07/09/2020

LA LEYENDA DE HIRAM

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Salomón, hijo de David resuelto a levantar al eterno el Templo que su padre había proyectado, rogó a Hiram rey de Tiro, que le proporcionara los materiales necesarios para tan gigantesca obra. Hiram aceptó gustoso y envió a un arquitecto, célebre por su raro talento, para que dirigiera la construcción. Este sabio arquitecto se llamaba Hiram Abif, y era hijo de un sirio y de una mujer de la tribu de Nephtalí. El número de obreros ascendía a 183,300, llamados prosélitos o extranjeros admitidos, es decir, iniciados, e Hiram los distribuyó en tres clases, 70,000 aprendices, 80,000 compañeros y 3,300 maestros. Cada una de estas clases tenía sus misterios y secretos reconociéndose entre sí por medio de ciertas señales, palabras y toques particulares a cada clase. Los aprendices recibían . . su salario en la columna B. ., los compañeros en la columna J. ., y los maestros en la cámara del medio. Los pagadores no entregaban el salario sin examinar escrupulosamente su grado a cada uno de los que se presentaban. Ya la construcción del Templo se hallaba casi terminada y tres compañeros y oficiales que no habían aún podido pasar a maestros e ignoraban por consiguiente las palabras, signos y toques de ese grado, resolvieron sorprender a Hiram, y arrancárselos por la fuerza, para pasar luego por maestros en los otros países y tener derecho a la paga de su clase. Con este fin, sabiendo que Hiram iba todos los días al templo a hacer sus oraciones mientras los obreros descansaban, se pusieron un día en asecho y luego que le vieron entrar se apostaron en cada una de las puertas, uno en la del Mediodía, otro en la de Occidente y otro en la de Oriente. Concluidas sus oraciones, se dirigió Hiram hacia la puerta del Mediodía. El oficial allí apostado le pidió la palabra y secretos del grado de maestro. Hiram se negó a ello, y el oficial irritado con esa resistencia, le asestó un golpe en la nuca con la regla. Hiram Abif trató de huir por la puerta de Occidente, pero allí encontró al segundo compañero que le pidió la palabra de maestro. Rehusando Hiram a acceder a los deseos del oficial, éste le dio un fuerte golpe en el pecho con la escuadra de hierro. Entonces el maestro, reuniendo sus fuerzas, trató de salvarse por la puerta de Oriente, pero allí encontró al tercer oficial que le hizo la misma intimación que los otros dos. Obstinándose Hiram en callar, y queriendo huir, el oficial descargó con un martillo tan fuerte golpe sobre su frente, que le dejó muerto.

Reunidos los tres asesinos se ocuparon de hacer desaparecer las huellas del crimen. Ocultaron por lo pronto el cadáver bajo un montón de escombros, y cuando llegó la noche le sacaron de Jerusalén y lo enterraron lejos de la ciudad en la cumbre de una montaña. Pronto fue echado de menos el sabio arquitecto, y Salomón ordenó que nueve maestros se ocuparan exclusivamente en buscarle.

Tomaron estos distintas direcciones y al día siguiente llegaron varios al Líbano, uno de ellos rendido de fatiga, se tendió sobre un cerrillo y observo al poco rato que la tierra estaba removida. Participó a sus compañeros esta observación, en vista de lo cual cavaron en aquel paraje, encontrando un cadáver que reconocieron con dolor ser el del maestro Hiram Abif. Depositaron de nuevo el cuerpo en la fosa, le cubrieron de tierra y regresaron a Jerusalén, donde dieron cuenta a Salomón de los resultados de sus pesquisas.

