09/24/2020

Todo sobre los masones españoles: ¿por qué son tan odiados?

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Actualmente sólo hay una observancia histórica y oficial que es el Gran Oriente Español o la Gran Logia de España

MARTA MEDINATAGS

TIEMPO DE LECTURA9 min23/07/2020 05:00 – ACTUALIZADO: 23/07/2020 07:54

Una Marianne con un gorro frigio y el colgante donde aparecen dibujados un ojo que todo lo ve y una escuadra entrelazada con un compás preside el principal templo de la francmasonería en Francia. No es coincidencia que los principios de la República y de la organización se repitan: liberté, égalité, fraternité. Tampoco que el autor de la Marsellesa, Rouget de Lisle, perteneció a les Frères Discrets de Charleville. En la sede de la Francmasonería de París, situada en el número 16 de la Rue Cadet, a un lado un museo despliega cientos de objetos de todo tipo –pinturas, banderas, incluso menaje de cocina– que exhiben los símbolos más representativos de la organización, la mayoría relacionados con los oficios y las ciencias: al igual que en la Marianne, la escuadra (cuyo significado es la virtud), el compás (la representación de los límites) y el ojo que todo lo ve (alegoría de la omnipresencia y del Gran Arquitecto del Universo). Al otro lado, se suceden los templos francmasónicos, a los que sólo pueden acceder los miembros de esta organización semisecreta que desde su nacimiento en Inglaterra entre finales del siglo XVII y principios del XVIII –sus orígenes no fueron bien documentados– convive entre el misterio y la polémica.

George Washington representado como un ‘freemason’, litografía de 1866. (Biblioteca Nacional Australiana en Camberra)

Recientemente, las redes sociales han vuelto a poner de actualidad las supersticiones sobre la masonería y su relación con el poder, con algunos periodistas cercanos a Vox tildando el funeral de Estado por las víctimas del covid como un «fraude masónico-propagandístico». Pero, ¿qué es exactamente la masonería? ¿Y cómo llegó ésta a España? No es una religión. Tampoco una filosofía. Es, más bien, «una forma de socializar propia de la época moderna», regida por un sistema de valores en los que el masón se considera dentro de la logia como «un hermano más, en absoluta igualdad al resto de miembros, con derechos y deberes establecidos estatutaria y constitucionalmente, con derecho a elegir y ser elegido a los cargos». Es, según sus propias palabra, «una Institución universal, ética, filosófica e iniciática, que persigue un ideal realizable fundado sobre la razón, la educación, y el trabajo constante y paciente», que además cree en la existencia de un ser supremo, conocido como el Gran Arquitecto del Universo. Además, han mostrado posturas bastante vanguardistas respecto a temas como los derechos laborales o el aborto–en 1974 ya sentenciaron que «la palabra la tiene la mujer».

La mística relaciona sus orígenes con los albañiles constructores de catedrales en la Edad Media, por eso su simbología. En España, la sede de la Gran Logia se encuentra en la calle José Lázaro Galdiano 4, cerca del Santiago Bernabeu, cuya puerta aparece flanqueada por dos columnas con las siglas «G.L.E» grabadas bajo el símbolo de la escuadra y el compás entrelazados.

Pero, ¿cómo saltó este culto el Canal de La Mancha? ¿Cómo llegó y se extendió por la Europa continental? «Vector de las luces del siglo XVIII, sostén de las ideas vanguardistas del XIX, el Gran Oriente de Francia a jugado un papel importante en la historia de nuestro país [refiriéndose al vecino, claro]», explica el libro ‘Dos siglos y medio de historia del Gran Oriente de Francia’ (Éditions Internationales du Patrimoine). «Todavía hoy, las logias son un lugar de intercambio y de reflexión sobre los retos de nuestro tiempo. Acogiendo diversas sensibilidades políticas y filosóficas, el Gran Oriente de Francia hace que hombres y mujeres de buena voluntad se encuentren y trabajen juntos». Porque, el Gran Oriente de Francia es la observancia masónica más antigua de Europa y contaba hace dos años con 53.000 miembros repartidos en más de 1.300 logias.

Cartera con simbología francmasona.

Cuando la masonería llegó a Francia en 1728 lo hizo a través de ingleses inmigrados, que constituyeron las primeras logias fuera del mundo anglosajón. Entonces, la orden estaba limitada a Gran Bretaña y Norteamérica: George Washington, que se unió a la logia de Fredericksburg, en Virginia, en 1752, con apenas veinte años, fue, por ejemplo, una de las primeras grandes figuras de la francmasonería, creando nuevas logias dentro del ejército y posteriormente llegando a jurar su cargo como presidente en una biblia de la logia de St. John de Nueva York.

Los primeros años de la masonería en Francia son complejos y oscuros, sin demasiada documentación y sin una estructura clara separada de las ramificaciones inglesas. Un desorden que desaparece en 1799 con la integración obligada por Napoleón de todas las logias francesas en el Gran Oriente, que había sido creada en 1773 por Luis Felipe José de Orleans, duque de Chartres, elegido Gran Maestre. Pero son «la élite administrativa y la burguesía local» el sustrato principal de la masonería después de la Revolución y los principales cargos los ostentará gente del círculo de confianza del primer cónsul, como Luis Bonaparte, los mariscales Massena y Murat o el Canciller del Imperio Jean-Jacques Regis de Cambaceres.

Francmasones con sus vestimentas.

