CUBA

La Iglesia católica, la condición política cubana y Palabra Nueva (PARTE II)

¿Qué es Palabra Nueva?

Publicada por el Departamento de Medios de Comunicación Social, constituye un

órgano plural y decisivo para conocer la realidad del cristianismo en Cuba. Fundada en abril de 1992, año del V Centenario de la Evangelización, como respuesta al reclamo del Padre Juan Pablo II para impulsar, en la realidad cubana, una nueva evangelización. Sin acceso a los medios de comunicación masiva de propiedad estatal existentes en la Isla, la Iglesia comprendió la necesidad de desarrollar órganos de prensa propios, de menor alcance, pero capaces de mantener el diálogo y la comunicación con los fieles. Esta revista se mantiene atenta y abierta a todas las temáticas que interesan hoy a los católicos: economía, cultura, deporte, ciencias sociales…, sin olvidar la religión. Durante el Congreso Mundial celebrado en la sede de la UNESCO en París, en 1998, la Unión Católica Internacional de Prensa (UCIP) le concedió la Medalla de Oro, el más importante premio de esa organización, y en 2004 le otorgó el Premio Internacional a la Excelencia Periodística.

Su edición impresa es de once números al año y la digital comenzó en febrero de 2005. Un numeroso grupo de intelectuales católicos y laicos la enriquece con sus trabajos. Entre ellos se destacan Fray Jesús Espeja, Mons. Ramón Suárez Polcari, Miguel Sabater Reyes, María del Carmen Muzio, Roberto Méndez Martínez, Nelson de la Rosa, Perla Cartaya Cotta, Maikel Rodríguez Calviño, Orlando Márquez Hidalgo, Nelson García […] Mons. Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal.11

Palabra Nueva es un medio de posicionamiento político ante la realidad en que se inserta «la vida» de la publicación. Algunos la consideran —aunque en menor medida que Espacio Laical— una suerte de brecha para el debate nacional, cuando los medios de comunicación estatales en su gran mayoría cargan con un fardo de inconformidades por su parcialización y escaso incentivo a la reflexión y la polémica.

Por cierto, esta no ha sido la más publicitada de las publicaciones católicas surgidas después de 1990. Desde finales del siglo xx, el primer lugar lo ganaba con creces Vitral, órgano de la diócesis de Pinar del Río, dirigido por el controvertido laico Dagoberto González. Su perfil abiertamente contestatario en el plano político, en relación con la gestión del Estado y el Partido, le permitió ganar celebridad internacional, sobre todo en sectores que critican el sistema político cubano. Al parecer, a mediados de la primera década de la actual centuria, la jerarquía eclesiástica decidió que moderara el tono, le limitó el espacio, quizás debido a la notoria mejoría de las relaciones con el Estado. Otro factor que debe haber incidido en tal decisión es que González fue acusado en los medios públicos de comunicación de ser agente de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana, luego del destape de infiltrados de los Órganos de la Seguridad del Estado en los grupos de la disidencia interna.

Tras el vacío dejado por la revista pinareña, ha ido emergiendo en los últimos años Espacio Laical, órgano de los laicos de la Arquidiócesis de La Habana, y la publicación católica de mayor visibilidad entre las existentes. Ha desarrollado un perfil editorial de vanguardia, hace hincapié en el análisis de la realidad cubana y ha aunado un colectivo de periodistas y colaboradores con un trabajo «reconocido en muchos sectores como inteligente o meritorio», para promover la reflexión y el debate en torno a las problemáticas nacionales. Además, organiza paneles, dossiers y mesas de discusión, en los que participan especialistas de reconocido prestigio en la Isla o allende sus fronteras. Intelectuales como Aurelio Alonso la consideran uno de los dos servicios editoriales —el otro es Temas— más interesantes de Cuba en la actualidad.12

