08/08/2020

Los maestros, su sabiduría y la educación

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El valor que se dé al conocimiento, la experiencia y la sabiduría es esencial a la hora de pensar en buena educación.

La combinación de las tres virtudes se adquiere con el paso inexorable del tiempo. Son sabios quienes han vivido intensamente y ejercido plenamente su ciudadanía, su profesión y su condición de seres humanos.

¿Cómo concebir una nación y un sistema educativo que prescinda de la sabiduría ancestral? De acuerdo con estudios de las universidades de Michigan y California (Rachel Caspari y Sang–Hee Lee), los viejos pueden ser la clave de la civilización por el conocimiento que poseen. En algunas culturas más desarrolladas que la nuestra, a los ancianos venerables les tienen un lugar especial en la sociedad. Dicen que el desarrollo de una nación tiene relación, entre otros, con el trato que se da a los ancianos. Es la ley de la vida. Objetivamente, ¿cómo negar el valor que tienen quienes viven largo tiempo, son inquietos intelectualmente y han dedicado años a enseñar? Los conocimientos que transmiten son más que información y rebasan las teorías de la ciencia. Sin dejar de contar con estas últimas, el saber de los ancestros tiene una riqueza que no se adquiere con doctorados u otros posgrados que al parecer son hoy, junto con un rostro lozano, determinantes para permitirle a alguien ostentar la calidad de profesor.

Estos educadores, para atraer la atención de sus alumnos, no necesitan muletillas. No requieren dejar plasmado su saber en diapositivas; su presencia es la herramienta pedagógica por excelencia en sus clases.

En Colombia, hace años decidimos despreciar la sabiduría. ¡Es increíble! Pero cada vez son más los casos en los que los verdaderos maestros son rechazados y expulsados de las instituciones de educación superior. Estando en la cúspide intelectual para dedicar su vida rica en sabiduría a formar y a enseñar, son notificados –en el mejor de los casos- que «contarán con ellos marginalmente».

Atrás quedaron los días en que las universidades se preciaban de tener mentes brillantes que venían en envases añejos que entregaban su sabiduría a discípulos atentos que valoraban el privilegio de aprender de ellos y eran receptores de respuestas reposadas, fundadas en la certeza que ofrece el haber probado teorías y conceptos a lo largo de la vida. En el caso de las ciencias sociales no era extraño encontrar en las aulas a maestros como Abelardo Forero, Tito de Subiría, Guillermo Ospina F., Mario Laserna, Jorge Gutiérrez Anzola, entre otros, a quienes les interesaba inquietar a los jóvenes, formar ciudadanos capaces de resolver problemas y de innovar.

Es en la vejez cuando se está más allá del bien y del mal y se tiene el tiempo, la disposición y la autoridad académica, profesional e intelectual para contribuir a la educación integral de los alumnos ávidos de conocimiento y de vida.

No se trata de desconocer el valor de contar con jóvenes profesores formados en distintas universidades del mundo que ostentan títulos académicos que dan cuenta de su esfuerzo. Lo inteligente es dejar de pensar con lástima en los viejos y beneficiarse de la contribución que pueden hacer, si se incorporan como maestros al sistema educativo.

Si Colombia desperdicia ese saber, estará despilfarrando una gran riqueza, perdiendo oportunidades para que la fuerza y el ímpetu de los jóvenes utilicen la sapiencia de los viejos.

De esto deben ser conscientes quienes diseñan la política pública así como las autoridades de las instituciones educativas. Ahora que la educación es prioridad, el asunto de la calidad, condición y misión de los maestros debe ocupar un lugar relevante en la discusión.​

Claudia Dangond-Gibsone

FUENTE: https://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-14413357