CUBA

Centro Fidel Castro, el Museo de la Ignominia


Mientras miles de cubanos morían de Covid-19, muchos sin asistencia médica, el régimen gastaba millones de dólares en la edificación del Centro Fidel Castro Ruz.

ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONESLos Ángeles 

El recién inaugurado Centro Fidel Castro Ruz, en El Vedado, La Habana. PRENSA LATINA

Imaginemos a grupos de personas, incluyendo turistas extranjeros, recorriendo las salas de museos dedicados a la obra y el pensamiento de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, de Augusto Pinochet en Chile, del general Jorge Videla en Argentina, de los Somoza en Nicaragua, de Alfredo Stroessner en Paraguay, o de Francois Duvalier en Haití,  mientras bien entrenados guías les narran maravillas de dichos personajes.

Pues bien, aberraciones de ese tipo no son imposibles. En Cuba son la pura realidad. El 25 de noviembre pasado se inauguró en La Habana el Centro Fidel Castro Ruz (CFCR), un lujoso museo que ocupa toda una manzana en la barriada del Vedado, instalado irónicamente en una gran casona señorial que fue robada a sus propietarios precisamente por quien allí ahora es venerado.

El objetivo de ese centro es «estudiar y difundir el pensamiento, la obra, la vida y el ejemplo del líder histórico de la Revolución Cubana», como reza la propaganda difundida por el régimen castrista. Es una de las más vejaminosas afrentas al pueblo cubano en toda su historia.

Mientras miles de cubanos morían de Covid-19, muchos sin asistencia médica (ni siquiera oxígeno para aliviar su asfixia constante), como fallecieron una querida prima hermana mía y su esposo, debido al colapso del sistema de salud pública, la «revolución» inventada por Fidel Castro gastaba millones de dólares en la edificación del CFCR y no en la compra de medicamentos y equipamiento para socorrer a los ciudadanos golpeados por la pandemia.

Aún peor, Raúl Castro ordenó utilizar un crédito concedido por Arabia Saudita para construir viviendas —que tanto necesitan los cubanos— para la edificación del museo dedicado a su hermano. Así lo informó a la periodista independiente Luz Escobar una fuente anónima de la Oficina del Historiador de La Habana.

Pero lo más grave no son las divisas gastadas, sino la existencia misma de un museo-homenaje a un tirano probadamente cruel. Y hago aquí una observación personal. El deseo de Fidel Castro de que luego de él morir no se erigieran estatuas y monumento en su honor no fue una expresión de modestia, impensable en él, sino que intuía que una vez restaurada la democracia en Cuba todo monumento en su memoria sería destruido por el pueblo, como ocurrió con los de Lenin y Stalin en Rusia, Hussein en Iraq, y otros tiranos.

Por lo demás, si del pensamiento, la obra y la vida del extinto faraón cubano se trata, el CFCR en justicia debería llamarse Museo de la Ignominia, Museo del Deshonor, o Museo del Embuste Masivo.

«No me importa ningún cargo público, no me interesa el poder»

Porque Fidel Hipólito Castro Ruz es el político latinoamericano que más ha mentido, y durante más tiempo, a los cubanos y al mundo entero. Y el que más dolor, destrucción y pobreza ha ocasionado en Cuba desde que Cristóbal Colón pisó tierra en Bariay.

Echemos un vistazo a fragmentos a su biografía. Comencemos por su vicio de mentir todo el tiempo. Al llegar a La Habana en enero de 1959 declaró: «Yo no soy un aspirante a presidente de la República… no me importa ningún cargo público, no me interesa el poder».

Su desinterés conmovió a la nación. Se presentó como despojado de la ambición personal de los políticos tradicionales. Falso. Mintió. Él, como jefe del Ejército Rebelde dirigía el país, y no el presidente Manuel Urrutia, designado por él mismo.

Al mes siguiente redactó la Ley Fundamental con la cual sustituyó la Constitución de 1940, que él había prometido restaurar, y convirtió al primer ministro en jefe de Gobierno por encima del presidente de la República. También abolió el Congreso y pasó al Consejo de Ministros la facultad de redactar y promulgar las leyes. Y el 16 de febrero ya se quitó la careta y asumió como primer ministro y «número uno» del país, hasta que… 52 años después se lo pasó a su hermano.

«Que quede bien claro que no somos comunistas»

En abril de 1959, de visita en EEUU, el caudillo dijo en el Club de Prensa de Nueva York: «Que quede bien claro que nosotros no somos comunistas. Que quede bien claro».

