09/19/2020

El declinismo o por qué pensamos que «todo tiempo pasado fue mejor» (aunque no lo sea)

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¿Sientes a veces la insoportable certeza de que vivimos peor que antes? ¡No estás solo! Hasta los griegos caían en esta distorsión cognitiva que no es nada más que un truco nostálgico de la mente. Aquí te contamos por qué.

Por Francisco J. Lastra@efejotaele | 2016-07-25 | 11:25

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Muchos definen al Brexit como el «triunfo de la nostalgia por el antiguo Imperio Británico». Ya saben, cuando los británicos eran estereotipados más como piratas y colonizadores, que como guardias de la Reina y bebedores compulsivos de té.

Si bien hay nostalgia de por medio, hay un término aún más preciso para el sentimiento exaltado en la campaña del Brexit: el declinismo, la creencia de larga tradición de que vivimos peor que antes o, si prefieren los dichos, de que «todo tiempo pasado fue mejor».

Quizás lo han escuchado en la boca de sus padres, abuelos o incluso ya lo están pensando y diciendo ustedes mismos: es que la juventud ya no es lo que era, que la economía se fue a las pailas y que estábamos mejor cuando existían solo 151 pokémones.

¿Por qué tendemos a tenerle un cariño especial al pasado? ¿Es un fenómeno nuevo? ¿Es racional? Las respuestas de éstas y más preguntas a continuación.

¿Nostalgia o declinismo? No se confunda

Marcaremos territorio respecto a nostalgia, porque se trata de dos palabras similares, pero con un historial muy distinto.

La nostalgia tiene su origen etimológico en el griego antiguo (de las palabras para «regreso» y «dolor»), pero su creación conjunta data recién del siglo XVII, cuando un estudiante de medicina muy creativo, llamado Johannes Hofer, acuñó el término para referirse a los síntomas de los mercenarios suizos que luchaban en tierra lejanas, y que describió como «una enfermedad cerebral de, esencialmente, causa demoníaca», provocada por «la vibración de los espíritus animales a través de las fibras del cerebro medio, en donde restos impresos de las ideas de la Patria todavía se aferran». Les dijimos que era muy creativo el chiquillo, ¿no?

No podemos dejar de mencionar que, dado que se comenzó a estudiar solo en Suiza, se creía que la nostalgia solo afectaba a los ciudadanos de aquel territorio, existiendo varias teorías al respecto. Una de ellas, elaborada por médicos militares, decía que se debía a los cencerros usados por las vacas de los Alpes, cuyo sonido afectaba el tímpano y las células cerebrales de los habitantes de la zona. Profesionales de tomo y lomo.

Por influencia de Hofer, la nostalgia se trató como enfermedad física y luego psiquiátrica por varios siglos. Recién en el siglo XX comenzó a ser vinculada al mayormente inofensivo anhelo por tiempos pasados, sobre todo la niñez.

Por otra parte, el término «declinismo» es bastante más reciente, y fue acuñado por el cientista político estadounidense Samuel P. Huntington, en 1988, para describir el pesimismo político y económico del país aquel año. Actualmente, el diccionario de neologismos Word Spy lo define como «la creencia que algo, sobre todo un país, sistema político o económico, está experimentando un decaimiento significativo y posiblemente irreversible«. ¿Les suena familiar?

Aunque se alimenta de la nostalgia, el declinismo es distinto, porque incluye una valoración negativa del tiempo actual respecto al pasado, que se extiende al futuro. Básicamente pensamos: «estábamos bien, estamos mal, y estaremos peor».

Ambos, por supuesto, son términos creados para nombrar distintos sabores de esa natural añoranza por el pasado que nos afecta desde, prácticamente, el principio de los tiempos.

Un clásico griego (y de todos los tiempos)

Tomemos el caso de Odiseo, la superestrella de uno de los poemas épicos atribuidos a Homero. En un momento de la historia, el nostálgico héroe se halla lejos de su hogar, en la isla de Calipso. Aunque si bien se encuentra confinado, mal no lo está pasando. Calipso es una ninfa, básicamente la supermodelo de los tiempos antiguos, que además le ofrece inmortalidad por convivir con ella.

Odiseo incluso admite que su esposa, Penélope, no se compara en «grandeza y belleza» a Calipso, pero aún así decide volver, atraído por el irresistible romanticismo del recuerdo.

La añoranza de Odiseo por su tierra, que podemos interpretar como nostalgia espacial y temporal (ya que está atada, necesariamente, a un recuerdo pasado), es un tema recurrente en la historia de la humanidad. Lo cierto es que los mismos griegos eran unos declinistas de primera.

Mitológicamente, su tiempo estaba dividido en eras en declive: oro, plata, bronce, heroica y la presente, la era del hierro. En otras palabras, los griegos pensaban que estaban viviendo en el periodo más miserable de la historia y que solo iba a empeorar.

Otros relatos, como el de Adán y Eva, cuentan variaciones de lo mismo: estaba todo bien en el Edén tra-la-li-la-lá, hasta que la serpiente le sopló a la mujer oe, oe, tengo de la buena merca, y ¡puff! Boleto en primera fila a Villa Pecado, donde nos lamentamos por haber sido engañados por un reptil con el cerebro del porte de una nuez y habernos farreado la oportunidad de dar vueltas desnudos hasta la eternidad por un jardín gigante (porque esa es la gracia del Paraíso, ¿no?)

Historias como las mencionadas no son sino un reflejo de la psiquis humana, donde se halla la razón de nuestra obsesión por los good old days.

El declinismo: una ilusión de la mente

Nuestra tendencia a evocar en luz positiva nuestros recuerdos y recordarlos vívidamente, se explica por fenómenos desmenuzados por la psicología moderna (que, por suerte, nada tienen que ver con «influencias demoníacas»).

