CUBA

Panteón de José Martí en el cementerio de Santa Ifigenia

                                                                 Por Lic. Cayetano Toledo Cabrera, 33º

En el año de 1946 siendo presidente de la Republica de Cuba el Dr. Ramón Grau San Martín (1944-1948) fue convocado un concurso interamericano que tuvo por nombre “una tumba digna para José Martí”. A esta convocatoria fueron enviados dieciocho proyectos, resultando ganador el presentado por el arquitecto habanero Jaime Benavent  y el escultor holguinero Mario Santi los cuales fueron asesorados por el eminente historiador Emilio Roig de Leuschering.

El Costo total de la obra fue valorado en 100 mil pesos, cantidad que fue aportada por fondos públicos con la aprobación del parlamento de la República el 19 de febrero de 1945. Esta asignación aparecería oficialmente como Ley No. 19 rubricada por el entonces presidente de la República, Dr. Ramón Grau San Martín y su primer ministro, Dr. Carlos Prío Socarrás.

En 1947 comenzaron los trabajos de la construcción del mausoleo.

En la descripción general se destaca que la avenida que conduce al mausoleo está bordeada por monolíticos de piedra donde aparecen inscritos algunos pensamientos martianos así como lugares por donde transitó Martí. En total fueron colocados veintiocho monolitos que representan los veintiocho campamentos donde estuvo Martí a lo largo de la guerra.

Su estructura descansa en un basamento circular, sobre ese basamento se alza un cuerpo hexagonal apoyado en arcadas sobre pilares que alcanza una altura que permite conformar seis grandes cruces latinas, unidas entre sí en aristas transformadas en imponentes cariátides representativas de las seis provincias cubanas de aquellos años.

Según los autores del mausoleo, “todo el conjunto está lleno de simbolismo y constituye un ejemplo significativo de la influencia estilística del monumental moderno en la arquitectura local así como de la integración de la arquitectura y la escultura”.

En su estructura interior sobresale el lucernario del techo que está diseñado para que el sol penetre uno de sus rayos y que ilumine directamente la tumba.

Bordeando todo el perímetro interior fueron colocados los escudos nacionales de las repúblicas de América de aquel entonces, resaltando el Escudo Nacional de Cuba al centro.

Se destaca en su interior una escultura de José Martí hecha con mármol blanco de Carrara, Italia. Se representa al Apóstol sentado y escribiendo sobre su rodilla.

El sistema pluvial permite que cuando llueve el agua de lluvia penetre en la cripta en dos corrientes que representan los dos ríos donde cayó el Apóstol.

La tumba de Martí que se encuentra en el centro del mausoleo la constituye una urna de bronce donde fueron depositados los restos óseos del Apóstol los cuales  descansan sobre un puñado de tierra traída de cada una de las repúblicas de América.

La urna se encuentra permanentemente cubierta por la Bandera Cubana.

Todo el conjunto monumental está enchapado de piedra jaimanitas y de mármol de Isla de Pinos.

La altura del monumento es de 26 metros y 86 de largo incluidas las áreas exteriores y la cámara interior, siendo la mayor obra funeraria del país.

El 30 de junio de 1951 fue inaugurado el mausoleo en el Cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba. En este cementerio fueron sepultados los restos de José Martí desde el 27 de mayo de 1895. Varios fueron los lugares del cementerio donde estuvo sepultados sus restos lo cual nos obliga a que posteriormente realizaremos  un recuento de este particular.

La inauguración del monumento estuvo a cargo del Presidente de la República de Cuba, el Dr. Carlos Prío Socarrás.

Por su importancia he creído necesario transcribir íntegramente el discurso.

Discurso del Dr. Carlos Prío Socarrás presidente de la República de Cuba (1948-1952) en la inauguración del mausoleo que guarda los restos de José Julián Martí y Pérez en el cementerio de Santa Ifigenia en la ciudad de Santiago de Cuba el 30 de junio de 1951.

Cubanos:

A poco más de medio siglo después de su caída, nos congrega aquí el deber de dar definitiva sepultura a la huesa del más grande de todos nuestros grandes.

