POLITICA E INMIGRACION

El candidato moderado Joe Biden aliado a la extrema izquierda

Cualquiera que haya seguido la prolongada presencia de Joe Biden, el candidato del Partido Demócrata a las presidenciales del próximo día 3 de noviembre, en las instituciones del poder federal en Washington (desde hace 48 años, 1972, lo que le hace un perfecto insider), concluirá que se trata de un personaje moderado.

Esta impresión ha coincidido con la realidad durante mucho tiempo. Pero eso ha ido dejando de ser cierto desde comienzos del presente año -2020- cuando, para ganarse el apoyo de la pujante ala radical del Partido Demócrata se ha ido desplazando hacia la izquierda, tejiendo una estrecha red de colaboración con dichos personajes, evitando en todo momento criticar sus excesos izquierdistas, como la quema de barrios durante los meses del verano y otras muchas muestras de radicalismo. Excesos que Biden ha rechazado, pero sin extender su descalificación a quienes los estaban cometiendo.

El precedente de la derrota de Hillary Clinton en 2016

Antes de seguir más adelante, hay que recordar que uno de los principales motivos por los que la candidata demócrata Hillary Clinton perdió las elecciones de hace cuatro años, es que el sector extremista del Partido Demócrata -que encabezaba el precandidato radical Bernie Sanders (el senador de Vermont, que ahora tiene 80 años)-, le negó su voto.

Incluso, no pocos de ellos acabaron votando a Trump, como forma de castigar a Hillary Clinton y al establishment de aquel partido, que había intervenido para tratar de impedir que Bernie Sanders resultase elegido candidato a la presidencia en la Convención Nacional Demócrata del verano de 2016.

Todo indica que, ahora, Joe Biden y su equipo de campaña no quieren que les suceda lo mismo y vuelvan a ser derrotados por el outsider (político no profesional, ni convencional) Donald Trump.

A pesar de los buenos resultados que Biden está obteniendo en la mayoría de las encuestas nacionales, colocándole bastantes puntos por delante de Trump, sería un error olvidar que algo muy parecido sucedió en las semanas anteriores a las elecciones de 2016. Entonces, se concluyó que muchos de los ciudadanos que tenían decido votar a Trump no se atrevieron a decirlo a los encuestadores, en las semanas y meses previos a las elecciones. No es que hubiera manipulación demoscópica, sino desconfianza de los votantes ante el rabioso rechazo mediático al candidato Donald Trump: el candidato de “los deplorables” (en palabras de la corrupta Hillary Clinton).

Para los medios progresistas Biden sigue siendo un candidato impecablemente moderado

Los medios de izquierda estadounidenses están intentando crear confusión acerca de uno de los más importantes motivos para no votar a Joe Biden el próximo día 3 de noviembre: a saber, su acercamiento al ala extremista de su partido y a los movimientos radicales que están intentando desmontar –ellos lo llaman “transformar”- el modo de vida americano y el sistema político y “cultural” (moral, diríamos nosotros) de aquel país.

En España, la prensa de izquierda sigue el mismo camino de desconcierto y, así, el principal diario progresista, El País, a fines de agosto titulaba una de sus crónicas del siguiente modo:

Trump trata de amarrar la reelección agitando el miedo al caos y la ¨izquierda radical¨ de Biden

Es indudable que el candidato Trump está intentando eso, pero –a diferencia de otras estratagemas electorales al uso- al hacerlo no está distorsionando la realidad, sino poniéndola en evidencia. No supone un engaño, sino una aclaración que a la izquierda no le interesa que se comprenda.

¿Es verdad o mentira la radicalización del programa y políticas de Joe Biden?

La izquierda mediática estadounidense si que está “agitando el miedo” del acercamiento del Presidente Trump al supremacismo blanco. Pero esto ha comenzado a producirse a mediados de septiembre y, por otro lado, la presencia en las calles de grupos radicales de derecha sólo ha tenido lugar a lo largo de septiembre y su despliegue es infinitamente menor al de signo opuesto.

