07/14/2020

Los grandes y pequeños misterios:

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De la Virgen que fue Madre a los Dioses de corazón fogoso: la historia del mundo y el amor.

Aglaia BerluttiFollowMar 20, 2019 · 12 min read

San José me simpatiza. Como ex alumna de un colegio de religiosas francesas muy misóginas, era uno de los pocos santos de los que se hablaba en el salón de clase, que no había sido trágicamente torturado, decapitado, golpeado, asaeteado., despellejado o cualquier otra tortura imaginativa que los devocionarios pudieran contar. San José era buen padre, un trabajador dedicado y nada más.

¿Nada más? En una ocasión, una de las monjas que me enseñaba francés me dijo que San José “era sólo un buen padre y un artesano”. Y pensé, en la importancia de esos pequeños rasgos — tan realistas — sobre las historias de hombres que caminaban sobre el agua, mujeres que se elevaban sobre la tierra con los brazos extendidos hacia el cielo, todo tipo de historias que el catolicismo había arrebatado a tradiciones más antiguas para incorporarlas a las suyas. Me parecía de enorme importancia que San José sólo fuera un buen hombre, que no tuviera — en apariencia — ningún atributo sobrenatural, aunque las monjas bigotonas seguían fascinadas con las historias de multitudes de virtuosos que habían sufrido muertes truculentas. Pero a mi me encantaba San José, que había sido un hombre adorable que había aceptado por buena la palabra de su novia sobre un suceso sobrenatural extraordinario (visita de un ángel de por medio, todo hay que decirlo), que había educado a un niño misterioso que con toda seguridad comprendía muy poco y que era carpintero. Un oficio manual, creativo, de inteligencia espacial. Un hombre que trabajaba para crear y lo hacía bien o al menos lo suficiente, para que la tradición le recordara justo por eso. San José, que aparece muy poco en cualquiera de los evangelios, pero siempre que lo hace, tiene una fuerte discreta y elocuente. Un buen padre, al que puedo imaginar enseñando los rudimentos del oficio a un niño pequeño. Los imagino a ambos, al niño y al hombre, riendo en voz baja, mirando con ojos asombrados como una pequeña obra de arte rudimentaria aparecía de entre tablones y clavos. Una pequeña gran aventura en tiempos de monumentales portentos.

Sin ser católica, sin que me importe la simbología que se le suele adjudicar a la figura de San José, es lo que creo puede sustentar ese principio divino de tantas religiones que las grandes hazañas comienzan por las diminutas decisiones. Y San José, que aceptó que su novia tendría un bebé divino, que luchó por protegerlo y que seguramente se guardaba la mayor parte de sus pensamientos para el cuarto de trabajo, es esa figura del espíritu humano que persevera en medio de los pequeños desastres cotidianos. De los prodigios inexplicables de todos los días.

— Y estás convencida le creyó — me comenta mi tia la cínica, cuando le digo lo anterior.
— Al menos no la abandonó.
— La habrían apedreado, por adúltera.

Mi tio tiene un grado en teología y ama hacer correlaciones históricas entre la mitología católica y las del resto del mundo antiguo. También, tiene un extenso conocimiento sobre la vida de la mujer en las sociedades primitivas. Mi tia, microbiológica con especialización en genética microbiana, no tiene mayor interés en las grandes épicas bíblicas, pero sí, en el estudio antropológico — y por supuesto, científico — de las grandes civilizaciones antiguas. El por qué una mujer que dedica su vida al análisis de cosmos en miniatura está obsesionada con las progresiones históricas de los colosos imperiales de la historia, es un misterio para mí, pero alguna correlación debe haber.

— Otro punto a mi favor: no sé si le creyó, pero la quería lo suficiente para no dejar que muriera de una manera tan espantosa — le respondo.
— Te lo concedo. Ahora bien, el hecho es que María podría estar embarazada de José. Según las normas de matrimonio judías de la época, ambos se encontraban en esponsales, que era más o menos, una especie de vida en común antes del gran acontecimiento del matrimonio, que incluía la vida sexual, supongo. Así que…no es tan heroico aceptar que el bebé podía ser suyo si entraba entre las posibilidades.