Esta podría ser, pues, una hora de llantos o de crespones si no reconociéramos que más que dolor, es la gloria de una patria moverse en procesión para acercarse al sepulcro de aquel que la condujo desde las tinieblas de la esclavitud a la luz de la verdad, y proclamar ahí, al pie del reposo total, con hechos más que con palabras, que es caro a su corazón el descanso de quien se desgarró para crearla. Cuba toda está en este momento ofreciendo el homenaje de su entraña a José Martí; el estampido de los cañones que proclaman el reverente respeto de su pueblo tiene a esta hora eco de veneración en el labriego de los campos más remotos, en el taller donde trabaja el obrero, en la biblioteca donde medita el sabio, en el hospital donde el médico cura. El pulso de Cuba se detiene para que los siglos oigan el silencio con que honramos al Apóstol.

Cuando este gigante de la idea y del amor cayó, América no acertó a llorarlo, tan fulminante e inesperada fue la noticia de su muerte que no atinaron a abrirse las fuentes de las lágrimas. Nadie quería admitir que esa cabeza suya, albergue de luz, podía ser astillada por el plomo como si fuera la de un mortal común. La flor que perfumaba el jardín americano había sido tronchada y Cuba se quedó sin el sol que debía alumbrar su crecimiento. La lengua de epopeya, que hacía encarnar a los dioses de los héroes e iluminaba con fulgor de relámpagos, y la mano febril que de un trazo describía un continente o un ejército, habían sido clavados por la muerte en el silencio y en la inmovilidad. Muchos han hablado después y muchos han escrito más tarde. Pero aquel volcán de amor con que él alimentaba su verbo y su escritura, esa pasión de libertad, de dignidad y de bondad, esa fiera ternura con que él levantaba su palabra; esas no han vuelto a darse. Ahí están, con él, en la sagrada osamenta que hemos visto pasar hoy, por vez última, bajo el cielo de Cuba.

Desde que brilló para él la alborada de la vida, comenzó José Martí a pagar el alto precio de ser hombre. “¡Soy yo!”, dijo a los dieciséis años, adelantándose a su amigo, cuando un juez español preguntaba quién entre ellos era autor de algún escrito considerado revolucionario. Padeció cadenas, trabajos forzados y destierros por tales palabras; pero ni las cadenas ni los trabajos forzados ni el destierro amilanaron su corazón, que trinaba como jilguero ante lo bello y tenía la sencilla solidez que mora en las raíces de la piedra. Desde entonces mostró ese don extrahumano de encender con belleza el dolor. “Piensa que nacen entre espinas flores”, decía en la cárcel a la madre. Un cuarto de siglo después le escribiría lo que jamás un hijo puede decir con tan natural pasión de hijo de mujer y de padre de una patria: “Usted se duele en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio? No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca”. Dos meses más tarde, la estrella que daba esa luz caía en Dos Ríos. ¡Fría como un campo de nieve y ciega como una noche en las cuevas de la tierra, debió quedar el alma de esa madre a quien Martí decía, desde el umbral de la muerte: “No son inútiles la verdad y la ternura. ¡No padezca!

El había padecido ya por ella y por todos nosotros. Ella lo llevó en su entraña, pero él llevó en su entraña a Cuba. Ella sufrió por un hombre que henchía sus venas con su sangre; pero él sufrió por un pueblo que se alimentaba de su espíritu. Ella tuvo el consuelo de verlo crecer y de oír contar que podía dialogar con los dioses de la historia y que multitudes entras se atropellaban para calentarse a la lumbre de sus palabras; él no pudo ver a Cuba, barco de la libertad anclado en medio de los mares, creciendo en sí misma, a la sombra de la dignidad que él predicaba. Ella supo que su hijo había muerto, él ignoró que su patria viviría. El vino aquí a caer para que de su cadáver se levantara una República; ahora, ante su tumba, se inclina reverente una República.