Sin embargo, por su mayor alcance editorial —publica unos doce mil ejemplares por número—, Palabra Nueva debe ser la de más impacto en los Es evidente que la Iglesia católica cubana participa en los debates políticos que estremecen a la Isla, y propone soluciones que a menudo llegan mucho después, como parte de políticas gubernamentales. Soluciones ya pensadas por millones de cubanos que siguen apostando por una Cuba donde quepamos todos, con bienestar y armonía. La Iglesia católica, la condición política cubana y Palabra Nueva 59 lectores de las publicaciones auspiciadas por la Iglesia católica cubana. Además, tiene variaciones significativas en sus enfoques de orden político: unos son implícitos y otros, los menos, explícitos. Muchas veces enfrenta el acontecer nacional con sagacidad, a pesar de que el contexto está marcado por complejidades y contradicciones generadas durante más de dos décadas de crisis en varios órdenes, que ha deconstruido el ideal social prevaleciente en el primer trienio de la Revolución, y los valores y configuración de la superestructura política e ideológica, excluyendo, quizás, la institucionalidad.

El análisis que aquí propongo no será cuantitativo; por el contrario, apelaré a valoraciones de orden holístico y con perfil cualitativo. Tendré en cuenta el siguiente objeto de estudio: ¿qué entender por actitudes políticas?

Cuando se analiza el enfoque de los textos publicados en Palabra Nueva, se observa que sus autores afirman no estar interesados en cambiar o reformar el sistema político cubano —aunque ambas son intencionalidades explícitas o implícitas en varios artículos—, sino en cuestionar la vida de la «polis» o proponer modificarla desde posturas estrictamente seculares, no sacramentales.

En otros ensayos donde he abordado el tema de las actitudes políticas de los católicos cubanos, suelo identificarlas como expresiones de pensamiento social, pero casi toda reflexión en ese orden implica, a su vez, un posicionamiento político; por lo tanto, aquí no cambia el contenido del concepto, solo su denominación o planteamiento: lo social lo mutamos a político, que suele ser mucho más peliagudo para el sentido común, e incluso en las estructuras epistemológicas del «buen sentido».

Orlando Márquez Hidalgo, director en funciones de Palabra Nueva, afirmó, en un excelente ensayo que enjuicia el I Congreso Católico Nacional, tras cincuenta años de su celebración:

Nuestra sociedad se agita ahora entre el desencanto por un ideal no alcanzado y el anhelo por un futuro que se desea y se teme a la vez. En medio de esta aparente desorientación, algunos desean permanecer en un pasado de estancamiento, otros buscan nuevamente fuera de las fronteras las fórmulas salvadoras, al tiempo que crece el número de los que escudriñan desde los orígenes de nuestra nacionalidad hasta hoy, con la intención de conocer dónde desviamos el rumbo y enderezar el camino.13

Al escribir esto, se posiciona políticamente, devela la ausencia de modelo, de programa, de propuesta de país ante la opinión pública cubana, por parte de los que ejercen la hegemonía en la República. Por lo tanto, hay un cuestionamiento al ejercicio del poder político y económico en Cuba, a su transparencia, y una crítica explícita a las consecuencias de ello en la configuración del futuro de la nación. No es esta una postura doctrinal católica, sino política.

Márquez, una de las firmas recurrentes en las páginas de la revista, ha publicado en la presente década disímiles trabajos donde insiste en los errores cometidos por la dirección del país en el diseño y conducción de las políticas públicas. Muchas veces señala desaciertos que en los últimos años han sido reconocidos por las más altas figuras del gobierno cubano; por ejemplo, el exceso de centralización y la carencia de espacios para la iniciativa social y privada en la estructura económica de la nación, aún de indiscutible corte soviético, y los efectos de esta «vía de desarrollo» en el consumo, las importaciones, el empleo real —diferente a las tasas oficiales de empleo y desocupación—; sus implicaciones en la identificación del ciudadano con los destinos del país. Márquez recalca en varios de sus textos la necesidad «impostergable de cambios esenciales a esa estructura», que según él afecta la lógica espiritual del conglomerado social.

Junto a otros articulistas, arremete con asiduidad contra las políticas «apoyadas por el Estado» y propuestas en los últimos años por el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), en relación con la «promoción del respeto a los derechos de las llamadas minorías sexuales». Cree que se está confundiendo respeto con estimulación —así desconoce que no se puede estimular la práctica de una orientación que no se tiene—, y se afectan los valores de lo que define como «familia nuclear, heterosexual y cristiana», base de la doctrina moral de la Iglesia.

