MASONERIA

Los niños en las logias: los lobetones

Aunque pueda parecer redundante el uso de familia masónica, éste posee una realidad: la de dar a los miembros de la masonería un sentimiento de pertenencia que va más lejos de una simple adhesión social, cultural, incluso política. En la masonería hablar de familia es una manera de expresar la universalidad de la Orden; de hecho también existe una connotación antropológica, ya que los mismos masones se reconocen como hermanos. No cabe duda que esta «cualidad familiar» puede dar argumentos sólidos en cuanto a un tipo de educación; y en otras asociaciones se ha visto cómo el sentimiento de pertenencia a un grupo, clan o familia es válido para enfocar la educación dentro de unos modelos u otros. 

Ahora bien, dentro de estos márgenes, la familia masónica es una «familia de adultos» que por medio de la adopción se convierte en una «familia normal». Por lo tanto, esta familia ha previsto modalidades de adopción de niños en las logias. No se trata de una adopción parental, sino de una adopción masónica con objetivos precisos y con funciones también precisas. El origen de esta práctica se encuentra en la masonería francesa del siglo XVIII, cuando las logias instituyeron la adopción de mujeres, y más tarde la de los niños. Esta práctica se desarrolló durante el siglo XIX, como consecuencia de los conflictos y luchas entre la Iglesia católica y la masonería.

La forma más corriente de adopción de niños fue la de los hijos e hijas de masones; sin embargo, las preocupaciones sociales y políticas de estos hombres les llevaron a adoptar niños cuyos padres no eran masones, lo cual ya no se puede considerar como una adopción masónica, sino más bien como una adopción social. En ambos casos a estos niños se les llaman lobetones1. La tradición masónica distingue dos niveles: el primero corresponde a los niños menores de siete años adoptados por una logia, y en la que la ceremonia de adopción reviste el carácter de bautismo masónico; el segundo corresponde a los hijos de masones.

La introducción de los niños en las logias está considerada como un acto trascendental y, de ninguna manera, puede ser «una vana formalidad [y] la logia contrae la obligación de servirle de tutor y guía en las dificultades de la vida»^. El carácter que se le da a la adopción tiene por origen una noción familiar, que es protectora y educativa, pero no entiende sustituir a las funciones naturales de los padres; como señala el Ceremonial, «semejante ceremonia no desliga a los padres de los deberes que les imponen las leyes del Estado»^. Para el profano en estas cuestiones puede parecer contradictorio este tipo de adopción, de hecho las logias mantienen tanto el aspecto simbólico del ceremonial como el aspecto social al que está destinada la adopción, y esto pese a que algunas definiciones no destacan por su claridad: «debéis tener presente —añade el Ceremonial— que el niño que adoptais, es, en tal concepto vuestro hijo, y que debéis poneros de antemano de los mas dulces sentimientos en su objeto».

Sea como fuere, parece evidente que las logias que adoptan a un niño deben protegerlo, guiarlo y ayudarlo*, pero los objetivos y principios van más lejos que una tutoría protectora. Así, para algunas logias el objeto de la adopción «es obligar a los miembros de una logia (…) a vigilar sobre la educación del niño y al mismo tiempo proporcionarle una ocupación honrosa, de que pueda subsistir por medio del trabajo»®. Otras logias consideran que el aporte ético es lo más importante y ven en la adopción una manera de «librarle de hoy para lo sucesivo de los males que lo amenazan. Iniciarle en la vida de la inteligencia, quitarle el velo material que cubre sus ojos, y purificando su cuerpo llevar su espíritu con el amor del estudio, la inspiración de la virtud y la fraternidad universal para que, ésta, su primera iniciación le abra el camino de la felicidad»?. Ambos conceptos muestran la importancia de la educación en la adopción, una educación que tiene por finalidad el perfeccionamiento personal y humano, principios básicos del espíritu masónico y que tendrán una influencia determinante en la elección del método de Frõebel como modelo pedagógico. 