El sepulcro que hemos alzado no es el que debía amparar sus restos. La colosal alma de José Martí no cabe en un mausoleo. Un continente entero debió cavarse para darle albergue y una cordillera de mármoles debió ser su lápida. Pues este muerto a quien rendimos tributo que fue el más grande de todos los cubanos, es a la vez el más grande de todos los americanos. No hubo tierra en el hemisferio que no amase y defendiese como suya; fue él quien al hablar de América dijo: “nuestra América”. El mojó su pluma en el dolor y la esperanza de estos pueblos. El que jamás vivió en la Argentina, describía a la Argentina como si nunca hubiera salido de allí, él que no estuvo en Uruguay, representó con su transparente lealtad la hermosa República Oriental como hubiera representado a Cuba, él fue quien dijo de Venezuela “Deme Venezuela en que servirle que en mí tiene a un hijo”. Y lo fue de tal manera que su voz de centella iluminó con inolvidables resplandores la epopeya que sacó a Venezuela de sus llanos y la echo, desbordada entre clarines y banderas de libertad, más allá del ciclópeo muro de los Andes, fue su hijo como lo fue el hijo de Santo Domingo, de donde vino a morir, trayéndonos en las lívidas angustias de sus últimos días el sable con que Máximo Gómez abrió las puerta de la historia para que entrara en ella la República. El antevió con su profunda mirada de profeta, el papel de México en América, y de la tierra de Juárez dijo “yo habré muerto, ¡Oh México!, por defenderte y amarte, pero si tus manos flaqueasen, y no fueras digno de tu deber continental, yo lloraría debajo de la tierra, con lágrimas que serían luego vetas de hierro para lanzas, como un hijo clavado a su ataúd que ve que un gusano le come a la madre las entrañas”. En su amor por Guatemala él hervía como volcanes de la hermosa tierra de los lagos. El salió vibrante a la defensa de Haití cuando hizo falta; sobre Honduras inclinó su vasta frente de bienamado de los siglos. Por Nicaragua quebró lanzas, exaltó a Colombia, escribió sobre el Perú, honró al Brasil y deslumbró sus ojos dolientes con el tierno paisaje de Costa Rica. Ese que ahora ya molido por el diente poderos de la que no perdona nos ha congregado hoy aquí, fue el más tenaz divulgador en nuestra lengua de cuanto heroico y hermoso tienen los norteamericanos. No hubo hombre de historia en nuestro Continente, ni hecho destacado que van desde los Grandes Lagos hasta el Cabo de Hornos que no recibiera el tributo de Martí. Por eso digo que es el más grande de todos los americanos, no por excesiva admiración de cubano. Pues aquí estáis vosotros, representantes de las patrias del Mundo Nuevo, y podéis afirmar cada uno que cantó y sirvió a todos, y eso no puede decirse enteramente de ningún otro padre de patria americana.

No, Señores, que la enorme carga de amor con que él fue dotado por los dioses de los hombres no podía reducirse a los límites de un país. Martí necesitaba todo el continente para amarlo. No cabía entre fronteras, como no cabe un océano en el lecho de un río. Tanto amó a los pueblos, que todavía le sobra pluma para escribir de Inglaterra, de Rusia, de Alemania, de Italia, de Francia, Y de España, la España contra quien convocaba a guerra a los cubanos, cantaba él, que había nacido sin semilla de odio, “Para Argón en España, tengo yo en mi corazón un lugar todo Aragón, franco, fiero, fiel, sin saña”.

Ahora ya no canta, no predica no pone a caminar las centurias en palabras, De esa voz de mundo solo nos queda el eco, de esa llamarada, la luz que viaja todavía; de su atormentada entraña continental, la lección de pasión que nos diera su vida; de su apostolado, el hombre de dignidad que lo quemaba, la perenne y ardiente sed de la libertad, el ansia infatigable de que los hombres aprendiéramos a ser hombres enteros.

Pero aunque él no cante ni predique ni oiga, como no cantan ni predican ni oyen las cordilleras, aquí estamos, ante él. ¡Que hasta el inconmovible silencio en que te hallas llegue mi voz, padre y Apóstol, que aquí vengo a nombre de Cuba, por los cubanos elegido para gobernarlos, a rendirte cuenta de lo que hemos hecho desde que tú nos faltas!