Mi tia suele tener una opinión bastante dura con las religiones, sobre todos las que son especialmente crueles con las mujeres. Sí, el feminismo nos viene de familia, estimado lector. De modo que esta científica apasionada por la historia antigua, mira con muy malos ojos al judaísmo, que por siglos condicionó el lugar social de la mujer a una esquina claustrofóbica y dolorosa de la cultura. La mujer judía estaba sometida no sólo a la autoridad del varón, sino que, de la misma manera griega, era poco menos que una rehén de su capacidad de procrear y cuidar al hombre. De modo que mi defensa de José de Nazaret no le agrada demasiado. O al menos, sé que buscará argumentos para dejar en claro su punto de vista, que claro está, no es otro que en la antigüedad las mujeres sobrevivían casi por accidente a sociedades represivas y violentas que les consideraban invisibles, cuando no directamente prescindibles.

— El Judaísmo convirtió a la Diosa muda, a la poderosa de los bosques, a la gran paridora, en una criatura atada a la autoridad masculina — prosigue mi tia — creeme, a un hombre judío de la época de Jesús, le importaban más sus cabras que su mujer. Era algo heredado, asimilado de generación en generación.

No digo nada. Como dije, me eduqué en un colegio católico de Monjas francesas muy misógino. Tanto, como para considerar a todas las Santas “mujeres que encontraron la luz” (a través del martirio, como no) y a sus pares masculinos como “elegidos por la divinidad, desde su nacimiento”. Con José, las cosas se ponían complicadas: era un hombre sensato, trabajador y honesto, que había tenido un momento de duda. No había sido la fe ciega de San Sebastián o la mirada arrobada hacia el símbolo de los cielos que tuvo Constantino. En realidad, José había actuado como cualquiera ante un fenómeno extraordinario: con una sana incredulidad. Pero a diferencia de otros hombres judíos de su época — Flavio Josefo se toma largos capítulos de su libro “Vidas Paralelas” para contar torturas y muertes tortuosas de mujeres de la historia — , José se quedó junto a su novia. Tuvo que llegar un ángel, desde luego, pero la decisión estuvo allí.

— Un ángel — mi tía suelta una risotada — y tu te crees eso.
— En realidad, me gusta el símbolo.

En muy católico y misógino colegio, los ángeles eran otro problema. No tenían sexo — o al menos, se debatía sobre su género sin llegar a ninguna parte — y también, eran profundamente sensibles, inteligentes y ambiguos. Eran los ángeles los que anunciaban acontecimientos portentoso y eran frágiles criaturas de luz en el quicio de la puerta — como le ocurrió a María — pero a la vez, podían ser hombres de asombrosa fuerza, que luchaban con los hombres en su mismo terreno, como el Arcángel Rafael. Empuñaban espadas de fuego, también dirigían ejércitos, como el Arcángel Miguel, quién “comandaba las huestes celestiales”. Me gustaba tanto la idea de los mensajeros celestiales, que durante una época pasé meses enteros investigando sobre ellos. Como pagana, sabía que muchísimas culturas compartían el culto a los ángeles, que había “Hombres de luz” en muchas creencias celtas y semejantes. Pero los judíos, además eran misterioso como cualquier personaje de la Ciencia Ficción: Los tronos y serafines, adoraban a Dios y su canto era fuego puro. Los Ángeles de la guarda te acompañaban de manera invisible. ¿Podía haber algo más asombroso e intrigante que eso?

De modo, que sí, imaginaba que aunque no hubiese sido un ángel de alas blancas el que había visitado a José, si suponía que la epifanía de no delatar, repudiar o maltratar a su novia — como cualquier hombre de su época lo habría hecho — podría considerarse casi divina. ¡Que idea encantadora! Imaginaba a José, tan sensato, las manos de dedos bastos por el trabajo, brazos fuertes, dormido o quizás, aturdido por la noticia que la mujer de su vida — la asombrosa mujer de su vida, además, según los Evangelios — pronto sería madre de ¿quién? ¿Un bebé Divino? ¿El hijo de Dios? Casi puedo ver en mi mente a José moviéndose incómodo en su camastro, mirando por el ventanuco hacia la cúpula celeste, cuajada de estrellas. ¿El hijo de Dios? ¿María? ¿Cómo ocurrió esto?

Y después, la convicción, por el método o la asociación libre que haya recorrido la idea, que el bebé…ese bebé, era algo inexplicable. ¿Cómo era para los antiguos lo sobrenatural? Sé lo suficiente sobre los romanos como para tener muy claro que ninguno de ellos creía en Dioses — a pesar de homenajearlos — pero los judíos si creían en Dios, al menos para temerle. Entre ambas cosas, está José, tendido su cama de soltero, contemplando de mal humor las estrellas. ¿Un bebé? ¿Mío?