Por el contrario, la intervención violenta de los grupos de supremacistas negros –como el Black Lives Matter- (y sus acólitos radicales de raza blanca) explotó desde finales del mes de mayo, tras la muerte de un ciudadano negro a manos de la policía local de Minneapolis, George Floyd, el 25 de mayo (como relaté en un artículo).

Durante junio, julio, agosto y buena parte de septiembre estos racistas negros (del Black Lives Matter) y sus aliados antisistema (principalmente blancos) de los grupos Antifa (antifascist, se hacen llamar) han instigado y tomado parte en la quema intencionada (arson) de todo tipo de locales de negocios (grandes y de familias), en multitud de ciudades, y han asaltado y destrozado edificios municipales y federales.

También intentaron quemar vivos a policías en el East Precinct en Seattle a finales de agosto, han ejercido el vandalismo contra infinidad de estatuas de personajes históricos (como Cristóbal Colón e, incluso, George Washington), un izquierdista “Antifascista” ha sido acusado de asesinar a un partidario de Donald Trump el 29 de agosto en Portland, (Oregón), etc.

Como se ha dicho en la prensa estadounidense, esta campaña de violencia urbana ha sido la más destructiva en el país de los pasados 50 años.

Reacción de la prensa progre y de los políticos demócratas ante la campaña de violencia urbana

Como de costumbre, ellos sí que respondieron de manera engañosa. Hablaron –y continúan haciéndolo, sin cesar- de “movilizaciones principalmente pacíficas”, como si no tuviese gravedad el ejercicio repetido de la violencia hasta que no suponga la mitad más uno de los actos de protesta.

Por otro lado, han desvirtuado el carácter de los actores de dicha campaña orquestada, refiriéndose a ellos como honrados “manifestantes preocupados por la justicia racial”, en lugar de como agitadores, organizados, de grupos violentos y antisistema, como los dos mencionados más arriba: Black Lives Matter y Antifas.

Grupos que han aprovechado este pretexto para intentar que se desmantelen las fuerzas policiales (“nosotros nos ocuparemos de la seguridad de nuestros vecinos” … ¡que estén confesados dichos ciudadanos si llegara a suceder eso!) o que se recorten intensamente los fondos para las fuerzas del orden (Defund the police!). Reivindicaciones de naturaleza anarquista, que nunca se habían exigido con semejante descaro.

¿Quién miente sobre esto, Donald Trump o Joe Biden?

El columnista del Wall Street Journal (WSJ), James Freeman, titulaba su artículo el 1 de octubre, de este modo:

¿Por qué Joe Biden no condenó a los Antifas y a Bernie Sanders [en el primer debate con Trump, el 29 de septiembre]?”

Y prosigue que “En el debate presidencial en Cleveland, la noche del martes, quien fuera Vicepresidente [bajo Barack Obama] Joe Biden declaró que la violencia nunca es ¨aceptable¨, pero no condenó a las personas que la vienen practicando a lo largo y ancho de EE.UU. Ante la oportunidad de desautorizar al movimiento Antifa, el único comentario de Biden fue que [dicho grupo] carece de una organización centralizada”, esto es, se fue por las ramas.

Concretamente, Joe Biden dijo que los Antifa “son una idea, no una organización”. Quería decir que suponen una ideología, pero como acertadamente le respondió el Presidente Trump en aquel debate: “Cuando un bate [de béisbol] te golpea en la cabeza, eso no es una idea”.

El periodista Freeman se plantea si “¿Puede Joe Biden verdaderamente no ser consciente de la violencia urbana que los radicales izquierdistas vienen ejerciendo durante meses en las ciudades estadounidenses?

Joe Biden asume buena parte de las políticas del senador radical Bernie Sanders

Tras el gran avance de Biden en las primarias demócratas del Super Tuesday, en marzo de 2020, unas semanas después el senador -que admira el régimen político chavista de Venezuela y los logros de la Cuba castrista-, finalmente anunció su retirada y apoyo a Joe Biden.