Hicimos la patria libre, como tú mandaste. Ardió tu isla de Oriente a Occidente, y de Oriente a Occidente amasaron los caballos invasores al mando del General Maceo, la sagrada tierra en que naciste. Fue libre Cuba, y cumpliendo las tablas de la ley que tú nos diste, la dedicamos “a todos y para el bien de todos”. ¡Trata de oírme, padre y Apóstol, porque quiero que hasta el polvo de tus huesos sepa que no estás descansando “sin patria pero sin amo” como algún día dijiste que querías descansar!

¡Ahora tienes patria y no tienes amo, ahora el amo eres tú, amo de nuestra gratitud, amo de nuestra piedad filial!

Tú no querías que Cuba fuera gobernada como los campamentos, a voces de mando y toques de corneta, y no lo es. El soldado que se cobija bajo la luz de la estrella solitaria no alza desdeñoso el hombro cuando pasa junto al obrero ni junto al estudiante ni junto al campesino, sus armas no son para oprimir. Con esas armas vela él junto al altar de las libertades públicas. Si en una negra hora de ofuscación algún cubano pensó que podía desoír tu mandato, y quiso convertir tú tierra en finca de gamonales aterrada al sonar de las espuelas y de los sables, de las aulas salió a morir la muchachada que llevaba en la sangre tú decálogo de patriotismo, y aquel ciego tuvo que irse, y con él los menguados que se tapiaron los oídos para que tú voz no les ablandara la maldad. Desde el torrente de tú generosidad, perdónalos, que más daño se hicieron que el que hicieron ¡Padre y Apóstol!, óyeme: que de la vacía cuenca de tus ojos corran lágrimas de dicha, pues en esta isla tuya, en esta patria que tú has alimentado antes de que naciera, ningún cubano sufre persecución ni presidio ni tortura porque piense, porque hable: por respeto a ti padre y apóstol, hasta el insulto y la calumnia crecen libremente bajo las alas de tú bandera.

Tú dijiste que solo la cultura nos haría libres y estamos diseminando escuelas en las ciudades y los campos. Día llegará, acaso antes de que transcurran otros cincuenta años, en que cada mano cubana, cuando deje la herramienta del trabajo, el mango del arado, la paleta del albañil, tomará un libro, para que desde el fondo de las páginas oiga el rugir de los tiempos ascendiendo pura y vigorosamente en esa profunda conmoción que tú desatabas con tú pluma. Los niños recitarán “Los Zapaticos de Rosa”, bajo la palmera pondrán los sinsontes música a tus versos sencillos y el resplandor de tu imagen cubrirá a tu isla, del océano, del mar y del arroyo a la montaña. ¡Trata de oírme padre y Apóstol,  para que te conmuevas en la noticia de que Cuba gasta en escuelas, para aquellos que tú llamaste “la esperanza del mundo”, mucho más de lo que en mantener escuadras y cañones gastaba el poder colonial que combatiste! ¡Trata de oírme, padre y Apóstol, para que sepas que aquí mismo, en esta ciudad que plegó sus piedras, espantada, para dar albergue a tu cadáver, jóvenes blancos y negros, cubanas negras y blancas tienen universidad! Mucho nos falta por hacer todavía, mucho hay que trabajar antes de que cada hogar cubano cuide una biblioteca y antes de que este solar de trabajo que es tu patria florezcan los poetas, los filósofos, los músicos y los sabios en la cantidad que tú pedías. Pero fija la voluntad en tu reclamo, allá llegarán los cubanos porque la libertad siempre conduce a la sabiduría y a la belleza.

Tú dijiste, hablando de los obreros, que era “de morderse los labios de cólera, de no andar por toda la tierra paseando infatigablemente el estandarte de su redención”.

Obreros a centenares de millares hay ahora en Cuba; se alzan humeantes las chimeneas en los más apartados confines del país. Se trabaja en la caña, pero se trabaja también levantando casas, tripulando barcos, manejando trenes, hilando algodón, imprimiendo libros y periódicos, produciendo medicinas, construyendo puentes y caminos, se trabaja en el comercio, en las industrias, en los bancos, en los bufetes. ¡Haz por oírme, padre y Apóstol, y acaso tengas un minuto de la alegría que tanto buscaste en la vida! Los obreros de tu patria tienen jornales altos, se asocian libremente, visten con limpieza, envían a sus hijos a las escuelas, reclaman sin miedo, negocian con sus patronos, y en los locales donde se reúnen honran tu memoria haciéndolos presidir con tu retrato. No hay ocupación para todos, ni tienen todavía cuanto deben tener, porque tú nos enseñaste que al pie del hombre, por haber nacido tal, había que poner la creación entera para que cada uno se sintiera rey. ¡Pero los trabajadores de tu patria están marchando desde hace años, hacia la conquista de la libertad y de la dignidad, firmes y resueltos como un ejército el más hermoso ejército que pueda presentar una nación!

