CIENCIA Y PARASICOLOGIA

La otra cara de las misiones médicas cubanas

Tras la imagen de solidaridad y la grandilocuencia de las cifras de profesionales de la salud que llegan a trabajar a otros países, se esconde una realidad de asedio y sufrimiento poco conocida.

El periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, anunció a fines de febrero de 2021 que la solidaridad médica cubana había llegado a casi un tercio de la humanidad en los últimos 60 años. Daba cifras para los escépticos: 30.407 trabajadores del sector se desempeñaban en ese momento en 66 países. La fuente del medio era el Ministerio de Salud Pública de Cuba (MINSAP), y el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, servía de altavoz en Twitter: «A donde otros han llevado soldados, bombas, destrucción y muerte, nuestras brigadas médicas llevan atención, cuidados, medicinas, salud».

El MINSAP ofreció otros números: los médicos cubanos habían realizado más de 14,5 millones de operaciones quirúrgicas en todo el mundo, casi 4,5 millones de partos, y salvado 8,7 millones de vidas.

Las declaraciones se daban en una coyuntura optimista. Si bien la venta de servicios médicos cubanos había atravesado una situación adversa en 2018 y 2019, con el abrupto final de los contratos en el Brasil de Jair Bolsonaro, la Bolivia de Jeanine Añez y el Ecuador de Lenin Moreno, la pandemia de la covid-19 daba pie a La Habana para volver a impulsar sus «misiones médicas» y encontrar nuevos socios, incluso en países europeos como Italia y Andorra.

En otro informe, de octubre de 2021, el MINSAP aseguraba que 4.982 profesionales de la salud cubanos, divididos en 57 brigadas, habían colaborado en la lucha contra la covid-19 en 41 países durante dos años de pandemia.

Por otra parte, además de reanimar las contrataciones en el exterior, la pandemia sirvió de marco a La Habana para reactivar la propaganda alrededor de las misiones médicas. Desde abril de 2020, esa propaganda incluyó una campaña por el Nobel de la Paz para el Contingente Henry Reeve, del que forman parte los profesionales enviados a trabajar en la contención de la covid-19.

¿Pero cómo empezó todo esto? ¿Cómo es que Cuba, una isla del Caribe con una población de 11 millones de personas, posee, según cifras del Banco Mundial, más médicos por cada mil habitantes (8,4) que potencias como Alemania (4,2), Suecia (4), EEUU (2,6) o Japón (2,4)? Y al mismo tiempo, ¿cómo es que, si en 2010 los médicos destinados a los Consultorios de la Familia en la isla llegaron a ser 36.478, en 2017 solo quedaban 13.131; es decir, una reducción del 64 por ciento en menos de una década?

Médicos, petróleo y algo más

1984 fue el año en que, impulsado por Fidel Castro y con el objetivo de llevar la atención sanitaria a todo el país, el gobierno cubano creó el Programa del Médico y la Enfermera de la Familia. En 1987 se graduaron los primeros especialistas en Medicina General Integral —los profesionales destinados a ese programa—, y diez años más tarde, 18.090 consultorios, edificados en comunidades, pueblos y barrios, habían transformado el panorama de la salud pública a nivel nacional.

Según la versión oficial, gracias al enfoque preventivo, a partir de ese momento se redujeron los ingresos hospitalarios. También se elevó la calidad de la atención prenatal, y la cobertura vacunal superó el 98 por ciento. Esos y otros indicadores convirtieron el programa de salud en referente mundial. Sin embargo, este carecía de algo esencial: un plan de sostenibilidad.https://flo.uri.sh/visualisation/7778972/embed?auto=1A Flourish chart

En 1991, la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, y el fin de las subvenciones de esos países a Cuba, provocaron una implosión económica que sumió a la isla en una crisis sin precedentes, que evidenció la vulnerabilidad estructural de los planes del Gobierno. Comenzó entonces lo que La Habana denominó oficialmente «Período Especial en Tiempos de Paz». En cuestión de meses, el país perdió cerca del 85 por ciento de su comercio exterior —que realizaba con la URSS—, el Producto Interno Bruto (PIB) se contrajo en un 35%, la economía se paralizó por falta de petróleo, el poder adquisitivo de los salarios cayó en más de un 70 por ciento, y los cubanos se vieron sometidos a cortes de electricidad que superaron las 12 horas diarias y a un racionamiento extremo de los alimentos. Se calcula que más de 50.000 personas sufrieron neuritis óptica, una enfermedad que se consideró vinculada al hambre.