A lo largo de la Restauración, la adopción de niños fue siempre mesurada, aunque también fue practicada por gran cantidad de logias; estos gestos humanitarios nos revelan las importantes carencias sociales de aquella sociedad española, con comportamientos típicos de una sociedad tradicional y pre-industrial. Los casos que conocemos son explícitos y las adopciones encuentran una justificación, no sólo social, también ideológica. Aquí lo que se planteaba era una remodelación de la familia, de sus estrategias y sus relaciones sociales; lo cual conducía, lógicamente, a un replanteamiento del tipo de educación que se daba a los niños. La masonería, por medio de la adopción, aunaba una prolongación de su protagonismo familiar y parental con una proyección educativa e ideológica; por esta razón siempre se preocupó del lugar que ocupaba la mujer en la familia y en la sociedad, pero sobre todo en la educación de sus hijos. Además, estas mujeres eran —como decían los librepensadores— «víctimas de la clerigalla» y, en consecuencia, todo lo que gravitara en torno a la mujer era tomado en cuenta, como gráficamente lo relata un masón valenciano, comentando el ambiente beato de su ciudad: «se ve señoras ilustres (…) contentarse con vestir el habito, abrir el diccionario, visitar la capilla de los Desamparados (…). Conviene hacer lo que hacen, pero también conviene no emitir legítima influencia de que gozan cerca de sus esposos y sus hijos» . No obstante, no hay por qué ver en la adopción un gesto de una mecánica ideológica precisa. La ceremonia de la adopción constituye uno de los actos más alegres de la vida de una logia. Los ritos nos muestran el carácter que se da al acontecimiento: el templo está decorado con flores y hojas, se quema incienso, los padrinos ofrecen regalos a los niños, se entonan cantos y se recitan poemas9. El venerable maestro de la logia Hijos del Trabajo de Barcelona lo califica como «el acto de mas trascendencia que verifica la masonería por cuanto (…) acoge en su seno a sus hijos para ser su salvaguardia». 

Las adopciones, al ser un acontecimiento y una muestra social e ideológica que realza la labor de la sociedad masónica, se ven muy a menudo citadas en la prensa masónica o filomasónica. Todos los boletines y gacetas oficiales nos relatan regularmente casos de adopción, más o menos solemnes, en todos los rincones del país; la prensa masónica regional difunde y alienta el desarrollo de estas adopciones: Así, La Humanidad —órgano de prensa de la logia Constante Alona de Alicante— o el semanal laico Las Dominicales del Librepensamiento que nos informa sobre las adopciones realizadas en Linares, El Ferrol o en Alicante. Algunas de estas adopciones se salen del marco tradicional y revelan el carácter original de la adopción: la protección del niño. En 1890, la logia Nueva Urci de Águilas (Murcia) adoptó un huérfano, hijo de un masón recientemente fallecido. Las ceremonias de esta adopción fueron transcritas en un documento de cuarenta y una páginas, en donde se explica que la adopción no se debía a su orfandad, sino «a su débil y enfermiza constitución, que le ha de imposibilitar en el porvenir para todo trabajo material, haciéndole doblemente huérfano y doblemente desdichado»11. En otras ocasiones, las adopciones toman un carácter un tanto picaresco. En el pueblo de Villagordo (Albacete) la logia Juventud adoptó a un recién nacido del que el rumor popular decía ser hijo natural del cura del pueblo. La decisión de adoptar este niño no estaba exenta de ironía12. Otro caso similar se produjo en La Orotava, en donde la logia Taoro adoptó un recién nacido, indicando que sería bautizado por el rito masónico y educado según los principios y valores de la Orden.

Estos tipos de adopción son menos corrientes en centros urbanos más importantes. Aquí lo que nos interesa subrayar es el espíritu de estos hombres, que en un medio hostil intentaron poner en práctica los principios humanitarios de la sociedad masónica, la cual —como señala la logia de Águilas y para que no haya ningún tipo de tergiversación— «no es una sociedad exclusivista, ni una sociedad de socorros mutuos de sus afiliados; la Masonería es una familia universal unida por lazos de fraternidad y que extiende su acción benéfica a todos los hombres. Que tiende a formar de éstos una familia de hermanos y para ello los admite en su seno».

FUENTE: https://www.granfraternidad.org/teaching-learning/45-masoneria-y-educacion-infantil

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