Tú dijiste que “el cubano no puede vivir como la hiena en la jaula, dándole vuelta al odio”. Quisiera poder invocarte en carne viva, llamarte y que ante esta multitud acongojada te pusieras en pie; sí, en pie, aunque te perdieras en los cielos, aunque tu cabeza ardiera al sol, allá arriba, porque yo bien sé que ya no cabes en el mundo de los hombres. ¡Pero quería poder hacerlo, padre y Apóstol para que tu pueblo te oyera repetir ese mandato; para que Cuba sepa que no es de cubano, estar como hienas, dándole vueltas al odio en su jaula! ¡Aquí apacentando cóleras, tratando que el árbol de la convivencia cordial de todos nos dé sombras, sordo al ataque más fiero, tapiado el oído a la calumnia, yo quiero ser digno de ti, por lo menos en el amor a los hombres; y con el corazón cargado de humildad te pide que me ayudes a cegar entre los cubanos la árida fuente de donde puede manar odio! Tú pediste que pusiéramos “alrededor de la estrella, en la bandera nueva” una “fórmula del amor triunfante”; tú afirmaste que entre los cubanos “es bueno el que ama, y él solo es bueno; y el que no ama no lo es”. Tú mandaste que entre nosotros hubiera siempre paz; y he aquí, padre que hay cubanos que se matan entre sí, sin que ellos mismos sepan por qué, y otros cubanos quieren hacer bandera del odio entre hermanos, y otros enardecidos por doctrinas fanáticas, atizan con espantosa habilidad la hoguera de la guerra entre mundos. Yo he padecido por la sangre de cada hijo de esta tierra derramada sin móvil de altura y he querido que las manos enemigas se truequen en manos fraternas; a los que predican persecución les he dado el ejemplo de la tolerancia, porque sería injuria a tu memoria traer a tu suelo el imperio de las disensiones familiares, los fanáticos de una tiranía universal han sido hundidos, sin uso de hierros ni actuación altanera, en el oscuro socavón de sus propios errores. No te alarmen en exceso, sin embargo mis palabras. Pues no hay reino de la maldad en Cuba ni tu pueblo está regido por la violencia desatada. Lo que temo es que pueda estarlo un día, porque tu supiste descifrar el secreto de los tiempos cuando advertiste que “fustas recogerás quien siembra fustas” y que “el que desata vientos cosecha tempestades”, y por ese día de cosecha de tempestades y de fustas, me ves desde ahora preocupado. ¡Levántate y diles a los pocos cubanos que cuidan en el jardín de tu isla la venenosa flor del odio, que la arranquen de raíz y arrojen la planta a los abismos del olvido!

No es la violencia lo que gobierna a tu patria, es el Derecho. Gózate saber que una Ley de Leyes tan justa como puede serlo la obra de la criatura humana, garantiza al cubano “el ejercicio de la dignidad plena del hombre”, como tú reclamabas; que es el pueblo quien se da sus pragmáticas y que hay tribunales para hacerla valer, que el atropello de uno es, entre nosotros el atropello al derecho de todos, que Cuba vive asomada sobre los muros de sus mares, atisbando hacia donde algo hermoso y limpio se de para aplaudirlo y hacia donde la maldad tenga su asiento, para dolerse de ello, que aquí de montaña a valle y de costa a llanura, hombres de todas las lenguas y de todas las razas son recibidos como hermanos, si ejercen la bondad, y nadie les pregunta de que tierra llegan ni que ánimos traen, sino cuanto han sufrido y cómo pueden calmarse sus angustias. Tú peregrino del mundo, debes alegrarte de saber que Cuba es un oasis para todos los peregrinos. El cubano sigue siendo digno de ti en esa pasión por ser útil y en ese señorío natural con que ve el mundo como a su casa propia.

