MASONERIA

INSTRUMENTOS DE TRABAJO DEL SEGUNDOGRADO

Lo que más caracteriza a cada grado de la masonería son sus instrumentos de trabajo, que han sido elegidos de manera que sinteticen y expresen gráficamente la esencia de lo que se intenta enseñar al estudiante.

Estos instrumentos de trabajo pueden estudiarse de dos maneras principales: una de ellas consiste en observar el uso que de los mismos, hacen los masones o albañiles operativos; la otra, en analizar los principios filosóficos y fundamentales en que cada uno se basa.

De esta forma estamos en condiciones de percibir la lección espiritual que encierra cada uno de esos instrumentos, y también los medios materiales de expresar semejante enseñanza espiritual en la vida práctica.

No obstante, es necesario que tengamos en cuenta en los estudios masónicos que la masonería es una ciencia progresiva y que sus tres grados constituyen un todo o conjunto.

Puede decirse lo mismo de los instrumentos de trabajo, cuyos tres grupos son progresivos, ya que cada uno sigue esencial y lógicamente a los que le anteceden, y el conjunto forma un integro y completo complemento. Por tanto, es provechoso formular una comparación sucinta de los instrumentos de trabajo del aprendiz con los del compañero, para percatarnos de su orden de sucesión y de su afinidad.

Las diferencias existentes entre los instrumentos de trabajo del primer grado y los del segundo son muchas y notables. Desde el punto de vista operativo, el aprendiz ha de tallar la piedra dándole el tamaño y la forma debidos por medio del mallete y el cincel.

Realiza su labor en la cantera, donde prepara aisladamente las piedras, cuya medida le dan, obedeciendo a un plan que él ignora. Trabaja en una sola piedra a la vez, y no es preciso que sepa donde ha de colocarla ni cual es su relación con las otras piedras.

Sin embargo al llegar a compañero su trabajo adopta un aspecto nuevo y dan un avance importante en su arte.

No hay que olvidar que aunque al compañero se le entregan nuevos instrumentos de trabajo, los mismos no sustituyen a los del primer grado, sino que se añaden a ellos.

Por tanto, todavía conserva el compañero la regla de 24 pulgadas, el martillo y el cincel y aún tiene que efectuar con ellos mucho trabajo.

En realidad, se le dice que, si bien hasta entonces no se ha ocupado más que de dar forma a la piedra bruta y tosca, ahora debe prepararla mejor, suavizando y puliendo sus superficies, cortando las molduras, etc., trabajo que puede realizar por entero con la regla de 24 pulgadas, el martillo y el cincel.

La relación de esto con el problema del individualismo, que constituye la enseñanza suprema del segundo grado adquiere suma importancia y significación.

Los nuevos instrumentos añadidos en este grado al equipo del masón son la escuadra, el nivel y la plomada, que son los símbolos más significativos de la parte formal de la masonería, toda vez que el templo se eleva sobre un fundamento a nivel, se traza con la escuadra y se levanta piedra a piedra, ajustándolo a la plomada.

Por todo esto resulta apropiado que estos tres instrumentos de trabajo caractericen al segundo grado, que es el central y que sean como joyas móviles de los tres principales oficiales, cuya posición indica su valor supremo y su lugar único en todo el esquema.

Salvo la escuadra, que el masón emplea como la regla de 24 pulgadas, en todas las etapas de su labor por ser indispensable a todos los grados de trabajadores, sea cual sea su categoría, el nivel y la plomada se usan solamente en la sede del templo.

Es evidente que el aprendiz no necesita ni el nivel ni la plomada, instrumentos de relación para dar forma a las piedras arrancadas de la cantera. En cambio, el compañero, que trabaja en el solar en que se edifica, colocando unas piedras sobre otras, no podría llevar a cabo su tarea sin el nivel y la plomada. Cada hilera debe estar nivelada cuidadosamente y cada piedra debe colocarse en perfecta verticalidad, posición que se comprueba con facilidad mediante la plomada.

Considerado desde este punto de vista, el trabajo de aprendiz es individualista, toda vez que se dedica a preparar las piedras aisladamente, en tanto que el trabajo del compañero es de asociación, ya que su labor consiste en colocar la piedra en una relación perfecta y mutua, y en tratar de que su trabajo se acople perfectamente con las otras partes de edificios que construyen los otros masones.

Por esto, la elección de una individualidad estable fundada en la fuerza es labor que empieza el aprendiz en los albores de su carrera, pero que solamente será perfeccionado por el compañero.

Los instrumentos de trabajo de los dos primeros grados pueden constatarse y compararse de otra manera interesante. La regla de 24 pulgadas y la escuadra, que son los primeros de cada serie, son instrumentos estáticos, o sea que sólo se utilizan cuando permanecen parados, ya que han de estar rígidos e inmóviles cuando se aplican a la obra si se quiere que resulten útiles.

No obstante, entre los otros dos de cada serie hay un notable contraste. En tanto que el nivel y la regla plomada son instrumentos estáticos, el mallete y el cincel son esencialmente dinámicos.

En efecto, sólo los dos últimos son útiles cuando están en movimiento, ya que en caso contrario no tendrán tanto valor para el masón como el talento encerrado de la parábola pública. Se usan para cortar el material y separar los trozos innecesarios.

Por otra parte, el nivel y la plomada no son útiles cuando están en estado de movimiento, y lo mismo que la regla de 24 pulgadas y la escuadra, deben estar inmóviles y rígidos para que sea posible comprobar la perfección de la obra, la cual ha de variarse hasta que se ajuste a las reglas de los mencionados instrumentos.

