MASONERIA

Las Claves Históricas del Símbolo Perdido

Las escuelas iniciáticas del mundo antiguo, así como las grandes religiones del mundo, hacen referencia a un hombre total del cual cada individuo es apenas una astilla, un fragmento, una chispa.

En la antigua ciencia talmúdica, la figura del Adan Kadmon hace referencia al hombre cósmico, constituido por el alma de todos los hombres. Jesús habla de la salvación del hombre –como género, no como individuo- y Buda se niega a abandonar el mundo hasta ver pasar hacia el Nirvana la espalda del último hombre. ¿Qué nos dice este mensaje? Resulta claro que los grandes sabios de la historia de la humanidad han tenido como concepto que el hombre se salvará en su totalidad o no se salvará.

La iniciación masónica puede concebirse como un rito de pasaje mediante el cual el hombre se reconcilia con su condición sagrada. Pasa a formar parte de una humanidad despierta, capaz de mirar el mundo desde otro lugar. La masonería se ha destacado en todos los tiempos por una característica propia que la diferencia de cualquier otra institución. El masón es un hombre entrenado en la difícil capacidad de tratar de percibir el rumbo de la historia y adelantarse a ella para construir las ideas arquetípicas de cada nueva etapa. En otras palabras: entrenado en el uso de los símbolos el masón encuentra en el presente aquellos significados que hacen prever la dirección de la humanidad.

Cuando hablamos de masonería hablamos de Misterios. Esa es la única definición posible más allá de todos los libros y todas las teorías, pues la esencia del método masónico parte de una ceremonia iniciática, heredada de las más remotas Escuelas de Misterios de la antigüedad.

Hay en esta ceremonia un misterio ancestral e inescrutable, un complejo laberinto de símbolos en cuyo centro una desconocida criatura, émulo del minotauro, espera la llegada del intrépido viajero. Su secreto es como una mole de piedra sin tiempo, de la que no es fácil imaginar la inmensa base sumergida en las honduras de la tierra. Bordada por el liquen de los siglos, azotada por los vientos de la historia, escalada una y otra vez por hombres valientes e incansables cazadores de grutas ocultas, la iniciación es tan antigua como el género humano. Sin embargo, permanece indemne al paso del tiempo como el monolito que soñó en la Luna la mente de Arthur C. Clarke en su novela 2001, Una Odisea en el Espacio.

En los últimos años, Occidente parece haber redescubierto el vínculo de la francmasonería con los antiguos misterios, mientras un creciente número de personas se anima a la exploración de lo iniciático sin una idea adecuada de su significado.

La historia de la francmasonería es, en todo caso, sólo su marco visible, la consecuencia colectiva de miles y millones de procesos individuales que llevaron a infinidad de individuos, provenientes de las más variadas culturas y nacionalidades, a convertirse en masones, es decir, iniciados. La suma de la acción de los masones sobre la sociedad a la que pertenecen conforma la verdadera y real influencia que la francmasonería ha proyectado sobre el devenir de los hechos históricos. Es por ello muy cierta la cita frecuente que señala que “la francmasonería actúa en la sociedad a través de sus hombres”.

Sin embargo, el hecho de que un masón o un conjunto de masones haya dejado su huella en la historia, confirma la existencia de una aventura espiritual en la que cada uno de esos individuos debió -durante años de trabajo, interpretación y esfuerzo- cumplir con la antigua premisa común a los iniciados de todas las épocas; una premisa que ya se anunciaba en el pórtico del templo de Delfos hace más de dos mil años: Conócete a ti mismo. El proceso iniciático es –por lo tanto- la base del método masónico. Un método que permanece desconocido para aquel que no lo ha vivido y alimentado.