— Y te crees lo del ángel — insiste mi tia y me sirve un poco más de café de la jarra que compartimos — volando con sus espléndidas alas blancas.

Bueno…en realidad…no lo creo. No exactamente así, pero mi imaginación es lo bastante salvaje para imaginar una escena de Ciencia Ficción con todas las de la ley. Imagino a José, tendido en su cama. Escucha un sonido, un breve crujir de la paja del suelo o la madera de las tablas de su taller. Debe conocer cada pequeño eco, cada ruido en esa casa pequeña de hombre soltero. Se levanta, con cuidado de no hacer ruido. Debió ser un hombre sigiloso, con una atención especial a los lugares y a la propiedad de cada elemento. Sabe dónde pisar o dónde no, para caminar hacia el taller, sin que nadie hacer el menor sonido. Lleva en la mano quizás un trozo de madera o una herramienta. Los ojos entornados, preocupado, asustado. ¿Y que encuentra al llegar allí?

— Una criatura divina — mi tia pone los ojos en blanco.
— Un mensajero.

De aquí en más, recorro el terreno de la especulación. Lo que sea que José haya encontrado en su taller, le cambió la vida y lo hizo cambiar en la historia. Lo mismo que los sueños de San Pablo, la llamada de los apóstoles, cada historia de prodigios misteriosos que cambian la vida de quién los atraviesa. José recibió un mensaje — ¿cual? — y fue lo suficientemente contundente, como para comprender el sentido de la vida de una manera por completo distinto. Para arrojar el arma de la mano, para quedarse muy quieto, mientras su mente avanzaba deprisa hacia la comprensión…¿de qué? Lo siguiente que sabemos sobre él es que no sólo creyó a María — sin preguntas — sino que en adelante, amó al bebé misterioso como si le perteneciera.

— Quizás el misterio, conocer el misterio, le hizo sentir algún tipo de asombro — digo — quizás no era un ángel, quizás sólo estaba el taller vacío, pero en esa oscuridad, en esa noche…las cosas en su mente encajaron. Quizás encontró la manera de entender que no importaba tanto lo que dijera María o el origen del bebé, como la posibilidad del misterio.
— Ah, créeme, de haber tenido la más pequeña duda la habría abandonado — vuelve a la carga mi tía, la dura y cínica — si no lo hizo, fue porque creyó. O concluyó el bebé era suyo, si los esponsales habían sido distintos a cómo lo cuentan las historias católicas.

“Creyó”. Ese verbo siempre me ha parecido temible. Como pagana, me educaron para cuestionar, hacer preguntas y dudar. Siempre dudar. De modo que desde niña, hago preguntas incómodas, investigo, me niego a aceptar la cosas por las buenas. Pero José creyó. José asumió de manera franca y sincera que el misterio de María, también era suyo. Y que ambos, serían los protectores de ¿quién? ¿El hijo de Dios?

— Bueno, si te vas a creer lo del ángel, imagino que tomarás en consideración eso — se ríe mi tía — lo que diría tu abuela de esta conversación.

Me río también. Mi abuela era una bruja tradicional de raíces Guanches e italianas, que a la vez, contrajo matrimonio con el hijo de una mujer de sangre Guanche. Bruja, bruja. Lo digo de manera literal. Su madre le enseñó todos los rituales de Luna y Sol como solían enseñarse en caseríos y pueblos de Italia y las Islas Canarias. Y a la vez, la bisabuela lo había aprendido todo de su madre, hija de una bruja italiana. Bruja de las que curaban con emplastos y tenían libros escritos a mano. La madre de mi tatarabuela, era una médium de relativo renombre en Bruselas, durante los últimos años del siglo de XIX. Ninguna creía en el Dios Católico, ninguna tenía especial afinidad con la mitología propagada por la Bíblia y los evangelios. De modo que esta conversación extraña sobre misterios que seguramente le parecerían imaginarios a cualquiera de ellas, les haría reír o recelar.

— Yo creo que reír — digo.
— ¿Conversar sobre lo mucho que te simpatiza un Santo que decidió no delatar a su novia embarazada? Creo que tendrías mucho que explicar.

Reímos de nuevo. Pero la idea me encanta, me fascina. La figura del padre en el continente latinoamericano es dura, ausente y la mayoría de la veces difusa. Mi propio padre es una figura confusa que apenas sé como encajar en mi vida: sólo le debo el nombre y el apellido. El nombre, en honor a las creencias de su Madre, una mujer que también creía en la Diosa y que había traído su tradición en el largo viaje hacia el continente Americano. Pero de resto y luego de abandonarnos a mi madre y a mí desde mi niñez, mi padre no existe. Es un vacío, un silencio. Una llamada esporádica. Un obsequio lujoso. Para mí, la figura del padre, es un misterio. Uno no muy agradable, por cierto.

