EDUCACION E HISTORIA

¿QUÉ SIGNIFICA LA SERPIENTE DE BRONCE?

                                        Francesc Ramis Darder. bibliayoriente.blogspot.com 

Muy a menudo, la vida humana discurre por la senda de la idolatría. El afán de poder, el ansia de poseer bienes sin medida, y el afán por la superficialidad y la apariencia delinean, demasiadas veces, el curso de la existencia del ser humano. El episodio de la Serpiente de bronce constituye, entre otros aspectos, un relato que subraya la estupidez de la idolatría para invitarnos a volver la mirada hacia el Señor y hacia la hondura de la Palabra.

Comenzamos el estudio ofreciendo la traducción del relato, después trazamos la estructura, a continuación esbozamos el aspecto literario y teológico, a la vez que señalamos las interpretaciones principales; una breve conclusión cierra el estudio.

1.Traducción.

Los israelitas partieron del monte Hor camino del mar de las cañas, rodeando el territorio de Edom. En el camino, el pueblo acabó la paciencia y hablaba contra Dios y contra Moisés, diciendo: ¿Por qué nos habéis hecho salir de Egipto para hacernos morir en el desierto? No hay comida ni agua, y estamos hastiados de este alimento miserable.

    Entonces, el Señor envió contra el pueblo unas serpientes abrasadoras que los picaban. Murieron muchos israelitas, y el pueblo fue a decir a Moisés: Hemos pecado contra el Señor y contra ti. Intercede ante el Señor para que aleje de nosotros estas serpientes.

    Moisés intercedió por el pueblo, y el Señor le respondió: Hazte una imagen de la serpiente y ponla sobre el estandarte, y todos los que hayan sido picados, si la miran, salvarán la vida.

    Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un estandarte. Cuando la serpiente picaba a alguno, si miraba la serpiente, salvaba la vida.

Perspectivas teológica de la ruta geográfica.

Como dice el relato, “Los israelitas partieron del monte Hor camino del mar de las cañas, rodeando el territorio de Edom” (Nm 21,4). Cuando emprenden la ruta, siguen el itinerario que el Señor les había ordenado en Nm 14,25: “partid por el desierto camino del mar de las cañas”; así la ruta manifiesta la obediencia a la orden divina. El monte Hor constituye un hito significativo en el camino hacia la tierra prometida; es el lugar donde Moisés tomó las vestiduras de Aarón para ponérselas a Eleazar (Nm 20,22-27), y es también el lugar donde murió Aarón (Nm 33,37-39). Así pues, cuando la comunidad, obediente al Señor, emprendió el camino del mar, dejando el monte Hor, había experimentado un cambio importante en el aspecto cultual, Eleazar, hijo de Aarón, había sido investido sacerdote por manos de Moisés.

    La expresión “rodeando el camino de Edom” alude a motivos logísticos, pues el rey de Edom había vetado el paso a los israelitas (Nm 20,14-21), pero aun así trasparece motivos teológicos. La referencia a Edom constituye, entre otros temas, una metáfora de la idolatría que desteje a la comunidad hebrea (Is 34,5-15), por eso la decisión de “rodear el territorio de Edom” puede aludir simbólicamente al empeño por “evitar la idolatría” y guardar fidelidad al Señor. En definitiva, Nm 21,4 viste los temas teológicos con motivos geográficos del viaje; pues el pueblo, obediente al Señor, emprende la marcha bajo el liderazgo sacerdotal de Eleazar, y prevenido contra la idolatría, simbolizada por Edom.

El pueblo se rebela contra Dios y Moisés.

Como especifica el relato, “en el camino, el pueblo acabó la paciencia” (Nm 21,4b); sin duda, la mención del “camino” alude al “camino del mar de las cañas”. El topónimo “mar de las cañas” asociado al sustantivo “camino” solo aparece en cuatro ocasiones en la Escritura (Num 14,25; 21,4ª; ver Dt 1,40; 2,1). Las dos citas del Deuteronomio recogen la orden de Dios a su pueblo, mencionada ya en Nm 14,25: “partid […] camino del mar de las cañas”, y recogida de nuevo en Nm 21,4ª: “los israelitas partieron […] camino del mar de las cañas”. De ahí que la expresión “camino del mar de las cañas” es casi específica de los Números y, como decíamos antes, la marcha por el “camino del mar de las cañas” certifica la obediencia del pueblo a la voluntad divina. Desde esta perspectiva, la locución “en el camino” podría expresar, bajo el vocabulario del viaje, la realidad teológica de la fidelidad del pueblo al designio divino; pues la Escritura también recoge el sentido teológico del camino para expresar la obediencia del pueblo a los mandamientos (Dt 5,33).

