CUBA

Emilio Ichikawa: adiós al desertor de Homestead


‘Decir pensamiento me lleva irrevocablemente a Ichikawa, un amigo entrañable, a quien tuve la suerte de tener de interlocutor por más de una década.’

FacebookTwitterLinkedInWhatsAppGERARDO MUÑOZNueva York 14 Oct 2021 – 17:29 CEST

Emilio Ichikawa.
Emilio Ichikawa. PEDRO PORTAL EL NUEVO HERALD

El pensador y ensayista Emilio Ichikawa (1962-2021) dejó el mundo el lunes en Miami luego de varias semanas en cuidado intensivo a causa del Covid-19. Muchos de sus amigos llegamos tarde a la noticia. Desde luego, decir pensamiento me lleva irrevocablemente a Ichikawa, un amigo entrañable, a quien tuve la suerte de tener de interlocutor por más de una década. A él también le debo la publicación de mi primer texto, pero también algo más: la convicción de que el pensamiento es la tarea más alta de quienes afirman la pasión de comprender la naturaleza de las cosas.

Ichikawa fue profesor en la Facultad de Filosofía de La Universidad de la Habana, pero su escritura lo define como un filósofo salvaje, extraño a cualquier autoridad disciplinaria propia de los claustros universitarios. En este sentido, fue quizás el único pensador cubano digno de portar ese rótulo: un auténtico pensador. Y en tanto tal, permaneció hasta el final como un olvidado. Como toda inteligencia verdadera, rechazó la fama y desistió a postularse a los roles divulgados por la maquinaria social (por eso admiraba el apotegma de Vargas Vila: «La sociedad no es más que la producción de excremento»). En efecto, en los últimos años se retiró del manicomio de la geopolítica cubana en su casa de campo en Homestead. Así, su figura encarnó la soledad extrema de una inteligencia que no pactaba con las piedades de una comunidad incapaz de acoger en su interior los disensos y las estrías de la razón.

De todos sus libros, es importante resaltar Everglades (Letra Capital, 2009), un largo poema mítico-filosófico que probablemente sea la obra más importante que se haya escrito en castellano sobre la geografía de la Florida. Este libro pasó desapercibido por la comunidad de lectores y hoy permanece completamente desconocido. Ese intento fallido por erigir un mito fuera de la historia recoge una verdad para la época: a saber, que más que causas políticas, necesitamos nuevas geografías para habitar el páramo del presente. Es de esta manera que podemos entender su retiro, casi monástico, en una zona rural, fuera del ruido altisonante de la metrópoli. Escapar al campo: asomar la cabeza al cielo para dar paso a la imaginación. Sabemos que la imposibilidad de morar el mundo fue el gran dilema de Friedrich Hölderlin, lo cual lo llevó literalmente a la locura en su torre de Tubinga. Pero si para Hölderlin la locura se manifestó como el sobrevenido de la imposibilidad de mediar poesía y vida; para Ichikawa, el pensamiento solo podía efectuarse fuera y contra la mala fe de una comunidad organizada desde los presupuestos de la hostilidad política.

En su retiro del mundo mediático e intelectual (me repitió en varias ocasiones que él ahora ya no era un profesor, sino un «clemente trabajador» en una fábrica de lanchas), Ichikawa fue fiel a la única noción de exilio que vale la pena defender: la de phygé neoplatónica, en la que el exilio se autoconstituye como retirada de la comunidad para comenzar a vivir una vida sin las prórrogas con las que nos hemos abonado a la miseria histórica. En este sentido, el vórtice poético del pensamiento de Ichikawa se sitúa bajo la ilegibilidad de la phygé, que es condición fugitiva de quien ya no se interesa por rivalizar en el coto de caza de depredadores y siervos. Ahora podemos ver con claridad que su figura encarnó la tragedia del pensador cubano que rechaza el patetismo político. El precio fue la soledad y la exclusión de la comunidad de exiliados. Por eso la phygé es tanto recomienzo como la retirada hacia la felicidad (eudaimônon bíos) para volver al lugar y a la palabra libre. Regresar al campo suponía la apertura a una posible nueva vida: desertar el mundo de la guerra para cultivar el jardín. Desde luego, el jardinero conoce los límites de la tierra, pero no está en condiciones de tantear con lo insondable del paisaje.
      
La inteligencia de Ichikawa era intuitiva y parecía tener a disposición todos los anaqueles de la tradición clásica. Su economía de la cita era elegante y serena. A pocos he conocido capaces de cortar tan bien sobre un argumento y llevarnos de la mano a la sorpresa analítica. Por esto, hacía de la especulación un arte conversacional fino y dinámico, pues convocaba en cada instante un estilo de mirada, desviándose del sentido común para liberar la proliferación del ejercicio reflexivo. Pensaba la política con una madurez que empalmaba realismo con los tipos ideales, y ponía en una misma oración la teoría del valor de Marx, un chiste de Álvarez Guedes, y una anécdota de José Pardo Llada. Por eso escribía como hablaba: una escritura ágil, pero colmada de emblemas para ejemplificar las cuestiones que le acechaban. Nada escapaba a la complejidad de su mirada; aunque esa complejidad era una vuelta a lo más elemental; esto es, a la apuesta desinteresada entre la observación sutil y la fuerza especulativa. No sería excesivo decir que tanto sus amigos como enemigos patentizaban la singularidad de su inteligencia.
      
Durante la primavera de 2019 me confirió la publicación de su último libro Antes del veredicto: la demasiada humanidad del Padre Varela (2020) en España, con un prólogo que trataría la cuestión teológica. Un año después el libro vería la luz en una edición autogestionada sin decirle nada a nadie. Este ensayo tendrá que ser leído como la contestación al devenir de una comunidad histórica predicada sobre la ficción de la teología política que, por desgracia, sigue vigente hasta nuestros días. Nunca decía «soy de Cuba», sino «soy de Bauta». Lo cierto es que pocas figuras del presente han encarnado tan profundamente un éxodo vital contra el malestar de un presente.
      
En el espíritu de Hölderlin hoy pudiéramos decir que nuestro tiempo no es un tiempo para pensadores ni filósofos. Ahora, en su deserción final, su brillo nos acompaña como el más alto don que el pensamiento le confiere a la amistad. Profesor sin ser pedagogo; filósofo sin ser académico; poeta sin los pudores del lirismo, y amigo intenso y secreto; Ichikawa fue un auténtico maestro para el arte de desertar un tiempo muerto, el nuestro. Non iam frustra doces, Emilio Ichikawa.

FUENTE: https://diariodecuba.com/cultura/1634225388_34801.html

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