MASONERIA

LA PIEDRA ANGULAR (EN LA MASONERIA)

La piedra angular de la Masonería y al propio tiempo su primera y mayor regla invariable, la base de su plan, propósito y profecía es la antigua y sencilla fe en Dios, cuya purísima revelación y clarísima interpretación nos da la Santa Biblia. Dios es el Gran Arquitecto y Constructor del Universo; el Padre de la humanidad que en El se solidariza y salva; el Hacedor de cielos y tierra y de cuanto contienen, ante Quien el silencio es elocuencia y la admiración un culto. No hay otro cimiento. En Dios funda la Masonería un templo de amor fraternal, de beneficencia y verdad (1).

En nada es la Masonería tan sabia como en la colocación de sus cimientos, pues comienza por el principio y asienta primero lo primero. Dios es la primera Verdad y la final Realidad. Es la Verdad de que derivan todas las demás verdades, la piedra angular de la fe, la clave del pensamiento, el coronamiento de la esperanza. Dios es el significado del universo, su ritmo y su razón, el secreto de su integridad, la fuente de todo bien, el signo de su ordenación, su autor y su fin. Al pensar en Dios se dilata el pensamiento humano hasta su extremo límite, y la confianza en Dios es la suprema sabiduría y el más intenso gozo. La fe humana no puede trascenderse ni lejos de El puede subsistir.

Todo en la Masonería se refiere a Dios, entraña a Dios, habla de Dios y señala y conduce a Dios. Todo grado, todo símbolo, toda promesa, todo ritual, todo deber halla su significado y deriva su belleza de Dios, del Gran Arquitecto en cuyo templo todos los masones son obreros. Toda Logia está dedicada a Dios y trabaja en Su nombre para cumplir Su voluntad simbolizada en el tablero de dibujo o cuadro de la Logia (2). A ningún iniciado se le admite en la Logia sin antes confesar de hinojos su fe y confianza en Dios, cuyo amor es manantial de fraternidad. El símbolo mayor de la Masonería el Triángulo equilátero, es el más antiguo emblema de Dios en la historia y fe del hombre. Bajo la bóveda del firmamento de Dios, en el mundo donde el hombre trabaja, la Masonería actúa por la gloria de Dios.

Sobre el Altar de cada Logia, ante el cual promete el masón, está la Biblia abierta, el Libro de la Voluntad de Dios, que revela la pureza y santidad de vida. Los autores bíblicos fueron videntes que contemplaban a Dios en la Naturaleza, en el curso de la historia y en los anhelos del humano corazón. En preeminente y peculiar concepto no es la Biblia un libro que trata de Dios, sino el Libro de Dios. Aun en sus áridas crónicas se manifiesta la presencia de Dios, como David oyó que se movía en el susurro de las hojas del moral. En los Salmos, en las Profecías, en los Evangelios, en las Epístolas y en el Apocalipsis, Dios es la única Realidad, el Compañero de las peregrinantes generaciones, la atmósfera de la vida del hombre y su eterna esperanza.

Verdaderamente está Dios en la fe, ideales y actuación de la Masonería, que sin El no tuviera significado ni misión ni ministerio entre los hombres. Porque cuando la fe en Dios se desvanece, se derrumba “la casa no hecha con manos”, eterna en los cielos. También entonces se desnaturaliza la plegaria del fiel masón por la paciente perseverancia en el bien obrar y para ser “piedra viva en la casa espiritual” levantada a la gloria de Dios.
Dice un insigne masón: “Doy mi último testimonio de que Dios mueve el gran rito de la Masonería” (3).

II.- No hay necesidad de aducir argumentos en prueba de la existencia de Dios, porque ni es posible ni necesaria prueba alguna. La fe no se adquiere y mucho menos se mantiene con discusiones y debates. No hay prueba basada en la razón por la que podamos creer fundamentalmente, pues los hombres no creen en Dios porque hayan demostrado su existencia sino porque no pueden menos de creer en El. La creencia en Dios no es fruto de la lógica sino de la experiencia de la vida. La razón tiene por objeto esclarecer, justificar e interpretar la verdad enseñada por la vida. La Biblia no arguye. Abre las ventanas y deja que penetre la luz.