    Cuando el pueblo estaba “en el camino”, acabó la “paciencia”; literalmente “perdió el aliento”. En el conjunto de la Escritura, la locución “perder el aliento” alude al desánimo del Señor, incapaz de soportar el sufrimiento del pueblo idólatra (Jue 10,16), y también refiere el agotamiento de Sansón, acosado por Dalila, metáfora de la tentación  idolátrica (Jue 16,16). La profecía de Zacarías conjuga las dos acepciones de los Jueces, por una parte, el Señor pierde la paciencia con sus ovejas, metáfora de Israel, y, por otra, las ovejas pierden la paciencia con el Señor (Zac 11,8). Desde esta perspectiva, cuando Nm 21,4 sentencia que el pueblo pierde la “paciencia”, no alude solo al hastío físico, sino que devela la obstinación de la asamblea contra la voluntad divina y contra el caudillaje de Moisés. El relato ratifica la obstinación con la mayor contundencia: “hablaba contra Dios y contra Moisés” (Nm 21,5).

El pueblo habla contra Dios y contra Moisés.

Numerosos episodios exponen la murmuración del pueblo, pero solo Nm 21,5 especifica que la comunidad “murmuraba contra Dios y contra Moisés”. El libro de los Números señala, a menudo, como Dios habla con Moisés para comunicar sus designios a la asamblea, y relata como Moisés anuncia al pueblo el mensaje divino (Nm 11,24; 10,1). Conviene que nos detengamos en dos precisiones. Primera: cuando el libro de los Números especifica que Dios se dirige a Moisés, utiliza la locución “el Señor”, literalmente “Yahvé”. Segunda: cuando Moisés, en nombre de Dios, ha de dirigirse a la comunidad, el libro de los Números suele valerse de la expresión “los israelitas”, literalmente “los hijos de Israel”.

    Ambas precisiones permiten matizar la actitud del pueblo que “murmuraba contra Dios y contra Moisés”. Por una parte, la palabra “Dios” no traduce el término “Yahvé/el Señor”, sino la palabra “Elohim”; por otra, la mención de la comunidad, habitualmente designada con la locución “los israelitas”, figura con el término “pueblo”. Cabe pensar, pues, que el estilo literario de Num 21,5, “el pueblo […] murmuraba contra Dios y contra Moisés”, está pensado incluso literariamente para enfatizar la especial manera con que el pueblo hostil se dirige contra Dios y contra Moisés. Así, el texto enfatiza que “hablar contra Dios y contra Moisés” implica la decisión de invertir profundamente el buen sentido de las relaciones amorosas que el Señor y Moisés establecen con la comunidad que peregrina hacia la tierra prometida.

    A continuación, el relato especifica la queja contra Dios y Moisés: ¿Por qué nos habéis hecho salir de Egipto para hacernos morir en el desierto? (Nm 21,5b). No es la primera vez que aparece una queja semejante. Antes de cruzar el mar, los israelitas dijeron a Moisés: “¿No había cementerios en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto?” (Ex 14,11). En Masá y Meribá, la comunidad recriminó a Moisés: “¿Por qué nos has sacado de Egipto para hacernos morir de sed?” (Ex 17,3). Junto a Meribá, resuena otra vez la queja: “¿Por qué nos sacasteis de Egipto para traernos a este lugar maldito?” (Nm 20,5). El tono de la queja no deja de aumentar. Antes de cruzar el mar, el pueblo hablaba contra Moisés; en Masá y Maribá, la asamblea vuelve a clamar contra Moisés; en Meribá, la crítica vocifera contra Moisés y Aarón; y en el relato de la serpiente, la protesta va contra el Señor y Moisés.