Y José, representa a los buenos padres que conozco, aunque el mío no lo fuera. Simboliza a Alexander, mi amigo que emigró a Buenos Aires para que su preciosa Julia de cinco años pudiera tener una vida mejor que la que podía ofrecerle Venezuela. O mi querido Diego, que de ser un fotógrafo errante, se convirtió en el padre más amoroso imaginable. Padres, que sostienen a sus hijas e hijos en brazos, que les aman con profunda ternura. La misma que este José histórico, que amó a un niño que fue un misterio desde su concepción. Un niño que le hizo plantear las cosas en su vida de manera distinta. Un hijo de las estrellas — cualquiera sea el significado de eso — que permitió que dos mil años después, una cínica descreída y su sobrina la escritora, hablen largo y tendido sobre su vida, sus decisiones, el enigma que le rodea.

— Lo sorprendente es que todos celebramos a José por ser un buen tipo — dice mi tía — ¿no es interesante eso? El primer hombre que rechazó la masculinidad tóxica en la historia y nadie lo entiende así.

Volvemos a reír juntas. En mi mente, imagino a José en la celebración de su matrimonio, rompiendo la copa para prometer a María, fidelidad y amor eterno. Y unos meses después — en marzo, diciembre, no discutiré sobre eso — sosteniendo en brazos a un recién nacido que no se le parecía — ¿o sí? — pero que en adelante, protegería con un tipo de amor que aún ahora, se considera santo. No se necesitan ángeles, me digo, para celebrar los pequeños portentos cotidianos. Y José lo demuestra. José de Nazaret, Carpintero, buen hombre y padre abnegado, que educó a niño que estaba destinado — o no — a dar un nuevo sentido a la palabra fe.


Tengo la pequeña efigie de un hombre alado en mi biblioteca. No es un ángel (en realidad se trata de Eros, que abraza a Psique) pero representa esa capacidad que todos tenemos para creer en los portentos. ¿Qué es un milagro? me pregunto mientras sostengo la escultura entre las manos. Quizás todo lo que no podemos explicar, que es entonces, la mayor parte de las cosas que aspiramos entender. Quizás un ángel no anuncie embarazos misteriosos o grandes portentos inexplicables, sino que simboliza lo bueno en cada uno de nosotros. Como Eros, que con sus alas abiertas se eleva con psique y nos recuerda que el amor es libre y poderoso, no importa lo que diga la razón. De modo que José y su amor — porque sin duda, ese fue el misterio que se reveló — le hizo formar parte de la historia. Y el gran misterio que recuerda con su figura amable, siempre con rostro paciente. ¿Es el amor el mayor misterio de todos? Desde el sufriente Dante que agonizó de amor por una Beatriz indiferente hasta las rudimentarias reflexiones del ensayista suizo Denis de Rougemont en “el amor en Occidente”, donde aseguraba que el “sólo el amor amenazado es digno de prosa” el sentimiento apasionado parece ser una constante que captura la imaginación de nuestra época. Ya lo decía Platón, que describía a la Diosa Afrodita como dual y además, probablemente la más poderosa de los dioses. Después de todo, fue Afrodita la que condenó a Zeus a perseguir ninfas y mujeres mortales. Una metáfora evidente del poder del amor capaz de destruir y enloquecer — y dejar en ridículo — incluso al poder más elemental. Porque el amor es una condena y un misterio, me digo colocando de nuevo a mi querido Eros en su lugar en el escritorio, junto a una preciosa talla del Arcángel Miguel — sí, me encantan los ángeles, ya lo he dicho. O mejor dicho, amo el misterio que representan — y también, un milagro cotidiano que sigue sin tener explicación. Después de todo, es probable que San Agustín tuviera razón al insistir que “lo que el enamorado ama es el amor”. Una interpretación de lo humano casi dolorosamente inocente. Un cuento de hadas a medio escribir. Una necesidad de evasión de la realidad — de quizás las aristas más profundas de la identidad del hombre más allá de cualquier complejidad — profundamente irracional.

Una forma de crear.

FUENTE: https://medium.com/@Aglaia_Berlutti/los-grandes-y-pequeños-misterios-80d954aa0221

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