MASONERIA

Al encuentro de la mirada iniciática

Si realmente supiéramos ver podríamos leer el mundo como si de un libro se tratase, pues sus páginas se hallan desplegadas ante nuestra vista para que quien tenga oídos para escuchar entienda. La idea del liber mundi, que va más allá de la tradición cabalística y atraviesa de cabeza a rabo el esoterismo occidental e incluso lo desborda, es consustancial a la concepción iniciática del mundo. Esa manera de considerar la vida es común a la mirada científica y a la mirada mítica, que no se oponen entre sí sino que se complementan y aun más, se necesitan mutuamente. Hay un futuro para la vía iniciática si sus sostenedores saben aunar razón y sentido en una sola mirada, una visión que no solamente no pretenda un mundo desencantado sino que aspire a reencantarlo interactuando con él, pues el desencantamiento del mundo no nos ha librado de demonios y fantasmas, como creía Carl Sagan, antes nos ha traído algunas abominaciones nuevas y también nos ha devuelto otras que creíamos desaparecidas. Encantar algo es cantarlo, hacerlo canción –en-cantar–  y eso es lo que ha venido haciendo la cultura desde el inicio de los tiempos, pues Homero y los suyos fueron creadores –que es lo que quiere decir poetas– de historias concebidas para ser cantadas, aprendidas de memoria e interpretadas en el seno de un grupo unido entre sí por el sentimiento de saberse todos la canción de carrerilla. Pero el mundo-libro demanda ser descubierto, examinado, leído, interpretado y cantado, porque si no es así sus letras y palabras, que somos los propios seres que lo habitamos, se marchitan y acaban por morir.

Qué mejor pues que las historietas para desvelar lo oculto, y bien que lo supo el hermano Rudyard Kipling cuando escribió El libro de la selva. Como todas las historias verdaderas, la obra tiene abordajes múltiples o diversos niveles de lectura. Los niños la consumen como un cuento infantil, de relato fantástico se ha convertido en tebeo, ha llegado a ser un éxito cinematográfico como espectáculo para toda la familia y a todos ha dejado tocados por la figura del oso Baloo, acogedora y cálida, que se complace en el juego, la danza y la canción, es decir, en el arte de la vida encantada. Kipling hizo de los tres personajes centrales de la asamblea animalaria, Akela, Bagheera y Baloo, trasuntos del Venerable Maestro, el Primer Vigilante y el Segundo Vigilante de la logia, y no por casualidad se esmeró en perfilar la personalidad de este último. Pues es el Venerable Maestro quien inicia al aprendiz pero le corresponde al Segundo Vigilante su instrucción, que no es una simple comunicación de conocimientos sino algo de mucha mayor enjundia: ajustar al neófito a la sintonía de la vida en la logia, es decir, la vida sin más.

En el TBO que ahora cumple cien años la contraportada que cerraba cada cuaderno estaba dedicada a un personaje heroico: el explorador Morcillón, pionero en el descubrimiento de tierras vírgenes, tocado con un salacot blanco de resonancias coloniales y asistido por Babalí, un porteador negro cuya publicación estaría hoy prohibida por el imperativo de la corrección política. Morcillón era el héroe pero el protagonista acababa siendo el canijo Babalí, modesto y servil que llamaba “amito” a su contratador y que detrás de su humildad mostraba su verdadero saber, en forma de conocimiento del terreno, sentido de la oportunidad y sobre todo, capacidad de ver lo que otros no ven. Mientras el explorador marchaba al frente de la expedición con aire marcial y acababa metiéndose en tremendos berenjenales a causa de su petulancia, el porteador que le seguía se convertía en el verdadero guía, cuya visión profunda y realista del mundo y de las cosas se sustentaba, precisamente, en su humildad para pasar inadvertido.

Babalí y Baloo, uno en Africa y otro en Asia, productos ambos de obras artísticas de intención diferente en épocas históricas distintas, muestran características comunes porque responden a intenciones ejemplificadoras semejantes. Exhiben en sus caracteres una cualidad profunda propia de la vida real, la capacidad de salir adelante en medio del caos y la confusión causadas por la ignorancia, el orgullo, la estupidez y las asechanzas del mal. Son personajes que se expresan en un mismo entorno arquetípico como es la jungla, un terreno desconocido en el que ingresa el hombre ilustrado dotado de voluntad de dominio en un caso y el preadolescente ingenuo provisto de su voluntad de vivir y pasión por el descubrimiento en el otro. La jungla india y la sabana africana son aquí campos de juego en los que todos podemos reconocernos al percibir en ellos características del reto vital al que afrontamos , y los personajes arquetípicos que en ellas se desenvuelven se fundamentan en la perenne tarea del héroe que tan bien expresó Joseph Campbell basándose en la obra de Vladimir Propp sobre el estudio de los cuentos populares rusos y que se ha desarrollado en mitologías contemporáneas como las de El señor de los anillos de JRR  Tolkien, Las crónicas de Narnia de CS Lewis, La guerra de las galaxias de George Lucas y las aventuras de Harry Potter de JK Rowling. Sea en la jungla india o en las frondosidades de Hogwarts, el aprendiz se halla en idéntica situación: la exigencia del cumplimiento de su destino. Los personajes ayudantes del héroe –el aprendiz es ese héroe—tienen como tarea asistirle en la realización de su imperativo vital. Y esa es precisamente la tarea del Segundo Vigilante en logia, la misma que la de Baloo y la de Babalí.

FUENTE https://gabrieljaraba.com/el-segundo-vigilante-un-guia-nativo-en-un-pais-desconocido-o-el-ejemplo-masonico-de-baloo-y-de-babali-personajes-de-tebeo/

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