Desde la Sierra Maestra había prometido que, luego del triunfo revolucionario, en menos de 18 meses habría elecciones presidenciales. Pero a los 16 meses, en mayo de 1960, lanzó la consigna de «¿Elecciones para qué?».  Todavía siguen pendientes.

Antes de tomar el poder prometió que acabaría con los latifundios y entregaría las tierras a los campesinos sin tierra, y que se le construiría a cada familia necesitada una «vivienda decorosa». Lo que hizo fue estatizar casi toda la agricultura nacional, y tanto se derrumbó la producción que implantó la «libreta». Y se agravó como nunca antes la carencia de viviendas y el malvivir en la Isla.

Veamos ahora quién fue en verdad Fidel Castro. Entró en la política a punta de pistola, como gángster. En los años 40 y principios de los 50 baleaba por la espalda a sus rivales políticos. Oscar Fernández Caralt, sargento de la policía universitaria, dijo poco antes de morir que fue Fidel quien le disparó.

Según testimonio del periodista Antonio Llano Montes, de la revista Carteles, Fidel en 1951 fue a la finca Kuquine y alentó al entonces senador Fulgencio Batista a que diera un golpe de Estado a Carlos Prío. Sabía que por las urnas nunca llegaría al poder, pero sí si se enfrentaba a una dictadura. Y así ocurrió después.

Era un terrorista nato. Siendo niño lo interceptaron cuando con un galón de gasolina y una caja de fósforo se disponía a incendiar la casa familiar en Birán. Como jefe del Movimiento 26 de Julio hizo explotar bombas que mataban y herían a civiles inocentes en tiendas, teatros, cines, cabarets, fábricas, parques públicos, estaciones de trenes y de ómnibus. Y se ejecutaban personas también en plena calle.  Además, Cuba es un refugio de terroristas de todas partes del mundo, y comete actos terroristas en América Latina.

Fidel nunca fue héroe. Al Moncada llegó disfrazado de soldado de Batista y cuando sonaron los primeros disparos huyó sin avisar siquiera al resto de los asaltantes que se retiraran pues se había perdido el «factor sorpresa». Murieron 61 de sus compañeros. Seis en combate y 55 asesinados.

A diferencia de Antonio Maceo y Máximo Gómez, ninguna de las columnas guerrilleras que bajaron de la Sierra Maestra y las que avanzaron hacia Occidente fue encabezada por Fidel, jefe militar máximo. Permaneció dos años cómodamente en su comandancia de La Plata, arropado por su secretaria, confidente, y tal vez amante, Celia Sánchez. Y a Playa Girón llegó cuando los combates habían cesado y los brigadistas habían sido tomados prisioneros.

Implantó en Cuba el absurdo sistema comunista. Y huyeron del país (y siguen huyendo) cerca de dos millones de cubanos. La nación perdió la mayor parte de su capital más valioso, el humano. Siendo en 1958 uno de los tres países latinoamericanos con mayor nivel de vida, con Castro Cuba pasó a ser uno de los países más pobres del continente. En septiembre de 1961 expulsó de Cuba a 136 sacerdotes católicos. Luego estatizó la economía y suprimió la propiedad privada.

Con tropas o guerrillas entrenadas y armadas por Cuba, Castro intervino militarmente e hizo correr la sangre en 22 países, 15 de ellos latinoamericanos: Bolivia, Argentina, Chile, Colombia, Venezuela, Perú, Brasil, Uruguay, República Dominicana, Granada, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Honduras y Panamá. Causó guerras civiles en Centroamérica, con saldo de cientos de miles de muertos. Envió a Africa a 460.000 cubanos a combatir en guerras ajenas, en las murieron al menos 7.000 de ellos.

Fidel Castro dejó instalar en Cuba 42 cohetes nucleares soviéticos y puso al mundo al borde de un infierno atómico. Incluso propuso a Moscú lanzar un primer golpe nuclear contra EEUU.

Y a este hombre sin principios morales ni éticos, cruel, mentiroso incontenible, hambreador de su pueblo, que casi acabó con Cuba, es a quien se rinde homenaje en La Habana. Pero nadie dude de que, más temprano que tarde, ese museo-escarnio será desmantelado por los cubanos.

FUENTE: https://diariodecuba.com/cuba/1639569304_36201.html

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