09/23/2020

Sócrates.- “Yo solo sé que no sé nada”

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Sócrates.- “Yo solo sé que no sé nada”

                                       Por, Lic. Cayetano Toledo Cabrera, 33º

La frase que encabeza este artículo expresada por este hombre singular, es la expresión más recurrente cuando de opinar sobre conocimientos se trata. A mi modo de ver esta frase encierra una verdad que se acerca bastante a lo absoluto de que el conocimiento es infinito y nunca llegamos a conocer lo suficiente, aún cuando lleguemos a especializarnos en temas determinados durante toda la vida. Tengamos presente un viejo axioma que nos dice  que lo que conocemos es una gota de agua, lo que desconocemos es el mar…

Aunque Sócrates no dejó nada escrito su trascendencia como uno de los grandes filósofos de la humanidad la dejó plasmada su discípulo Platón quien lo convierte en el personaje central de su obra “Diálogos”, obra que puede considerarse el testimonio de su trascendental legado filosófico.

Platón lo denomina como el hombre que interroga a la vez que enseña, creando lo que hoy conocemos y se denomina como “ironía socrática” que consiste en hacer descubrir a su interlocutor lo que quería ignorar y lo hace avanzar en el camino de la   verdad.

Puede afirmarse que a pesar de que Sócrates jamás escribió una sola palabra, ejerció en el  pensamiento humano una influencia que millares de libros no han podido superar.

Fue tal la fama que alcanzó por sus conocimientos y la manera que utilizó para educar a sus seguideros que las personas más ricas del mundo conocido de entonces les enviaba a sus hijos para que fueran educadas y formadas en sus métodos de enseñanzas y conocimientos. En cierta ocasión un grupo de amigos, intrigados por la forma tan peculiar de impartir conocimientos y la fama adquirida por Sócrates, preguntaron al “Oráculo de Delfos” quien era el hombre más sabio de Grecia. Todos quedaron asombrados cuando la sacerdotisa respondió que ese hombre era Sócrates.

Como los habitantes de Atenas eran apasionados de la discusión y la polémica, en cierta ocasión le preguntaron a Sócrates de que manera explicaría, cómo era que había sido nombrado por el Oráculo como el más sabio de Atenas, respondiendo éste así de sencillo:

“El oráculo me ha escogido a mí como el más sabio entre todos los atenienses, porque yo soy el único que sabe que no sé nada y con la voluntad de aprender cada día más”.

Sócrates era una persona considerada molesta en las discusiones, aparentaba no saber ninguna respuesta y acosaba a sus interlocutores con preguntas como un experto fiscal en un juicio, llevándolos a confesar opiniones inesperadas y asombrosas.

Vean ahora un diálogo imaginario en sus pormenores, escenificado por Sócrates que nos reseña Max Eastman, uno de sus ensayistas donde se aprecia nítidamente la forma tan peculiar de enfocar y de enfrentar los temas más complejos del pensamiento.

Según el cronista se acercaba sin titubeos a los más eminentes ciudadanos o a un gran orador o simplemente a cualquiera y le preguntaba si realmente sabía de lo que estaba hablando. Supongamos que un famoso estadista hubiese acabado de pronunciar un patriótico discurso acerca del valor, y de la gloria de morir por la patria. Es muy probable que Sócrates le dijera:

-Perdona que me entrometa, ¿pero quieres explicarme, que significa en tu opinión la palabra valor?

-Valor es que permanezca uno en su puesto a pesar del peligro.

-Pero, ¿y si una buena estrategia aconseja la retirada?

-En este caso es diferente. En este caso es aconsejable retirarse.

-Entonces el valor no consiste en permanecer en el puesto, ni tampoco en retirarse.

¿Cómo definirías pues el valor?

El orador arrugaría el entrecejo:

Me encuentro en un verdadero apuro. Temo, en efecto no poder decir exactamente que es el valor.

-Yo no lo sé tampoco- decía Sócrates-, pero me pregunto si es algo muy distinto a saber uno valerse rectamente de su entendimiento: esto es hacer lo debido sin pensar en el peligro.