Cada época ha aducido sus argumentos en pro de la existencia de Dios; pero los argumentos de una época resultan fútiles e inadecuados para la siguiente, como vanos fantasmas de un tiempo lejano. Los argumentos fenecen y la fe subsiste. Los cuatro argumentos históricos pueden todavía mantener su poderío, pero no bastan para demostrar la existencia de Dios, sino que tan sólo prueban que debe existir. Como dijo Voltaire: “Si no existiera Dios habría que inventarlo”, porque es necesario para la sana operación de la mente del hombre. Mientras el hombre se pregunte: ¿Quién soy?. ¿Por qué existo?. ¿De dónde vine?. ¿Adonde voy?, la única respuesta es Dios, y a medida que la mente humana se dilata y su pensamiento se fija más hondamente en los intersticios de la realidad, su visión es más clara y su fe más firme. El horizonte se ensancha, la vista se agudiza y se acrecienta la admiración de Dios (4).

A veces la verdad resplandece por efecto del error, como la noche descubre las estrellas ocultas durante el día. Razón tuvo Emerson al decir: “Doquiera haya un hombre virtuoso, habrá otro y habrá muchos”. Pero sin Dios, la vida de un hombre virtuoso es un misterio cuando no una tragedia. Es una flor exótica que medra en los aires sin semilla ni raíz. Nada la sugiere, nada la sustenta, nada cumple su promesa. Por la misma razón no es el hombre vicioso, sino el virtuoso el que más profundamente se desconsuela cuando se oscurece la visión de Dios. No hay dolor más intenso que el de la pérdida del sentido de la realidad de Dios, sobre todo si el hombre es refinadamente sensitivo, según comprueban las palabras de Nietzsche al lamentarse de la pérdida de su derecho a orar; palabras que resuenan como la obertura de una gran sinfonía de desesperación y nos hielan como una ráfaga procedente del vacío.

“Nunca más rezarás, nunca más adorarás, nunca más reposarás en ilimitada confianza. Renuncias al privilegio de permanecer ante la suprema sabiduría, la infinita misericordia, y desguarneciendo tus pensamientos, no tienes un constante amigo y vigilante en tu soledad. Ya no hay para ti redentor ni promesa de más alta vida ni razón en los sucesos ni amor en lo que te suceda. Tu corazón ya no tiene lugar de descanso en donde halle sin necesidad de buscar. ¿Negarás todo esto?. ¿De dónde sacarás la fuerza?” (Vida y Cartas de Nietzsche por su hermana).

Horrenda soledad cubre como una mortaja al hombre que pierde la fe en Dios y no es extraño que enloquezca. Tal es la fatalidad del pensamiento. Hay quienes parecen y otros que quieren ser ateos; y sin embargo, el turbulento vuelo de su mente se ve acosado por la presencia de Dios (5).
En verdad se ha dicho que Dios nos creó para El y que estaremos inquietos y fatigados y solos hasta que en El descansemos.

Jean Paul Richter tenía razón al decir que nadie está en el mundo tan solo como el que niega a Dios (6). Con un corazón huérfano, que ha perdido al mayor de los Padres permanece afligido ante el inmensurable cadáver de la naturaleza, que ya no está animado ni sostenido por el Espíritu del universo sino tendido en su sepulcro.
Difícil es mantener la fe en Dios en algunas circunstancias, pero más difícil por lo desesperado es perderla. La negación de Dios es prueba de la cordura de la fe.

III.- No hay cuento de hadas tan fascinador como la historia del pensamiento de Dios en la mente del hombre. La base de la fe en Dios es la vida con sus dolores y peligros, sus alegrías y tristezas, sus tronchadas bellezas, sus fugaces amistades y sus prolongadas ausencias; una vida tan breve por larga que sea y quebrantada en su mejor etapa. Más antigua que todos los argumentos es una fe más profunda que todos los dogmas, tan antigua como el hogar y la familia, tan extrema como la infancia y la vejez, tan intensa como el amor y la muerte.
Los hombres vivían y morían con la fe en Dios siglos antes de que naciera la filosofía, mucho antes de que la lógica hubiese aprendido sus letras. Podemos oír a los poetas védicos y a los salmistas penitenciales alabar a Dios allende las Pirámides. Hace cinco mil años, un gran rey de Egipto escribió acerca de la unidad y la pureza de Dios, celebrando la belleza del mundo.

