ESOTERISMO Y RELIGION

Comenzaba el solsticio de invierno y nos besamos en la boca

En tercero de BUP debíamos pensar qué queríamos ser. ¿Querer ser? Así que, viendo los estantes de la biblioteca y recordando lo que otras veces ya habíamos hablado, Amaia decidió que quería ser arqueóloga, y yo zoóloga, o naturalista. Nos llevamos un libro sobre linces y otro sobre Stonehenge –ese mágico lugar de la historia de la Humanidad– para decidir nuestro futuro, para decidir qué queríamos ser. Salimos a la calle… Era tal día como hoy, comenzaba el solsticio de invierno, el preludio de la Navidad, y allí me olvidé del futuro para hacer lo que entonces mismo quería hacer en las noches más largas y frías del año: besarnos en la boca.

El grito de los animales que venía de la llanura removía el frío, el aire gélido entre las colinas de tiza. Al sol sólo le quedaban unos rayos, y ellos se sintieron poderosos porque se veían aumentados desde sus pies, desdoblándose como una réplica de su figura oscurecida. Las pisadas lejanas dejaron de serlo, a medida que se hundían en la tierra y se iban acercando a la hoguera. Los animales chillaban por el dolor. La hierba verde azulada se teñía de rojo. Olía a piel quemada, a huesos quemados. El humo se confundía con el vapor de las fauces de los perros. La mayoría estaban cubiertos con mantos de piel que cada vez se hacían más pesados, humedecidos por la lluvia. El sol se empezaba a poner entre esos pedruscos gigantes… Y cuando lo hizo, la cabeza de toro que reposaba en los hombros del hechicero, dirigió la cornadura afilada hacia el cielo soltando un grito estremecedor que hizo detener los cánticos.

Todo enmudeció de repente.

Comenzaba el solsticio de invierno. Algunos lobos se movían en el bosque, y luego se paraban para aullar, alejados y presentes en ese mundo, esperando con los ojos fijos para adentrarse en los restos.

Rozando uno de esos solsticios, un poco antes o después, con el trimestre casi rematado tras la primera hora de la tarde, estábamos escondidas en la biblioteca del colegio, esperando que Artiñano, el bedel, se despistara. Cosa que ocurría, habitualmente, un cuarto de hora después de los cambios de clase. La biblioteca no era gran cosa: Atlas del mundo, alguna enciclopedia ilustrada, libros de colecciones sueltos, algún clásico de la colección austral y otros tantos de Salvat…

En tercero de BUP (primero o segundo de bachillerato ahora, hagan cuentas) se supone que debíamos pensar qué queríamos ser.

¿Querer ser?

Así que, de repente, viendo los estantes y recordando lo que otras veces ya habíamos hablado, Amaia decidió que quería ser arqueóloga, y yo zoóloga, o naturalista, a la vez que repasaba el lomo de uno de esos libros de animales.

Argüir a favor o en contra de lo que había de ser cada una se convirtió en el sentido de nuestro juego.

La verdad es que su libro era realmente bonito y llevaba las piedras que entonces desconocía, esas de Stonehenge, en la portada, entre otras imágenes. En el mío destacaba un lince barbudo, de ojos verdes, con esas puntitas negras como antenas en las orejas.

Artiñano ya se había ido. No había nadie en el pasillo decorado de Navidad, así que después de meternos los libros en las bolsas, ella el del lince y yo el de los pedruscos, nos fuimos. Un hurto con ese fin era un pecado nimio. Un robo para convencernos de que poco nos haría falta para cambiar de opinión, tal vez sólo observar unas cuantas fotos, para intercambiar nuestro futuro: ¿A que a la vuelta de vacaciones eres tú la que quieres ser arqueóloga y te irás lejos a estudiar?

El colegio estaba en lo alto del pueblo, rodeado de monte verde. El camino de vuelta olía a vacaciones, a chimenea, a hierba mojada, a todos esos olores que el tedio de las clases no te dejaba descubrir. La libertad hacía que todo tuviera sabor y aroma.

Hasta Aritz, para encontrarnos con los del insti, había un trecho, pero fácil de hacer porque era todo de bajada. Cuando llegamos, algunos grupos de estudiantes iban festejando por la calle el inminente final de las clases.

Una cortina de lluvia desdibujaba en los muros de la puerta una pintada en alusión a la cárcel que estaba enfrente: Presoak Kalera, que terminaba en castellano: Y por Navidad.

Nos juntamos con Bego, Lontzo y la cuadri… Y regresamos hacia los garitos del centro.

Nos vio el profe de Historia, que nos recriminó por habernos saltado su última charleta. Nos miraba fijamente. ¿Sospechaba de nosotras? Así que Amaia y yo sujetamos instintivamente nuestras bolsas de tela, en el hombro, donde llevábamos nuestros libros robados. De momento, Stonehenge estaba seguro, pensé, y ya era mío.

Entramos y salimos de unos cuantos bares.

Y de repente, a la vuelta de una esquina, me encontré con él…

Llevaba una pelliza de color claro, que cada vez parecía más pesada al haberse humedecido con la lluvia. En la mano, una botella de vino que al abrir desparramó, sin querer, por el suelo. El asfalto gris azulado se teñía de rojo. Los cánticos animaban la calle. Una traca de petardos estalló detrás de nosotros y un perro empezó a ladrar asustado. Olía a pólvora quemada, a cigarros Lucky y Ducados, y el humo de todo eso se confundía con el vapor de nuestras bocas y con las fauces del animal entre su lengua rosada y húmeda.

El sol empezaba a ponerse entre esas dos torres gigantes de pisos hechas de ladrillo rojo. Y cuando lo hizo, la botella de vino, que Jon llevaba en la mano, apuntó hacia el cielo.

Entonces soltó un irrintzi, un gran grito estremecedor que hizo detener los cánticos. Todo enmudeció de repente. Hasta el perro tuvo que mirarlo fijo…

Comenzaba el solsticio de invierno. Fue justo cuando se giró hacia mí y nos besamos en la boca. Un beso profundo como queriéndose adentrar en la arqueología de nuestros cuerpos, alejados y presentes en ese mundo, en Stonehenge.

FUENTE: https://elasombrario.publico.es/comenzaba-el-solsticio-de-invierno-y-nos-besamos-en-la-boca/?fbclid=IwAR0VOJHlqt1gxXRzA0BJPj56n3zJip4sKcYcx0xq52JhB7T1YccE56HopzE

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