EDUCACION E HISTORIA

Apuntes del final de una vida muy larga

¿Cómo tener una vida plena y con sentido cuando no puedes hacer mucho de lo que hacías antes? Esto es lo que aprendió un reportero del Times en los siete años que entrevistó a un grupo de ancianos, la última de los cuales acaba de morir.

Ruth Willig, microbióloga jubilada de 98 años y madre de cuatro hijos, el mes pasado en su casa de Brooklyn
Ruth Willig, microbióloga jubilada de 98 años y madre de cuatro hijos, el mes pasado en su casa de BrooklynCredit…Nicole Bengiveno para The New York Times
John Leland

Por John Leland

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A finales de octubre, cuando el tiempo se volvió inusualmente cálido, llamé a Ruth Willig para invitarla a comer. Ruth tenía casi 98 años y residía en un edificio de vivienda asistida en Sheepshead Bay, Brooklyn, así que cuando no contestó durante unos días, me preocupé. Finalmente, me contestó y me dijo que alguien en su edificio había dado positivo al coronavirus, por lo que todo el mundo estaría en aislamiento durante al menos dos semanas. El almuerzo, por desgracia, no era posible.El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. Get it sent to your inbox.

Iba a ser un otoño muy difícil.

Ruth Willig —microbióloga jubilada, madre de cuatro hijos, autodenominada “anciana luchadora”— era la última sobreviviente de los seis adultos mayores sobre los que empecé a escribir en 2015, en una serie del Times sobre las personas de 85 años o más, uno de los grupos de edad de más rápido crecimiento en Estados Unidos. Planeé seguirlos durante un año y luego dejar el tema, una de muchas suposiciones que resultaron ser tremendamente erróneas.

El más joven de ellos, Fred Jones, un veterano de la Segunda Guerra Mundial con un guardarropa llamativo y una mente apasionada, fue el primero en morir, en abril de 2016; tenía 89 años. El mayor, el cineasta y escritor Jonas Mekas, murió en enero de 2019. Habría cumplido 100 años este año. Ruth se tomó cada pérdida peor que la anterior, aunque sintiera cierta realización por ser la última en pie.

Y siguió adelante. Después del comienzo de la serie del Times, se había convertido en bisabuela, hizo una nueva mejor amiga, vio jubilarse a dos de sus hijos y declaró el fin del veraneo en la costa de Jersey con sus hijas. Su vida después de los 85 años, al igual que la de los demás, tuvo su cuota de contratiempos, pero ella no se definía por ellos. Sus cactus navideños eran la envidia de cualquiera al que le faltara abundante luz solar.

Ruth en su apartamento de la residencia Sunrise Senior Living en Sheepshead Bay, Brooklyn
Ruth en su apartamento de la residencia Sunrise Senior Living en Sheepshead Bay, BrooklynCredit…Tess Mayer para The New York Times

Poco después de nuestra fallida cita para almorzar, tuvo dificultades para respirar y fue trasladada de urgencia al hospital de Coney Island, donde permaneció diez días, recibiendo tratamiento para una insuficiencia cardíaca congestiva y una fuerte infección del tracto urinario. Desde la cama del hospital, dijo que estaba decidida a aguantar hasta su cumpleaños, el 11 de noviembre, pero que no creía que fuera a llegar hasta el final del año.

Tuvo razón en ambos casos. Murió en su casa en Nochebuena, esperando el momento en que sus dos hijas salieran de la habitación.

El periodismo tiende a mirar de reojo a las personas al final de la vida, especialmente si se trata del final poco dramático de una larga vida. Las personas muy mayores rara vez ganan títulos deportivos profesionales o dirigen gobiernos o empresas, marcan tendencias de consumo o incluso las siguen. Puede que el envejecimiento sea un proceso corporal ordinario, pero, como otros procesos corporales, puede provocar vergüenza o desconcierto en los demás, quizá también miedo o asco. Es una afrenta. La familia de una participante en la serie del Times me instó a no escribir sobre el declive físico de su madre, diciendo que querían preservar su dignidad, un sentimiento común. Raro es el líder como Jimmy Carter, que ha dejado que el público lo vea a través de los diversos cambios de la vejez tardía.

Tiene 97 años, y nació un año después que Ruth.

Para los que llegan a la vejez, queda un reto: ¿cómo tener una vida plena y significativa cuando no puedes hacer muchas de las cosas que hacías antes? Al final de la vida, ¿qué resulta realmente importante y qué es solo ruido?

En todo el tiempo que conocí a Ruth, ella valoraba por encima de todo los momentos con sus hijos, y mientras tanto se sostenía con la expectativa de la próxima visita. Al final, este tiempo juntos era todo lo que quedaba.