Permitidme trazar tan vividamente como me sea posible la larga y lenta ascensión de la fe en el corazón del hombre: primeramente hubo un avance de la nada a algo; el tránsito de una errabunda conciencia de sí mismo y del mundo, al sentimiento de una Entidad.

Apenas podemos darnos cuenta de las primeras meditaciones del hombre cuando pensó hallar un trono en su cerebro, al transmutarse en fe el temor, en politeísmo el animismo, y reconociendo su parentesco con el mundo, adoró a los espíritus en las piedras, en los árboles y en las aguas.

La obra de Frazier: La Rama Dorada, nos muestra al hombre tan anhelante de Dios que lo halla caminando a tientas por una selva obscura, sin otro norte que una vacilante luz.

Es una enciclopedia de supersticiones, pero retrata el nacimiento y la infancia de la fe, su tránsito de la magia al misticismo, del politeísmo al panteísmo. Es un lejano clamor desde los primitivos mitos poéticos a la poesía de Wordsworth; una dulce voz que canta entre los lagos ingleses (7); pero tanto el mito como la poesía reconocieron en diverso grado “Algo” profundamente entrefundido que mora en la luz de los ponientes soles, en las aguas oceánicas, en el vivido aire, en el azul firmamento y en la mente del hombre.

Posteriormente dio la fe un largo aunque lento paso adelante en su tránsito de Algo a Alguien; de los muchos dioses a un solo Dios que está en todo, sobre todo y a través de todo; de la personificación a la Personalidad. En la Biblioteca Pública de Boston hay una pintura que nos muestra la aurora de un más noble concepto de Dios tras la oscura noche del culto a los animales, como un orto solar en la Naturaleza, en que surge la verdad y se desvanecen las sombras. Durante siglos los antiguos dioses, las divinidades menores, dominaron en lugares y en cosas; pero cada vez iba aumentando el sentimiento de un Dios superior a todas las diversas divinidades, un desconocido y pavoroso Dios que el hombre no sabía si era bueno o malo. En ninguna de las primitivas religiones, excepto en la parsi, encontramos al Demonio o Genio del Mal, pues alguna divinidad menor cumple esta función. En nuestros mismos días, un hombre como Wells, en su obra: God, The Invisible King, ve sobre nuestra conturbada vida mortal un “Velado Ser” de carácter y propósitos desconocidos; y aunque Wells se figura haber expuesto con ello una nueva idea, es antiquísima, y así dijo un cacique samoaán a un misionero: “Sabemos que por la noche Alguien anda entre los árboles, pero nunca hablamos de ello”.

Llegó un día que la fe pasó de creer en Alguien, en una Entidad, a creer que este Alguien, esta Entidad era un Ser Divino; pasó la fe de una Potestad unificadora a un santificante Imperio Moral. De este revolucionario concepto somos deudores al genio hebreo que osó identificar la estupenda Potestad celeste con la interna ley moral, fijando así una época en la historia de la fe. Este nuevo concepto de Dios ha inmortalizado al pueblo hebreo y distinguió su antiguo santuario sobre el monte Moria como el más alto templo erigido por el hombre, porque estaba dedicado a la unidad, justicia y espiritualidad de Dios. Con la sola excepción del teísmo hinduista, todos los actuales teísmos del mundo derivan de la fe hebrea que abolió los antiguos politeísmos y panteísmos, hizo del mundo un lugar ordenado en vez del campo de juego de un tenebroso hado y una alborotada casualidad y aseguró las valiosas posesiones de la humanidad. Por esta razón, el Templo de la fe hebrea llegó a ser en Masonería el símbolo de un edificio moral que alberga cuanto de sagrado hay en la vida humana.

Precisamente porque concebimos un Dios justo que exige justicia de los hombres, no podemos darnos cuenta del horror que acosó al corazón humano hasta que advirtió y estuvo seguro de la bondad de Dios.