    El libro de los Números tiende a presentar Egipto como ámbito del bienestar perdido: “¿Cómo nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde?” (Nm 11,5). Sin embargo, la perspectiva de las primeras páginas del libro del Éxodo es distinta; el país del Nilo despunta como la tierra de la esclavitud de los israelitas (Ex 2,23). El tema del desierto figura, entre las líneas de los Números, como “el lugar maldito” (Nm 20,5) donde los israelitas sobren la muerte, como señala el relato de la serpiente (Nm 21,5). A modo de contraluz, en los inicios de la epopeya del éxodo, el desierto ofrecía un aspecto positivo; en nombre de Dios, Moisés y Aarón dicen al faraón: “Deja marchar a  mi pueblo para que celebre en el desierto una fiesta en mi honor” (Ex 5,1).

    Desde este horizonte, el relato de la serpiente de bronce ofrece una transmutación del sentido teológico de las palabras “Egipto” y “desierto”. Al principio del Éxodo, Egipto era el lugar de esclavitud, pero en los Números aparece como el lugar añorado; mientras el desierto, ámbito donde celebrar la fiesta del Señor, despunta como el lugar donde la comunidad sorbe la muerte. Recordemos que la trasmutación de valores, el empeño por llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno, constituye una manifestación de la idolatría (Is 5,20). Así pues, cuando el relato de la serpiente muestra que la comunidad trastoca el sentido de los términos “Egipto” y “desierto”, está denunciando la idolatría que contamina a la asamblea. ¿Cuál es la idolatría que deshace a la comunidad?

    Tres meses después de la salida de Egipto, el pueblo alcanzó el Sinaí para trenzar la alianza con el Señor (Ex 10,1-Nm 10,10). El calado de la alianza modificó la identidad teológica del pueblo. La asamblea sometida al capricho del faraón (Ex 1,1-22) amaneció, después de la lianza, como la comunidad que emprendió el camino del desierto a las órdenes de Dios, transmitidas por Moisés (Nm 10.13). En el Sinaí, el Señor forja la comunidad sobre el yunque de alianza; dice el Señor: “Si me obedecéis y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos […] seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa” (Ex 19,5-6). La identidad nueva no es una cualidad que posea el pueblo por si mismo, sino una condición privilegiada que nace de la elección divina. La alianza obliga al pueblo a romper con la idolatría para adherirse a la voluntad del Señor (Dt 12,31).

    El relato de la serpiente de bronce señala la ruptura de la comunidad con las clausulas de la alianza; lo establece, como dijimos, cambiando el valor de los términos “Egipto” y “desierto”, pero también con la apreciación del desierto como lugar adverso: “No hay comida ni agua, y estamos hartos de este alimento miserable” (Nm 21,5). Conviene precisar que la primera frase no es cierta, aunque el pueblo esté en el desierto, dispone de comida y agua, así lo sentencian los Números cuando comentan el don del maná, las codornices y el agua de Meribá (Nm 11,4-9.31-35; 20,1-13).

     El sentido del término “maná”, el alimento del desierto, no se agota en el aspecto alimenticio, abraza el ámbito teológico. Dijo el Señor a su pueblo: “Voy a hacer llover pan del cielo. El pueblo saldrá […] a recoger la ración diaria; así los pondré a prueba, a ver si actúan o no según mi ley” (Ex 16,4; Nm 11,4-9); conviene observar el paralelismo entre el maná y la ley. Entre los alimentos que Dios ofrece a su pueblo para cruzar el desierto que conduce a la tierra prometida, el maná constituye una metáfora de la ley, el don del Señor a su pueblo para que durante su historia, alegoría del desierto, pueda dar testimonio de Dios.

    La ley, escondida bajo la figura del maná, es el alimento que Dios ofrece a su pueblo. No obstante, la asamblea desprecia el maná: “estamos hartos de este alimento miserable” (Nm 21,5). La profecía de Jeremías y Ezequiel vincula la raíz “miserable” con el entorno idolátrico (Jr 4,24; Ez 20,25; 21,26). Recogiendo la analogía, la comunidad del desierto, valiéndose del término “miserable”, equipara la ley del Señor, oculta tras la imagen del maná, con la falsedad de los ídolos.