También se opone al derecho femenino a decidir sobre su cuerpo, pues considera que se «atenta contra la vida humana» —afirmación unas veces implícita y otras explícita— cuando la mujer tiene acceso al aborto clínico y regularizado como última perspectiva en el control de la planificación familiar o para interrumpir embarazos que dañan la salud física o emocional. Este asunto genera álgidos debates en América Latina acerca de la subordinación legislativa de los Estados respecto a los principios morales que defienden las iglesias cristianas. Ambos problemas, por la incidencia que tienen en los destinos y el ejercicio de la libertad y el respeto a la dignidad de los ciudadanos, devienen también un debate de orden político.

Los articulistas de Palabra Nueva vuelven una y otra vez sobre un tema ocultado o tratado eufemísticamente por los medios de comunicación estatales: la pobreza y su repercusión en porcentajes notables y no bien precisados de segmentos poblacionales del país. Por ejemplo, después del paso del huracán Gustav en 2008 y en referencia a un pueblo costero de la entonces provincia de La Habana, Márquez afirmaba:

Cuando dejo Guanímar pienso que tal vez ese caserío nosea más que un botón de muestra y un grito de socorro […] Tengo la impresión de que Gustav se empeñó en demostrar cuán mal viven los cubanos.14 60 Maximiliano F. Trujillo Lemes

Asunto recurrente en la revista es el enjuiciamiento de las políticas ateístas del Estado entre 1975 y la década de los 80. Los católicos y otros religiosos que durante años fueron afectados en parte de sus derechos civiles, tienen derecho a este legítimo reclamo, pero debe brotar de un análisis espacio-temporal causal y no abstracto.

La publicación tiende a afirmar que las políticas ateístas respondieron a la maledicencia de sus promotores y no a las circunstancias en que el modelo cubano fue diseñado, sobre todo a partir de los 70, luego del fracaso de la Zafra de los diez millones (no debe olvidarse que el ateísmo como política de Estado fue ajeno a la nación cubana antes de 1959 y a la propia Revolución en su primera década, a pesar de los encontronazos con la institucionalidad religiosa).

Al respecto, acota Márquez:

[L]a revolución socialista atacó a la religión tradicional, pero se apropió de sus códigos para hacer una síntesis muy sincrética y extraña con ideas de la lucha de clases y el amor a la humanidad, extendiendo así la confusión religiosa; se sacralizó el Estado y se debilitó la familia; se privilegió al pueblo y se limitó al ciudadano. En mi país, el Estado le roba lugar al presente, y si el presente no existe, piensan algunos, tampoco habrá futuro.

Y a continuación, con una actitud visiblemente politizada, afirma que son «nuestras modestas publicaciones diocesanas, el único espacio regular que la Iglesia ha logrado articular para dirigirse a los cubanos más allá del púlpito de los templos».Cómo creerle a Márquez, si asegura luego: «Tenemos la verdad, pero no para usarla como bala que hiere desde la distancia del campanario, sino bálsamo que se presenta desde la cercanía del prójimo». Toda crítica a un estatus es en sí misma una bala simbólica. Y aquí no se trata de que tenga o no razón en cuanto a la relación soñada de la Iglesia con los medios —amén de saberse que se ha incrementado la presencia de esa institución en algunos medios estatales—; lo que está en tela de juicio es la declaración de que tienen la verdad y es bálsamo. Constituye esta una postura medieval por omnímoda.

Los articulistas de Palabra Nueva cometen un error metafísico: confunden la totalidad con algunas manifestaciones de ella. Por cierto, no asumen este tipo de valoración cuando se refieren a la historia de la Iglesia entre los siglos v y xvi, pareciera que para los horrores del medioevo hay ponderación o por lo menos justificación fáctica. Pretender encontrar solo culpables, que los hay, en ciertos episodios de la vida social y política, bajo la hegemonía del Estado secular, y no en las acciones de la Iglesia católica, es tendencioso y hace perder credibilidad a algunas de sus batallas.

