utilizarán textos tales como el Tao Teh King, el I Ching así como algunas obras de carácter general sobre el tema.

1. Tao

Toda la cultura china ha recibido influencia del taoísmo: la medicina, el arte, la poesía, la paisajística. Incluso la alquimia surgió en China bajo los auspicios de una modalidad del taoísmo que es el llamado “taoísmo práctico”.

A través del taoísmo penetró el budismo a China. Así, el yoga y el bodhi se traducen como Tao, y el Nirvana como Wu-Wei.Igualmente el Zen (secta budista Tch’an) tiene sus orígenes en el taoísmo. (Vid. García, 1985. p. 163) La famosa obra de Sun Tsé, El Arte de la Guerra, asume también postulados de carácter taoísta.

Pero ¿qué es Tao?

“El Tao es aquello de lo que uno no puede desviarse; aquello de lo que uno puede desviarse no es el Tao.” (Watts, 1976. p. 85)

Tao entonces es el “camino”, “curso” del que no puede uno desviarse. Es el “fluir” de la totalidad de lo real que es mucho más que la mera totalidad de lo real. Tao es un principio trascendente en el sentido de ser no-ente. Tao no es un ente en particular, ni es tampoco la “suma” de los entes, es un principio simple que lo gobierna todo, es ley eterna del cambio y el devenir. Tao es lo no-ente, de allí que se le considere también la no-existencia, el gran vacío (Vid. Lao-Tzu. I). Tao es también la unidad de los opuestos pues:

“No-existencia y existencia son idénticas en su origen: sólo se diferencian al hacerse manifiestas.” (Lao-Tzu, I).

La identidad es el origen de todas las cosas, y los entes solamente encuentran diferenciación en el acto de hacerse manifiestos, pero tal diferenciación no es originaria, sino fenoménica, porque lo originario es la unidad ontológica del Tao. Es el principio de todas las cosas que está en las cosas, las nutre y las produce, pero no puede reducirse a ellas. Es lo que trasciende a los entes, por lo que se le llama “el trascendente”. “Trascender” significa “avanzar” (Cfr. Lao-Tzu, XXV). Avanzar es “llegar lejos” y llegar lejos es retornar. De aquí puede inferirse el carácter del Tao que consiste en “avanzar y siempre retornar”, es decir, el Tao es también el Eterno Retorno, pues como afirma Lao-Tzu:

[el Tao] Es como un cauce que atrae todo el Universo hacia él;
Siendo el cauce del Universo, mantiene su integridad,
Y regresa nuevamente a su origen.
 (Lao -Tzu, XXVIII)

Tao regresa siempre necesariamente por su natural impulso, aunque paradógicamente, permanece siempre inactivo, sin hacer nada. Posee el gran impulso pero es la vez la inmovilidad. Tao a ctúa a t ravés de la no-acción (Wu-Wei), y es el hombre sabio el que en sus acciones debe imitar el modo de conducirse de Tao, actuando sin actuar, fluyendo sin cesar con el impulso cósmico que regresa siempre al punto de partida por más lejos que vaya.

El que se aleja de la contemplación de la ley de Tao, se aleja de la sabiduría y de la virtud originaria. De allí que

Quien persevere en el estudio
aumentará sus conocimientos día a día;
Quien persevere en el Tao los perderá día a día.
 (Lao -Tzu, XLVIII)


Tao es muchas veces representado con la metáfora del agua, que es suave y dúctil y siempre dispuesta a caer en los abismos, pero por su índole esencial siempre sabe cómo continuar su curso y modificarse en todas las formas posibles sin perder su modo de ser propio. El poder del agua reside justamente en ser suave y en apariencia débil, en no resistirse, pero es su misma debilidad el poder más grande que existe. De igual manera, Tao no domina nada, no impone ni violenta; es flexible y en ello reside el más grande poder que penetra en todo el Universo.

Por otra parte, el verdadero Tao no puede ser expresado, pues permanece fuera del ámbito de la palabra, del nombre; no puede ser alcanzado totalmente por medio de la palabra, aunque la necesidad de hablar de él se mantiene. De allí que se lo llame “el innombrable”. Tao, dice Lao-Tzu, siempre ha sido una noción sin nombre, pero aquél que sabe nombrar las cosas, sabe también que existe lo innombrable. El conocer que hay algo innombrable, es conocer lo que no perece, lo que no cambia; es conocer el Tao. Tao es la unidad de los contrarios, es el punto en donde bien y mal, hombre y mundo, existencia y no existencia, plenitud y vacío, se confunden en una realidad trascendente/inmanente, única, inmutable pero que a la vez posibilita el movimiento y el cambio.

