08/03/2020

LA VIRTUD MASÓNICA

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Q .·. H .·. BORIS PORTELA R.·. L.·. Lautaro N° 197

INTRODUCCIÓN

 La Virtud en su etimología latina, virtus (de vir, varón y vis, fuerza), la idea de fuerza y vigor, y según la griega, areté, expresa la idea de perfección, mérito o cualidad que hacen al hombre digno de gloria. Básicamente las virtudes son las cualidades buenas, firmes y estables de la persona, la cual al perfeccionar su inteligencia y su voluntad, lo llevan a acercarse a la verdad y a gozar de libertad para alcanzar su plenitud humana y espiritual.

Esta no puede entenderse en un sentido individualista, el fin de las virtudes no es el perfeccionamiento propio ni el autocontrol, sino la comunión con los demás y la armonía con la naturaleza de la vida.

Más que exponer conceptos y características sobre la virtud Masónica lo cual podemos encontrar en una gran diversidad de textos en los cuales se refieren a esta desde diferentes puntos de vista, donde muchas veces se cae en el conflicto conceptual de sus características dependiendo del autor o la disciplina que la estudia.

He decidido no profundizar en estos temas y más bien mantener una posición neutral, asumiendo el carácter de búsqueda de conocimiento que mantiene mi columna de aprendiz masón, analizaré fríamente las mismas desde la semántica hasta su practicidad; sin tener un juicio de valor previo.

LA VIRTUD

“La Virtud” es una disposición permanente a hacer el bien. Los antiguos distinguían cuatro Virtudes principales, aplicadas a las diversas facultades del alma: “La Prudencia”, “El Valor”, “La Templanza” y “La Justicia”. La filosofía clásica ha exaltado esas cuatro Virtudes Cardinales. Pero no ubicó en un rango especial y ni siquiera recomendó las cualidades de GENEROSIDAD, COMPASIÓN, SIMPATÍA y PERDÓN.

En la historia de la humanidad siempre ha existido este conflicto conceptual, por tanto mantendré un estado de atención plena en el estudio de la Virtud para enfrentarnos a una verdad más clara e intentar no caer en el dualismo.

Se debe tomar en cuenta de las virtudes, la armonía entre las diferentes dimensiones de la virtud donde entre ellas existen límites tendiendo al infinito, haciendo así indivisible una virtud de otra. Es por esto que tal equilibrio no se puede describir verbalmente sin caer en el dualismo o la contradicción de sus características y del cómo desarrollar las virtudes en nuestra vida.

Podemos visualizar la virtud en tres grandes rasgos, el intelectual, el moral, y la acción. Para juzgar acertadamente sobre un bien concreto debe existir un enlace entre estos grandes rasgos actuando entre sí constantemente en plena armonía.

Entiéndase por la dimensión intelectual todo el conocimiento y preparación que tiene una persona para así ver la verdad neutral, aun cuando esto no garantiza el buen uso del conocimiento, sin embargo esta no puede aplicarse a la prudencia que puede considerarse como la virtud moral por excelencia, se debe tomar en cuenta que el hecho de que el intelecto no perfeccione moralmente a la persona no significa que carezca de relevancia para la vida moral.

Unas y otras están íntimamente relacionadas. Las virtudes morales, son hábitos operativos buenos, es decir el perfeccionamiento que inclina al hombre a actuar moralmente bien. Aclarando el termino «habito’’, aplicado a la virtud no significa costumbre o automatismo, sino cualidad que da al hombre la fuerza para obrar moralmente bien y alcanzar su fin como persona.

La educación de la libertad no consiste, por tanto en anular o suprimir las pasiones y los sentimientos, sino en racionalizarlos y encauzarlos, por medio de las virtudes, para que contribuyan a conseguir el fin que la razón señala. Las pasiones así ordenadas son una ayuda para facilitarle el buen ejercicio de su libertad, contribuyen a la lucidez de la mente y al buen comportamiento moral.

La dimensión electiva Para juzgar acertadamente sobre el bien concreto, el hombre necesita, las virtudes morales en la voluntad y en los apetitos sensibles. Pero, a la vez, para adquirir las virtudes morales, necesita las virtudes intelectuales, indicando el fin bueno que se debe buscar, y la prudencia, que señala la acción verdaderamente buena, excelente, para alcanzar el fin propuesto. De este modo, la razón “racionaliza” a la voluntad y a los apetitos sensibles, formando las virtudes morales.

La dimensión ejecutiva

Una vez elegida la acción buena, hay que ejecutarla, convertir en vida la verdad sobre el bien que la razón ha conocido y que la voluntad quiere. Además, hay que ejecutarla bien, de modo oportuno, acertado y eficaz, porque la bondad del acto interior se refleja precisamente en la perfección externa de la acción.

Para ello se necesitan también las virtudes, sobre todo cuando se trata de acciones difíciles, complejas o de larga duración. La Virtud Masónica Todas estas virtudes, propias del ambiente Masónico, son las que de manera sincera debemos aprender; para conservarlas y propagarlas, ante los ojos del Mundo Profano, puesto que su sola observación conquista a las voluntades de los hombres de bien, o de reconocida moralidad, la que sin duda, será siempre reconocida dentro del ambiente en que vive; por lo tanto, ésta es, en síntesis, la verdadera labor que el Masón debe desarrollar, en cualquier ambiente, situación o circunstancia que se encuentre.

Por lo tanto es el actuar virtuoso una de las características que rige al masón, las virtudes hacen que reine entre las diversas potencias operativas el orden, la unión y la armonía que corresponde a la naturaleza humana.

Las virtudes masónicas más que su estudio en nuestros templos y su inmensa importancia para nuestro actuar en el mundo masónico o en el profano debe ser nuestra brújula interior, no está separada de nosotros, con esta observamos la acción de la vida desde un ámbito más completo y nos volvemos más atentos a las leyes naturales del universo.

Actuar virtuoso Esencialmente para que una acción sea moralmente buena no consiste en la dificultad de su realización, sino en su perfección interior y exterior, es decir, en el amor al verdadero bien. La persona virtuosa actúa con más facilitad y gozo, y su acción tiene más valor, porque esa facilidad y ese gozo son consecuencia de amar más el bien.

Por eso se puede decir que la verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre. Esto no significa que el actuar virtuoso nos aleje del sufrimiento. El virtuoso también sufre y siente pena y dolor, en ocasiones más que el vicioso o el mediocre, por tener una sensibilidad más perfecta, pero sufre por amor al bien.

CONCLUSIÓN

 La vida es acción y esta acción es pura, es armoniosa, las virtudes nos acercan a una verdadera acción, espontanea, nos hacemos sensibles en el tiempo y el espacio manteniendo la lucidez mental en su constante ejercicio.

Con la acción crecen las virtudes simultáneamente liberando el alma y colocándonos en una posición en la que por medio de nuestros sentidos naturales somos incapaces de llegar. Al estar inmersos en la verdadera acción liberadora, vivimos en meditación constante y espontánea.

Actuar virtuosamente para el masón tiene que ser una línea vital a seguir que no está separada de nuestro ser, al estudiar las virtudes no se deben ver como ajenas a nosotros ya que al igual que el miedo y la ira somos cada una de ellas.

Enfrentar tales acciones es observar de cerca y ahondar en su representación ultima, siendo sumamente responsables y armonizando nuestra naturaleza conseguimos muy internamente en nuestro ser eliminar el conflicto más íntimo causante de millones de guerras llevadas a cabo en la historia de la humanidad.

fuente: https://lautaro197.files.wordpress.com/2014/04/la-virtud-masonica.pdf

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