Son diversos los terrenos en el orden político en que Palabra Nueva entra una y otra vez; incluso algunos de los temas tratados parecieran no tener esa connotación, pero al analizar a fondo los textos, se descubren las intencionalidades en esa dirección. En realidad, tocan puntos que deberían ser valorados por los medios de comunicación estatales. Presentan los tópicos mediante discursos accesibles, próximos al sentido común, y procuran abdicar de didactismos y consignas manipuladoras, tan empleados en los medios «oficiales». Sin embargo, no evitan, y al parecer es ex profeso, sostener como verdad absoluta las tesis que asumen, sea en relación con los animales domésticos abandonados por sus dueños en la vía pública, las múltiples colas de las que es protagonista y víctima cualquier ciudadano, el creciente e irreversible deterioro de parte de los espacios arquitectónicos, fundamentalmente en La Habana; o acerca de la pertinencia o no de mantener el racionamiento de la canasta básica, mecanismo igualitarista, pero precario, de distribución de la riqueza, inmovilizador de la autogestión del ciudadano frente al Estado.

Los articulistas abordan, además, temas mucho más peliagudos, entre ellos la doble circulación monetaria y su incidencia en la vida del hombre común y en las relaciones interempresariales, asunto que pusieron sobre la mesa antes de que lo hiciera el discurso político al uso. Les preocupa la situación de la salud pública: la atención hospitalaria, el deterioro creciente de la ética médica y la precariedad de la infraestructura, la propagación de ciertas enfermedades que parecían superadas en la Isla y ahora rebrotan, hijas de la crisis y el empobrecimiento de varios sectores poblacionales.

De igual modo, reflexionan una y otra vez sobre la ruptura de la familia cubana y la incidencia que en ello ha tenido la creciente emigración de los últimos veinte años. No desaprovechan oportunidad para disertar acerca del envejecimiento poblacional y la baja tasa de natalidad, para vincularlo a su obsesión sobre el aborto, y al abandono del hogar por la mujer en busca de realización personal o profesional, quien retarda el embarazo o se despreocupa de la «atención a la familia».

Tampoco dejan de enfrentar la compleja relación de la actual legislación cubana con el Derecho internacional; insisten en el incumplimiento, por parte de las autoridades de la Isla del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, sucedáneo de la controvertida Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por Naciones Unidas en 1948 y que la revista ha reproducido en numerosos artículos.

Con propósitos ideológicos y políticos, los periodistas católicos suelen abordar dos aspectos muy sensibles para el discurso «oficial» en Cuba: la historia nacional y los índices de desarrollo alcanzados por el país antes de 1959. Ponderan hechos y figuras que han sido olvidados durante años por los textos escolares, restituyéndoles su patriciado en los destinos de la nación. La Iglesia católica, la condición política cubana y Palabra Nueva 61

Una de sus articulistas, por ejemplo, afirma que en la década de los 50 se estableció en Cuba una incipiente política estatal de salud pública que «llevó a cabo diversas acciones de higienización y saneamiento urbano y medidas de control e inmunización de algunas enfermedades infecciosas» y acota que “el nivel de instrucción registró avances significativos y la tasa de alfabetización alcanzó el 76% de la población, según datos del censo de 1953. Tanto la inmigración como la inversión nacional y extranjera impulsaron el proceso de urbanización. A finales de la década de 1950, la población urbana de Cuba superaba el 55% del total, uno de los más altos de América Latina y el Caribe”.

Estas cifras se desconocen o se usan poco en el discurso estatal, que privilegia la tesis contraria: era tal el caos en los 50 que la Revolución se hizo inevitable. El lector se halla ante otra cosmovisión sobre un mismo período de la historia nacional, el cual incide con fuerza en la construcción de los imaginarios políticos del cubano.

Cerrar esta indagación con una de las interrogantes vinculadas a las aprensiones políticas de la jerarquía católica, se hace inevitable: ¿es posible la colaboración Iglesia-Estado en Cuba?