Bajo los efectos de esa crisis, en los años 90 comenzó una paulatina reducción de infraestructuras, camas hospitalarias y otros servicios sanitarios, que continuó en las primeras dos décadas de este siglo.

Según datos de los anuarios estadísticos de Salud Pública, entre 1997 y 2017 “desaparecieron” progresivamente unas 20.000 camas hospitalarias y 182 hospitales, entre ellos los 62 rurales que existían en el país. También, 7.221 Consultorios Médicos de la Familia.

El Gobierno presentaría más tarde esos recortes como un proceso de reordenamiento de los servicios médicos y una «compactación» de las estructuras para, supuestamente, hacerlas más “eficientes“ y “sostenibles”.

Sin embargo, lo que empezó como la necesidad de reducir una maquinaria imposible de mantener en medio de la crisis económica, terminó siendo un paso necesario para desarrollar el que ha sido el negocio más lucrativo del castrismo: la venta de servicios médicos.

Ya a partir de 1999, la llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela haría cambiar el panorama para el gobierno cubano. Aliado ideológico, Chávez no tardó en sustituir a la otrora Unión Soviética en el sustento económico y político de La Habana. Si Cuba había entregado azúcar a la URSS a cambio de petróleo y tecnología, con Venezuela el trueque consistió en profesionales por petróleo. Decenas de miles de trabajadores de la salud, profesores y entrenadores deportivos cubanos comenzaron a aterrizar en el aeropuerto de Maiquetía mientras millones de barriles de crudo llegaban a la isla en condiciones preferenciales.

Entre 1997 y 2017 “desaparecieron” progresivamente unas 20.000 camas hospitalarias y 182 hospitales, entre ellos los 62 rurales que existían en Cuba.

El 30 de octubre de 2000, ambos gobiernos firmaron un acuerdo por el cual la parte cubana se comprometía al envío de médicos que ofrecerían servicios gratuitos en lugares con cobertura de salud deficiente, y al entrenamiento de personal venezolano de diversos niveles. Venezuela se comprometía, por su parte, al envío de 53.000 barriles diarios de petróleo.

Para 2012, Venezuela exportaba ya a Cuba 105.000 barriles diarios, casi el doble de lo acordado inicialmente. Al mismo tiempo, según cifras oficiales, 53.407 venezolanos habían sido atendidos de diferentes patologías en Cuba. Las exportaciones cubanas a Venezuela eran de 2.484 millones de dólares (principalmente medicinas y petróleo refinado), mientras que las exportaciones del país sudamericano a la Isla sumaban 6.079 millones, fundamentalmente en petróleo.

Existe una gran opacidad sobre los instrumentos normativos que rigen tanto el Convenio Cuba-Venezuela (CIC) como la Misión Barrio Adentro, el programa social lanzado en 2003 por el expresidente Hugo Chávez. Sólo se hizo público el documento de creación del CIC (30 de octubre de 2000), en el que se especifican los artículos con disposiciones especiales, como el de que Cuba ofrecería a Venezuela médicos, especialistas y técnicos de la salud para prestar servicios en lugares en los que no se dispusiera de ese personal. A partir de 2003 se han promulgado otros decretos y resoluciones, pero solo han sido publicados los enunciados.

Una revisión de los archivos de la Gaceta Oficial de Venezuela, muestra cómo, por ejemplo, durante la III Comisión Mixta, realizada en La Habana en 2002, Hugo Chávez firmó 11 contratos para la adquisición de diferentes tipos de medicamentos, vacunas, equipos médicos y asistencia técnica. La inversión destinada a este proyecto alcanzó 15 millones de dólares, aportados por el Ministerio de Finanzas de Venezuela. Más tarde, en 2013, ya tras la muerte de Chávez, su sucesor Nicolás Maduro acompañó la firma de más de 51 nuevos proyectos por 2.000 millones de dólares, entre ellos la continuidad del apoyo cubano a las misiones sociales venezolanas.

CDI Tamare, Estado Zulia. Realizando acto de reafirmación revolucionaria

Tres años después, en el marco de la comisión mixta anual, ambos gobiernos suscribieron el Plan de Cooperación 2016-2030 para impulsar el desarrollo de proyectos que van desde el suministro de medicinas y atención de enfermedades endémicas, como el zika y el chikungunya, hasta la actividad minera. Entonces Maduro aprobó el desembolso de otros 1.428 millones de dólares.