En un lapso de 24 horas en diciembre, recibió la visita de sus cuatro hijos y tres de sus cuatro nietos. Miraron juntos viejos álbumes de fotos, recordando momentos felices, y Ruth identificó los rostros de sus hijos en las fotos.

En una llamada telefónica durante una de las visitas familiares, me dijo: “Soy bendecida”, como siempre hacía al referirse a las atenciones de sus hijos. Luego añadió algo nuevo: “Me lo merezco”.

En 2015, cuando empecé a reportar la serie, esperaba que fuera sobre los estragos de la vejez, sobre las cosas que la edad se llevó. ¿Qué más había que decir sobre envejecer? Ruth y los demás ciertamente experimentaron esos estragos. Se caían en sus apartamentos, solos, y eran incapaces de levantarse. Olvidaban palabras que antes les salían con facilidad, o repetían cosas que habían dicho momentos antes. Se quedaban confinados en casa o se sentían inseguros incluso en sus propios hogares. Fred Jones no podía cambiar una bombilla de su apartamento, así que un día llegué y lo encontré en la penumbra. Todos habían perdido a personas cercanas, y la mayoría experimentó periodos de soledad, en los que lucharon por encontrar razones para seguir.

En su última estancia en el hospital, Ruth pasó ocho horas esperando que una ambulancia la llevara a casa, hasta que finalmente, a medianoche, su hija consiguió que un médico la ayudara a subirla a su carro y la llevó a casa.

Fred Jones, un veterano que vivía en Brooklyn, a finales de 2015. Fue el primero de la serie en morir, en abril de 2016, a los 89 años.
Fred Jones, un veterano que vivía en Brooklyn, a finales de 2015. Fue el primero de la serie en morir, en abril de 2016, a los 89 años.Credit…Nicole Bengiveno para The New York Times

Pero, con frecuencia, sus días eran como el de aquella llamada telefónica de diciembre con Ruth: maltratados por circunstancias que escapaban a su control, pero también aliviados por algo que interponían a sus penas, en el caso de Ruth, el apoyo de sus hijos y el orgullo que sentía de sí misma.

Ninguno de los seis había previsto una vejez tardía, ni siquiera los que habían cuidado de sus cónyuges al final de la vida. Hubo una vejez temprana, tal y como se describe en los soleados folletos de las comunidades de jubilados, y había un final, pero pocas indicaciones sobre lo que ocurre en medio.

Sin embargo, todos tenían algo que deseaban: en lugar de las aspiraciones a largo plazo de los tiempos de juventud, que a menudo conllevan ansiedad, eligieron los placeres accesibles. Helen Moses, que encontró el segundo amor de su vida en el Hogar Hebreo de Riverdale, en el Bronx, se propuso casarse. Fred Jones quería vivir hasta los 110 años y, antes, volver a ir a la iglesia, un terreno privilegiado para el coqueteo. Ping Wong, que vivía con menos de 700 dólares al mes de prestaciones de la Seguridad Social, quería ir a Atlantic City con su familia una vez más.

Helen Moses con su novio, Howie Ziemer, en el Hogar Hebreo del Bronx
Helen Moses con su novio, Howie Ziemer, en el Hogar Hebreo del BronxCredit…Nicole Bengiveno para The New York Times

Jonas Mekas, a sus 95 años, trabajaba para terminar varios libros y películas.

Para Ruth, a medida que se le acortaba el tiempo, sus objetivos eran más inmediatos. En noviembre, se comprometió a vivir hasta su cumpleaños, para el que faltaba una semana; un viernes de diciembre, dijo que su objetivo era sobrevivir un par de días más, hasta que su hijo pudiera visitarla desde Nuevo Hampshire. Consiguió hacer ambas cosas.

Helen tuvo una ceremonia de compromiso con su pareja, Howie Zeimer; Ping llegó a ir a Atlantic City; Jonas completó una extraordinaria cantidad de obras, algunas de las cuales estarán disponibles este año, en decenas de exposiciones previstas con motivo de su centenario.

John Sorensen, un hombre gay que echaba de menos desesperadamente a quien fue su pareja durante 60 años, pasó la mayor parte de nuestro primer año esperando adquirir la movilidad suficiente para asistir al Día de Acción de Gracias en casa de un amigo.