   Por si fuera poco, el maná, alegoría de la ley, provoca el hastío de la asamblea. El libro del Levítico pone en labios de Dios el término “hastío” para amonestar al pueblo contra las  insidias idolátricas: “No imitéis las costumbres de las gentes que voy a expulsar delante de vosotros; estas gentes han practicado todas estas cosas (idolatría) hasta hastiarme en lo más hondo” (Lv 20,23). Mientras el pueblo siente hastío por el alimento miserable, eco del maná, alegoría de la ley, el Señor siente hastío por la conducta de los paganos, ajenos a la ley y adictos a la idolatría. Así, cuando el relato de la serpiente denuncia el hastío del pueblo ante el alimento miserable, metáfora de la ley, equipara a la asamblea del desierto con los paganos idólatras que el Señor expulsará de la tierra prometida (Dt 9,4; Jos 3,10). No es extraño, pues, que el Señor decida fustigar la perfidia de su pueblo, valiéndose, en este caso, de las serpientes abrasadoras (Nm 21,6).

El Señor responde al pueblo

Cuando la asamblea cae en la idolatría, representada por el hastío y el rechazo de alimento miserable, irrumpe el castigo divino: “el Señor envió contra el pueblo unas serpientes abrasadoras que los picaban”; la consecuencia fue nefasta: “murieron muchos israelitas” (Nm 21,6). Aunque hay serpientes abrasadoras en el desierto, el interés del relato no es geográfico, sino teológico; perfilemos, pues, el valor de “las serpientes abrasadoras”. El tema de la serpiente aparece en otros dos ámbitos del Pentateuco. La serpiente engaña a Eva provocando la expulsión del hombre y la mujer del jardín del Edén; entonces Dios, furioso contra la serpiente, la condena: “serás maldita entre todos los animales” (Gn 3,14). Cuando Moisés se presentó ante el faraón, trasformó, gracias al auxilio divino, su bastón en serpiente (Ex 4,3; 7,15). Aunando ambas sentidos, cuando el relato se vale de las serpientes para mostrar la embestida del Señor, señala, por una parte, que Dios castiga la asamblea con el más pérfido de los animales, pero por otra sugiere que la plaga de las serpientes está, como lo estaba el bastón, bajo el control de Moisés, enviado de Dios. Las serpientes abrasadoras constituyen el más duro castigo divino contra el pueblo idólatra, pero, aunque el castigo sea cruel, está bajo el control de Dios.

    ¿Qué representa el castigo de las serpientes abrasadoras? Veamos un ejemplo en la profecía de Ezequiel. Cuando Samaría abandonó a Dios para entregarse a los asirios, el Señor tomó una decisión drástica: “la entregué en manos de […] los asirios que […] mataron a sus hijos a espada” (Ez 23,5-9). De modo análogo, el pueblo que desprecia el maná, símbolo de la ley, para adentrarse en la idolatría, sufre el castigo divino, describo bajo la picadura de las serpientes, símbolo de la decisión divina de abandonar al pueblo en las fauces de la idolatría que practica.

El pueblo suplica la intercesión de Moisés

Herido por las serpientes, eco de la misma idolatría que le consume, el pueblo acude a Moisés: “Hemos pecado contra el Señor y contra ti” (Nm 21,7). Mediante la expresión “hemos pecado”, el pueblo reconoce su caída en la idolatría, manifestada por el rechazo del “alimento miserable”, eco del desprecio de la ley. Confesado el pecado, la asamblea requiere el auxilio de Moisés: “Intercede ante el Señor para que aleje de nosotros estas serpientes” (Nm 21,7). Adoptando la actitud intercesora de los profetas (Dt 18,15-20), Moisés suplica el amparo divino. El pueblo herido por las serpientes, metáfora de los ídolos, eco del rechazo de la ley, suplica del Señor que las aleje. La súplica trasparece el deseo del pueblo por retornar a las pautas de la ley, escondida bajo el ropaje del maná, el alimento del desierto.

