MASONERIA

El Esoterismo templario

Alain Desgris – El Esoterismo Templario – Biblioteca Año Cero – America Ibérica S.A. – Madrid, 2003.

 Libro regalo con el Nº 156 de la revista, se centra en el esoterismo que la Orden atesoraba como saber iniciático. Reproducimos parte del capitulo tercero. El plan expositivo es simple: un abreviado resumen histórico; una panorámica del mosaico espiritual de Oriente Próximo con el cual los templarios entraron en estrecho contacto desde sus comienzos; un repaso general a otras influencias, como la que representa el celtismo y las leyendas del Grial y la Tabla Redonda, o corrientes heréticas como los cátaros; una introducción a algunos aspectos cruciales del esoterismo templario; y un apartado final dedicado a los herederos del Temple.

El Santo Grial

Es natural que, en tiempos de la Orden, el Temple y sus caballeros inspiraran novelas de caballería y trovas, y nos inclinamos a pensar que Cristián de Troyes, que creció oyendo emocionantes relatos sobre la Orden, pudo describir en su relato Erec y Enfrie lo que fueron los caballeros, su abnegación y su coraje, pues en todo momento se transparentan en su relato la Orden y su regla primitiva, aunque algunos no vean en dicho relato más que una simple obra de caballería.


Gustave Cohen parece coincidir con nosotros cuando en su libro Chrétien de Troyes, afirma:
– sobre de Troyes: «que perdone al vencido que demanda gracia, que vaya a rezar a la iglesia, que ayude a doncellas y mujeres en apuros»;


– sobre la regla de la Orden: «en esta religión floreció y resucitó la Orden de caballería, aquello que era su deber y no se cumplía, es decir, defender a pobres, viudas, huérfanos e iglesias».

Además de referirse a esta regla santa que predicaba el abad Bernardo de Claraval, Chrétien de Troyes habla:
– de Yvaín y Lanzarote, que son hospitalariamente acogidos por hombres probos infanzones; el Temple menciona a hombres probos amigos de la casa;


– de caballeros culpables de felonía a quienes se envía bajo palabra a la corte del rey Arturo, donde recuperan su gracia; la regla francesa del Temple dice: «allí donde sepáis que hay caballeros excomulgados reunidos, allí os ordenamos ir; y si hay entre ellos quien desee incorporarse a la Orden de Caballería…».

Algunos historiadores objetan esta tesis y afirman que no podía haber relación entre unos y otros puesto que los caballeros de Cristo predicaban la castidad, la santidad del cuerpo, mientras que el héroe de Cristián de Troyes ponía de manifiesto que la aventura no era incompatible con el amor de «Blancaflor». Pero el propio término de «Blancaflor» debería haberles recordado la regla de la Orden en que se habla de una «religión florecida y resucitada como Orden de caballería», igualmente válida para los caballeros que sólo se unían a la Orden mientras duraba una misión.

Según René Guénon, «los orígenes de la leyenda del Grial deben buscarse en la transmisión de elementos tradicionales de orden imciático que tuvo lugar entre los druidas y el catolicismo».

Guénon basa sus afirmaciones en las huellas dejadas por las comunidades druídicas que se establecieron en el estuario del río Severn (y en especial en la isla de Avalón, donde supuestamente se hallan los restos del rey Arturo), en el lugar donde los benedictinos fundaron luego la abadía de Glastonbury.