Pero dicho respaldo no le salió gratis a Biden, quien aceptó que se formara un equipo conjunto de trabajo (task force) que diseñara una plataforma política conjunta que se tendría muy en cuenta en la Convención Nacional Demócrata de agosto.

Desde el extranjero, podría pensarse que aquello es una costumbre establecida en Estados Unidos, pero no es así. El periodista Freeman, del WSJ, nos recuerda que “Hace cuatro años Hillary Clinton derrotó al senador B. Sanders en unas primarias bastante reñidas, pero ella nunca le solicitó definir entre ambos su programa político” para la campaña presidencial.

De hecho, como indica Freeman, “Durante décadas, los principales dirigentes del Partido Demócrata impidieron que el senador por Vermont Berni Sanders tuviera ninguna participación en delinear la política del partido, porque éste y sus votantes eran partidarios de un programa de izquierdas, no del marxismo”, como sucede con Bernie Sanders.

Finalmente, el 8 de julio, el equipo conjunto de colaboradores de Biden y de Sanders, hizo públicas sus recomendaciones para el programa de campaña.

De parte del senador Sanders, una de las principales congresistas que intervinieron en esa negociación, fue Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), una solemne y muy joven ignorante, cuya única experiencia laboral ha sido de camarera, pero que es admirada por las huestes de izquierdistas que actualmente abundan en el ámbito del Partido Demócrata. Al poco de su elección, la describí como “la podemita ilustrada”.

Propuestas conjuntas Joe Biden – Bernie Sanders

Entre sus muchas propuestas, que comportan una gran expansión del sector público y una multiplicación de derechos sociales, destacan las siguientes:

— Dedicar varios millones de millones de dólares (billones continentales, con 12 ceros) a desplazar totalmente los combustibles fósiles de la generación de electricidad para dentro de quince años (2035) y a hacer que toda la economía sea neutral en emisiones de CO2 para no más tarde de 2050. Biden repite machaconamente –sin fundamento- que esto creará millones de nuevos empleos, pero eso mismo, para Europa, los sindicatos han calculado que hará desaparecer 11 millones de puestos de trabajo y la casi liquidación de todo el sector industrial europeo (salvo el alemán); esto, intensificaría la dependencia europea de proveedores como China comunista.

— Obligar que desde 2030 todas las nuevas viviendas que se construyan sean neutrales en emisiones de CO2, lo que supondrá un considerable incremento de su coste y un gran programa de subvenciones para parte de las familias de menos recursos. Programa que arrancaría ya, parcialmente, en 2021.

— Establecer un sistema de reparaciones económicas en favor de los ciudadanos negros por el periodo de esclavitud que sufrieron históricamente.

— Un salario mínimo federal de 15 dólares la hora, que equivale a unos 2.050 euros por mes.

— Someter todos los proyectos federales de infraestructuras a una muy estricta consideración de las autoridades y tribus de indígenas afectadas (Native Americans, dicen que se llaman), lo que retrasará aún más los plazos de ejecución, que es lo contrario de lo que se necesita.

— Acabar con la llamada brecha salarial de género (a la que se refieren como igualdad de sueldo para las mujeres), que en realidad es una falacia, basada en una interpretación embustera interpretación embustera de las estadísticas salariales, como ya expliqué.

Y más medidas

— Una enorme elevación del nivel de impuestos, sobre las empresas y sobre la gran mayoría de los contribuyentes personales –aunque traten de encubrirlo con la consabida murga sobre los “impuestos sobre los ricos” (que apenas aportan una cifra nacional relevante), para poder financiar la explosión del gasto público que se propone.

— Derogar las leyes de libertad sindical –vigentes en más de la mitad de los estados-, que se conocen como “right to work laws”, que impiden que los trabajadores sean forzados a afiliarse a un sindicato y pagar sus cuotas para poder ocupar un puesto de trabajo.

— Cancelar –a costa del presupuesto federal- las abultadas deudas (asumidas por millones de jóvenes para financiar sus estudios universitarios de licenciatura, no masters) que, en total, ascienden en esos momentos a unos 600.000 millones de dólares. El programa conjunto cubriría, específicamente, las deudas de estudiantes de familias medias y de renta baja, que representarían bastante más de la mitad de aquella cifra.