Ese mismo año, el propio Maduro anunció que Venezuela había invertido más de 250.000 millones de dólares en el programa de cooperación médica con Cuba en los últimos 13 años. El monto de esa inversión, en medio de la crisis económica venezolana, evidenció que, detrás del trueque, había algo más que los acuerdos públicos.

El programa de cooperación no ha estado exento de escándalos de corrupción. En octubre de 2009, la ministra de Salud venezolana, Eugenia Sader, fue nombrada presidenta de la Fundación Misión Barrio Adentro, organismo adscrito a la cartera de Salud. Es decir, ejercía dos cargos administrativos dentro del mismo ente. Cinco años después, Sader fue imputada por tres delitos de corrupción. En 2017, la Fiscalía emitió dos órdenes de captura contra ella por contratos para la construcción de seis hospitales especializados y para el manejo de medicamentos cubanos e insumos médicos. Estas decisiones no fueron acatadas por el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, sumándose a los episodios de silencio, contradicciones y cifras amañadas que son lugar habitual a la hora de hablar de la presencia médica cubana.

En abril de 2016, durante el decimotercer aniversario de la Misión Barrio Adentro, Nicolás Maduro relanzó la iniciativa y afirmó que esta había salvado la vida de más de un millón de pacientes en “12.094 ambulatorios”, donde se habían realizado “761.482.951 consultas”. Un año después, aseguró que Barrio Adentro había efectuado “más de 1.468 millones de consultas en sus 14 años de funcionamiento”.

Mientras Maduro mencionaba con orgullo dichas cifras, la Encuesta sobre Condiciones de Vida (Encovi) 2017 (realizada en 2018) reveló que el 93 por ciento de la población venezolana no se atendió en la Misión entre 2015 y 2017. Los beneficiarios cayeron de 2,6 millones a 200.000 en cuestión de tres años.

En 2018, un informe sobre Barrio Adentro realizado por Carlos Aponte, sociólogo, doctor en Estudios del Desarrollo, investigador de la Universidad Central de Venezuela y colaborador desde 1996 de organismos como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Banco Mundial y los ministerios de Familia y de Salud y Desarrollo Social de Venezuela, reveló, basándose en datos de la Encuesta Nacional de Hospitales de 2018, que el 88 por ciento de los centros de salud del programa reportaban escasez de medicamentos, y el 96 por ciento fallas en el servicio nutricional.

Las afirmaciones del presidente Nicolás Maduro —quien el pasado 31 de octubre, en un acto por los 20 años del Convenio de Cooperación Cuba-Venezuela, dijo que a lo largo de Barrio Adentro se habían realizado 872 millones de consultas y más de 50 millones de asistencias en centros de alta tecnología liderados por médicos cubanos— también contrastan con los testimonios de profesionales de la isla recogidos para esta investigación de Diario de Cuba y CONNECTAS:

O“Cada consultorio tenía una cierta cantidad de medicamentos que se le regalaban al paciente, teniendo en cuenta el diagnóstico de su enfermedad crónica. Pero en las áreas donde trabajábamos a las que no asistía esa cantidad de pacientes (…), teníamos que inventar para arribar a esa cifra diaria que nos pedían. Entonces, sucedía que el medicamento que debía consumir ese supuesto paciente (…) teníamos que desecharlo, porque recibíamos constantemente inspecciones de los jefes para ver si estábamos haciendo bien el trabajo. Bien el trabajo quería decir la orientación que teníamos de desechar esos medicamentos. Cuando digo desechar quiero decir quemar, enterrar, triturar y botar incluso por el inodoro”, dijo la doctora Margarita Rivero Sarabia, destinada durante tres años en Venezuela.

Tras la desaparición de la URSS, el oxígeno provisto tanto por Hugo Chávez como por Nicolás Maduro resultó vital para la supervivencia del régimen cubano. También, para consolidar un nuevo escenario en el cual la insostenible estructura de atención médica dentro de la isla y la tropa de profesionales formados para que ella se transformara en insumos del negocio que hoy conocemos. La estrategia a partir de ese momento implicó que las universidades de la isla continuaran graduando médicos al por mayor, a la vez que cada vez menos de estos médicos se mantenían en el país, atendiendo a los cubanos.

FUENTE: https://www.connectas.org/especiales/medicos-cuba/es/la-otra-cara-de-las-misiones-medicas-cubanas/

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