Me parece que diste en el clavo -dice alguno- : Sócrates se vuelve hacia esta nueva voz y prosigue:

-¿Convendríamos entonces, provisionalmente, desde luego, porque esta es una cuestión muy difícil, en que el valor es la determinación de actuar conforme a un juicio sereno? Quizás entonces el valor sea equivalente a la presencia de ánimo, Y lo opuesto, en ese caso. ¿No sería tal, tal vez, la presencia de la emoción en grado tal que el entendimiento se anonada?

Como habíamos dicho anteriormente este diálogo imaginario nos sirve para ilustrar los rasgos esenciales que hicieron que este hombre fascinante y persuasivo cambiara el rumbo de la civilización.

Sócrates nos enseñó que la buena conducta está siempre sometida a la razón: que todas las virtudes, en el fondo, consisten en la primacía de la inteligencia sobre la emoción. Insistía en la importancia moral de pensar con claridad.

Sócrates dio el primer gran paso para enseñar al hombre como hay que hacerlo.

Introdujo el sistema de que en cada debate los participantes definieran los términos del asunto en disputa. Decía: “Antes de que comencemos a discutir, decidamos cual es el tema exacto de la discusión”.

Sócrates encaminó el método científico al estudio del arte de vivir.

Todas las grandes escuelas filosóficas que nacieron en el mundo griego y más tarde  se desarrollaron en el romano, extendiéndose hasta nuestros días se enorgullecen de sus fuentes socráticas.

Algunos estudiosos de su obra lo mencionan como “el evangelista del pensamiento riguroso”.

Platón fue discípulo de Sócrates y Aristóteles lo fue de Platón.

Veamos ahora el final de la interesante vida de este genial hombre que muere a los 71 años de edad en plena capacidad de creación. Puntualizamos también que Sócrates vivió cuatrocientos años antes del nacimiento de Cristo.

Tal vez las enseñanzas de Sócrates no hubieran dejado tan profunda huella en la humanidad si no hubiera muerto como un fiel seguidor de sus ideas.

Es totalmente absurdo que se condene a muerte a un hombre por el solo hecho de innovar algunas definiciones generales basados en nuevos métodos de investigación científica seguidas hasta sus últimas conclusiones lógicas.

Dos cargos principales se esgrimieron contra Sócrates: el no creer en los dioses venerados por la ciudad y de ser corruptor de la juventud.

Está comprobado que los jóvenes lo amaban y lo seguían.

Sócrates fue juzgado por un jurado formado por 501 ciudadanos y se le condenó a muerte por una diferencia de solo 60 votos.

Nadie pensó que la sentencia se aplicara pues le quedaba el recurso legal de apelar y que se realizase una segunda votación, pero Sócrates se obstinó en adoptar solamente una postura racional.

“Una de las cosas en que yo creo es en el imperio de la ley”.

A los ruegos de sus discípulos para que huyera les respondió:

“El buen ciudadano, como os he predicado tantas veces, es el que obedece las leyes de su ciudad. Las leyes de Atenas me han condenado a muerte. De lo que se deduce lógicamente que como buen ciudadano debo morir”.

Platón describió en su “Dialogo Felón” la última velada de Sócrates en el mundo la cual transcurrió como tantas otras discutiendo de filosofía con sus jóvenes seguidores. Siempre mantuvo la serenidad y no dejó que la emoción influyera en su razonamiento.

Al aproximarse la hora fatal sus seguidores se prepararon para verlo beber la copa de veneno. Antes del amanecer le fue llevada la copa de cicuta, en todo momento reprendía a sus discípulos por sus lamentos para lo cual no había razón ya que era un hombre que siempre había obrado de forma correcta y razonable.

Platón dejó escrito aquella escena con palabras inmortales:

                                       “Sócrates, el hombre más bueno, más justo y más sabio de todos cuantos hemos conocido”   

                                                                                                               FIN

                                                                                       La Habana 12 de septiembre de 2020

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