A menudo el cubano se queja de que Cuba no sea esa patria que él desearía, como desearía el hijo que la madre resumiera toda belleza posible, toda posible perfección, y tuviera el disfrute, para eterno, de la dichosa juventud. Si es que tu oído se abre un día a la voz de los hombres, no te dejes engañar, oh padre y Apóstol, por esas lamentaciones en que a veces estallan las cóleras de buena ley. Pues no es cierto que Cuba sea un descampado librado a las pasiones peores ni a la holgazanería ni a la ignorancia. No somos todavía el pueblo extraordinario que se necesita para honrar tu memoria. Pero yo he penetrado a lo más profundo de tu intimidad, yo he descubierto, rastreando tu luminosa vida, que si predicabas el constante ejercicio de lo bello, de lo digno, de lo bueno, y callabas todo lo que podía quitar brillo a la hermosura de la obra ibas levantando, y decías que “¿Quién sea digno de mirar al sol verá antes sus manchas que su luz?”, lo hacías porque tenías que crear héroes para que labraran la epopeya, no porque ignoraras que un pueblo no se funda en una hora, y que “en pueblos, como en ríos es fuerza para juzgar del beneficio de las aguas, esperar a que se sequen al sol del tiempo, los residuos limosos que la corriente deja en su camino”. Medio siglo va pasando, oh, padre y Apóstol, desde que la voz con que la llamaste surgió desde el dolor de la colonia la República cubana. Para ti, que apacentabas centurias con tus manos, medio siglo es un soplo de tiempo. ¡Pero en ese medio siglo tu isla no es la que dejaste a oscuras cuando caíste en Dos Ríos! Sin duda los cubanos hemos acumulado errores, pero acumulamos también heroísmos que fueron pasmo de América; acumulamos buena voluntad y luchas, amor al progreso y a la libertad. ¡Haz por oírme, porque vas tener un instante de dicha en el fondo del silencio sin fronteras donde moras! Haz por oírme, que voy a decirte aquí, ante tu pueblo que te venera, ante los representantes de las naciones hermanas y amigas, bajo el sol que alumbró tu nacimiento, que puedo descansar en paz porque con la autoridad que me confirieron los hombre y las mujeres de tu tierra y la que me dió haber crecido peleando por defender los derechos de todos, afirmo, con la fuerza de quien sacude una verdad, oh, padre y Apóstol, que ningún gobernante cubano ha sido totalmente malvado ni totalmente traidor a tu memoria, porque aquel a quien su ignorancia le ensoberbeció, o al que su exceso de malicia lo hizo débil, o al que por su pasión de servir lo llevó a cometer errores, ¡todos, padre y Apóstol, sin faltar uno en la cita con la historia, quisieron rendirte un día el tributo de un trabajo, siquiera en bien de Cuba! Todos tuvieron –y a ti pido que hagas de manera qué no lo tengan los que han de seguir gobernando tu Isla—su hora de alucinación o de flaqueza. Pero ocurrió, padre y Apóstol, que cuando tal hora llegó, este pueblo acudió presuroso al arca donde venera tus enseñanzas; y él enmendó el error del gobernante, ¡él superó el momento aciago, él trepó sobre la torpeza y allí tremoló tu nombre para que se disiparan las tinieblas!

Aquí, en medio suyo, a su cuidado, a su fe a su esperanza te entregamos, padre y Apóstol. Estas descansando en un anfiteatro de montañas, en el lugar de tu tierra donde se dieron cita los héroes para ir batiendo banderas, de valle en valle, hasta el confín lejano de la Isla. Aquí te dejamos, como si te hubiéramos sepultado en el propio corazón de Cuba. ¡Vive en él, padre y Apóstol, que aún yaciendo inerte, en Cuba no morirá nunca tu recuerdo!

Tomado de la Revista “Vitral” de Pinar del Río, abril-junio de 2019.

                                                FIN

                                                                        La Habana, 19 de enero de 2021

Fuentes

http://www.ecured. Cu

www.elchago.com

Revista Vitral de Pinar del Río. 2019

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