En una época en la que numerosas personas se alejan de las grandes religiones y el concepto de lo sagrado se encuentra seriamente devaluado, el esfuerzo espiritual ha sido reemplazado por una suerte de turismo del alma mediante el cual muchos creen que la sola lectura de un buen libro esotérico puede llevarlos a la súbita iniciación. Pero del mismo modo que nadie puede autoiniciarse, la experiencia masónica ha requerido siempre de la interacción con el otro, del vínculo permanente entre aprendices, compañeros y maestros y de un marco de trabajo que se desarrolla en la Logia a la que también se denomina taller, dada su característica de lugar de trabajo.

La Logia masónica es el ámbito de una instrucción sistemática y progresiva mediante la comprensión y el diálogo con los símbolos. “…Obra, logia y herramienta –nos dice Jean Mougués- el francmasón es capaz de cumplir con su tarea cuando, seguro de sí mismo, en plena posesión de sus medios, ante los ojos y con el consejo de los miembros de la Logia, toma un puesto en el orden del trabajo…”

A diferencia de otros sistemas de perfeccionamiento interior que propenden al aislamiento y la experiencia mística, la francmasonería impone al iniciado la responsabilidad social, procurándole un escenario adecuado para el desarrollo de sus capacidades y el trabajo sobre sí mismo. Ese escenario es la Logia.

Viene a mi memoria la imagen alegórica que utilizaba un maestro yogui al que me unió un gran afecto. Explicaba que un grupo de trabajo espiritual se podía comparar con una bolsa en la que se habían introducido numerosas piedritas de forma irregular, con protuberancias, imperfecciones y bordes filosos. En la medida que la bolsa se sacudía en cada reunión, las piedritas chocaban entre sí hasta que, con el correr del tiempo, cada una de ellas adquiría la forma esférica del canto rodado, volviéndose incapaces de lastimarse las unas a las otras.

De esta forma el maestro explicaba que el hombre que afrontaba voluntariamente el camino espiritual podía lograr concientemente lo que la naturaleza realiza en los arroyos durante siglos, en donde las piedras terminan convirtiéndose en circulares y lisas al fin de las largas edades.

En la metáfora masónica, un recipiendario es como una piedra bruta arrancada de la cantera que, simbólicamente, representa al mundo profano. El recién iniciado recibe entonces un conjunto de herramientas con las cuales, bajo la supervisión de sus maestros, debe convertir la piedra bruta en cúbica a fin de poder integrarse armónicamente al Templo que los masones erigen a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.

Es por ello que el simbolismo de la piedra se encuentra presente, de distintas formas, a lo largo de toda la experiencia masónica, en sus más variados grados y Ritos. Pues la historia de la francmasonería –y todos los mitos tejidos en torno a ella- parte del más sencillo elemento que pueda hallarse en la naturaleza: una piedra informe y en bruto, llamada a participar de la más bella catedral, símbolo de una sociedad más humana y luminosa.

En términos históricos, la experiencia iniciática que propone la masonería recoge la esencia del humanismo ¿Qué fue el humanismo sino un fenómeno surgido de la liberación de los dogmas y un replanteo del rol del hombre en el concierto de la Creación Divina? El humanismo está surcado, de punta a punta, por la experiencia iniciática, mientras que, entre sus referentes, se encuentran los más grandes espiritualistas del Renacimiento. Marcillo Ficino (De Divino Furore), Pico della Mirándola (Conclusiones sive Theses DVVVV), Dante, Agrippa etc. Todos ellos otorgan un rol fundamental al análisis del fenómeno humano, pero lo hacen desde el rescate de las escuelas de misterios, desde el Corpus Herméticum y la Gnosis, desde la búsqueda de la Piedra Filosofal y el estudio del Árbol de la Vida de los cabalistas.

La iniciación es la profunda meditación del fenómeno humano, el resultado del impulso natural del espíritu en la búsqueda de la luz interior, pero a su vez, la construcción una sociedad justa, la dignificación de la vida humana en todo su trayecto y todas sus expresiones.Publicado 25th March 2010 por eduardocallaey.blogspot.com

TOMADO DE: http://claves-simboloperdido.blogspot.com/2010/03/una-aproximacion-la.html

Categorías:MASONERIA

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