La pregunta se la hacía Palabra Nueva al cierre de 2008. Hoy parece retórica porque es visible el crecimiento de esas relaciones, incluso en la solución de problemáticas como la liberación de presos políticos, o en la formación ética y cívica del ciudadano. No obstante, debo puntualizar en cuáles aspectos y desde qué concepciones la institución eclesial aspira a estrechar tal colaboración. Asegura la revista que la consolidación de la nación solo será posible cuando ambos poderes cooperen en materia de salud, educación y asistencia social, sin prejuicios de una y otra parte Si bien la publicación rechaza la idea de establecer similitudes entre el comunismo y el cristianismo, considera que ambas ideologías deben ponerse al servicio de los cubanos:

Otro campo en el que la Iglesia puede colaborar es en el de la educación. Lo hizo antes en Cuba y lo podrá volver a hacer […] Es cierto que, este es uno de los campos más celosamente protegidos de las últimas cinco décadas, pero en las condiciones actuales, cuando se pretende superar un cierto dogmatismo ideológico y lo de «opio del pueblo» ha quedado atrás, ¿alguien de verdad cree, o puede sostener sensatamente, que la participación religiosa en la educación constituye una competencia peligrosa para la sociedad cubana?

Lo más sensato de la política educacional de la Revolución es su universalidad y gratuidad. ¿Podría la Iglesia garantizar tales presupuestos? La práctica internacional de la educación católica demuestra lo contrario; por lo tanto, sería inaceptable políticamente acceder a tan viejo reclamo del catolicismo cubano, que desde antes de la nacionalización de la educación en 1961 aducía el derecho de los padres de familia de dar a sus hijos la educación que les convenga. Y en ello coincido, solo que fuera del entorno escolar.

En Cuba, mediante la catequesis, la Iglesia participa en la educación de los niños y eso es respetado por el Estado, pero pretender el retorno a una educación privada, elitista, racializada, es antidemocrático, aunque los conservadores afirmen lo contrario en sus dictámenes neoliberales. No es asunto de dogmatismo o ateísmo; la educación debe ser laica e inclusiva, para dar a todos los ciudadanos iguales oportunidades ante la sociedad.

Eso sí, por laica la educación debe excluir todo sesgo discriminatorio, incluido el ateísmo, para formar un ciudadano más libre, lo cual implica elegir, desde el conocimiento, credo, filosofía, códigos morales, siempre sobre la base del respeto al que difiere con sus postulados. Esta debe ser la máxima aspiración educacional de la Iglesia y del Estado: preparar al hombre para vivir en Cuba, por Cuba y para Cuba, sin aspirar a feudos; priorizar la colaboración en aquellas áreas en que lo permite un Estado y una sociedad laicos.

Cuando se lee Palabra Nueva se disfruta. Al analizarla, es evidente que la Iglesia católica cubana participa en los debates políticos que estremecen a la Isla, y propone soluciones que a menudo llegan mucho después, como parte de políticas gubernamentales con presuntos aires de exclusividad. Soluciones ya pensadas por millones de cubanos que siguen apostando, desde la religión o fuera de ella, por una Cuba donde quepamos todos, con bienestar y con lo que más requerimos para la hora futura de la patria: armonía.

Notas

1. Véanse Rigoberto Segreo Ricardo, Iglesia y nación en Cuba (1868- 1898), Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2010; Eduardo TorresCuevas y Edelberto Leiva Lajara, Historia de la Iglesia Católica en Cuba. La Iglesia en las patrias de los criollos (1516-1789), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2008; Manuel Maza, La Iglesia católica, 500 años de historia en Cuba (mimeografiado).

2. Juan Emilio Friguls, en entrevista concedida al autor, Centro Internacional de Prensa de La Habana, noviembre de 2001.

3. Ante las posturas revolucionarias que fue adoptando la revista —considerada por Friguls la mejor de su tipo en todo el continente—, la jerarquía demovió a Biaín y lo envió por varios meses a «cumplir otras responsabilidades» en Pinar del Río.

4. Encuentro Nacional Eclesial Cubano, Documento final e instrucción pastoral de los obispos, Tipografía Don Bosco, Roma, 1987, p. 41.

