EDUCACION E HISTORIA

Animales simbólicos

Los símbolos suelen ser más hermosos que la realidad, quizá porque algunos de ellos están tamizados por el arte
Animales simbólicos

IRENE SÁNCHEZ CARRÓN MARTÍN OLMO

EN estos días de pandemia y confinamiento estamos corroborando que la capacidad del género humano para crear símbolos es fabulosa. Según algunos lingüistas, semiólogos, antropólogos, filósofos y neurólogos, esa capacidad es la que nos hizo distinguirnos del resto de homínidos y la que finalmente nos define como especie por encima de cualquier otra destreza o consideración. Siempre me ha fascinado esa idea y son muchas las ocasiones en las que la veo latente en el fondo de los comportamientos humanos, especialmente cuando estos involucran a la colectividad, como sucede en la emergencia sanitaria actual.

Creo que todo procede de una de las mejores ideas que se han tenido en el siglo XX, la del lingüista Noam Chomsky, hoy muy criticado por meterse quizá en terrenos ajenos a su formación, el cual propone la hipótesis de que todos los humanos poseen un circuito neuronal innato dedicado exclusivamente a la adquisición del lenguaje, una especie de gramática universal que debe activarse socialmente y en el momento apropiado, pues si se hace después o no se hace suficientemente bien, el hablante siempre tendrá algún déficit, como le ocurrió al niño salvaje Victor de L’Aveyron.

A partir de Chomsky han surgido otras teorías que matizan esta idea. Una de ellas es la de Jean Piaget, quien sostiene que lo específicamente humano no es el lenguaje, como defiende Chomsky, sino una capacidad cognitiva de representación de la realidad, es decir, un sistema simbólico que vamos construyendo desde niños, especialmente entre los dos y los cuatro años de vida. El lenguaje sería simplemente un sistema simbólico más de la especie humana; eso sí, el más complejo y elaborado. El juego infantil, por ejemplo, se basa en nuestra capacidad para manejar símbolos. Para comprobarlo basta con recordar nuestros juegos o contemplar jugar a un niño. No es preciso poseer objetos ni moverse de la habitación para inventarse un mundo ficticio en el que vivir las aventuras más trepidantes.

El lenguaje, el arte, la religión, la identificación nacional, la ficción, la moneda y la escritura se basan en esta facultad fabulosa de los humanos. Incluso la construcción de nuestros sistemas legales surge de la capacidad para crear ‘reglas de juego’ comunes y acordar que sean respetadas por todos.

Yuval Noah Harari desarrolla en su libro ‘Sapiens’ esta idea. El historiador israelí relaciona la capacidad simbólica con la ‘revolución cognitiva’ que permitió a los seres humanos dar un salto cualitativo en su evolución intelectual. De hecho, en este libro se afirma que los sapiens han vivido siempre en una realidad dual, por un lado la realidad objetiva de los ríos, los árboles y los leones, y por otro la dimensión imaginada de los dioses, las naciones y las corporaciones.

En el siglo XXI los sapiens, que antaño llenaron las paredes de sus cuevas de dibujos, seguimos llenando de símbolos todo los que nos rodea, y en los momentos de crisis nos agarramos con más fuerza a ellos. Cantar ‘Resistiré’, salir a los balcones a aplaudir o pintar un arco iris bajo el lema «Todo va a salir bien» son buenos ejemplos de la fe que depositamos en unos símbolos que, de pronto, nos representan, nos hacen sentirnos unidos o nos ayudan a combatir el miedo.

A veces los símbolos se crean de forma interesada. La crisis del coronavirus está colonizando nuestro idioma con un corpus léxico propio que sirve para explicar lo incomprensible, adornar lo que nos aterra o justificar los errores. Por eso hablamos de que esto lo paramos unidos, del momento de desescalar, de la hibernación, de los nuevos pactos de la Moncloa, de las arcas de Noé, de los permisos retribuidos recuperables o de aplanar la curva. Creamos lenguaje o dotamos al que ya poseemos de significados nuevos, con el objetivo de hacer más llevadera una realidad que nos supera y que desgraciadamente presenta un rostro menos amable que los símbolos que usamos para representarla. Algunos de estos símbolos nos ayudan a vivir; en otros puede que percibamos intereses ocultos. Para bien o para mal, los símbolos nos acompañan, nos hacen humanos, nos ayudan a entender lo que pasa sin necesidad de enfrentarse a los sucesos directamente. La representación simbólica proporciona un filtro que nos ayuda a digerir la realidad, porque nos introduce en una caverna alternativa donde todo es un poco más amable. Los símbolos suelen ser más hermosos que la realidad, quizá porque algunos de ellos están tamizados por el arte. Lástima, como decía Argensola, que a veces no sea verdad tanta belleza.

Hay quienes sugieren que en las situaciones difíciles los símbolos no sirven. Sin embargo, existen numerosos testimonios que desmienten esta apreciación. Uno de los más contundentes y sobrecogedores es el del psiquiatra judío Frankl Viktor. En su célebre obra ‘El hombre en busca de sentido’, en la que narra sus vivencias en un campo de concentración, deja constancia de cómo los prisioneros, al terminar el día, exhaustos, gastaban sus últimas fuerzas en congregarse a contar historias, a recitar poemas, a cantar e incluso a recordar o crear chistes. Él mismo se sorprende, al rememorar aquellos años, de cómo restaban horas al descanso con tal de reunirse a conjurar los miedos y el horror mediante el bálsamo que proporcionaban las palabras, la música, las narraciones y el humor.

FUENTE: https://www.hoy.es/extremadura/animales-simbolicos-20200419001958-ntvo.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F

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