MASONERIA

La honestidad, una cualidad humana apreciada

Por los Iniciados Miguel Trigo Valle R:.L:.175 Chile

Introducción

Honesto es un adjetivo que significa: decente, decoroso, recatado, pudoroso, razonable, justo, probo, recto y honrado y así lo detalla la Real Academia de la Lengua. La honestidad constituye una cualidad humana que consiste en comportarse y expresarse con sinceridad y coherencia, respetando los valores de la justicia y la verdad.

La honestidad no se da por el simple deseo, sino que requiere un ejercicio continuo de apego a la verdad, más allá de los intereses o conveniencias.

La expresión “ser honesto consigo mismo” puede ser contradictoria y un tanto alejada de la verdad. En busca del virtuosismo Una fase primaria de la honestidad es aquella en la que la persona se realiza con el objetivo de cumplir sus propios deseos, tanto en el corto como en el largo plazo, pero demostrando sinceridad, pero no es todo.

En un nivel más profundo la honestidad se da cuando la persona no busca su propio interés sino el principio moral de la justicia, basándose en la reciprocidad, pero aún falta más. En un nivel más profundo la honestidad requiere de la capacidad para comprender a los demás, el ser humano debe aplicar la máxima de que: “lo que no quieras que otros te hagan, no lo hagas a otros”. En otras palabras es una forma de vivir congruente entre lo que se piensa y la conducta que se observa hacia el prójimo, que junto a la justicia, exige en dar a cada quién, lo que le es debido.

Un iniciado con una moralidad mediocre será incompetente para acercarse a la virtud y será terreno fיútil para cultivar el vicio. Lo deseable es que un hombre honesto sea activo en el desprecio del mal. La sociedad profana sesgada por el tener más que el ser, es contraria al hombre virtuoso, inclinándose peligrosamente por un hombre solamente honesto elevándolo a un sitial de admiración, lo que ciertamente es una distorsión, ya que la honestidad no es ni virtud ni un vicio. Se puede ser honesto sin sentir un afán de perfección y rechazar solamente el mal, lo que no basta para ser virtuoso, entre el vicio, que es una imperfección, y la virtud que es una excelencia, se lo pasa el hombre con su honestidad de fase primaria.

El iniciado en un camino virtuoso aspira a estar sobre la moral ordinaria: lo que conlleva un trabajo arduo sobre su propio ser en búsqueda de su acervo moral; el iniciado que va en busca de la virtud se aleja de los estándares comunes y habituales de la mediocridad.

Por otro lado el hombre que solo basa su virtud en la honestidad es distante y permanece bajo la línea de flotación de aquellos que han logrado un ideal y se acercan mediante el auto perfeccionamiento a la virtud. Este hombre limitado se circunscribe a respetar y asimilar algunas buenas costumbres para que la sociedad no lo tache de delincuente por su conducta deshonesta, el mediocre huye del escándalo y trata de servir de ejemplo de moralidad realizando acciones de convivencia grupal, despreciando a los que no pertenecen a este limitado y cautivo entorno.

Un iniciado solamente honesto puede practicar acciones indignas aunque esté construido por los prejuicios, que le impone el medio en el cual se desenvuelve, piensa que los actos que son malos en el juicio de los virtuosos, siguen siendo buenos ante la opinión colectiva de su entorno cercano. El hombre iniciado ya en un estado superior practica la virtud tal como es, evitando los prejuicios que justifica la masa que se dice honesta; el mediocre sigue llamando bien a lo que ya ha dejado de serlo, no ve la utilidad del bien y siente que la aprobación del mundo mediocre le basta y le justifica. La virtud requiere de fuerza interior para acercarse a ella sin embargo la honestidad es una vestidura que se usa dócilmente.

El iniciado mediocre teme a la opinión de los otros sumisamente, se hace la víctima y se pone al lado de medianza de la vida, atento a dar el zarpazo que dará de sus actos deshonestos.

El iniciado ha abandonado los símbolos y las enseñanzas de ellos en cuanto que para llegar a la perfección se requiere de sudor y coraje para acercarse a la luz sin temor a la ceguera. Los iniciados que han elegido el camino equivocado no arriesgan sus intereses en el esfuerzo de su auto perfeccionamiento.

El honesto de primera fase es reticente a ser adicto de aquel que está en la búsqueda de la perfección, califica a sus iguales con su propio baremo, no existe en su lenguaje la palabra «moral» como le es sugerida por las enseñanzas, define el término de acuerdo a sus propias cualidades, califica erróneamente de hipócrita al virtuoso.

El falso honesto se mantiene en esa situación a la espera, como el gato, de que se aflojen los controles para proceder a su tentación de sus actos deshonestos, su mensaje es que aquellos que están en el camino se alejen y se incorporen al rebaño, en el cual él lleva la delantera.

Del mundo profano se recibe como una ley inmutable aquello de que si no te asocias con el mal, basta para ser virtuoso, sin embargo con las enseñanzas simbólicas y en otro enfoque, estas nos impulsan a descubrir que aquel que busca y descubre y que logra conocer las imperfecciones de sí mismo, podrá ser virtuoso.

No hay diferencia entre el hombre común y corriente que frena sus acciones por miedo al castigo y el ambicioso que las activa por el afán de una recompensa; ambos coinciden en sus deseos y ansias de de obtener un beneficio o prebenda.

Nadie puede afirmar que el virtuoso es infalible, pero la virtud implica la capacidad de rectificación, reconocer sus errores, sacando enseñanzas para rectificar el accionar equivocado, como una lección para sí mismo y para los demás.

El que paga una culpa busca la superación, en el otro extremo el mediocre no reconoce sus incorrecciones ni se avergüenza de ellas, y con un cinismo incomprensible después de un tiempo renace con nuevos ilícitos.

El hombre honesto de primera fase es admirado por sus adlàteres, quienes se favorecen de sus favores, no hay escrúpulos, predican la fraternidad cautiva de sus seguidores para que después sean ellos los defensores de sus vicios.

No son extremadamente malos y aparecen solidarios de las debilidades humanas pero sólo en el verbo.

Conclusiones

La honestidad ejerce un respeto por uno mismo y por los demás, un iniciado honesto puede reconocerse por su sinceridad, en su comportamiento, palabras y afectos. Un iniciado cumple con sus compromisos y obligaciones al pie de la letra, sin trampas, engaños o retrasos voluntarios, evita la murmuración y la crítica que afectan negativamente a las personalidad de los demás.

Guardar discreción y seriedad ante las confidencias personales y secretos del taller con especial cuidado en el manejo de los bienes económicos y materiales del mismo es indispensable para que las relaciones se desenvuelvan en un ambiente de confianza y armonía, que garantiza respaldo, seguridad y credibilidad entre sus miembros.

Salud, Fuerza Unión

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