2. Ética Taoísta

En el texto que es por algunos llamado la “Biblia del Tao”, es decir, el libro de libros del taoísmo, el Tao Teh King , Lao-Tzu expresa la comprensión taoísta del mundo así como sugerencias de cómo vivir, cómo actuar, como pensar.

En esta obra se encuentran plasmadas las enseñanzas que Lao-Tzu propone para la acción humana. A lo largo de sus páginas se da una gran crítica de los lujos, de la educación, de los deseos, del gobierno y de la guerra. Es sobresaliente la forma poética y oscura con la que se expresa la sabiduría; poeticidad y oscuridad que permiten un gran número de interpretaciones. ¿Qué interpretación puede ser la interpretación correcta? Quizá la esencia misma de las enseñanzas taoístas es el principal impedimento para dar con “la interpretación correcta”. Querer encontrar una “interpretación correcta” proviene del deseo de conocer racionalmente. Pero el taoísmo se aleja en muchos sentidos de las finalidades racionales. Por ello Lao-Tzu afirma:

Cuando el Tao se pierde, surgen la rectitud y la bondad.
Cuando el conocimiento y la sagacidad aparecen, hay grandes hipócritas.
Cuando las relaciones familiares no son armoniosas, se habla de hijos filiales y padres devotos.
Cuando hay confusión y desorden en los pueblos, se habla de amor a la patria.
Allí donde está Tao, reina el equilibrio;
Cuando Tao se pierde surge la falsedad.
 (Lao -Tzu, XVIII)

Es la pérdida del “camino”, la pérdida del Tao, lo que motiva que los hombres alberguen la necesidad de llegar al conocimiento racional. Y es también la pérdida del Tao lo que propicia que surjan los valores morales en tanto tales, decir, el olvido de Tao pervierte en cierto sentido la relación que originariamente había entre los seres humanos, así como la relación entre éstos y la Naturaleza. Quizá la moral sea, en este caso, el olvido de Tao (del Ser).

El sabio taoísta chino llega al saber sin conocimiento racional mediante la observación fiel de la naturaleza y su acontecer que se guía según el modo de ser de Tao, pues éste es la naturaleza misma, a la vez que la trasciende. Tal como lo fue para los primeros filósofos griegos, la contemplación de la naturaleza es la máxima fuente de inspiración para la sabiduría y la acción moral. El sabio chino observa los movimientos del mundo, las transformaciones que se operan en el universo y de ellos extrae las enseñanzas para el buen vivir sabio y virtuoso, que no tiene nada que ver con la virtud y la sabiduría tal y como las entendemos en nuestra cotidianidad contemporánea.

La virtud está enlazada esencialmente con la sabiduría, pues es necesario conocer el sentido de Tao para poder adecuar las acciones humanas al curso del acaecer del universo, y así llevar una vida virtuosa. Conocer el curso de la naturaleza y las regularidades que se dan en la transformación de ésta, da la pauta para la acción correcta que es acción virtuosa al mantener la consonancia con el sentido de todo lo existente. Sin embargo, la idea de conocimiento no t iene que ver con el carácter meramente racional de éste, sino que conocimiento en este caso es sabiduría, es decir apertura a lo real, es ante todo una actitud que revela al mundo, es una actitud que muestra, quizá de manera intuitiva y por ello más originaria, la ley que todo lo gobierna sin gobernarlo.

Entonces, la sabiduría es posibilidad de la virtud, pero también es ya una actitud virtuosa, no se trata de que sea el medio, algo que pueda utilizarse, para llegar a la virtud. Por el contrario, la actitud propia de la sabiduría es la virtud. Sabiduría no es “razonar” ni virtud es actuar “bien”, sino que ambos, virtud y sabiduría son apertura y develación de lo real. En este sentido, virtud y sabiduría son cierta manera de comprender y experimentar el ser en general y el ser de los entes, por lo que para el sabio chino la virtud, el saber y el ser son tres momentos de la Unidad que es Tao.

¿En qué consiste entonces la acción esencialmente virtuosa? La acción virtuosa es la que más se asemeja a Tao. Para asemejarse a Tao es necesario ser sabio y así fluir por la senda de éste. Para ser sabio no es necesario “poseer” conocimiento, ni ser erudito, antes bien “El sabio no posee un ‘yo’ propio: hace del “yo” ajeno el suyo.” (Lao-Tzu, XLIX.) Esto quiere decir que no posee una personalidad sólida e inmutable, sino que más bien se adapta a las circunstancias que se van ofreciendo a su paso y no les opone resistencia ni pretende modificarlas a su antojo. Esto no significa el abandono total ni tampoco la impotencia, pues el sabio, dice Lao-Tzu, sí actúa, pero sin actuar, es decir, sin luchar ni resistir la dirección y el sentido de lo existente. La sabiduría consiste, entre muchas cosas, en no intentar modelar al universo, pues es claro que esto difícilmente se consigue, y el intentarlo sólo deforma lo existente. Es necesario imitar el modo de ser de Tao, que siempre está inactivo pero no por ello hay algo que no haga, pues es la inacción la forma más perfecta de acción y es a ella a lo que debe aspirar el hombre sabio.