De todos los recuerdos que podrías evocar, ¿cuántos son positivos y cuántos negativos? Si estás dentro del promedio, deberías tener más recuerdos positivos que negativos. Al menos esto es lo que han arrojado varios estudios, según la Asociación Estadounidense de Psicología (APA):

«A lo largo de 12 estudios conducidos por 5 equipos investigativos distintos, personas de diferentes orígenes raciales y étnicos, desde adolescentes a adultos de 50 y tantos años, reportan experimentar consistentemente más eventos positivos en sus vidas que negativos».

Esto no significa necesariamente que tengamos más experiencias positivas que negativas, sino que olvidamos con mayor facilidad éstas segundas. Las reprimimos, en otras palabras.

El doctor Richard Walker, autor de algunos de los estudios antes mencionados, explica que «hay una tendencia a amortiguar el impacto emocional de los eventos negativos […] porque las personas están motivadas para ver los eventos de su vida en una luz relativamente positiva».

La represión es, por cierto, uno de los mecanismos de afrontamiento psicológico descritos por Freud en su modelo psicoanalítico, donde expone que pensamientos y sentimientos desagradables son tirados a las profundas aguas del inconsciente. Según el austríaco, se trata de una de las principales defensas del ego.

Por otro lado, tenemos el reminiscence bump o el «bache de la reminiscencia». El término se utiliza para referirse al desproporcionado número de memorias que codificamos entre los 10 y los 30 años, por lejos el periodo de nuestras vidas más «memorable», literalmente, por número y por importancia autobiográfica.

Es, de hecho, muy evidente en personas mayores de 40. No son sus treintaitantos lo que mejor recuerdan, pese a que sucedió más recientemente, sino sus veintitantos y sus diecitantos.

Si juntamos estas dos distorsiones de la mente, la «amortiguación» de recuerdos negativos en favor de positivos, y la mayor claridad de recuerdos adolescentes y de juventud, ¿qué obtenemos? Un espejismo perfecto de los good old days, donde todo parecía más y mejor.

Pero no nos equivoquemos: es un truco de la mente.

¿Estamos hoy peor que antes?

Pese a que ya hemos tachado el declinismo como mayormente una ilusión o percepción errónea, vale la pena preguntarse de todas formas si hay hechos que justifiquen esta sensación de decaimiento: ¿está peor la economía que antes? ¿Es la mortalidad mayor?

Tomando indicadores mundiales, podemos decir con toda autoridad que, actualmente, lo estamos pasando bien chévere. Suena burdo ante todos los problemas que vemos hoy, pero es lo que indican los hechos: estamos mucho mejor que en cualquier good old day.

Les quedará más que claro si escuchan al profesor universitario sueco Hans Rosling, quien convirtió su misión en la vida promover la visión fáctica del mundo.

Lo que nos dice Rosling, es que somos bastante terribles para hacer evaluaciones del estado del mundo actual (al punto de ser superados por chimpancés) y que, indudablemente, tenemos una visión bastante fatalista y declinista. Rosling cree que las estadísticas son la solución a esta miopía cognitiva.

Los invito a jugar con los gráficos que se encuentran en Gapminder, la fundación que creó junto a su hijo. Allí puede observar indicadores de expectativa de vida, ingresos, empleabilidad, mortalidad infantil, y más, y observar su evolución histórica. Luego de unos minutos en su sitio, se darán cuenta que, objetivamente, estamos mejor que nunca. También sugiero revisar el trabajo de Peter Diamandis, otro amante de las estadísticas mundiales.

Brexit y la nostalgia prefabricada

Volviendo al inesperado triunfo del Brexit en 2016. El mensaje de la campaña era inequívocamente nostálgico: retomemos el control de nuestro país, volvamos a ser la Gran Bretaña (muy similar al Let’s make America great again de Trump). Y adivinen quién escuchó el llamado: aquellos que vivieron esa época «dorada» cuando el país todavía poseía numerosas tierras en Asia y África.

La diferencia en el voto por grupo de edad fue evidente. Mientras entre jóvenes de 18 a 24 años el voto pro-brexit fue de un 25%, el porcentaje aumentó a un 61% en los mayores de 65 años.

Si bien Gran Bretaña tuvo un pasado como «gran imperio», la imagen promovida fue nada más que un espejismo artificial que halló eco en la distorsión cognitiva de una generación. Solo esto explica que, pese a que los británicos son más saludables, viven y ganan más que nunca antes en la historia, cerca del 70% de ellos sentía, antes de la votación, que «las cosas son peores de lo que solían ser».

La nostalgia prefabricada en discursos políticos, como el del Brexit y nuestro peluquín favorito, Donald Trump, puede tener consecuencias mucho más terribles que la exacerbación del declinismo. Un estudio holandés de 2016, arrojó que este tipo de retórica se vincula a sentimientos negativos hacia los inmigrantes, menor tolerancia hacia religiones minoritarias y un sentir de que los «habitantes originales» deben tener derechos especiales.

A fin de cuentas, la moraleja de la historia no es repeler la nostalgia, que ya hemos visto es tan antigua como nuestra especie, sino, como dice la fallecida Svetlana Boym, la que fue novelista, artista y profesora de literatura en Harvard (cuya bibliografía se centró justamente en la nostalgia), «depende de nosotros ser responsables de nuestra propia nostalgia y no dejar que otros la prefabriquen por nosotros».

FUENTE: https://eldefinido.cl/actualidad/mundo/7195/El-declinismo-o-por-que-pensamos-que-todo-tiempo-pasado-fue-mejor-aunque-no-lo-sea/