John Sorensen, decorador jubilado, en su apartamento del Upper West Side de Manhattan en 2015. “No fui un gran pecador”, dijo en una entrevista. “Tampoco fui un santo”.
John Sorensen, decorador jubilado, en su apartamento del Upper West Side de Manhattan en 2015. “No fui un gran pecador”, dijo en una entrevista. “Tampoco fui un santo”.Credit…Nicole Bengiveno para The New York Times

Él también lo consiguió, y lo pasó incluso mejor de lo que había imaginado. También fue su último deseo. En mi última visita a John, en una residencia de ancianos de Manhattan en junio de 2016, felicitó a una enfermera por sus pestañas. “Nunca me voy a poner mejor”, dijo. “De todos modos, eres bonita”. Tenía 92 años.

Fred nunca volvió a la iglesia. En abril de 2016, poco después de la muerte de su hija más cercana, él también se fue.

Cada uno de los seis encontró un equilibrio diferente entre disfrutar de las satisfacciones que aún les eran accesibles y lamentar las que habían perdido. Hasta que la demencia obligó a Ping Wong a mudarse de su apartamento, organizaba sus días en torno a jugar al mahjong con las mismas cuatro mujeres de su edificio. Dijo: “Nunca pienso en las cosas que no puedo conseguir”.

Ping Wong, en el centro, en 2015, durante mucho tiempo organizó sus días en torno a jugar al mahjong con las mujeres de su edificio, cerca de Gramercy Park, en Manhattan.
Ping Wong, en el centro, en 2015, durante mucho tiempo organizó sus días en torno a jugar al mahjong con las mujeres de su edificio, cerca de Gramercy Park, en Manhattan.Credit…Nicole Bengiveno para The New York Times

A Fred Jones le gustaba socializar y cantar con una voz calcada de la del cantante de jazz Billy Eckstine; Jonas Mekas contaba con su trabajo y la compañía que le proporcionaba; Helen Moses se apoyaba en Howie y las visitas de su hija; John Sorensen nunca se perdía las retransmisiones de los sábados de la Ópera Metropolitana; Ruth tenía a su familia.

Ninguno esperaba vivir eternamente, ni quería hacerlo. Con la excepción de Fred, que temía su vida después de la muerte, todos parecían consolarse sabiendo que sus días eran limitados, aunque sus hijos no. Una de las virtudes del tiempo es que es finito. Es lo que da a los días su valor. Ruth intentó a menudo preparar a sus hijos para su muerte. Incluso en la madurez, seguían siendo sus niños, y ella seguía siendo su madre, dijo su hija Judy Willig, de 68 años. “Ella y yo hablábamos mucho de su muerte”, dijo Judy. “Decía: ‘Me preocupa cómo les irá a ustedes, niños’. Yo le decía: ‘Mamá, no somos niños’”.

Hace un año, después de su cumpleaños número 97, Ruth habló por primera vez de vivir hasta los 100 años, algo que siempre había dicho que no le interesaba. El momento era extraño, con la pandemia que seguía desarraigando cada parte de su vida. Pero dijo: “Y si lo hago, podemos hacer una fiesta”.

Pasaron siete meses más hasta que pude visitarla, en exteriores. Había perdido algo de peso y su habla era pastosa como consecuencia de los problemas dentales, pero daba poca importancia a los cambios en su estado. Aunque estaba disgustada porque su hijo se mudaba a Nuevo Hampshire, dijo: “No voy a decir nada. Es su vida, y yo no voy a estar aquí para siempre”.

Mencionó una reciente noche de insomnio —había tenido muchas— cuando empezó a pensar en sus hijos y en su funeral. Nunca habían hecho planes concretos, dijo. “Repasamos la ‘no reanimación’, todo eso. Pero los detalles del funeral, no. Y luego, por supuesto, el dinero del que vivo, tal vez quede algo”. Se detuvo para reír. “Ojalá”.

Pasó noviembre entrando y saliendo del hospital y cada vez oponía más resistencia a ir allá. “Nos obligó a pensar con ella en lo que consideraba más importante”, dijo Judy Willig. Decidieron que las dos cosas que más le importaban a Ruth eran “vernos y mantener la mayor independencia posible”. Tras una estancia hospitalaria de siete días, a finales de mes Ruth regresó a casa con cuidados paliativos. Allí hizo un gran esfuerzo por caminar, pero estaba demasiado débil, y su presión arterial descendió vertiginosamente.

Esa era la Ruth que su hija describiría: ponía todas sus energías en lo que era importante para ella, incluso arriesgándose a sí misma.

Finalmente, no había nada más que desear. Estaba donde quería estar, con la gente que quería a su alrededor. Sus hijas se acostumbraron a dormir en su sofá y en el suelo, sin querer dejarla, un nivel de cuidados que Ruth agradecía y a la vez la hacía refunfuñar.