La fuerza, por tanto, no se adquiere más que mediante el movimiento, mediante el ejercicio de la facultad y mediante un infatigable esfuerzo; asimismo, la individualidad del artífice se estabiliza, afirma y se eleva cuando dicha fuerza obedece a las leyes de la naturaleza y de la ciencia.

Si se consideran los instrumentos de trabajo del aprendiz y del compañero desde el punto de vista de su flexibilidad y adaptación, se descubre otro elemento de sumo valor expresivo relacionado con el problema del individualismo.

En primer lugar descubrimos que hay cierta semejanza entre los primeros instrumentos de cada grupo, y que hay una diferencia radical entre los dos restantes instrumentos de cada grado. de modo que la regla de 24 pulgadas y la escuadra son fijas e invariables, y el trabajo ha de ajustarse a ellas en tanto que se determina el número de unidades de la regla de 24 pulgadas, y el lugar donde hay que colocar los ángulos rectos o escuadras. No es posible permitir la menor latitud, ya que cualquier variación sería un error y una divergencia de la Suprema Verdad.

Esta misma reflexión se aplica al nivel y la plomada, a los que hay que ajustarse implícitamente con escrupulosa fidelidad para que el trabajo no fracase.

A ellos no les queda lugar para el ejercicio de la individualidad, del temperamento y del gusto personal. Toda desviación de la obra planeada a base de escuadra que tienda a separarse de la horizontal y la vertical es errónea, ya que estas variantes del proyecto no son manifestaciones de la verdadera individualidad sino impresiones, debidas a negligencias y obstinaciones.

La individualidad no se logra vulnerando la ley ni separándose de los principios fundamentales de la naturaleza de la ciencia, sino mediante algo más sutil y profundo.

Lejos de ser la verdadera individualidad un conjunto de errores e imperfecciones, consiste en obedecer a las leyes con toda fidelidad, o mejor dicho, la individualidad se vale de las leyes para conseguir sus propósitos, obrando como un “verdadero y fiel artífice” y realizando, no obstante, el milagro de ser única, integral y diferente de todos los demás individuos.

Es ésta sin duda la paradoja de la individualidad cuya solución se alude en el supremo grado.

Ahora bien, como la verdadera expresión de la individualidad no se base en la infracción de la ley o en la defectuosa aplicación de la escuadra, el nivel y la plomada, ¿dónde es posible encontrarla?

Como la individualidad por excelencia pertenece al segundo grado, resulta lógico que se halle la solución en los instrumentos de trabajo.

Aunque es cierto que la formación de la individualidad es la obra suprema del compañero, hay que recordar que son necesarios en esa obra los instrumentos del primer grado, o sea la regla de 24 pulgadas, el martillo y el cincel, así como la sabiduría del tercer grado, si no se desea correr riegos.

Esto es así porque cuando se lucha por hallar la individualidad y, por tanto, para consolidarla hay que evitar las trampas del egoísmo, el orgullo y el “pecado de separatividad”, tendencia separatista que suele atribuirse a las elucubraciones del cerebro, cuyo desarrollo constituye la prerrogativa esencial del grado de compañero masón.

Por consiguiente, antes de que el candidato se lance a estudiar con gran intensidad el problema de la individualidad, es recomendable que sea exaltado al tercer grado y aprenda ya como maestro masón que hasta la misma individualidad ha de ser trascendida y muerta.

Tiene que aprender que la individualidad no es un fin, sino un medio que conduce a una meta más elevada. Si se concentrase en el problema de la individualidad careciendo de esos conocimientos y considerarse que su formación de ésta es un fin, una consecución suficiente, correría gran peligro de incurrir en errores que tendrían como consecuencia estorbar su progreso posterior en la ciencia masónica.

Las enseñanzas del segundo grado precaven contra este peligro al enseñar la importante lección del servicio, ya que si se aprende y aplica bien esta lección, que es el poder de la individualidad, éste se encauza por los caminos del servicio altruista, con lo que se habrá conseguido un desarrollo sano y no morboso.

Por tanto, una vez se ha reconocido que el peligro del egoísmo y la separatividad no puede evitarse más que consagrado todas las facultades adquiridas al servicio altruista, y cuando ya se ha aprendido que el milagro de la individualidad no es un fin mejor, trataremos de descubrir la aparición de la individualidad, más no es la forma de emplear los instrumentos de trabajo del segundo grado, sino en el uso que se hace de los dos últimos instrumentos de trabajo del primer grado, conocidos como martillo y cincel, puesto que ya sabemos que la individualidad del masón o artífice llega a su expresión más elevada en el filo del cincel.

Como vimos, la escuadra, el nivel y la plomada no dan margen para lo personal o individual, ya que dichos instrumentos son inflexibles e invariables, mientras que el mallete y el cincel dan lugar a una variedad y a una flexibilidad infinitas.

No existen dos obreros que usen el filo del cincel de manera idéntica, lo mismo que no hay dos individuos que hagan o escriban exactamente igual. En realidad, los artífices se distinguen entre sí por el diferente uso de este filo.

Los trabajadores de la piedra o masones operativos, graban sus marcas con el filo del cincel, y ningún hombre puede hacer la marca de otro; la marca de cada individuo es única, propia y eternamente distinta de la manera de otro.

Especulativamente, el filo del cincel es la línea divisoria entre el Yo y el No-Yo; la línea o frontera donde el trabajador entra en contacto con su labor, en el organismo choca y reacciona contra el ambiente. En esta línea es donde emerge la individualidad, porque lo que constituye la cosa única de cada organismo individual es la manera en que se ve afectado por el ambiente, el modo de reaccionar contra él de dominarlo. Y esta línea es el filo del cincel.

CONTINUARA

FUENTE: http://www.valdemar.com.mx/userfiles/files/temas%20compañero%20GLT.pdf

Categorías:MASONERIA

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