MASONERIA

MASONERÍA, DEMOCRACIA Y RESISTENCIA DIGITAL

AUTOR: Romel Jurado Vargas

El entorno físico y cultural en el que he vivido las más elevadas experiencias de democracia aplicada, en toda América Latina, ha sido el interior de una logia de masones. Lo cual no es poco decir, si se tiene en consideración que he trabajado los últimos 10 años como asesor en parlamentos y consejos institucionales que reclaman, para sí, ser el corazón mismo de la democracia representativa o participativa.

En una logia de masones todas las personas se relacionan en pie de igualdad y se tratan fraternalmente, sin importar sus ideologías; creencias religiosas; su situación económica; su país de nacimiento; su color de piel; su estratificación social; ni el oficio, rango o cargo que tengan tanto fuera como dentro de la logia.

Hay un respeto absoluto a la palabra de cada miembro de la logia en todos los sentidos. En primer lugar, cuando un masón habla, todos los demás escuchan con atención y respeto. Nunca se interrumpe a quien se encuentra en el uso de la palabra, ni para objetar ni para apoyar sus ideas.

En segundo lugar, cada vez que una persona ha terminado de exponer sus propias ideas, emplea la frase “es mi palabra”, para significar que las ideas expresadas reflejan solo sus propias convicciones a las que ha llegado mediante un esfuerzo sincero y altruista por buscar la verdad o, mejor dicho, su verdad, en el tema que se debate. Pero al mismo tiempo, esa expresión significa que al ser “su palabra”, ninguno de los demás masones está obligado a darla por válida o a suscribirla. Si lo hacen es porque de forma libre y autónoma quieren hacerlo, pero también pueden no hacerlo. Los desacuerdos no generan división ni enojos.

En tercer lugar, porque los masones hablan para aprender, para entender, para ser mejores personas, para acordar y colaborar, en cuanto les sea posible, en la construcción de una sociedad más libre, más justa, más solidaria, más empática, más transparente y más tolerante, en la que se ejerzan los derechos de todos con la misma intensidad que se cumplan las obligaciones que cada quien tiene.

En una logia de masones el orden es deliberadamente buscado y el caos es considerado un espacio de fuerzas intensas, creativas y destructivas que requiere orden para ser beneficiosas a los seres humanos. Por eso la libertad no es caótica, sino que es el producto del orden construido y expresado desde la propia autonomía individual, así como desde el esfuerzo colectivo para lograr la convivencia social pacífica y civilizada.

La libertad no es vivida por los masones como la ausencia total de restricciones a la propia voluntad, sino como la expresión de la autonomía personal orientada al perfeccionamiento constante de las potencialidades humanas que cada quien tiene depositadas en sí mismo, pero también como la actitud proactiva que busca el bienestar social de todos, primordialmente, de los menos bien situados.

En tal sentido, la libre deliberación en este marco de respeto, fraternidad y orden permite una constante evolución de las ideas propias, porque se alimentan de las ideas de los demás y producen nuevos acuerdos que le dan sentido y valor a la convivencia entre iguales. Ciertamente, no conozco otra forma más elevada de práctica democrática que la que he descrito.

Sin embargo, desde que el ser humano se volvió un “animal hackeable”, es decir, desde que existe la tecnología que le permite saber a un gobierno o a una empresa transnacional lo que sentimos y pensamos, e incidir en nuestras decisiones y creencias, la libertad y la democracia -en los términos descritos- cada vez es menos posible, ni siquiera en ese reducto constituido por las logias de masones.

En efecto, ese conocimiento permite a las empresas y a los gobiernos manipular nuestras decisiones, sin que siquiera seamos conscientes de que lo están haciendo, a fin de que nuestras conductas se sometan a sus deseos e intereses de la forma que les resulte más conveniente, del mismo modo que un sistema informático es hackeado y sigue operando sin saber que el control de sus funciones las tiene una inteligencia externa.

En tal sentido, el historiador y filósofo israelí, Yuval Noha Harari, ha señalado que: “Esto se debe a la fusión entre la revolución en biotecnología (por la que cada vez somos mejores a la hora de entender lo que sucede dentro de nosotros, en el cuerpo y en el cerebro) y la revolución simultánea en tecnología informática (que nos da el poder de computación necesario). Cuando sumamos las dos cosas, logramos la capacidad de crear algoritmos que me entienden mejor de lo que yo me comprendo a mí mismo. Estos algoritmos no solo pueden predecir mis elecciones: también pueden manipular mis deseos y, básicamente, venderme cualquier cosa, ya sea un producto o un político”.