El pensamiento taoísta no propone una moral rígida, un código que deba ser cumplido necesariamente, aunque sí propone algunas conductas deseables para lograr la paz espiritual. La finalidad de la “moral” basada en Tao no es lograr la “bondad” actuando de manera preestablecida, sino actuar según las circunstancias teniendo como guía unos cuantos principios muy generales para así lograr la pacificación de la mente y el corazón. El primer principio es la no-acción, porque al liberarse del deseo de actuar se alcanza la paz espiritual. Pero aún liberándose del deseo de actuar y no actuando, lo que tiene que ser hecho se realiza por obra de Tao. El que actúa carece de la humildad suficiente para reconocer que sus fuerzas son infinitamente pequeñas, en cambio, el que se reconoce como débil se torna fuerte al montarse sobre el poderoso fluir del Tao. El sabio es aquel que más que actuar “bien” se rige en sus actos por una lógica de la economía de energías, pues ¿para qué malgastar las propias fuerzas en contra del mundo cuando se puede fluir juntamente con el poder de Tao que todo lo gobierna? Así, el principio de la no-acción implica el reconocimiento del lugar que al ser humano le corresponde en el mundo, es decir, implica la humildad. Así, el sabio

Practica la no-acción, emprende lo no factible, gusta lo insípido.
El Sabio desea no desear y no aprecia lo difícil de conseguir.
No aprendiendo, aprende; pero analiza lo que a otros pasa inadvertido.
Así, deja las cosas crecer por sí solas y no se aventura en la acción.
(…)Luego el Sabio no emprende grandes cosas, y alcanza la grandeza.
(Lao -Tzu, LXIII)

No apreciar lo difícil de conseguir significa dejar de lado la ambición, olvidándose de sí para sobrevivir de manera natural. El antiguo hombre de Tao, dice Lao-Tzu, era cauto “como quien cruza un arrollo en invierno”; era prudente “como quien teme a su vecino”; era modesto “como un huésped”; flojo, “como el hielo que se deshace”; sencillo “como madera no trabajada aún”; vacío “como un valle” y oscuro “como las aguas turbias”. (Cfr. Lao-Tzu, XV) Es necesario renunciar al conocimiento para no tener dolor, y es necesario también renunciar a los valores morales que ocultan y violentan el modo de ser propio del mundo y las cosas por no estar en consonancia con Tao, sino que pretenden ordenar las acciones de los hombres según ciertos modos ideales de actuar. En este sentido, los principios propuestos por Lao-Tzu no son suficientes, por lo que es necesario que el ser humano actúe libremente. (Vid. Lao-Tzu, XIX.)

El sabio chino tiene plena confianza en que sin actuar o actuando libremente se cumplirá cabalmente el sentido de Tao, tiene fe en las fuerzas que observa en el mundo y le hablan de la ley de todo lo existente. Sin embargo, la fe taoísta es hasta cierto punto contradictoria, pues es una fe en Tao, pero Tao es un “vacío difícil de colmar”, es la “profundidad” origen de todas las cosas (Cfr. Lao-Tzu, IV.), es lo hondo lo abismal. Es, expresándolo en un lenguaje más contemporáneo, el “fundamento sin fundamento”, el “desfondamiento”, el “abismo” del que habla Heidegger. En este sentido, Tao podría ser también la pura posibilidad, posibilidad abierta que se autoregula cíclicamente de manera azarosa.

Así, la fe del sabio chino es una fe cuyo “objeto” se esfuma en tanto presencia, traduciéndose por ello en una fe en las señales que podrían inferirse de la existencia de Tao, y aún más: Tao permanece fuera del alcance de l a palabra, de la racionalidad por lo que Tao es mas bien una multiplicidad de huellas azarosas que a pesar de la indeterminación y de la adireccionalidad del impulso Tao, parecen tener ciertas regularidades, cierto orden. El azar necesario o la necesidad azarosa: es Tao esa mezcla de indeterminación/determinación que hasta el día de hoy sigue asombrándonos y se anuncia casi inefable en los problemas que la ciencia no ha resuelto, como son el origen del universo y el origen de la vida: “¿Por qué existe todo lo que existe?” Nos preguntamos con las armas de la ciencia y la filosofía en las manos y, tal como lo observó Heráclito, “La naturaleza ama el ocultarse” (Diels y Kranz, B123): las respuestas son eclipsadas por el fluir de la totalidad.