    Dios había enviado contra el pueblo “serpientes abrasadoras”, pero el pueblo implora del Señor que aleje “las serpientes” y no las “serpientes abrasadoras”. Conviene recalcar que el pueblo no menciona las serpientes en plural, sino en singular y con artículo determinado; literalmente, dice el relato: “[…] que aleje de nosotros la serpiente”. A lo largo de la Historia Primera (Gn-2Re), la locución “la serpiente” solo aparece en el relato del Paraíso y en la Serpiente de bronce.

    Seducidos por la serpiente, Adán y Eva desdeñaron el aliento que Dios les ofrecía, los árboles del jardín, para probar el fruto del árbol prohibido. Como consecuencia, el Señor los expulsó del Edén hacia una tierra de cardos y espinas. De modo parejo, cuando la asamblea del desierto menosprecia el maná, llamándolo “alimento miserable”, metáfora del desprecio por la ley, muchos israelitas caen en el camino hacia la tierra prometida, eco del Paraíso, para morir en el desierto, la tierra seca y sin agua, metáfora del campo de cardos y espinas. Desde el horizonte metafórico, cuando la asamblea del desierto implora la intercesión de Moisés ante el Señor “para que aleje de nosotros estas serpientes”, está pidiendo que Dios aleje la idolatría que diezma al pueblo que peregrina hacia la tierra prometida.

     La asamblea del desierto se convierte en idólatra cuando desprecia el maná, metáfora de la ley, como “alimento miserable”; entonces sufre el flagelo de las “serpientes abrasadoras”, alegoría de la virulencia con que Dios permite que la idolatría diezme la asamblea para que, más tarde, arrepentida de su pecado, percibe la falsedad idolátrica y emprenda el regreso hacia el regazo divino. Es el Señor quien envía serpientes abrasadoras; cuando el pueblo sucumbe a la idolatría, el Señor permite que se enfangue a fin de que, más tarde, dándose cuenta de la perversidad, recupere el ansia por volver al regazo divino (ver: Is 10,1-6.24-27). Bajo la imagen de las serpientes abrasadoras trasparece el peso de la idolatría que desteje al pueblo que despreció el maná, eco de la ley, para que la comunidad herida llegue a reconocer el pecado y emprenda el camino del encuentro con Dios.

La respuesta del Señor.

Atento a la súplica, Dios ordenó a Moisés: “Hazte una imagen de la serpiente y ponla sobre un estandarte”; después, el Señor expone el motivo: “todos los que hayan sido picados, si la miran, salvarán la vida”. ¿Por qué ordena el Señor a Moisés la elaboración de una serpiente? Como hemos referido, el libro del Éxodo muestra la habilidad que el Señor confirió a Moisés sobre la cuestión de las serpientes, pues su bastón se transformaba en serpiente para convertirse después otra vez en bastón (Ex 4,3). La orden de elaborar una serpiente sugiere la confianza que el Señor deposita en Moisés para que pueda conjurar la tentación idolátrica.

    Obediente al Señor, Moisés fabricó una serpiente de bronce y la puso sobre el estandarte (Nm 21,9). A lo largo del Éxodo, el término “bronce” aparece vinculado a cuestiones de cariz cultual: detalles del santuario (Ex 25-31), ritos de purificación (Lv 6,21) y enseres litúrgicos (Nm 17,4). De ahí que podamos pensar que la serpiente de bronce, forjada por Moisés, constituya una figura cultual (Nm 21,9.9); además Moisés no la levanta sobre “un estandarte”, sino sobre “el estandarte”, recalcando así su posición privilegiada en el ámbito litúrgico. Si una serpiente picaba a alguien, cuando el herido la miraba, salvaba la vida. Observemos que la serpiente que miran los heridos ya no es “una serpiente de bronce”, sino “la serpiente de bronce”. En nuestra opinión, el aspecto determinado, “la serpiente”, refuerza el aspecto cultual de la imagen, como también lo hace el carácter determinado del estandarte, “el estandarte”. Así pues, “la serpiente de bronce” conforma la imagen cultual forjada por Moisés, a las órdenes de Dios, capaz de salvar a quien la mira. ¿Qué puede significar?