Desde un principio reconoció el hombre que en todo momento depende de una Potestad superior, a la que dio los diversos nombres de Hado, Fuerza, Destino, Dios. Pero la clave del problema no se refiere a la existencia de tal Potestad superior, sino a la naturaleza y carácter del Ser en cuya poderosa mano estamos, porque nuestro concepto de Dios determina el que forjamos respecto de nosotros mismos, del prójimo, del mundo, de la vida, de deber y del destino. Así no es extraño que el concepto de un Dios moral eterno e inmutablemente puro, verdadero y bueno, consuele los ánimos nobles, actualice las delicadísimas facultades del alma e inspirara la magnificente poesía eminentemente religiosa de los salmos y profecías.

Con segura y clara intuición, la Masonería exploró la complicada cantera del pensamiento y la fe del hombre y halló una valiosa piedra hasta entonces rechazada por los constructores y la aprovechó como piedra angular. Era la verdad de un Dios justo que exige del hombre que obre en justicia, que ame con misericordia y camine humildemente con lo Eterno. Con visión igualmente clara nuestros padres abrieron sobre el Altar la Santa Biblia, el código moral de la humanidad, e hicieron de ella el centro de la Logia y la magistral luz de nuestra visión. Cuando a su alrededor nos congregamos, cada uno de nosotros experimenta una profunda conmoción que le incitará a vivir bajo el hechizo de tal Libro y de sus enseñanzas; y cuando lo vemos en el Altar de la Logia comprendemos que no es la débil llama de una bujía, sino la luz de Dios que refulge a través de nuestros mortales días.

IV.- Pero el gran día festivo llegó cuando la humana fe alzóse con divina intrepidez del concepto de Dios como Ser divino al de como Padre nuestro manteniendo todo lo hasta entonces ganado y elevándolo al supremo nivel. Si el monoteísmo hebreo moralizó la vida, la fe cristiana la humanizó. Indicios y vislumbres de esta omnitransfiguradora visión habían columbrado los videntes desde las cumbres de sus himnos y profecías. “Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor”, había dicho el Salmista. “Como niño a quien su madre consuela, así os consolará Dios”, dijo el más insigne profeta de la antigüedad. Los antiguos videntes reconocieron que el hombre vive en Dios, que es “nuestra morada en todas las generaciones”, como casa solariega de una familia cuyos individuos van naciendo y muriendo, pero que siempre vive en ella quien mantiene sus tradiciones.

La idea de Dios renació en la vida de Jesús, apacentada por el amor, el gozo y la admiración y reveladora de la sempiterna verdad por medio de lo que hay de verdadero y sempiterno en el corazón humano.
Jesús reveló el espíritu y la naturaleza de Dios por medio de lo más profundo, sublime y santo que hay en el hombre.

Las enseñanzas de Jesús en parábolas, en sermones y conversaciones de incomparable elocuencia sorprenden por lo sencillas, por su brillante colorido y calurosa simpatía. Así dice: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más nuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?”. Muy extraño es que el hombre se resista a creer que Dios es tan bueno como el hombre; y sin embargo, esto es lo que Jesús nos exhorta a pensar y creer, y resumió el evangelio del amor divino en la parábola del hijo pródigo que debería denominarse la parábola de Dios Padre.

El héroe de esta parábola no es el hijo que se marcha de la casa paterna, disipa su hacienda en orgías y vuelve hambriento, andrajoso y arrepentido a casa de su padre. Tampoco es héroe de la parábola el hijo que permanece sumiso, egoísta e indiferente en la casa paterna. El héroe de la parábola es el anciano padre, transido de pena, rebosante de amor, que todo lo sufre y todo lo perdona y espera ansioso la vuelta del hijo perdido, a quien recela muerto, pero todavía aguarda como el amor espera junto a una tumba, y que al fin reconoce sus pasos a lo lejos, corre a su encuentro, interrumpe con un beso la confesión de la culpa y todo lo olvida menos argüir con su hijo mayor para inducirle a ser fraternal e indulgente, diciéndole: “Mi hijo estaba muerto y vive; se había perdido y lo he hallado”.
Esta parábola revela un amor que transciende al tiempo, que nunca se cansa, que entraña al secreto de desconocidas redenciones. Ni el tiempo lo limita ni la muerte lo consume. Nada ni excelso ni profundo es capaz de vencerlo.