A comienzos del siglo XIII, Wolfram von Eschenbach retoma el tema de Parsifal de Chrétien de Troyes. Pero, mientras que el autor francés no calificó nunca a los caballeros, Wolfram da el nombre de «templarios» a los caballeros del castifio de Montsalvatge, que siguen las reglas de castidad, humildad y obediencia. En su narración, leemos: «Es cosa bien conocida por mí -dice el eremita a Parsifal al revelarle el misterio del Grial- que unos valientes caballeros moran en el castillo de Montsalvatge, donde se guarda el Grial. Son templarios, que a menudo parten a caballo en busca de aventuras. Sea cual fuere el resultado de sus combates, la gloria o la humillación, lo aceptan con corazón sereno, como expiación de sus pecados. En ese castillo vive una legión de bravos guerreros. Os diré cuál es su medio de subsistencia:
todo aquello de que se alimentan proviene de una piedra preciosa cuya esencia es todo pureza. Si no la conocéis os diré cómo se llama. Su nombre es Lapsit exillis. Gracias a esta piedra, el fénix renace y surge más hermoso que nunca […]. Esta piedra da al hombre tal vigor que sus huesos y su carne recuperan al punto su juventud. La piedra recibe también el nombre de Grial […]. En cuanto a los que son llamados a acercarse al Grial, os diré cómo se los reconoce. Sobre el borde de la piedra aparece una misteriosa inscripción donde se lee el nombre de aquellos, muchachos o doncellas, a quienes se designa para emprender ese bienaventurado viaje».

Henri Martin relata en su Histoire de France que un héroe «llamado Titurel funda un templo para depositar el santo vaso [el Grial], y quien dirige esta misteriosa construcción es el profeta Merlín, que gracias a José de Arimatea conocióel plano del templo de Salomón. La caballería del Grial se convierte aquí en la Masenia, una francmasonería ascética cuyos miembros se denominan templistas, lo cual es indicio de un intento de relacionar la Orden de los Templarios y las numerosas cofradías de constructores que renovaron la arquitectura de la Edad Media con un centro común, figurado aquí por ese templo ideal».

Ese Titurel de Albrecht, escrito en 1270, es manifiestamente la continuación de la narración del Grial, en la cual el vaso sagrado es transportado a Oriente y puesto bajo la custodia del preste Juan (a quien la leyenda atribuye asimismo la custodia del Arca de la Alianza).

Si a la lectura de la cronología de la Historia se añaden las leyendas, se penetra en un universo que a menudo revela la transmisión de «ciertos hechos» que se mantuvieron intencionadamente ocultos.

Así, en la narración de Guyot el Provenzal sobre la búsqueda del Grial, los caballeros que parten en busca de su rey se inspiraron quizá en los actos del rey Balduino IV el Leproso (el rey pecador lisiado), hombre abnegado y valiente que portaba la corona del Santo Sepulcro y que, antes de morir, encargó al gran maestre de la Orden, Arnaldo de Torroja, que encontrara a un hombre que quisiera recibir la corona de Jerusalén.

Quienes se entregan a conjeturas sobre la probable e incierta relación entre las ideas religiosas cátaras y templarias sugieren que los cátaros pudieron tener la custodia del Grial, ¡una idea que casi todos los historiadores admiten como posible!

Cuando tuve el honor de conocer en Foix al duque Lévis de Mirepoix, que me presentó el novelista e historiador Maud de Gélibert, éste último me mostró diversos blasones (como los de Sabarthez) y fotografías de Capoulet (Montréalp de Sos) donde se distinguían todos los símbolos que acompañaban al Grial, y, no sin cierta malicia, me recordó que Cristián de Troyes había hecho que esta «sublime leyenda» se mantuviera viva a lo largo de los siglos en Champagne, centro templario por excelencia, así como otros habían relatado que el gran maestre de la Orden Guillermo de Sonnac había hecho que sus caballeros custodiaran el viaje de «un vaso» que envió a Enrique III de Inglaterra en 1247.

Julius Evola dice en apoyo de esta tesis: «Está fuera de duda que, entre las distintas órdenes de caballería, la Orden del Temple sobrepasó más que ninguna otra la doble limitación que representaban el ideal guerrero de la caballería laica y el ideal puramente ascético del cristianismo y de sus órdenes monásticas, con lo cual se acercó sensiblemente al prototipo de la caballería espiritual del Grial. Asimismo, su doctrina interior tenía un carácter iniciático. Por eso se cebaron en ella y la exterminaron […] precisamente porque aunaba los dos principios y los sobrepasaba idealmente».

TOMADO DE: El Esoterismo templario – La Búsqueda del Santo Grial (google.com)

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