    Aunque la Escritura arremete ferozmente contra la idolatría (ver: Jr 8), también la ridiculiza para subrayar la incapacidad de los ídolos para quebrar el empeño salvador de Dios (Is 44,9-20). Así, Isaías alude a los ídolos con la mayor dureza: “son una nulidad, sus obras una nada, viento y vacío son sus estatuas” (Is 41,29). La serpiente de bronce constituye un enser litúrgico que subraya la estupidez de la idolatría. El hastío y el desdén hacia el maná, alegoría del desprecio por la ley, provoca que el Señor abandone el pueblo en la idolatría, representada por la picadura de las serpientes que lo diezman. Sin embargo, cuando un israelita, herido por la idolatría, contempla la serpiente de bronce, imagen litúrgica fabricado por Moisés, se da cuenta de la banalidad de la idolatría y puede emprender la ruta de la conversión, representada por la fidelidad a la ley. Desde la perspectiva pedagógica, la serpiente de bronce constituye una catequesis que instruye al pueblo sobre la falsedad de la idolatría; quien sufre el dolor de la idolatría, representado por la picadura de las serpientes abrasadoras, si mira la serpiente de bronce, reflejo de la estupidez de los ídolos, queda curado, pues apercibido de la banalidad de la idolatría puede emprender la senda de la conversión, representada por la fidelidad a la ley.     

Interpretaciones teológicas.

El libro de la Sabiduría confiere al relato una significación simbólica y ética: “(La serpiente de bronce) les recordaba (a los israelitas) los mandamientos de tu ley […] quien se volvía hacia él quedaba curado, no por lo que contemplaba, sino por ti, Salvador de todo” (Sb 16,5-14). Las serpientes, símbolo de la idolatría, diezman al pueblo, pero quien se siente herido por los ídolos, si se vuelve hacia la serpiente de bronce, recuerdo de los mandamientos de la ley, obtiene la salvación, no debido a la imagen, sino gracias al Señor, el único Salvador.

    A tenor de II Reyes, el relato explicaría la presencia en el templo de Jerusalén de la serpiente  de bronce que el rey Ezequías mandó destruir; dice el relato: “Deshizo la serpiente de bronce hecha por Moisés (pues los israelitas continuaban todavía quemándole incienso; la llamaban Nejustán)” (2Re 18,4). Si el texto menciona la serpiente que forjó Moisés, la Escritura debería explicar la razón y la ocasión en que nació la imagen; por eso, sostiene los comentaristas, algún autor insertó el relato de la serpiente de bronce en el Pentateuco para perfilar el origen de la imagen que aun pervivía en época de Ezequías.

    Desde la perspectiva espiritual, la Misná no menciona la serpiente, sino su posición. La imagen cura porque obliga al herido a levantar la vista, metáfora de la conversión; pues el gesto obliga a despegar la mirada de la tierra, ámbito de la idolatría, para dirigirla hacia lo alto, la morada divina. El Nuevo Testamento percibe bajo la figura del estandarte del que pende la serpiente la alegoría de Cristo crucificado, el Salvador de la Humanidad. Cuando un israelita herido miraba la serpiente, obtenía la salvación, también el ser humano experimenta las picaduras de las sierpes, eco de las heridas del pecado, pero si dirige la mirada hacia Jesús crucificado, alegoría del amor de Dios por la humanidad entera, experimenta la salvación (Jn 13,14-15; 1Cor 10,9).

Conclusión.

El relato de la serpiente de bronce trenza una etapa del peregrinaje de la comunidad hebrea, liberada de la esclavitud de Egipto, hacia la tierra prometida. Hastiada del maná, la asamblea se rebela contra Dios y contra Moisés. Entonces, el Señor envía serpientes abrasadoras que diezman la asamblea. Ante la adversidad, el pueblo suplica el auxilio divino, símbolo del deseo de conversión. Entonces Moisés, obediente al Señor, elabora la serpiente de bronce; cuando un israelita era mordido por las serpientes abrasadoras, si miraba la serpiente de bronce, salvaba la vida. El episodio ha contemplado varias interpretaciones simbólicas y éticas; el NT percibe bajo la figura de la serpiente izada en el estandarte la figura del Hijo del hombre que fue levantado en lo alto para que todo el que crea en él tenga vida eterna

Publicado por Francesc Ramis Darder e

TOMADO DE: http://bibliayoriente.blogspot.com/2017/02/que-significa-la-serpiente-de-bronce.html

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