El sabio chino tenía fe en el azar y su necesidad, tenía fe en el abismo que todo lo nutre y del cual surge todo. La acción del sabio por ello no podía estar constreñida por un puñado de reglas morales necesarias, de “imperativos categóricos” válidos para sujetos trascendentales “en todo tiempo y lugar”. El taoísmo hasta aquí observado, no propone tampoco un vivir de conformidad con lo socialmente esperado, ni propone un ideal de vida emanado del sentido común vulgar y sus habladurías. ¿Quién conoce cabalmente las profundidades de Tao como para decir: “esto es lo bueno y esto es lo malo”? Incluso el sabio, humilde y mesurado, desconoce la hondura de Tao (Lao-Tzu, IV), y tampoco él está plenamente en posibilidad de afirmar tajantemente ningún bien o mal, pues se da cuenta de que:

Entre el sí y el no ¿cuál es la diferencia?
Entre el bien y el mal, ¿cuál es la diferencia?
Sin embargo, es difícil no temer lo que otros temen. 
(Lao -Tzu, XX.)

Sí y no, bien y mal encuentran su unión y disolución en Tao del que nada escapa. La diferencia radica más bien en que hay algo que “se hace” y algo que “no se hace” en la comunidad humana, pero tal distinción no es originaria sino derivada de la posibilidad misma de Tao. Nada está al margen de Tao, de allí que lo que fenoménicamente se da como bueno o malo, es en realidad el Tao mismo manifestándose de diversos modos. Así,

Aunque el hombre obrase mal, ¿por qué rechazarle?
Por eso el Sabio es siempre un salvador del hombre,
Y no rechaza a ninguno;
Es un salvador de las cosas,
Y ninguna es rechazada.
A esto llamamos doble entendimiento.
Luego el hombre bueno es el maestro del malo,
Y el malo, la ocasión de la bondad;
Y aquél que no estime a su maestro,
Y no ame a la ocasión de la bondad,
Aunque diligente, estará confuso.
En esto reside la sutileza esencial. 
(Lao -Tzu, XXVII.)

No hay hombre ni situación que pueda juzgarse de manera definitiva e inflexible, pues el mal es ocasión de la bondad, es posibilidad de bondad. El sabio con el hombre bueno, obra bien, pero también con el hombre malo; es justo tanto con el justo como con el injusto, pues considera a todas las cosas como siendo manifestaciones del Tao. En este sentido, el hombre sabio está más allá del juicio moral, porque Tao lo contiene todo sin adueñarse de nada, sin dominarlo. El sabio actúa como Tao: educando sin palabras y no dominando nada.

Pero ¿por qué si todo es modelado y guiado por Tao, y en esa medida todo es igualmente digno, el sabio se afana en lograr un cierto modo de vida? Desde el punto de vista del Tao, cualquier acción puede ser igualmente digna porque todo se da siendo en Tao, así la acción “moralmente buena” o la acción “moralmente mala” , pierden el carácter de diferenciación axiológica si se las contempla desde el Tao. Pero el sabio aspira a un modo de vida distinto, no porque sea mejor o peor que los otros modos de vivir, sino porque tiene la libertad de decidir el camino de su vida y la forma en que quiere él autoconstruirse. El sabio busca crearse a sí mismo como hombre de paz, prudente, mesurado y humilde, pero no porque ello sea ontológicamente o axiológicamente “superior”, sino porque así lo ha decidido él.

Ninguna regla de conducta, ningún código moral puede abarcar la omnisciencia de la ley de Tao, de allí que se proponga, ante la insuficiencia de las normas, dejar al hombre actuar en libertad.

3. Cómo vivir según el Tao

Como se ha visto, toda posible conducta, sea cual fuere, no escapa de la influencia de Tao. El sabio cae en la cuenta de ello y así apacigua su corazón, de ese modo vive en paz, situándose en el lugar y tiempo que él considera le corresponde. Sin embargo, ¿cómo entrar voluntariamente en consonancia con el Tao? Conocer la azarosa regularidad de Tao permite adecuar libremente las propias acciones, sincronizándolas con el fluir de lo existente. En ello reside la virtud máxima. Ser uno con el fluir del Tao y recibir de ] ]>

FUENTE: http://sabiduria.es/espacios-de-curacion-241/

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