Los datos que entregamos voluntariamente, a través de nuestras redes sociales y de apps de todo tipo, sobre dónde vamos, qué compramos, qué reacciones expresamos sobre los contenidos reales o virtuales que vemos, lo que sucede a nivel químico y físico en nuestros cuerpos ante cualquier situación o en cualquier momento, unidos a una gran capacidad de procesar esa gran cantidad de información, hacen que los sistemas informáticos que compilan y procesan esa información sepan más de nosotros que lo que nosotros mismos sabemos.

En este escenario, la muerte de la libertad y la democracia como la concebimos en la modernidad parece solo cuestión de tiempo. Sin embargo, siempre es posible intentar preservar la propia libertad, y creo que al menos un grupo de personas podrán preservar una cierta porción de ella.

Desde mi perspectiva, y con base en el aprendizaje democrático que proporcionan las logias de masones, la porción de libertad que logremos preservar será directamente proporcional a la confusión que podamos generar en los robots que recogen y analizan los datos sobre nuestras conductas y preferencias.

Pensando en esta idea, me permito proponer un listado de conductas que, sin renunciar al uso de las tecnologías, logren mantener y recrear ciertos reductos de libertad:

1. Forme parte de todos los grupos de WhatsApp cuyos integrantes tengan formas diversas de pensar

Por regla general los contenidos que se muestran en nuestras propias redes sociales alimentan y fortalecen nuestras creencias y preferencias, precisamente porque esa es la estrategia que usan las empresas para aumentar constantemente el consumo de ideas y productos que saben que nos gustan.

Por lo tanto, las ideas de los otros, en toda su diversidad, se vuelven primero prescindibles y luego nos resultan chocantes, infundadas o equivocadas. Por lo cual intentamos anularlas o combatirlas visceralmente, y luego solo y simplemente nos negamos a oírlas, perdiendo todos los aprendizajes que estas ideas nos pueden proporcionar, y convirtiéndonos en presas dóciles de la manipulación que se efectúa a través de las tecnologías de la información y comunicación.

En ese contexto, los grupos de WhatsApp nos dan la oportunidad de reencontrar las ideas que no están en nuestro entorno comunicativo, ideas diversas y adversas que nos pueden enriquecer, y cuyo consumo interrumpe el ciclo vicioso de información que alimenta nuestras propias redes sociales y búsquedas en internet.

En realidad, la polarización de la sociedad no se produce porque la gente tenga ideas diferentes, sino porque cada vez estamos menos dispuestos a considerar las ideas de los demás como valiosas y a hacer el esfuerzo sincero de tratar de entenderlas.

Es decir, porque cada vez somos más propensos a escuchar solo las ideas que nos gustan y que nuestras redes sociales y buscadores de internet nos entregan tan fácilmente, prediciendo mejor que nosotros mismos lo que queremos encontrar.

En ese sentido, es recomendable tener en cuenta algunas ideas desarrolladas por Jürgen Habermas sobre la racionalidad comunicativa, muy parecidas a las prácticas de las logias de masones, las cuales me permito expresar de la manera más breve y sintética posible para que los grupos de WhatsApp sean un espacio de recreación constante de la democracia deliberativa, así como de construcción permanente de la identidad personal y de la propia libertad:

1. Se puede hablar para entenderse y coordinar

El que habla para entenderse y coordinar trata de explicar sus ideas con razones y argumentos que puedan ser aceptables no solo para sí mismo sino para los demás; no miente deliberadamente; no insulta ni descalifica a sus interlocutores; no condiciona quien puede hablar y quien no; no limita los temas del diálogo; no promueve el odio contra un determinado grupo; y procura que todos los hablantes tengan las mismas posibilidades de expresarse.

En este caso el lenguaje se usa desde una racionalidad comunicativa orientada al entendimiento, al conocimiento y a la coordinación entre los hablantes.

En esta racionalidad comunicativa, el que escucha se esfuerza sinceramente por entender las ideas del otro, pero no está obligado a nada más. Es decir, no tiene necesariamente que aceptar esas ideas, ni compartirlas, ni cambiar sus propias ideas por las que ha escuchado. Todo cambio depende siempre del ejercicio de la libertad propia.

2. Se puede hablar para pelear

El que habla para pelear tiene como objetivo superior vencer al otro. Por eso no está dispuesto a escuchar las razones que el otro tiene; excluye temas del debate; no duda en descalificar al otro; crea deliberadamente argumentos falsos si lo cree necesario para ganar la pelea; y no está interesado en que todos los hablantes tengan las mismas oportunidades de hablar, sino que siempre se da a sí mismo las mejores condiciones para expresar su propia palabra.

3. La convivencia civilizada en un grupo no es igual a la ausencia de conflicto

En todo grupo humano habrá divergencias, porque somos diversos. Sin embargo, lo que permite la convivencia civilizada, e incluso la amistad y el amor, es que la gente esté dispuesta a hablar desde una racionalidad comunicativa orientada al entendimiento, el conocimiento y la coordinación entre los miembros del grupo.