No hemos comenzado a imaginar y mucho menos a reconocer el alcance y magnitud del significado de esta revelación. Tres etapas abarcan su desenvolvimiento en la vida del hombre. La primera es cuando tiene conciencia de su propia personalidad separada de las demás y moralmente responsable de sus acciones. La segunda es cuando reconoce en Dios el Ser con quien se ha de relacionar en las vicisitudes de la vida. Lo conceptúa entonces como una Potestad o como una Persona residente en el cielo, venerable, grave, unas veces amoroso, otras severo y siempre vigilante. La tercera cuando enseñado por el personal sentimiento de paternidad pasa súbita o lentamente de la idea de Dios como una Potestad gobernante, al concepto de Dios como Padre. Entonces nace el hombre espiritual-mente. Feliz quien aprenda esta verdad, no como bella teoría, sino como el significado de la vida. Alcanzará la liberación (8).

1o. Esta fe nos dará a conocer el significado de la vida y la filosofía de la historia. Como dijo Tolstoi, lo más terrible para el hombre no es temer la muerte, pues ningún hombre valeroso la teme, sino el temor de que la vida carezca de finalidad. Si Dios es nuestro Padre, no han de consumirse fútilmente las horas de nuestros días, sino que la vida ha de tener un noble y valioso significado, y la marcha secular de la humanidad no es un ciego caminar a tientas y sin guía.
En el transcurso de los siglos mueve al hombre un “creciente propósito, invisible e imponderable respecto de los sucesos inmediatos, pero que se manifiesta claro en la lejanía del tiempo, y es el que conduce a la humanidad a su divinal destino.

2o. La fe en Dios Padre influye en nuestra interpretación de las vicisitudes de la vida. La tristeza, el mal, el pecado, todas las tragedias de la vida, la juventud tronchada en capullo, la virilidad frustrada en sus comienzos, la copa de la muerte continuamente en labios del amor y las mortales angustias que pronto o tarde todos hemos de sufrir, pueden soportarse si tenemos la seguridad de que alguna razón ha de haber para ello y que no son antojos de la casualidad ni caprichos de la suerte. Mucho es capaz de sufrir el hombre aun con quebrantado corazón si sabe que la Eterna Bondad gobierna todas las cosas y no estamos a merced de una fuerza ciega.

3o . La confianza en Dios determina nuestra estimación de los valores morales. La vida, el carácter, el honor, la virtud, el servicio, la fidelidad, el sacrificio, todas las altas y heroicas cualidades cobran nuevo esplendor y valía a la luz de la magistral verdad de la Paternidad de Dios. La disciplina de la vida no menos que su oportunidad halla reinterpretación en esta fe. La oración es tan natural como el canto del ave (9). El amor se torna profeta, vaticina un radiante porvenir y triunfa la esperanza. La vida no espanta ni la muerte aterra si estamos convencidos que en todo, sobre todo y bajo todo está el amor del Padre que nos conoce y nos cuida; un amor, como dice Dante, idéntico “al amor que mueve el sol y las estrellas”.

Tal es en empañado bosquejo, la historia de la fe en Dios en la vida del hombre que de ínfimos, vacilantes y sombríos pensamientos se alza hasta la más alta y excelsa verdad que puede conocer en este mundo y es todo cuanto necesita saber. El reconocimiento de Dios como nuestro Padre, y el convencimiento de que aunque en Su mano sostiene los mundos, nuestra inquieta, anhelosa e interrogante alma es imagen Suya y es muy valiosa a Sus ojos. En esto consiste la vida.

Muchas cosas hay en la naturaleza que nos espantan y amedrentan, y muchas en la historia que nos estremecen de horror; pero cuando conocemos que el corazón del “velado Padre de los hombres” es insondable, se renueva el mundo, y la naturaleza es una música que no siempre entona un himno bélico, sino que su canto abarca todas las cosas, el grito de triunfo y el gemido de derrota, el escarceo del arroyo sobre los guijarros, el murmullo de los árboles, la risa de los niños y el trueno de las montañas.