“No más después de este”, dijo a principios de diciembre; creo que quiso decir años. Y añadió: “¿Por qué es tan difícil?”.

Así que: ¿cómo tener una vida plena y con propósito cuando no puedes hacer tantas de las cosas que hacías antes? La pandemia ha puesto de manifiesto hasta qué punto esta pregunta se aplica a las personas de cualquier edad.

Durante casi dos años, nadie ha podido hacer las cosas que hacía antes. Todos hemos renunciado a cierta movilidad y a pasar tiempo con la gente, todos hemos dejado de ir a los lugares que nos gustaban y hemos sentido cierto grado de aislamiento. Todos tuvieron que encontrar satisfacciones que aún fueran accesibles: construir la vida con lo que tenían, no con lo que se les quitó.

Los ancianos llevan mucho tiempo viviendo en este terreno. Sus respuestas —no te preocupes por las cosas que no puedes conseguir; vive como si tu tiempo fuera limitado; céntrate en las personas que te importan; disfruta de los placeres que tienes a la mano— son simples pero muy útiles, pilares sobre los que construir una buena vida. Fáciles de hacer, difíciles de recordar.

Para añadir uno más, de Jonas Mekas: un mes antes de su muerte, le dijo a un amigo en el hospital que había llegado a aceptar su final.

Jonas Mekas seguía trabajando como cineasta y escritor a sus 90 años. Este año se celebrarán exposiciones con motivo del que hubiera sido su centenario.
Jonas Mekas seguía trabajando como cineasta y escritor a sus 90 años. Este año se celebrarán exposiciones con motivo del que hubiera sido su centenario.Credit…Nicole Bengiveno para The New York Times

“Me estoy preparando”, dijo a su amigo, el actor Benn Northover. Dijo que había estado negociando con sus ángeles, y que necesitaban su ayuda.

“¿Quieres decir que necesitan tu ayuda allá?”, preguntó Northover.

Jonas no abrió los ojos, pero sonrió, dijo Northover.

“No, no”, respondió Jonas. “Allá está bien. Es aquí donde se necesita ayuda. El mundo necesita mucha ayuda. Estaré muy ocupado, más ocupado que nunca”.

Era una declaración de que lo que uno hacía importaba, y que no dejaba de importar incluso cuando todo lo demás estaba perdido.

Durante casi siete años, Ruth y los demás ancianos ejercieron de corresponsales desde un país al que la mayoría de nosotros no hemos viajado, aunque muchos lo harán. Sus reportes han sido generosos, sorprendentes, predecibles, esclarecedores, contradictorios y, en ocasiones, rebosantes de vitalidad, acorde con lo que la novelista Penelope Lively, nacida una década después que Ruth, llamó “este lugar al que llegamos con cierta sorpresa; emboscados, o así puede parecer”.

Han sido, al fin y al cabo, historias de pérdida: aceptar la pérdida, resistirse a ella, vivir plenamente con ella aun reconociendo el dolor que conlleva. Es decir, han sido historias de vida. Y como tal, las historias llegan a su fin, en este último artículo de una serie del Times que comenzó durante el gobierno de Barack Obama.

Al final de cada año, pregunté a los ancianos si estaban contentos de haberlo vivido. ¿El año tenía valor para ellos? La respuesta era siempre la misma, incluso por parte de aquellos, incluyendo a Ruth, que habían dicho durante el año que estaban listos para irse, que deseaban un final más pronto que tarde. Sí, decían, sí, valía la pena vivir.

Este año no pude hacerle esta pregunta a Ruth, así que sus últimas palabras tendrán que ser su respuesta. Cuando ya no pudo hablar en su último día, rodeada de su familia, se limitó a besar las manos de sus hijas. Pero antes se dirigió a su enfermera. “Gracias”, dijo, y no volvió a hablar.

John Leland, reportero de la sección Metro, se unió al Times en 2000. Su libro más reciente es Happiness is a Choice You Make: Lessons From a Year Among the Oldest Old, basado en una serie del Times. @johnleland


John Leland, a Metro reporter, joined The Times in 2000. His most recent book is “Happiness Is a Choice You Make: Lessons From a Year Among the Oldest Old,” based on a Times series. @johnleland

TOMADO DE: https://www.nytimes.com/es/2022/01/16/espanol/apuntes-del-final-de-la-vida.html?campaign_id=42&emc=edit_bn_20220116&instance_id=50479&nl=el-times&regi_id=90761035&segment_id=79889&te=1&user_id=06c73d2ee00906bbd1a012075f26e31a

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