4. La ausencia de conflictos no equivale necesariamente a tener convivencia civilizada

No hay ningún lugar más pacífico y sin conflictos que el cementerio, ahí nadie habla ni tiene divergencias. Muchas parejas simulan armonía a partir del silencio que les protege recíprocamente de sus propias verdades y sus mentiras, así como de las del otro. Muchas “amistades” de conveniencia se basan en el pacto de no decirse recíprocamente que es lo que sienten y piensan.

Sin embargo, todas estas formas de “paz silenciosa” realmente deterioran todo lo que pacifican, le restan sentido y razón de ser a esas relaciones humanas.

5. Juegue con su enemigo más íntimo a cambiar de roles

Todos somos la pareja de alguien, el hijo de alguien, el empleado o empleador de alguien, el socio de alguien, el mentor o el aprendiz de alguien, en fin, la vida social siempre tiene para cada uno de nosotros un “otro”, un ser distinto a nosotros mismo con el que nos relacionamos. Parecería que el mundo está articulado en pares de opuestos que interactúan y se complementan.

En ese contexto, el desafío más grande que tenemos los seres humanos es tratar de conocer y entender sincera y noblemente a otra persona, y especialmente a quien consideramos nuestro adversario, nuestro más íntimo enemigo. Sobre quien generalmente tenemos una serie de prejuicios respecto de lo que es, de lo que le gusta o no, de lo que piensa y de lo que cree, por lo cual rechazamos los contenidos comunicacionales que vienen de sus preferencias.

La idea es entonces que nos planteemos el desafío constante de intentar conocer a uno de esos pares de opuestos que nos complementan en la vida, y que empecemos a buscar información en las redes sociales y en los navegadores de internet sobre esos asuntos y temas que creemos que le interesan.

Esto hace que nuestra identidad digital y nuestros intereses visibles en redes sociales e internet sean constantemente cambiantes desde la mirada de los sistemas tecnológicos que examinan nuestras preferencias y búsquedas, pero también hace que, nuestra conciencia acerca de las preferencias de los otros, nos vuelvan más críticos de nuestras propias preferencias y modifiquen constantemente nuestros consumos de información y en cierta medida nuestra identidad personal.

Lo anterior implica la posibilidad de que disminuya la capacidad de predictibilidad de los robots que nos analizan, porque ellos están recibiendo unos datos que no siempre representan nuestras reales preferencias e intereses personales. Datos que, en su mayoría, dejan de producirse luego de poco tiempo: exactamente cuando hemos decidido intentar conocer los intereses y preferencias de otra persona con la que nos relacionamos.

6. Active todas las posibilidades de borrar su rastro digital en los buscadores y redes sociales

Como es conocido, todas las redes y navegadores de internet tienen historiales de nuestras búsquedas e interacciones, incluso de nuestra ubicación en las casas y calles en que estamos, así como de las tiendas y los lugares a los que entramos.

Ese rastro digital, contribuye en buena medida a que los sistemas informáticos reciban información gratuita y valiosa sobre nuestras preferencias, rutinas sociales y hábitos de consumo, que es usada para predecir y manipular nuestras conductas y creencias precisamente en esos espacios de acción social, política y económica.

En este caso la solución es relativamente fácil y solo requiere un gesto de auto liberación ya que la gran mayoría de esos historiales pueden ser restringidos o eliminados a voluntad de los titulares de las cuentas de correos, buscadores, apps y redes sociales.

La sugerencia es obvia: elimine y bloquee, en la medida que le sea posible, sus historiales de navegación en todas las aplicaciones que utilice en su teléfono celular, computadoras, tablets y cualquier otro dispositivo conectado a internet.

7. Desactive todas las apps y redes sociales que le sea posible.

En el teléfono inteligente de una persona de 35 años están instaladas alrededor de 90 aplicaciones tecnológicas para todo tipo de finalidades. Cada una de ellas es un Gran Hermano que nos espía, nos pesa, nos mide y luego usa esa información para afinar la maquinaria de control conductual a la que estamos subordinados sin mucha conciencia de estarlo.

En este caso la sugerencia también es obvia: desactive todas las apps y redes sociales que le sea posible.

A modo de conclusión quisiera repetir dos frases del gran Pepe Mujica, pronunciadas en su reciente despedida del Senado de Uruguay, que espero podamos tener presentes en esta resistencia digital por la democracia que se desarrolla, además, en medio de una pandemia: “la política es la lucha por la felicidad humana” y “las nuevas generaciones tendrán que hacerse cargo de construir el porvenir”.

FUENTE: https://checksandbalances.ec/masoneria-democracia-y-resistencia-digital/

Categorías:MASONERIA

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