V.- Aunque todas las enseñanzas de la Masonería entrañan la idea de la Paternidad de Dios, su ritual no afirma concretamente esta verdad y mucho menos la exige como prueba de masonismo. No es un olvido, sino una muestra de profunda sabiduría, a la que todos deben estar agradecidos si saben lo que entraña (10). Si la Masonería hiciese de la fe en la paternidad de Dios una condición indispensable para ser masón, excluiría o no admitiría en su seno a muchos hombres de noble carácter, incapaces de alcanzar dicha fe, aunque la necesitan y tratan de adquirirla entre las dificultades de la vida.

Por la práctica de la fraternidad pueden los hombres reconocer a Dios como Padre, y la misión de la Masonería es conducirlos a su reconocimiento.

En nada es la Masonería tan sabia como en su actitud respecto de las delicadas y profundas cosas del alma, como la confianza en Dios, el concepto que de El tiene y sus relaciones con El. La Masonería no establece dogma alguno respecto de Dios, y rara vez emplea Su nombre, pues casi siempre usa la augusta frase: el Gran Arquitecto del Universo, frase semejante a un cáliz en que cada masón puede derramar la verdad que haya adquirido y la belleza que haya sido capaz de contemplar, dejando a sus hermanos la misma libertad. La vida del hombre con Dios es una cosa tan interna, tan íntima, tan completamente individual, que violentar su secreto y profanar su santidad sería un sacrilegio si no una blasfemia. Es ciertamente mucha verdad que un hombre no puede aprender por otro y nadie es capaz de conocer por sí mismo; y la Masonería ofrece una solidaridad en la que los masones pueden aprender juntos la verdad que les hace hombres.

Si la Iglesia se hubiese portado con sabiduría, evitaría las agitaciones que menoscaban su influencia; argumentar coléricamente sobre Dios, no es religión, sino irreligión.
Mejor conducta es la de la Masonería que guarda silencio en presencia de una Realidad tan magna, que ante ella todos los hombres se unen en la misma pequeñez, como debieran unirse en su fe y caridad. La Masonería no conduce al masón despóticamente sino con cariñoso amor, confiándole una verdad que es respecto de la fe lo que la belleza en cuanto al arte y la melodía con relación a la música (11).