5. Ídem.

6. La Oficina de Atención para los Asuntos Religiosos (creada en 1985) no solo vela por la aplicación y divulgación de la política oficial respecto a tales asuntos y los ajustes que se deriven de las variantes coyunturales, sino que, además, atiende necesidades y demandas 62 Maximiliano F. Trujillo Lemes de las organizaciones religiosas. En resumen, se responsabiliza con la buena marcha de las relaciones Iglesia-Estado. También atiende políticamente a las diferentes asociaciones fraternales existentes en Cuba (logias). A la par, sostiene relaciones con estructuras estatales foráneas con similares funciones. En cada provincia y municipio del país existen funcionarios del PCC encargados de los asuntos religiosos, en estrecha coordinación con la OAAR. Véase www. ecured.cu/index.php/Religión_en_Cuba.

7. Cintio Vitier, «Palabras de clausura» al III Encuentro Internacional de Estudios Sociorreligiosos, Centro Internacional de Prensa, La Habana, junio de 2001. Archivo del autor.

8. Alexis Pestano Fernández, «Panel sobre el 15 aniversario de “El amor todo lo espera”», Espacio Laical, a. IV, n. 16, La Habana, octubre-diciembre de 2008, p. 40, disponible en http://www.espaciolaical. org/contens/16/ind_main16.htm.

9. Lenier González Mederos, «Panel sobre el 15 aniversario…», ob. cit., p. 43.

10. Ibídem, p. 39.

11. Jessica Acón Colás, «Carlos Manuel de Céspedes GarcíaMenocal ante la condición de lo cubano en la primera década del siglo xxi», Tesis de Licenciatura en Filosofía Marxista-Leninista, Universidad de la Habana, 2013 (inédita).

12. Intervención en el panel «Situación actual del contexto religioso cubano», organizado por el Centro de Investigaciones Sociológicas y Psicológicas, del CITMA, en marzo de 2013, y en el que también participaron Caridad Diego (de la OAAR) y el autor de este ensayo. Archivo del autor.

13. Orlando Márquez Hidalgo, «A cincuenta años del Congreso Católico Nacional», Palabra Nueva, a. XVIII, n. 191, La Habana, diciembre de 2009, p. 45, disponible en http://palabranueva.net/ contens/archivos/7_segment/0912_3347.pdf.

14. Orlando Márquez Hidalgo, «Lo que vi y pensé en Guanímar», Palabra Nueva, a. XVII, n. 177, La Habana, septiembre de 2008, pp. 23-4, disponible en http://palabranueva.net/contens/0809/000103-3.htm.

15. Orlando Márquez Hidalgo, «Palabras en el Seminario Internacional “Periodismo y ética en la encrucijada del mundo moderno”», Palabra Nueva, a. XVII, n. 181, La Habana, enero de 2009, p. 20, disponible en http://palabranueva.net/contens/noticia/ pn_8039a.pdf.

16. Ibídem, p. 21.

17. Yarelis Rico Hernández, «Ni crecemos ni nos multiplicamos», Palabra Nueva, a. XVII, n. 178, La Habana, octubre de 2008, p. 24, disponible en www.palabranueva.net/contens/0810/000103-1.htm.

18. Ídem. De ser cierto el dato referido a la educación, simbólicamente la trascendencia de la Campaña de Alfabetización de 1961 sería relativa, porque solo se alfabetizó poco menos de 24% de la población. El manejo de estas cifras es políticamente tendencioso, más allá o no de su veracidad.

19. Esta es una actitud muy pretenciosa, hay países con altos índices de desarrollo humano, donde la Iglesia católica tiene incidencia mínima, o nula, en la prestación de estos servicios.

20. Orlando Márquez Hidalgo, «¿Es posible la colaboración Iglesia-Estado?», Palabra Nueva, a. XVII, n.180, La Habana, diciembre de 2008, p. 24, disponible en http://www.palabranueva.net/ contens/0812/0001014.htm.

TOMADO DE: https://temas.cult.cu/wp-content/uploads/2022/05/55-62-trujillo.pdf

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.