Durante estos dos siglos y medio es difícil enumerar todos los artistas, cinetíficos y políticos que han pertenecido a alguna logia dentro del Gran Oriente de Francia: desde Stendhal y Casanova hasta Ignace Joseph Guillotin, médico, diputado e impulsor del uso de la guillotina y el arquitecto y escultor Auguste Bartholdi, padre de la Estatua de la Libertad. Y también Juan Gris, que se inició en la logia de Voltaire de Gran Oriente, y permaneció en activo hasta su muerte. Y, por supuesto, José Bonaparte, que fue nombrado Gran Maestro del Gran Oriente en 1804 y fundador de la Gran Logia Nacional de España en 1809. Queda claro que la historia de la Europa Occidental moderna ha estado íntimamente ligada con la francmasonería.

La masonería ya había aparecido en España a principios del siglo XVIII, pero de la misma manera desordenada que en sus primeros pasos franceses: algunos ingleses inmigrados a Madrid fundaron una pequeña ramificación llamada ‘La Matritense’, adscrita a Inglaterra, pero poco efectiva. La persecución por parte de la Iglesia y la monarquía –en 1751 Fernando VI emitió una Real Cédula que la prohibía– y la precariedad hicieron que las logias primigenias tuviesen una vida corta e irrelevante. No fue hasta la llegada de Bonaparte cuando la masonería realmente se asentó en nuestro país.

Interior de la Gran Logia de España

«Yo tengo para mí que antes de 1809, época en que los franceses establecieron formalmente la masonería, en España ser masón y no ser nada eran una misma cosa. Y no me digan que Carlos III, el conde de Aranda, el de Campomanes y otros célebres personajes eran masones, pues como nunca los he tenido por tontos, presumo que esta afirmación es hija del celo excesivo de aquellos buscadores de prosélitos que, no hallándolos en torno a sí, llevan su banderín de recluta por los campos de la Historia, para echar mano del mismo padre Adán, si le cogen descuidado», escribió Galdós en la cuarta novela de la segunda serie de sus Episodios Nacionales, titulada, precisamente ‘El Grande Oriente’. Con la caída de Bonaparte en 1814 y la Restauración, la francmasonería vuelve a la oscuridad de la que, durante algunos años, había conseguido salir y la Inquisición instiga una persecución como nunca antes se había visto: la mayor parte de los afrancesados masones tuvieron que exiliarse del país. Primero, por haberse puesto de parte de un gobierno extranjero. Y segundo, por propugnar la existencia de un dios, el Gran Arquitecto del Universo, que no era del gusto de la Iglesia católica.

Por eso, el Gran Oriente Nacional de España tuvo que nacer en el exilio, en Lisboa, en 1834, y toda la actividad intramuros siguió siendo completamente clandestina. Los francmasones tuvieron que esperar más de tres décadas hasta que, en 1968, la revolución Septembrina bajó del trono a Isabel II y la masonería consiguió la legalización. Pero nunca sin controversia y sin luchas de poder entre unas observancias y otras. Como si de un ‘sketch’ de Monty Python se tratase, las nuevas organizaciones que surgieron, el Gran Oriente de España y el Gran Oriente Nacional de España, anduvieron enfrentados hasta que en 1889 el periodista e historiador Miguel Morayta dio un golpe en la mesa y las unió en la que hoy es heredera de alquel Gran Oriente Francés: el Gran Oriente Español, la única oficial e histórica que sigue hoy operando después del paréntesis durante el Franquismo. Porque, durante la Dictadura, el discurso oficial del régimen echaba pestes de la masonería, tildándola como un nido de rojos dedicados permanenetemente a conspirar contra España.

Oscar de Alfonso Ortega es el actual Gran Maestro de la Logia de España.

«Aún no sabíamos que Franco, hijo y hermano de masones, había sido rechazo dos veces como aspirante. Una, siendo teniente coronel, en la logia ‘Lukus’ de Larache», escribió en este mismo diario el periodista Antonio Casado. «Y otra, ya en tiempos de la República, por el veto de su propio padre, Nicolás Franco. Eso explica su odio africano a la masonería y una de sus primeras decisiones como general de todas las fuerzas sublevadas en 1936: ‘La francmasonería y otras asociaciones clandestinas son declaradas contrarias a la ley. Todo activista que permanezca en ellas tras la publicación del presente edicto será considerado como reo del crimen de rebelión’. Más conocida es la Ley para la represión de la Masonería y el Comunismo, promulgada en marzo de 1940».

Hoy, el Gran Oriente Nacional no se esconde. Su supuesto secretismo es tal que cuentan con una página web en la que informan periódicamente de sus actividades, explican sus diferentes ritos y enumeran los requisitos para convertirse en miembro de la logia abierto a todo el que quiera y que sea «una persona libre», «de buenas costumbres» y «creyentes en un principio superior», es decir, en un Dios, que responde al nombre del Gran Arquitecto del Universo. Los periódicos cubren sus cumbres mundiales (en 2016 se reunieron en Madrid) y los Grandes Maestres posan a cara descubierta y con amplia sonrisa. Muy atrás quedan las persecuciones y el misticismo de una asociación de la que queda poco más misterio que aquel de la leyenda, por mucho que las redes se empeñen en buscar rituales masónicos y códigos secretos hasta debajo de las piedras.

FUENTE: https://www.elconfidencial.com/cultura/2020-07-23/francmasones-masones-espana-historia_2692083/?fbclid=IwAR33LTlKlyjXDQodQDwTJr6xmNhFR4vOjqXvvr-F6XAPxhTcBmMw6z7A9Lk