NOTAS AL CAPÍTULO III

(1) Aunque la Masonería nunca ha definido el concepto que los masones han de tener de Dios, pues deja tan inefable materia al criterio de cada cual, conviene decir que la Masonería ha sido siempre predominantemente teísta y contraria a un confuso deísmo y un vago panteísmo, sin contar con las deleznables teorías y áridas abstracciones que en la mente moderna intentan dudar de la existencia de Dios. Entendemos por teísmo la fe en que la suprema Causa del universo a que los hombres llaman Dios es una inteligente voluntad que va desenvolviendo un plan moral en cuyo transcurso influye consciente y benéficamente en los hombres y de quien pueden los hombres impetrar auxilio en sus propósitos y necesidades. La Masonería no se satisface con el concepto de una Entidad lógico-matemática ni con el Impulso Vital a que alude Bergson ni con los valores subsistenciales a que se refiere Spaulding en The New Rationalism, sino que cree en un Dios de moral amor, bondadoso, misericordioso, respondiente a los clamores del hombre y que revela Su voluntad en favor de la vida y el trabajo del hombre. La fe expuesta por Oliver en su Theocratic Philosophy of Freemasonry es todavía válida, aunque podemos interpretarla en diferentes términos según la mentalidad hoy dominante en el mundo.
(2) En algunas jurisdicciones masónicas la Logia está dedicada a Dios y a los Santos Juanes, como patronos de la Masonería, aunque no se sabe porqué no están las Logias dedicadas a Santo Tomás, el patrón de la arquitectura. Sin embargo, los Santos Juanes encarnan el genio de la Masonería. El Bautista por ser el profeta de la justicia., increpador de reyes, mártir de la pureza; y el Evangelista, el discípulo amado, por ser el heraldo del amor. Además, están los cuatro Mártires Coronados, justamente santificados en nuestra historia y leyenda, porque los santos son respecto de la religión lo que los poetas en literatura.
(3) A. E. Waite Masonería simbólica. En su obra Studies in Mysticism dice que los compiladores del moderno ritual de la Masonería simbólica, Anderson y Preston (a quienes sir Alfred Robbins llamó respectivamente el “diligente párroco” y el “batallador tipógrafo”) no sabían por la mayor parte lo que estaban haciendo, sino que escribían como guiados por aquel ciego y no obstante infalible instinto que capacitó a los sandios eruditos de pasadas épocas para ver a través de sus invertidos y mellados cristales algo de lo que realmente es la Masonería, de suerte que entre muchas patrañas y vanas invenciones proporcionaron sin darse cuenta la llave maestra del Santuario.
(4) Recientemente he tenido el honor de publicar unos comentarios referentes al actual concepto de Dios, con el título de My Idea of God al cual han contribuido pensadores de todas las escuelas espiritualistas. Otros libros sobre el mismo tema son: The Experience of God in Modern Life, por Eugene Lyman: The Meaning of God in human experience, por W. E. Hocking: Moral Values and the Idea of God, por W. R. Sorley; y The Idea of God, por Pringle-Patterson. Son valiosos volúmenes en los cuales vemos que nuestro concepto de Dios es la suma de varias emociones, intuiciones, dudas y afirmaciones que nos conducen si no a la comprensión de Dios, al menos a la seguridad de su existencia.
(5) A muchos se les ha llamado ateos, y ellos mismos se figuraban serlo, cuando en rigor se contraían a negar alguna grosera e indigna idea de Dios. Así condenaron a Sócrates por ateo porque negaba a los dioses de la mitología griega, y los primitivos cristianos eran tildados de ateos por la misma razón. Otros se creen ateos o al menos agnósticos porque no pueden demostrar la existencia de Dios como se demuestra una operación matemáticamente. Dice el doctor L. P. Jacks: “Dios es Dios precisamente porque no es posible dar una prueba que exponga su existencia más allá de toda cavilación, y porque a Sí mismo se confirma contra todas las negaciones y contradicciones, de las que El mismo es el autor”. En Guerra y Paz, pone Tolstoy en boca de un viejo masón esta pregunta dirigida al Conde: “¿A quién niegas tú?”. Pero la absoluta negación, como en el caso de Nietzsche, es insania que acaba en ofuscación, y así murió en un manicomio. Semejante negación puede ser pasajera, como vemos en la vida de George John Romaine, que perdió la fe en Dios, pero la recobró según nos dice en un bellísimo y conmovedor pasaje de su obra Thoughts on Religión.
(6) Nadie ha visto la vida sin Dios con tan terrible intensidad como Dostoievski, el eminente novelista ruso y una de las más profundas mentalidades de nuestro tiempo. En sus novelas encontramos más terror, crueldad y sufrimiento que en toda la literatura de los siglos precedentes. Estaba dotado de tan penetrante intuición que parecía ver más allá de la vida con insoportable visión. Era en verdad, según decía, un hombre atormentado por Dios y atraído hacia Dios por la mágica fuerza de los hechos en sí mismo y en la vida. Los jóvenes del día que se jactan de ateos y se figuran que es de buen tono serlo, deben leer las novelas del eminente ruso y darse cuenta de que la vida sin Dios es a modo de una eternidad gris, de soles que se enfrían, de voces afónicas que atraviesan un helado universo. (Dostoewsky, A Critical Study, por J. Middleton Murry).