Salomón dispuso que los nueve maestros hicieran la exhumación del cuerpo y le transportasen a Jerusalén, recomendándoles que buscaran sobre el cadáver la palabra de maestro, y que, de no hallarse, pusiesen mucho cuidado en observar el primer gesto que hiciese y las primeras palabras que se profiriesen a la vista del cadáver, a fin de que fuesen en lo sucesivo los signos y palabras de maestro. Se revesaron los hermanos con los mandiles y guantes blancos, marcharon al Líbano e hicieron la exhumación. Trataron inmediatamente de averiguar quienes fueron los autores del crimen. La ausencia de tres compañeros no dejó duda a cerca de los asesinos. Un desconocido se presentó a Salomón y le dijo en secreto el lugar donde se refugiaban. Salomón convocó durante la noche en consejo extraordinario de maestros, y les dijo que necesitaba nueve de ellos para desempeñar una comisión dedicada; pero que constándole el celo y valor de todos y no queriendo dar preferencia a ninguno, la suerte decidiría quienes deberían de ser elegidos. Hicieron así el primer designado por la suerte fue Joaben, que fue nombrado jefe de la comitiva.

Enseguida Salomón despidió a los demás maestros y expuso a los nueve el descubrimiento que un desconocido acababa de hacer. Los elegidos se concertaron sobre las medidas que deberían tomar, adoptaron por palabra de reconocimiento el nombre del primero de los asesinos y salieron de la ciudad antes del amanecer. Guiados por el desconocido caminaron hasta Joppa y a las veintisiete millas llegaron a la caverna de Ben-Acar, donde los asesinos se ocultaban.

Dos hombres que caminaban hacia la caverna, al ver a la comitiva, emprendieron la fuga por entre las rocas, reconocidos estos como culpables, se les persiguió largo tiempo, hasta que viéndose próximos a ser agarrados, se precipitaron en un barranco donde los maestros los hallaron expirando. Mientras tanto Joaben, el jefe de la expedición, viendo que el perro del guía se dirigía hacia la caverna, como siguiendo la pista de alguno, se precipitó tras él. Una escalera de nueve peldaños le condujo al fondo de la gruta donde a la luz de una lámpara distinguió al tercero de los asesinos que se disponía a descansar. Viéndose descubierto éste y lleno de terror ante la vista de un maestro a quien reconoció, se hirió con un puñal en el corazón.

Los elegidos dejaron los cuerpos llevándose las cabezas, que estuvieron expuestas por espacio de tres días en el interior de los trabajos con los instrumentos que sirvieron para cometer el crimen. Después fueron consumidas por el fuego y los instrumentos hechos pedazos.

Satisfecho Salomón de la conducta de los nueve maestros, les agregó otros seis, y dispuso que en adelante llevasen el nombre de elegidos. Les dio por divisa una banda negra que se sostenía en el hombro izquierdo y terminaba en la cadera derecha de cuyo extremo pendía un puñal con empuñadura de oro. Las palabras, señales y toques de reconocimiento fueron análogos a la acción que acababan de ejecutar. En lo sucesivo su empleo fue la inspección general de los trabajos y de los masones. Cuando era necesario proceder en juicio contra alguno de éstos, el rey los convocaba en lugar reservado. El  desconocido que les sirvió de guía en su expedición era un pastor que entró en el cuerpo de los masones llegando con el tiempo a pertenecer al número de los elegidos.

En estos hechos se apoya el cuarto grado de la masonería. Ya los trabajos del Templo estaban por concluirse y apenas quedaba otra cosa que hacer sino consignar en lugar seguro y secreto, el nombre del Gran Arquitecto del Universo, según era conocido desde su aparición sobre el monte Oreb en un triángulo radiante. Este nombre era ignorado por el pueblo y se conservaba por tradición que se mencionaba una vez al año, pronunciado únicamente por el gran sacerdote rodeado de todos los que podían oírle.

Durante la ceremonia se invitaba al pueblo a que prorrumpiese en aplausos y gritos, evitando así que la palabra sagrada llegase a oídos de los profanos.