— Reformas penales, presuntamente relativas a la discriminación racial, recortando las posibilidades de actuación de las fuerzas policiales, si bien no se asumía en dicho documento la exigencia de disolver dichos cuerpos policiales, ni privarlas de sus presupuestos.

— En relación a los inmigrantes ilegales, se propugna la eliminación de una serie de medidas introducidas estos últimos años (conocidas como “veto inmigratorio”), para evitar la entrada en EE.UU. de ciudadanos de países con lazos con el terrorismo (como Irán, Siria …) o bien que son estados fallidos (como Somalia, Libia, Yemen …) que no pueden asegurar la condición de sus nacionales que soliciten viajar a EE.UU., representando un problema de seguridad nacional. Medidas razonables que fueron ratificadas por el Tribunal Supremo en junio de 2018, como expliqué en un artículo.

Joe Biden se niega a descartar que atiborraría (pack) el Tribunal Supremo, en caso de ser elegido

En marzo de 2019 me referí a que “actualmente la izquierda radicalizada de EE.UU. reacciona con una soberbia y sectarismo análogos a los de sus colegas europeos [y que] … apenas acepta perder el poder …”, en las distintas ramas del Estado (al que allí, confusamente, llaman Government).

Concretamente, “Desde que perdieron en [el Senado] el proceso de confirmación de Brett Kavanaugh [como nuevo magistrado, conservador, del Supremo] en el otoño de 2018 –y con ello se formó una mayoría conservadora, 5 a 4-, … los demócratas están pergeñando un [plan] ilegítimo– para dar la vuelta a la tortilla” en el Tribunal Supremo y recuperar de modo artero la mayoría numérica que han perdido por el normal juego de las instituciones.

Su maniobra consiste en atiborrar … el Tribunal Supremo con nuevos magistrados, cuando haya un presidente demócrata, como Joe Biden. Para ello, tratan de valerse del hecho de que la Constitución no determina el número de magistrados de este tribunal. Pero desde 1869 –hace más de 150 años-, el Supremo ha estado formado siempre por 9 magistrados”.

Su artimaña consistiría en aumentar el número total de magistrados del Supremo, de los actuales 9 a, por ejemplo, 13 –cuatro más-. Tampoco puede descartarse un aumento de 6 nuevos magistrados.

El nuevo presidente de izquierda, tal que Joe Biden, efectuaría el nombramiento de –por ejemplo- esos 4 nuevos magistrados, con jueces estrictamente de su cuerda, colocando el equilibrio en 6 a7, a su favor.

En EE.UU. se expresa la anterior jugada como “packing the Supreme Court”.

El Partido Demócrata necesita tanto un presidente propio como mayoría en el Senado

Es bien cierto que, para consumar esta espuria treta el Partido Demócrata precisa no sólo ocupar la Casa Blanca sino, también, disponer de mayoría en el Senado, que es el órgano que debe confirmar las propuestas del presidente para el Alto Tribunal. Hoy en día son los republicanos quienes dominan el Senado, 53 a 47. Pero nadie tiene seguridad de qué podrá salir de las elecciones del 3 de noviembre, cuando se elige –como siempre- la tercera parte de sus componentes.

El otro día, el diario conservador de la capital, The Washington Times (que muestra en abierto casi toda su edición digital), colocaba como titular de uno de sus noticias:

[Joe] Biden [sigue] ocultando sus planes sobre si atiborrará [pack] el Tribunal Supremo”, en caso de resultar elegido.

No es extraño dicho comportamiento de Joe Biden, pero si criticable. Numerosas encuestas que han planteado esta cuestión a los ciudadanos, invariablemente ofrecen un posicionamiento crítico mayoritario. A los progresistas la boca se les llena de la palabra “transparencia”, pero en cuanto en una determinada circunstancia eso les perjudicaría, se olvidan inmediatamente de practicarlo.

FUENTE: https://www.aorillasdelpotomac.com/joe-biden-aliado-a-la-extrema-izquierda/

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