(7) Alude el autor a los poetas ingleses Southey, Coleridge y Wordsworth, llamados los poetas de los lagos, porque vivieron a orillas de uno de los lagos de Cumberland, en Inglaterra. (N. del T.).
(8) Un viejo indio piel roja le decía a Egerton Young: “Tú hablas de nuestro Padre, y esto es muy nuevo y muy grato para nosotros, pues nunca habíamos creído que el Gran Espíritu fuese nuestro Padre. Le oíamos en el trueno, o le veíamos en el relámpago y nos amedrentábamos. Así es que cuando nos dices que el Gran Espíritu es nuestro Padre nos parece muy hermoso. ¿Es también tu Padre?”. “Lo es también”, exclamó Young, sin saber decir otra cosa. Pero el indio replicó: “Entonces, ¿también es el Padre de un viejo indio?”. “Desde luego que sí” – repuso Young. El piel roja repuso: “Pues así somos hermanos. Me parece que tú, mi blanco hermano, viniste con este gran libro a contar esta historia a tus hermanos de los bosques”. (By Canoe and Dog-Train, por Egerton Young).
(9) En Masonería se nos enseña que nadie debe emprender una tarea importante sin impetrar la guía y el auxilio de Dios. No es una exhortación superficial. La oración es a la par un misterio y una necesidad. Nadie sabe cómo recibe respuesta una oración, pero conoce que la ha recibido por la fuerza interna que le sostiene. Dice Meredith: “El que después de orar mejora de conducta, denota que ha sido escuchada su oración”. Y añade en otro lugar: “Tiene de bueno la oración que nos mueve a confiar descansadamente en lo desconocido, nos hace flexibles a las vicisitudes y nos predispone a la vida. Quien tenga en sí la fuente de la oración no se quejará de la suerte. La oración es el reconocimiento de la ley, el fortalecedor ejercicio del alma, el hilo de unión con las divinas leyes. Al poner el
alma en oración se recibe el influjo de la verdad externa y nos identificamos con los creadores elementos que nos alientan”. (Beauchamp’s Career, cap. 29).
(10) Hay algo que pudiera llamarse “la blasfema familiaridad con Dios” según dice Mattew Arnold refiriéndose a los que hablan de El como si fuese un hombre de carne y hueso. En la Masonería se experimenta un exquisito sentimiento de reverencia, porque rara vez emplea el nombre de Dios, y esta prudente conducta está corroborada por la religión hebrea, según atestiguan las siguientes palabras del rabino Enelow: “Cuando vuestra mente afirme la existencia de Dios no permitáis que vuestra imaginación lo conciba en forma limitada y. material. La mente tan sólo debe reconocer la necesidad de la existencia de Dios y no pasar adelante. Se ha de trazar a la mente un límite que no debe trasponer. Ha de afirmar la existencia de Dios sin que intente comprenderle. Corred hacia la afirmación de Su existencia, y entonces retroceded para no formar de El una limitada imagen. Como leemos en el Libro de la Creación, del antiguo misticismo judío: “Si tu corazón se revela, vuelve atrás”. (My Idea of God, por Joseph Fort Newton).
(11) La Biblia es muy explícita en este punto, pues nos enseña que quien dice que ama a Dios y odia a su hermano es mentiroso (primera epístola de San Juan, cap. 4, vers. 20). Por el amor fraternal reconocemos la paternidad de Dios. Como dijo Goethe en una memorable sentencia: “Dios no puede expresarse con palabras. Se le hade manifestar con obras”. Es decir, que no se ha de discutir ni argumentar respecto de Dios, sino demostrar nuestra fe en El por medio de una conducta de amor fraternal, de justicia y servicio. La finalidad de la Logia, como la de la Iglesia, es elevar la conciencia humana hasta la pureza de corazón en que Dios se manifiesta realmente, puesto que según dijo Cristo “los puros de corazón verán a Dios”. Recordemos a este punto las notables palabras de Coventry Patmore: “La obra de la Iglesia en el mundo no es tanto enseñar los misterios de la vida, como conducir el alma a aquel arduo grado de pureza señalado por el mismo Dios. La obra déla Iglesia termina donde comienza el conocimiento de Dios”. (The Rod, the Root and the Flower).

Esto equivale a decir que la ciencia de la iniciación es un real y no meramente ceremonial sentido, es un método de disciplina y cultura que nos capacita para recibir la suprema verdad de la maestría. Lo que esto significa experimentalmente, expuesto en alegorías, se halla descrito con incomparable y vivida belleza en el tercer capítulo de The Masonic Initiation, de W. L. Wilmshurst, un autor cuyas páginas exhalan la fragancia del significado espiritual de la Masonería.

FUENTE: http://tallermasonico.blogspot.com/2009/12/la-piedra-angular.html

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