Salomón hiso practicar en la parte más oculta del Templo una bóveda secreta, en el centro de la cual colocó un pedestal triangular. Se bajaba a ella por una escalera de veinticuatro gradas, dividida en tramos de tres, cinco, siete y nueve, y no era conocida más que del rey y de los maestros que en ella habían trabajado. Hiram había grabado la palabra sobre un triángulo de oro puro que llevaba siempre pendiente del cuello, colocada sobre el pecho la superficie en que la palabra estaba grabada. Cuando lo asesinaron tuvo tiempo de desprenderse de la joya y arrojarla a un pozo que estaba en el extremo Oriente, hacia la parte del Mediodía. Salomón ordenó que se hicieran pesquisas para averiguar el paradero de aquella joya. Pasaban un día tres maestros junto al pozo en la hora del mediodía, y observaron que los rayos del sol que caían perpendiculares en el fondo del pozo, hacían brillar un objeto en su fondo. Uno de ellos hiso que los otros dos bajasen y encontraron el delta que se buscaba

Llenos de alegría se presentaron a Salomón, quien a la vista del triángulo dio un paso atrás levantando los brazos y exclamando: ¡ya la palabra de …! ¡gracias a Díos!. Llamo enseguida a los quince elegidos y a los nueve maestros que habían construido la bóveda secreta, y -10- acompañado de los tres que habían encontrado el delta, descendió a la bóveda. El triángulo fue incrustado en el centro del pedestal y cubierto con una piedra de ágata en forma cuadrangular. En la cara superior de esta piedra se grabó la palabra substituida y en la inferior todas las palabras de reconocimiento de los diferentes grados de la masonería. Salomón declaró a los maestros elegidos, la antigua ley que prohibía pronunciar la palabra del Gran Arquitecto del Universo y recibió de ellos el juramento de no revelar jamás lo que acababa de suceder. Se colocó delante del triángulo tres lámparas de nueve flameros cada una, y se selló la entrada de aquel lugar que fue conocido con el nombre de bóveda sagrada. Este secreto quedo entre los veintisiete elegidos y sólo fue transmitido a sus sucesores.

Juraron eterna alianza y Salomón, en señal les dio un anillo de oro. Después de la muerte de este rey se gobernaron por sí mismos siguiendo sus leyes dirigidas a la conservación de la obra. Nabucodenosor, el décimo octavo año de su reinado, puso sitio a Jerusalén, y después de una tenaz resistencia, los habitantes, rendidos de hambre y fatiga, demolidas sus fortificaciones y a pesar de la vigilancia y actividad de los masones libres, la ciudad fue tomada a los dieciocho meses de sitio. Los principales de la ciudad con sus tesoros, y el rey Sedecías con su familia, se refugiaron en el Templo: los masones intentaron una nueva resistencia, pero no pudieron resistir a la superioridad numérica de sus enemigos. Nabucodenosor ordenó a su general Nabuzardan, que destruyese la ciudad y el Templo hasta los cimientos, y fueron los habitantes conducidos cautivos a Babilonia. Esto sucedía en el año 606 antes de Jesucristo. Los vencedores, para humillar más a los vencidos, les pusieron cadenas de eslabones triangulares, significando así el desprecio con que miraban el delta. Inmenso fue el dolor que los masones experimentaron, no por verse cautivos sino por contemplar profanado y demolido el Templo, la obra más grande y magnífica que la mano del hombre levantara hasta entonces a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo, al Triunfo de la Verdad y al Progreso del Genero Humano.

Decoración de la Cámara.

Para la realización de los trabajos ordinarios la decoración de la cámara es la misma que la de la primera cámara. Sobre el Ara las . herramientas serán colocadas en forma acostumbrada por los MM. . MM.. . . . . Para ceremonias de Exaltación al Sublime Grado de M. . Mas. . se decora en la forma adecuada y prevista en la ceremonia contenida por esta liturgia.

En los trabajos de esta cámara los miembros de la misma deberán usar invariablemente, sin distingo de rito, banda azul, con ribetes de rojo y oro y mandil banco, con los adornos y bordados que indique su rito en especial, además deberán usar sombrero negro de fieltro de lana.

Los Maestros no se ponen de pie al realizar sus intervenciones.

FUENTE: Liturgia Única del Grado de MAESTRO MASÓN. Gran Logia de Libres y aceptados Masones de Nuevo León. http://www.fraternidadmasonica.com/wp-content/uploads/pdf/Liturgia-del-tercer-grado.pdf

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